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Una idea genial
de Inés Acevedo
(Mansalva, 2010)
Gustavo Toba*

“A los diez, cuando me mudé sola a mi cuarto, un día mi mamá abrió la puerta y me encontró mirándome en el espejo fijamente. ¿Qué hacés? me preguntó, y a mí me dio vergüenza. No era vanidad, era asombro por el simple hecho de existir ¿Cómo es posible que yo sea esto? me preguntaba, en una especie de abismo.” Escribir una autobiografía puede ser un modo de respuesta a un interrogante de este tipo. Una idea genial, la novela de Inés Acevedo, construye a través de la convención biográfica episodios de una vida en formación en que los hechos se disponen como un permanente salto entre pasado y presente, hilvanados por el hilo rector de una sutil sensibilidad e inteligencia narrativa: una niña que crece en medio de una vida rústica en un pueblo de la provincia de Buenos Aires es la escritora que corre hasta el instituto donde da clases de español, al tiempo que es la joven que elabora el duelo por la muerte de su padre en una terapia y escribe una biografía a la que considera el último grito de su adolescencia. El repaso de la vida familiar, las relaciones fraternales, el mundo del trabajo, la determinación del dinero, la relación con la lectura y los libros, la irrupción de la sexualidad, la amistad, pueden ser un catálogo temático que le incumbe a casi cualquier vida. Acevedo los recorre pero a modo de pequeñas escenas sobre las que despliega una prosa ágil y sugestiva. La percepción temprana por parte de la narradora de una particular diferencia propia de su personalidad -casi una condición de toda voz autobiográfica- es uno de los motivos de la novela: “Pensaba que el mundo era una porquería demasiado simple para mí. Me creía naturalmente genial.”, “Me presentaba ante todos como un ser maravilloso venido de otro planeta en el momento de su aterrizaje”, así como la revisión de un pasado familiar negado a la buena suerte: “Todo salía mal, porque faltaba mano de obra, dinero para invertir, o la parte comercial no estaba resuelta. Entre mi papá y mi mamá no hacían un Erdosain.” Es que al modo de las figuras arltianas (con las que sin embargo poco tiene en común), el personaje de Inés es una individualidad sobresaliente en un espacio obstruido, una sensibilidad a la que la falta de prosperidad le deja como huella cierta aversión de sí misma, aunque nunca desligada de ironía: “Gimena me parecía una persona perfecta y exitosa. Gimena y su novio habían inventado su escuela de español con un website en Internet en el 2001 y ahora Gimena vivía de eso, hacía yoga dos veces por semana y escribía poesía. Y yo era tan miserable que me camuflaba en la mesada de la cocina. Me sentía insegura, y la peor y sucia vergüenza de existir. Yo era el grano de Gimena, que aparte no tenía granos”. Respecto de Arlt, Masotta hablaba de un silencio metafísico característico de sus personajes: una comunidad del silencio ligada a la humillación. Por el contrario, la percepción de la narradora elige casi siempre la velocidad de una constatación en la que confía antes que cualquier inagotable reflexión angustiosa.: “¡Qué situación ridícula! Encerrados en un auto en silencio”, resume la narradora, fiel a su tono y su humor, el largo e incómodo trayecto en coche con su prima para visitar la casa paterna después de años. Es que a pesar de la advertencia inicial de que la novela será depresiva, su estilo, que siempre es jovial, lo desmiente cada vez que puede, como en el episodio en que recuerda el aniversario de la muerte de su padre, al regreso de una fiesta de casamiento: “Al llegar a mi cuarto me acordé del aniversario. A esa hora en Saavedra sale el sol, y yo siempre estoy tan feliz al amanecer que realmente No Lo Puedo Creer. Siento muchas ganas de vivir, y tengo Toda La Onda. Subí a mi cuarto y me quedé editando para el fotolog. Después me acosté y viví: la cama era un joyero de sábana azul, y yo la cosa más preciada del Cosmos. Era bueno tener mi cuerpo así, íntegro.”

“Una autobiografía precoz, cuando es como Una idea genial, inteligente y compleja -escribe María Moreno en la contratapa de la edición de Mansalva-, sólo puede ser la autobiografía de cómo uno se hizo lector y escritor en condiciones adversas para esa vocación.” Pero también, y es el caso de la novela de Inés Acevedo, el feliz intento de narrar un impulso capaz de delinear el transcurso de una vida, el deslumbramiento por la aparición de una espontaneidad a la que se fue destinado quién sabe cómo. Y entonces se vuelve irrelevante el hecho de que quien cuente su vida sea una niña, una joven o una anciana en su lecho de muerte: “Como soy autocrítica, me desprecio y creo que no soy capaz de hacer nada. Por eso me sigue sorprendiendo el momento en que agarré la mesita, la puse en mi cuarto y armé mi escritorito. Un espacio para escribir. En esa mudanza hay mucha energía. ¿Cómo se me ocurrió? Haber agarrado la mesa, haberla transportado. Me parece una idea genial.” Más adelante refiere: “A los quince, decidí empezar un taller de teatro en otro lugar (…) Sólo que el taller costaba ¡veinte pesos! Inmediatamente decidí buscarme un trabajo. Igual que cuando moví la mesa, este impulso me asombra, porque nadie me sugirió la idea ni cómo hacerlo. Y mi método fue eficaz.”

¿Cómo es posible que yo sea esto? ¿Cómo se me ocurrió? ¿Qué es una idea? En esa mudanza hay mucha energía. Una idea genial es, con su hermoso título, una biografía de movimientos, de impulsos sostenidos, de coherencia estética. “La reescritura sería el arte de darle naturalidad a lo muy trabajado. Algo que al escritor le llevó mucho tiempo, pero que no declara su edad”, anota Libertella en El árbol de Saussure. Lo mismo podría afirmarse como generalidad de toda escritura de una vida, aquello que en definitiva siempre se reescribe como por fuera de toda consecución cronológica, de todo antes y después, de toda causa y efecto. Por eso no llama la atención que la narradora sea víctima de “una forma diferente de percibir el tiempo” y que, como en una visión, vea a sus ocho años un rostro de sesenta reflejado frente al espejo. Esos espejos recurrentes en la novela que, sin embargo, poco tienen que ver con la melancolía. Son más bien algo en relación con ese más allá del que la narradora se siente conectada: la aparición de una imagen “más allá” de sus escenas de formación, de filiaciones familiares, de dataciones cronológicas. Esa imagen (que bien podría llamarse idea, y describírsela como genial) que hace del pensamiento un movimiento (sea de una mesa hacia un cuarto, de una mano sobre el papel, de una niña regresando sola en micro a Mar del Plata o de una joven yendo a pie por un camino de tosca), y que ahí donde parecía no haber nada, imprevistamente da lugar a algo. Las cosas suceden como en el comienzo de un poema de Ashbery: “Justo cuando pensaba que no había más lugar / en mi cabeza para otro pensamiento, tuve esta gran idea.” Verdaderamente: una idea genial.

*Autor
Gustavo Toba nació en Buenos Aires.