Relatos de un bebedor de éter
Gustavo Toba *


Relatos de un bebedor de éter, de Jean Lorraine (Caja Negra, 2011 )

Jean Lorraine nació en la mitad del siglo XIX y vivió hasta recién entrado el siglo pasado. Fue un excéntrico personaje de la vida parisina y los salones literarios de fin de siècle. Relatos de un bebedor de éter es una colección de once textos de impronta decadentista en los que se combinan atmósferas mórbidas y opresivas con personajes captados por el pánico a su propio espanto y la angustia de sus propias alucinaciones; historias de máscaras y hoteles de ocasión, de brujería y repulsión.

Hay cierta contemporaneidad en los relatos de Lorraine. Sus pequeñas historias tienen algo de evanescente. Una ligereza dada por lo breve y una atenuada motivación narrativa desde donde la alucinación, las atmósferas sofocantes y la sensación de lo lúgubre que son características del género terror se disipan a la par que los efectos de la droga, y el relato finalmente es el resto de una referencia anecdótica dada al final, una efímera alusión a personajes casi anónimos que de algún modo justifican la gratuidad del delirio presente en la narración: un jefe de oficina del ministerio del interior suicidado, en "La casa siniestra"; o un eterómano incurable de identidad desconocida internado en un asilo de locos, en "Un crimen desconocido". Es que hay algo de "leyenda urbana", del relato tenebroso, un poco anónimo y referido boca a boca (al modo de la historia de "La mancha de café"), que en los textos de Lorrain (quien era un reputado cronista de profesión) actúa no tanto a instancias de la trama, sino para justificar de algún modo la descripción o la indagación de los efectos del estado de intoxicación. Ezequiel Alemian señala en la Presentación del libro: "Así, lo fantástico que pueda tener la historia finalmente remite a los efectos del éter. La ingesta es la clave que resuelve el enigma, que ordena el desconcierto. A veces ese descubrimiento es explícito, forma parte del argumento, pero otras veces, no: todo el relato tiene una carga alucinatoria muy fuerte cuya causa no se devela jamás. Y es porque ya no lo que se narra, sino el mismo acto de narrar está tomado por los efectos del vicio."

En la dedicatoria de Los paraísos artificiales, texto sobre el haschisch, Baudelaire se presentaba a sí mismo como "un paseante sombrío y solitario, sumido en el cambiante oleaje de las multitudes". Las lecturas de Benjamin o Simmel son ya clásicas respecto de la incidencia para el sujeto moderno de las transformaciones urbanas (por ejemplo, los sistemas de transportes y de iluminación) y la irrupción de las multitudes en el espacio público. Lo moderno definido como construcción de una sensibilidad signada según la matriz de una experiencia del shock y, en el ámbito de la estética, la caída de lo bello como categoría decisiva para la obra de arte. En las divagaciones de los personajes de Lorrain es posible encontrar algunas de esas cuestiones, que dan a la lectura de los textos una clave de época, como en el caso de "La mano enguantada": "Ésta es mi pequeña aventura. Antes de empezar, coincidirán conmigo en que no hay nada más impresionante, y hasta diré más macabro, que la iluminación de los transportes de primera clase. Sobre la línea del Oeste la cosa es terrible; es de una brutalidad que subraya todos los rasgos, deformándolos (...) El hombre allí dormido mostraba bajo la claridad de la lámpara la fealdad más espantosa."

Existe una gran tradición de la experimentación con las drogas y la alteración de la percepción ligada a un modo del simbolismo y, especialmente, al misticismo. La alucinación, en lo que tiene de decisivo, en ese caso deviene en una matriz teológica: es la visión del mundo "desnudo", la experiencia de la realidad como develada, que por exceso de significación se vuelve sin embargo más simple por el acceso alucinado a la comprensión de una unidad cósmica. Es una línea que lleva de las correspondencias de Swedenborg y el romanticismo visionario de Blake hasta la psicodelia de los poemas del Jim Morrison lector de Las puertas de la percepción. Pero también hay otra en la que la ingesta de droga es el preludio y la búsqueda del trastorno nervioso como mera experimentación sensible, como una máquina perceptiva puesta en funcionamiento aunque a pura pérdida, y en que la sustancia posibilita el -no siempre razonado- "desarreglo de los sentidos" del que hablaba Rimbaud: un ars combinatoria de la percepción. En los relatos de Lorrain muchas veces la alucinación no lleva a nada. O tal vez a la insistencia en percibir "el imperceptible perfume de éter" que se desprende de los objetos, o a la comprobación aterrada de que "en la alta ventana, donde susurra el viento, / inerte y movediza se bosqueja una forma".
Autor
Gustavo Toba nació en Buenos Aires.