Un agujero por donde escaparse
Virginia Cosin *


Baño de un restaurant. Pisos de cemento. Paredes recubiertas de venecitas. La bacha es un fuentón apoyado sobre una mesada de pinotea. Sobre ella, un gran espejo. Luz tenue.
Mía está sentada sobre la tapa cerrada del inodoro. Tiene la cartera sobre su regazo. Con una mano sostiene contra su nariz un bollo de papel higiénico completamente teñido de sangre. El maquillaje de los ojos un poco corrido. El pelo recogido en un rodete. Lleva puesto un vestido negro muy escotado. Las mejillas excedidas de rubor.
Se levanta, se mira en el espejo, se toca la nariz para comprobar que no sigue sangrando. Tocan la puerta. Se sobresalta. Tira la cadena. Deja correr el agua.


Mía: Un momento. Ya voy.
Pablo: ¿Estás bien?
Mía: Perfectamente
Pablo: Hace más de diez minutos que estás ahí ¿Estás segura?
Mía: Si, segura. Ahí voy.

Mía abre su cartera y de ella saca la billetera. La abre y se queda mirando una foto. La besa. La guarda. Vuelven a tocar la puerta.

Mía: Ocupado

Abre la tapa del inodoro y mira el interior de la taza. Tira nuevamente la cadena. Mira el agua correr. Tocan la puerta.

Pablo: ¿Mía?
Silencio.
Pablo: ¿Mía?
Mía: Qué.
Pablo: Pedí la cuenta.
Mía: ¿Te vas?
Pablo: Nos vamos
Mía: Te vas
Pablo: No, te espero.
Mía: ¿Para qué?
Pablo: ¿Cómo? No te escucho. Dale, salí. ¿Estás descompuesta?
Mía: Sí.
Pablo: ¿Necesitás algo? ¿Un Certal?
Mía: No, gracias

Silencio

Pablo: ¿Estás?
Mía: Si. Ahí.

Mía tira la cadena. Se escucha correr el agua.

Mía: Listo.

Camina hasta el espejo. Se congela frente a su propia imagen. La nariz empieza a sangrar otra vez.

Pablo: ¿Y?
Mía: Necesito más tiempo
Pablo: ¿Más?
Mía: Andá vos si querés.
Pablo: No, no. Te espero.
Mía: Mirá que no sé cuándo va a terminar esto.
Pablo: Es que yo quería...
Mía: Yo diría que vayas
Pablo: Necesitaba decirte algo.
Mía: ¿Importante?
Pablo: Si, muy.
Mía: Lo siento.
Pablo: Desde que llegamos que estás ahí metida.
Mía: Sí.
Pablo: Ya me comí la entrada, el plato principal y el postre
Mía: Yo no quiero nada. Gracias.
Pablo: Van a cerrar.
Mía: Mentira. Es temprano todavía.
Pablo: Bueno, pero acá hay unas chicas que quieren entrar.
Mía: Que vayan al de hombres.
Pablo: ¿No tenés hambre? ¿Sed?
Mía: Tengo un agujero en el estómago.
Pablo: Bueno, Mía, está bien. Me voy a ir.

Mía se examina los orificios de la nariz. Silencio. Pasos que se alejan de la puerta.

Mía: ¿Pablo?

Silencio

Mía: Pablo ¿Pablo? ¿Pablo? ¿Pablo?

Pasos que se acercan a la puerta

Pablo: Mía. Tenés que salir. Dice el gerente que tenés que salir. Hay gente esperando para pasar.
Mía: No puedo
Pablo: ¿Pero qué es lo que no podés? No seas ridícula, por favor. Ya me está dando vergüenza.

Pausa

Pablo: Bueno. Yo me voy
Mía: No!
Pablo: Chau.
Mía: Pará Pablo, no. ¿No tenías que decirme algo vos?
Pablo: Chau, Mía. Así no se puede.
Mía: ¿Qué cosa no se puede? ¿Ves? ¿Ves que nos carcome la impotencia a los dos? ¿Ves que somos iguales? ¿No que me entendés? A veces uno no puede. No puede. Yo no puedo. Entendeme. ¿Me entendés? ¿Me entendés, no?
Pablo: No.
Mía: No soy tan complicada

Mía baja la tapa del inodoro y se sienta. Repliega las piernas, apoya su cara sobre las rodillas. Empieza a llorar.

Pablo: Mía. Tranquilizate por favor. Aquí viene el gerente, que van a tirar la puerta abajo si no abrís.

Mía llora a los gritos. De a poco va menguando. Levanta la cara. Le cuelgan los mocos. La cara completamente roja e hinchada.

Mía: No. Esperá. Ya pasa.

Pausa.

Pablo: ¿Y? ¿Qué hacemos?
Mía: No te vayas.
Pablo: No es tan fácil. Perdoname.

Mía se levanta. Se acerca a la puerta. Espía por el ojo de la cerradura.

Mía: Estás ahí
Pablo: Por ahora. Si.
Mía: Al final todos se van.

Mía se aleja de la puerta. Levanta la tapa del inodoro. Se baja la bombacha. Se sienta. Hace pis. Se levanta más el vestido, se baja más la bombacha. Se inclina hacia delante y se examina el sexo. La cabeza colgando.

Mía: Me vas a decir que no te dio satisfacciones
Pablo: ¿Qué? No te escucho nada
Mía: ¿Que me vas a decir que no te di satisfacciones?!
Pablo: Si, si... No es eso
Mía: ¿Y entonces qué es?
Pablo: No se. No hace tanto que te conozco. Lo que quiero decir es que sos divina y todo, pero...
Mía: ¿Pero?
Pablo: Pero no estoy preparado. O sea.
Mía: O sea...
Pablo: O sea, vos querés hijos. Y a mí me parece una decisión un poco apresurada para tomar en esta etapa de la relación.
Mía: Para ustedes siempre es apresurada
Pablo: Hace unos meses que salimos.
Mía: Y yo hace treinta y ocho años que estoy acá metida. En este mundo. En este cuerpo. Y no encuentro un agujero por donde escaparme.

Se levanta. Se sube la bombacha. Tira la cadena.

Mía: Con Martín, por ejemplo. Salí seis años. Seis. Pero en ese momento éramos muy chicos. No sabíamos lo que queríamos. Yo ya tenía claro esto de querer tener hijos. Pero él no. Para él, primero la carrera. Y yo también, entonces. Primero la carrera. ¿Pero cual? Ni idea. Me puse a estudiar ciencias de la comunicación. Porque, no sé. Para hacer algo, tener un título. Pensé que iba a terminar trabajando en televisión o algo. Pero nada que ver. Me pusieron a leer a Adorno y a Horkhaimer. Yo no entendía nada. Pero nada. Cosas como La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica... Dejé. Martín en cambio, se recibió. Ciencias económicas. Ahora está en Francia con una beca.
Pablo: Acá me dice el señor, el encargado del lugar que vas a tener que salir de ahí, Mía.
Mía: No puedo, decile al señor. Estoy vomitando.

Pausa

Mía: (Canta) Sal de ahí, chivita, chivita. Sal de ahí de ese lugar. Hay que llamar al lobo... Para que saque a la chiva. El lobo no puede sacar a la chiva, la chiva no quiere salir de ahí... Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar hay que llamar al... al... al..¿La conocés?
Pablo: Si.
Mía: La cantábamos en el auto de mi papá cuando íbamos para Miramar, con mis hermanos.
Pablo: No estoy de humor para que me cuentes.
Mía: Bueno, entonces qué. ¿Querés hablar? Hablá.
Pablo: Así no
Mía: Ellos ya se habían separado. O no. Todavía no. Estaban juntos pero se peleaban todo el tiempo. Nosotros también en el asiento de atrás nos peleábamos. Malena, mi hermana, la más chica, porque quería ir al medio y yo no la dejaba. Lucio, mi hermano, porque quería poner las patas sobre el asiento y como no había lugar nos pateaba. Siempre pinchábamos una goma. Pero siempre. No había ni una vez que no tuviéramos que parar en la banquina. Papá no tenía paciencia. Las vacaciones eran un castigo de Dios para él. Cuando llegábamos a la playa se quedaba debajo de la carpa, o directamente se quedaba en la casa. Jugaba todo el día con una maquinita de ajedrez electrónica. En una mano, el vaso de vermut. En la otra, el papamoscas. Si dejabas la puerta-mosquitero abierta te pegaba a vos. La piel te quedaba cuadriculada. Estaba obsesionado con las moscas. Un odio visceral . Todos teníamos mucho cuidado de no dejar el mosquitero abierto. Pero siempre a alguno se le pasaba. A mamá una vez la estroló contra la pared. Ahí, creo, que fue cuando se separaron. Mamá agarró la sartén con aceite hirviendo y lo amenazó que lo quemaba vivo. Y nunca más.
Pablo: Vos estás mal.
Mía: Nunca más lo vimos a papá.
Pablo: Vos estás muy mal.
Mía: Para mí mejor. Algunas personas más vale perderlas que encontrarlas ¿no?

Pausa

Mía: ¿Qué me viste?
Pablo: Sos linda.
Mía: ¿Eso? ¿Nada más? ¿Soy linda?

Mía se mira en el espejo.

Mía: Era linda.
Pablo: Pero no va más

Mía busca la cartera que está tirada en el piso, a un costado del inodoro. La abre y saca un porta cosméticos. Saca papel del dispenser que está a su lado y con una crema empieza a quitarse el maquillaje, corrido por el llanto.

Mía: Qué bárbaro. Ya no puedo salir a la calle sin revoque.
Pablo: No quería lastimarte.
Me pareciste dulce. Quería cuidarte.
Mía: Suele pasar. Siempre es así al principio.
Pablo: Pero ahora me das miedo.
Mía: No soy yo. Es la gangrena que va reptando. Avanza.
El miedo es contagioso.
Pablo: Yo quería ser parte de tu vida
Mía: Y ahora tengo que amputarte. Como a un miembro del cuerpo.
Como en las películas de artes marciales chinas en donde, por ejemplo, alguien le rebana a otro un brazo, o la cabeza, y la sangre sale disparada, a borbotones, arrasa con todo lo que se le pone por delante. ¿Viste alguna de esas películas?
Pablo: Si.
Mía: Yo era fanática en una época. Me las alquilaba en un video de Corrientes que tenía toda una batea de artes marciales. Cerró.
Pablo: Ah.
Mía: Si. Una pena.

Mía saca del porta cosméticos sus maquillajes y empieza a maquillarse de nuevo. De a poco su cara va transformándose en una extraña máscara, como de muñeca de porcelana o de muerta. Del otro lado de la puerta se lo escucha a Pablo gemir contenido y moquear.

Mía: Después, hubiera sido esperable que todo fuera para mejor. Pero mamá tuvo que salir a trabajar. Y vendimos la casa. Echamos a la empleada porque no había con que pagarle. Igual, ella -Solange se llamaba- venía a veces a visitarnos porque se había encariñado. Y nos traía limones que arrancaba del árbol del fondo de su casa. Pero casi siempre mis hermanos y yo nos quedábamos solos. No te creas, nos divertía estar solos. Nos seguíamos peleando, pero no tanto como antes. Estábamos más unidos. No te digo que éramos una ghestalt, pero más o menos. "Los hermanos sean unidos", todo eso. Cuando mamá llegaba del trabajo lloraba todo el día. Lloraba sin parar. Nunca tuve tanto miedo en toda mi vida como cuando veía a mi mamá llorar.
Pablo: Mirá, Mía. El baño es público ¿Sabés? Hay que salir en algún momento de ahí. Si no, lamentablemente, voy a tener que irme y dejar que se arreglen los señores con vos, acá.
Mía: Tengo tu billetera.
Pablo: ¿Cómo?
Mía: Tengo tu billetera. Vos me pediste que te la guardara en mi cartera porque no te entraba en el bolsillo.
Pablo: Bueno, damela, por favor.
Mía: Cuando termine. Me falta poco. No sabés el desastre que era. Me tengo que arreglar un poco. La sangre ya paró. Fue una hemorragia.
Pablo: Bueno. Apurate por favor.

Pausa

Mía: Intentó suicidarse. Mi hermana y yo estábamos ahí. Mi hermano no. Había salido. Malena le cortaba el pelo a una muñeca. Estábamos en el living, tiradas sobre la alfombra, en remera y bombacha porque hacía mucho calor. Éramos preciosas con Malena. Las dos. Una más linda que la otra. La gente nos paraba en la calle para mirarnos. Rubias, de pelo largo, flaquitas, frágiles, un poco huerfanitas. Como Barbies. Mamá tomaba sol en el balcón. Estaba en bikini. Un cuerpo escultural. El corpiño abrochado no por sobre el cuello si no en la espalda, para que no le quedara la marca. Apenas pudimos ver que se levantaba y se asomaba, el torso para adelante. Y que lentamente se dejaba caer. Malena y yo tratamos de sostenerla, le agarramos los pies, pero no nos dio la fuerza. La vimos estrellarse contra el piso. Se quebró varias costillas y las dos piernas. Estuvo internada varios meses. Mis hermanos y yo fuimos a vivir con mi abuela. Cuando mi mamá volvió fue como si hubiera vuelto a nacer, dijo. En realidad lo que pasó es que un médico de la clínica se enamoró perdidamente y se la llevó a vivir con él. A ella y a nosotros. Nos dio todo lo que nuestro padre jamás pudo. No sólo le salvó la vida a ella, decía mi mamá. También nos la salvó a nosotros. Que estábamos en deuda, nos dijo. Siempre quedó muy claro que estábamos en deuda.
Pablo: Me das pena
Mía: Ella no solo se recompuso perfectamente sino que se empezó a dedicar, con un éxito fulminante, a la decoración de interiores.
Pablo: Me das mucha pena. Pero eso no alcanza.
Mía: Empezó a decorar casas de famosos y a salir en las revistas.
Pablo: Te hundís, Mía. Pará.
Mía: Es para que me entiendas

Pausa.

Mía: Siempre dije: cuando tenga un hijo no voy a ser como ellos fueron conmigo. Cuando tenga un hijo lo voy a amar y a cuidar y a respetar.

Pausa. Mía se acerca a la puerta. Susurra pegando su boca al marco:

Mía: Tengo un agujero violado, pero no por la irrupción contraria a mi voluntad de nada, sino por su falta. Todavía tenemos tiempo.
Pablo: Ahora sé que no.
Mía: Que no.
Pablo: Que no te quiero.
Mía: Casi no nos conocemos.
Pablo: Siempre me atrajeron las locas.
Mía: ¿Por qué decís eso? Yo no estoy loca.
Pablo: Por favor. Me quiero ir. Dame que pago.
Mía: Me estoy terminando de arreglar

Va otra vez hacia el espejo. Con meticulosidad continúa maquillándose.

Pablo: No sabés nada de mí.
Mía: Sé todo. Sé que si te vas se abre otra herida, otra ausencia que de a poco se va a ir cerrando. Que la cicatriz queda. Que supura a veces.
Pablo: ¿Y si me quedo?
Mía: Si te quedás voy a tener que agradecerte.
Pablo: Sos una histérica.
Mía: No. No tengo salida. Estoy atrapada entre dos paredes. Como en esas películas ¿viste? de aventuras, en las que el héroe, o la heroína en este caso, está sujeta a una silla, por ejemplo, y las paredes empiezan a cerrarse y ella corre el riesgo de morir aplastada...
Pablo: Siempre hay algo que la salva
Mía: ¿Vos?
Pablo: ¿Yo?. No, yo no. No otro. Vos tal vez. Vos misma. ¿No pensaste?
Mía: No. Pensé en escaparme.
Pablo: Es lo mismo
Mía: No es lo mismo. Qué ingenuo que sos, pobrecito. No es lo mismo.

Pausa

Mía: Cuando mamá se recuperó, ella y el Doctor nos cambiaron a un colegio privado. El más caro que podían pagar. No nos faltaba nada. Nos vestíamos todos en Cacharel. Fuimos a Miami, a Disney World. El pasado, pisado. Mamá tiró las fotos de Papá, las fotos en las que se la veía demacrada, las fotos en las que mis hermanos y yo éramos bebés. Sin que ella se diera cuenta yo rescaté una. La tengo en la billetera.

Busca la billetera que está en su cartera. La abre se queda mirando la foto, la aprieta contra su pecho.

Mía: Tengo como unos cuatro o cinco años, acá. Eso que se ve atrás verde es pasto. Estoy en la plaza. Sonrío. El sol rebota en mi cabeza y se me hace como un reflejo dorado en el pelo... ¿Sabés que hago, a veces, cuando voy a un negocio y la vendedora ve la foto? Le digo que es mi hija. "Ay, se parece tanto a usted", me dicen. Si, contesto yo toda orgullosa. ¿Vió qué linda?

Pegan un fuerte golpe en la puerta. Mía se sobresalta.

Pablo: Mía está acá el encargado. Va a traer a alguien para que abra.
Mía: Me parece que sangro de vuelta
Pablo: Tienen que hacerte un cateterismo en la nariz. No puede ser que sangres así, todo el tiempo. Salí que vamos a una guardia.
Mía: No, creo que es otra cosa. Creo que sangro ahí abajo.
Pablo: Voy a ver cuanto falta para que llegue. Ahí vengo
Mía: No te vayas ¿te vas? No te vayas
Pablo: Ahí vengo.
Mía: Te vas, claro.

Pausa

Mía: Te fuiste.

Pausa. La cara de Mía está blanca y brillosa como la cera. Tiene puesta mucha sombra negra alrededor de los ojos. Con el rouge rojo se pinta la boca.

Mía: A veces me paso horas pensando en matarme. Primero, cómo. Un cutter, pienso. Me imagino el filo de la hoja clavándose en la muñeca. (Se pinta de rojo la muñeca con el rouge) Arde. Creo por un momento que no me animo. Pero insisto. Abro más la piel, hundo con fuerza hasta que llega a la vena. Se rompe. La sangre empieza a brotar, chorrea en el piso. Y con la mano temblorosa, un corte preciso y automático en la otra. Después, meto las muñecas en el agua. Porque yo sé cómo es la cosa. Una vez vi una película en la que el chico se corta las venas y después no le pasa nada. Porque la sangre se seca y la herida cierra. Hay que meterse en agua para que eso no pase.

Pausa

Mía: Me mareo. Es la sensación más dulce que se puede tener en la vida. Sentir que te dormís de a poco, que desaparecés. Desvanecerte. No me da miedo. Ya casi no siento nada. Los ojos se me cierran. El cuerpo me pesa, pero me siento liviana al mismo tiempo. Me desplomo sobre el piso. En la tierra se abre una zanja. Una fosa. Ahí voy a parar yo. Al fondo. Después el hueco se rellena con tierra. Se tapa. No más agujeros.

Se escucha una ambulancia y pies que corren hacia la puerta. Alguien pega un golpe seco para romper la traba. La puerta se abre. Mía está tirada en el piso, inconsciente.
Nota
Esta obra fue mención en el V premio de dramaturgia Germán Rozenmacher.
*Autora
Virginia Cosin estudió cine en la Escuela del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y es egresada de la carrera de dramaturgia de la Escuela Metropolitano de Arte Dramático, dirigida por Mauricio Kartun. Trabaja como guionista y coordina talleres de escritura. Colabora frecuentemente en distintas publicaciones nacionales. Entre otras, la revista de cultura Ñ, del diario Clarín, el suplemento Radar de página 12 y la revista Brando. En el 2011 Editorial Entropía va a publicar su novela Partida de nacimiento.