Melodías de época: algunas referencias
Juan Laxagueborde *


1
No son estas más que palabras que aparecen desde el fogonazo sensible del escucha. Fogonazos que pretenden ser traducidos a palabras. Palabras que a veces no alcanzan pero que otras pueden pulir la caterva de sensaciones discontinuas que los sonidos gestan en nuestras conciencias.
Es este un texto de y para la época. Pero la época siempre no es, o es otra cosa de lo que terminamos por cristalizar cuando la decimos. Entonces este es un texto perecedero. Son apuntes para abandonar, escalas para seguir escuchando.

2
Si vimos alguna vez a Fernando Kabusacki en vivo notamos, muchas veces, la forma en que utiliza los pedales para transforman los sonidos, cómo diversifica el lenguaje de su instrumento. Kabusacki no pisa los pedales, los manipula. Sentado, y con toda la parafernalia tecnológica sobre sillas y banquitos, no cesa de graduar y regraduar las tonalidades y texturas de su música. Como un artesano que se impone con mesura, articula la seguidilla de sonidos mientras transforma el sendero a cada paso. Mientras su música se va reconfigurando desde sus manos, parecen producirse centellazos de sensibilidad que condicionan toda organicidad esperada. El peso de la posibilidad infinita de sensaciones pone al músico rosarino en un estado de indeterminación continua, un suave devenir en el que late el estallido, como potencia. La potencia del que, sentado, parece sólo esperar, pero nota la capacidad de la cadencia como fuerza.

3
El festival Ciudad Emergente supone en estado de conjunción a las tendencias artísticas por unos días. No es eso. En este evento -palabra no menor, que le cabe justa- esa conjunción se da entre las emergencias sesgadas de algo que se pretende nuevo. Emergencia y novedad deben ser homologables pero no porque las dos corten drásticamente con la trama de linajes que las componen. Lo que emerge es aquello que, como una nervadura, aparece amparado en algo anterior, para solicitarlo y a la vez trascenderlo. Una ciudad se compone de emergencias en las que respira el suelo de donde provienen. Imágenes de videogames pixelados o colorinches formas artísticas que más que destreza sensible son meramente ideas que confunden invención con distinción pura y dura no pueden nunca monopolizar las nociones de renovación o estética de época.

4
Florencia Ruiz ha dislocado la posibilidad de que este festival se convierta en un status quo de lo que emerge. Participar no es, en este caso, participar de la podredumbre cultural que en la mayoría de las actividades se nota. No. Sepamos que Estado y Gobierno no son lo mismo. La música de Ruiz, y en el festival de este 2011, su tándem con el Mono Fontana, compone una grieta de luz en semejante bochinche establecido. Es un aliciente de vitalidad. "No quiero descartar mi corazón al respirar", nos canta. Respira, pues, en la música que oímos, la posibilidad de hacer de la sensibilidad un continente de conmociones y brisas que nos asienten en la época para despertar de nosotros las mayores y más grandiosas sensaciones de trascenderla. Se sabe: no necesitamos más que esto para emprender una ciudad que realmente emerja convencida, pomposa y desatada.

5
La fusión es la forma en que tonalidades se entrometen y se conjugan de modo armónico, suponiendo en esa composición un reflejo de lo mejor de cada una. Liliana Herrero nos presenta una mirada distinta. "Diálogo de géneros", dirá. Es que entonces su música es una disputa en acto del conjunto de la historia cultural, de las napas melódicas de una nación. Sí, creemos que es eso en infinita reescritura. Herrero es nueva, siempre, porque sabe calar en lo imperfecto para seguir condicionándolo. Sabe tomar las hebras más hermosas de poéticas diversas para ponerlas en tensión, sabiendo que no se podrá exigir a la música, a sus tonalidades y materias, otra cosa que, siempre, una chance más de ser bifurcada hacia caminos boscosos. Senderos opacos que en el horizonte lejano, que siempre se abisma, saben de una hospitalidad llena de calidez.

6
Escuchamos finalmente las explosiones sonoras de Go-neko! y notamos que truenan las conciencias bajo esa febril atmósfera que nos proponen. Entre los sonidos, voces desgarradas que exigen o sufren por situaciones que nos acercan a la turbiedad del vórtice.
Estos ruidos concatenados son el epílogo del inicio de una época o la pormenorizada dificultad de verterla en un lenguaje establecido. Toda época es, también, la imposibilidad de ponerla en paralelo a las palabras que deben nombrarla. Estas siempre llegan después.
Los Go-neko! permiten el balbuceo primero del conmovido, del desgarrado, que se erige ampuloso a ver qué está pasando consigo y con su naturaleza.

7
La música, entonces, siempre, nos exige este paso mayor que se desgaje de ella para ir en búsqueda de otras incomodidades.
Integramos lenguajes que sabemos complejos para salir distintos a lo que hay. Lo que hay nos constituye. Estos lenguajes que aquí apuntamos también son lo que hay, pero son lo que no había. La posibilidad de encontrarlos es tarea desafiante y venturosa. Sepamos que los sonidos que ya sentimos quedan en nosotros como amparo infinito. Vayamos a encontrar ahora, ya, lo que no hay, para que exista.
*Autor
Juan Laxagueborde nació en Buenos Aires en 1984. Es miembro de la revista Mancilla y del espacio cincomohos. Actualmente está terminando la carrera de sociología.