Lo real leve
Francisco Bitar *


Ventanas nuevas, de Primoz Cucnik
(Gog y Magog, 2010)

Durante cosa de un mes me estuve levantando temprano para leer el libro de Primoz Cucnik. Había escuchado sus poemas en Rosario, leídos por Miguel Petrecca en las traducciones que estrenaba Gog y Magog y por el propio Cucnik en el original, y pensé que merecían un mayor cuidado que la pobre atención que esa noche yo estaba en condiciones de prodigarles y capaz, con algo de suerte, hasta se ganarían una reseña. Por eso pedí su libro a la revista, repasé los poemas que Petrecca eligió esa noche y lo abandoné en la mesa de trabajo hasta que el azar de las lecturas o la fecha de cierre de este último número me llevaran a revisarlo otra vez. Siempre pasa: otros libros le ganaron en interés. Hace exactamente un mes recibí el temido correo de Nurit avisando que el cierre se aproximaba. "No quisiera molestarte, pero.".

Malísimo. Ahora el libro -y, por consiguiente, los poemas- se había convertido en una carga. Como siempre que uno debe reseñar por obligación y apremiado por cierres y otros trabajos, se empieza por revisar los procedimientos del texto hasta que algo de todo eso nos devuelva un sentido o, en el mejor de los casos, algo aproximado a la emoción. Se entra a los poemas, como quien dice, por la puerta de atrás.

Nunca en estos casos el resultado es feliz y tampoco los poemas de Cucnik fueron la excepción a la regla. En la máquina puesta a funcionar que es un poema, yo veía por todas partes tornillos gruesos que ensamblaban piezas sin simetría, un mecanismo completo que lograba ponerse en marcha pero que en poco tiempo empezaba traquetear y a dar tumbos y que amenazaba con sufrir un accidente todavía más grave para una poesía como la del esloveno: detenerse en el lugar equivocado. Por supuesto, una de esas mañanas estuve a punto de desistir y solamente me lo impidió el recuerdo de aquella noche en Rosario, la seguridad de que esa había sido la impresión que le hacía justicia.

Al día siguiente había empezado de nuevo, esta vez como si dispusiera de todo el tiempo del mundo: la derrota era mía. Y funcionó.

Con el camino despejado, puedo empezar por decir: Primoz Cucnik resiste perfectamente una lectura matinal. No cualquiera puede hacerlo. Decir esto equivale a decir que su poesía es una perfecta continuación de los primeros movimientos, al salir de la cama y vestirse, después de pasar por el baño y con una taza de café caliente en la mano. No hay un sentido apolineo en lo que decimos, al contrario: el trabajo no es puramente formal.

Se lee entonces Ventanas nuevas como se lee el diario mientras se desayuna: se lo sobrevuela -se lo lee por arriba- pero se pide de él cierta proximidad a "lo real". "Debe haber noticias del mundo en lo que leemos, pero ningún material pesado", parecen pedir las células secundarias de nuestro cerebro que acaban de entrar en funcionamiento "solamente por ellas estamos dispuestas a arder".

En sus puntos altos, el poema es esa oferta textual que permite, mediante su lectura corrida, pasar de una cosa a la otra, detenerse un momento más en las zonas que llaman nuestra atención, chusmear las fotos, pasar de largo sin cuidado por algunos versos como si fueran páginas y páginas. No es necesario retener el todo y ni siquiera hace falta tener presente el motivo principal para permanecer donde se está. Las señalizaciones están puestas en el texto para pasar y pasar, la información circula, llega nueva información. Y es eso, las señalizaciones, lo que menos importa.

Ahora bien, ¿cómo se logra, en este contexto, ese efecto de real del que hablábamos hace un momento, aquel que trae noticias del mundo? ¿cómo es posible lograr un "real leve", de una levedad tal que alcance a hacer sistema con la totalidad del poema?

Es necesario empezar por decir que los poetas post-ashberianos alrededor del mundo demuestran que las coordenadas "contenido sólido" y "contenido fluido" de las que habló Pound un siglo atrás no son suficientes para pensar las nuevas expresiones. Los pastiches más recientes -y en sus momentos de mayor brillo, en los extraordinarios poemas "Los ciclistas", "Hotel Transilvania" o "Mapas antiguos y áreas nuevas", Cucnik aparece como un gran cultor de esta enseñanza- buscan la forma de hacer correr el texto sin renunciar del todo a la idea de objeto: tienen una zona media donde debe verse la improvisación pero debe contar también con límites aquí y allá, en su despliegue. Por eso es que a menudo los poemas se definen en los primeros versos para devenir en adelante largas letanías, pueden cristalizarse en imágenes intermedias o pueden jugarse todo a un remate (todas ellas marcas poéticas tradicionales), pero siempre contiene en su desarrollo largas enumeraciones o devaneos de conciencia. Para que ese leve real funcione el devaneo debe andar sobre conciencias, digamos, específicas: no los estados absolutos del dolor o la alegría -la elegía o la celebración-sino, por ejemplo, la indecisión que sufre el sujeto con la llegada del invierno, incertidumbre acentuada por el lugar y el paisaje: una habitación de hotel en la cima de una montaña desde la cual se ven las luces de la ciudad. Por su parte, la enumeración debe ser tal que no se dé cuenta necesariamente del mundo (manía propia del poema fluido) pero sí que se describa un mundo determinado a través del dato heteróclito, tal como lo quería el Idioma de John Wilkins: entre los ciclistas está la "vendedora de ramilletes" junto a "aquellos que 'no gracias', agradecen". El mundo no cierra por acumulación sino por extrañeza; su estado natural no es la contigüidad sino lo simultáneo.

Allí, en esa enumeración o en ese devaneo, el poema encontrará el elemento que le permitirá precipitarse, encontrar la salida. Pero esa precipitación de ninguna manera inviste la forma de una crisis sino más bien de un corte después del cual no es necesario en absoluto tomar una bocanada profunda de aire para seguir leyendo; con pasar de página es suficiente.

No es aventurarse demasiado pensar entonces que, luego de los sólidos y los fluidos, la época del poema gaseoso haya terminado de instalarse entre nosotros, aquel texto que es capaz de evaporarse sin dejar huella o cuya huella es justamente lo que no está, lo que pasó. El poema propone la plenitud opuesta a la privilegiada por aquellos formatos: no es el lleno lo que experimenta el lector -búsqueda que tanto el sólido como el fluido persiguen, sea por sinécdoque o por metonimia- sino, al contrario, lo vacío. Ese vacío que pedimos a diario y que nos prepara para el mundo que le sigue al desayuno.
Autor
Francisco Bitar nació en Santa Fe en 1981, ciudad donde reside. Publicó los libros de poemas: Negativos (2007), El olimpo (2010) y Ropa vieja: la muerte de una estrella (2011), todos ellos en Ediciones Stanton. Tradujo a Jack Spicer (Quince proposiciones falsas contra dios, Colección Chapita, 2009). Tuvo a su cargo, junto a Sergio Delgado, la edición de Trabajo Nocturno. Poemas completos de Juan Manuel Inchauspe (UNL-EMR, 2010).