Los Diarios de Bioy
Javier Fernández *


Unos días en el Brasil. Diario de viaje, de Adolfo Bioy Casares
(La compañía de los Libros, 2010)


El viajero desarrolla otra personalidad. La de viajero. Para cada
viajero hay, eso sí, una sola personalidad de viajero. Yo me
había olvidado de la mía.
A.B.C. En viaje (1967)

Unos días en el Brasil. Diario de viaje (Editorial La compañía de los Libros, 2010) escrito en 1951 por Adolfo Bioy Casares, se publica recién en 1991, en una tirada de trescientos ejemplares fuera de comercio, regalados por el autor a sus amigos.
Hay un tono y una prosa descansada en estos diarios. Como esas misivas casi domésticas escritas desde Europa en 1967, que dan cuenta de un prolijo obituario de cotidianas al reparo de lo insulso: banquetes de viajero, hoteles, puntos del mapa, recorridos, compras, regalos, abyectos itinerarios turísticos. Pero todos esos motivos inanes se vuelven para Bioy un estímulo inagotable de escritura. La comedia del hedonismo y la de "ser aficionado a las mejores cosas de la vida". Pero también los miedos y las vejaciones del paso del tiempo desfilan por las páginas de En viaje (1967). No es casual, durante ese viaje a Europa, Bioy escribe y corrige su tan temido Diario de la guerra del cerdo. Hay una conquista de lo superfluo en Bioy. El costado Adolfito de Bioy Casares. Distingos en los que posa cierta sutileza aristocrática de bon vivant y anacrónico rutilante.
Cuando a los 80 años publica sus Memorias, cuyo no poco solemne subtítulo aclara: Infancia, adolescencia, y cómo se hace un escritor, sus páginas conjugan el estilo del prolijo fabulador, fascinado por las vetustas artimañas del género fantástico, con la nítida y austera sencillez que desenmascara al narrador de sí mismo. Pero sus Memorias estuvieron pensadas para ser dadas a conocer públicamente. No así las 1650 páginas de su monumental, ultrajante y obsesivo Borges. Tampoco sus diarios íntimos, Descanso de caminantes, que juegan a cumplir con aquel designio de "contarlo todo". Más allá de los esperables recorridos de la autoglorificación y la falsa modestia que empastan las páginas de las memorias, las autobiografías y los diarios de escritores. El Bioy autor de Memorias vuelve a la frase límpida de sus ficciones y si fracasa en su relato es porque da con esa misma voz, la de sus fabulaciones; es decir, una conquista mentada, quizás tan artificiosa como poco efectiva. El Bioy literato es otra voz. Una estudiada cadencia que hilvana relatos en los que lo fantástico, ya lo sabemos, irrumpe siempre en lo real.
Nosotros, lectores de Bioy, encontramos un lado de su obra no muy explorado. Diarios íntimos, páginas de fragmentos, libros de brevedades y sin argumento aparente. Nicolás Rosa (El arte del olvido): "La literatura autobiográfica es la forma más elaborada de la literatura erótica, incluso obscena, en tanto pone en escena aquello que debería ser o permanecer oculto. Siempre bordea el secreto íntimo, la reticencia, la maledicencia, el regodeo narcisista. De este fango narcisista se alimentan, disimuladamente, tanto las Memorias como el Diario íntimo."
En Bioy hay escritura. Y sobre todo: saber y poder escribir. Ahí dice sin tapujos, critica, se burla y hace proliferar la chismografía. Jorge Panesi ("Bioy Casares: el amor del estanciero", Críticas): "Lo que está bien en el burdel y en el café no se admite en la exposición de una vida, aunque el precio sea el desencanto y tal vez el aburrimiento." Unos días en el Brasil se lee como una novela, es una obviedad decirlo. Hay progresión de personajes y atenuantes del aburrimiento que provocan los compromisos sociales. El encuentro frustrado con una mujer, Ofelia, a la que Bioy evoca de un viaje de 1951, recorre las entradas del diario de 1960. Las páginas de este diario devuelven a un Bioy malediciente, el que será habitual encontrar en su Borges. Dice sobre la sesión del congreso de escritores: "Estos escritores, ¿no se preguntan en ningún momento si están jugando a ser diputados? Cómo les gustaría serlo." Anota un comentario que le hace a Alberto Moravia, presidente del PEN Club Internacional: "Deben manejar estos clubes los políticos de la literatura y sobre todo los burócratas de la literatura". Y después apunta sobre Antonio Aíta, presidente del PEN Club Argentino, quien lo invita a asistir al congreso: "Huelo su aliento de consumidor de colagogos y recibo sus casi ingrávidos salivazos." Dirá, más adelante, sobre dicho presidente: "Qué sinceramente interesado está en él mismo." Confiesa haber rechazado su propuesta en un primer momento: "¿Para qué voy a ir, si yo no hablo? Soy escritor por escrito." Finalmente acepta, y estas páginas nos devuelven a un escritor muy educado y cortés en sociedad que cultiva la venganza en la soledad de sus diarios, tal vez, para resarcirse de la tontera burocrática de los grupos organizados de escritores. "Con Graham Greene oímos una larga conferencia de Mario Praz, a favor de una causa excelente, con palabras innumerables y tediosas." Opina sobre el farfullo brasilero: "aquí funciona una retórica inflamada y barroca, generosa de epítetos, de aumentativos, de expresiones extremas, junto a una fuerza de progreso como no se encuentra en ninguna parte". Todas notas sueltas: "Luego, mientras escribo este diario, ¿cómo lo diré?, acaece, ocurre, al alcance de mi oído, una disertación literaria de Cecilia Meireles, con dulzura de frasco de caramelos licuado." Las entradas sobre las conferencias destilan humor y desparpajo: "me alejo con el representante de Australia, que me aclara que el discurso del siamés no fue sobre literatura, como yo creía, sino sobre medios prácticos para celebrar congresos en su país (o no sé dónde)." El narrador hace gala de un paladar selecto, detalla menús, platos que detesta o degusta. "Alecciono al mozo para mañana", dice, porque el "té clarete" que está "apenas tibio" le resulta "vomitivo" y "en lugar de jalea de guayaba", como pidió, le llevan "de naranja". Son las contrariedades que se le presentan a un diarista exquisito. También las obsesiones de siempre, el paso del tiempo y la vejez: "Uno sabe que está viejo cuando aparecen lunares en las manos y nota que se volvió invisible para las mujeres."
Pero, de alguna manera, el humor y el sarcasmo parecieran redimirlo de toda superficialidad evidente. Superficialidad que sale a flote en estos diarios de viaje. Dice sobre Aíta, uno de los personajes más ridículos de sus retratos: "Es impertinente y tonto -¡quién lo ignora!- pero, como yo no soy más vivo, lo invito a comer." El diario gana cuando Bioy propone, no sin maldad, medallones. Como este: "Moravia es un hombre de impulsiva impaciencia, a veces contradictoria, que quiere pagar la adición e irse de una vez, cambiar de mesa, pedir un cafecito más, irse a una parte, mejor a otra. Tiene a todos enojados aquí, porque no preside las reuniones, porque se va demasiado pronto de los cocktails o ni siquiera concurre. A quien tiene más indignado es a Aíta, porque lo ignora. A pesar de su independencia, Moravia es bastante débil e influenciable. Porque una vez le dije del PEN: «Qué quiere, de estas organizaciones tarde o temprano se apoderan los burócratas de la literatura», me dijo que yo era un cínico, pero al rato aseguró que renunciaría a la presidencia, porque por una organización de burócratas de la literatura no debía descuidar su trabajo. Entonces le dije un vez más que los fines del PEN, hacia los que éste avanzaba con extrema lentitud, valían la pena y que yo creía que por un tiempo debía seguir. Sonrió, me apretó el brazo y me dio las gracias. En algún momento le comenté a Elsa Morante que me asombraba ver a Moravia en el papel de presidente del club. Me contestó que por haber soportado en la infancia el despotismo de los fascistas, tal vez deseara de algún modo, con un poco de vergüenza, el ejercicio de la autoridad. De Jhonny (Wilcock) señaló su egoísmo y convino en que los poemas, y aun los artículos periodísticos, suelen ser mejores los cuentos." (Unos días en el Brasil. Diario de viaje)
Autor
Javier Fernández nació en 1981. Publicó Cosas por el estilo (Letranómada), en 2010. Su novela, El cangrejero, ganó el Premio Indio Rico 2010 de Diario de viaje imaginario.