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Fogonazos
De Mariano Abrevaya Dios
(Pánico el Pánico, 2010)
Ulises Zadoff*

¿En qué lengua se escribe la literatura? ¿Cómo representar el habla de los marginados sin caer en la lástima lacrimosa ni en la fascinación esnob? Las respuestas que encuentra Fogonazos, primer libro de ficción de Mariano Abrevaya Dios, apuntan en una dirección: para hablar del otro hay que hacerlo casi como lo hace el otro. Es así como la voz narrativa de los tres cuentos que componen el texto tiende a utilizar, como marca de estilo más evidente, tanto el léxico coloquial como los giros expresivos de sus personajes. Se trata de marginales y marginados, lúmpenes o descolgados del Sistema general que deben armar uno propio para sobrevivir. Roban, se drogan, pelean en una villa, o son policías, y no tienen más reparos morales que los inspirados en la conveniencia ocasional.

Desde la perspectiva realista a la que adhieren estos relatos, la dificultad de que un narrador en tercera persona asuma la jerga de sus personajes reside en un problema inicial, que en este caso lo marcan las propias narraciones. Porque se trata de una textualidad cercana al relato policial negro, que exige una destreza y una agilidad narrativa ausentes en la oralidad de los protagonistas pero presentes en el ritmo sostenido de estos relatos. De allí que aparezca este narrador un poco contaminado, entonces, por el vocabulario de sus personajes. Se pretende hablar casi como ellos porque se está con ellos, porque se comprende la raíz del encierro social en el que están inmersos y del que no parece haber salida. Y si este contagio genera algún cruce indeseable –como cierto machismo de vereda en la descripción de una mujer, o una persistencia en expresiones de la calle que pueden sonar impostadas a fuerza de repetirse–, por más cercanía lingüística que exista, el narrador nunca juzga a sus personajes ni cae en la conmiseración tranquilizadora. No hay ni una mirada piadosa ni juicios morales sobre ellos, pero todos parecen ser víctimas de un mundo que no ofrece alternativas a la vista, o cuyas salidas son lo más cercano a una huida, siempre de la ciudad como núcleo generador de la marginación y como expulsor de la buena vida posible.

Los cuentos transcurren hacia fines de la década que acaba de terminar, entre la ciudad de Buenos Aires, su periferia y la provincia homónima, y los diferentes personajes bien pueden encarnar los perdedores, que, entre tantos otros, generó la larga etapa menemista. Período histórico que, como ningún otro, no se menciona en los cuentos salvo como referencia lateral; pero cuyo aura sobrevuela las escenas. “Los hermanos Poncio”, el primero y más logrado relato (o la única nouvelle) del conjunto, está protagonizado por jóvenes, en su mayoría treintañeros, que asaltan casas, venden y toman cocaína, charlan con amigos, juegan al pool y ven pasar el tiempo, hasta que la imprevisión y el azar los traicionan. En la segunda narración, “Con el rosario en la boca”, los personajes son contrincantes y acompañantes de una planificada y honorable pelea cuerpo a cuerpo en una villa miseria, cuyo desenlace puede leerse más o menos anunciado. Y en “Fogonazos”; que da nombre al libro, un policía federal enchastrado en un caso de gatillo fácil intenta salvarse explicando lo inexplicable frente a su abogado. A pesar de ciertos lugares comunes, y es probable que incontestables –la familia disfuncional como origen primigenio de la vida marginal, la cárcel entendida como escuela de la delincuencia, el consumo de cocaína como el momento único de confluencia posible entre clases sociales antagónicas, el campo como la salvación frente a la ciudad, la(s) policía(s) como modelo(s) de ineficiencia y corrupción, la solidaridad de clase como la única verdadera en un mundo hipersegmentado–, las cosas salen mal para todos ellos cuando violentan sus propios códigos, cuando algunos de los personajes dejan de ser respetuosos del orden tambaleante y precario en el que viven y contribuyen a provocar el desplome general.

Si la raíz de un realismo social en la literatura argentina suele rastrearse hacia la segunda década del siglo pasado en el grupo de Boedo, Fogonazos se distancia de la mirada compasiva, deshumanizante y monstruosa que esta vertiente tenía sobre sus personajes. Pero se inscribe en esta tradición en el intento de recuperación de su habla y en la ausencia de una escapatoria para ellos. Una década después de finalizada la Convertibilidad, estos lúmpenes o no tanto, estos arrojados y aherrojados de un sistema que no les brinda opciones más allá de sus pequeños grandes mundos particulares, siguen estando, a su manera, en los márgenes negados de un modelo cultural, educativo y económico que, a las puertas de un tercer mandato consecutivo, tampoco parece posibilitarles una reconversión vital. Que Mariano Abrevaya Dios sea presentado en la contratapa del libro como militante kirchnerista no hace sino subrayar esta carencia.

*Autor
Con otro nombre, Ulises Zadoff nació en Trelew, Chubut, en 1976. Estudió periodismo, algo de música y mantiene inconclusa la carrera de Letras en la UBA. Trabajó en medios gráficos y radiales, se dedicó a la comunicación institucional, dio clases de castellano en Francia y España, adonde también cargó cajas, vació museos y armó escenarios para sobrevivir. Tradujo al poeta Alfredo Jaramillo al francés y desde diciembre último es corresponsable de Ediciones Stanton.