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El escritor como potencia de desidentificación.
El punto idiota, de Pablo Farrés
(Pánico el pánico, 2010)
Valeria Medero*

A los once años, cuando todavía es posible creer que se pueden tomar decisiones, Maurau quiso ser escritor”. Esta decisión es el acontecimiento que dará lugar al relato; así comienza “El punto idiota”, primer libro de Pablo Farrés; que desde el principio va a girar sobre preguntas tales como “¿cuándo alguien que escribe se transforma en escritor? O bien ¿cuándo un papel escrito se transforma en literatura?”. Preguntas jodidas, si las hay, y para las cuales se han ensayado tantas respuestas como concepciones del arte y de la cultura se han sucedido a través del tiempo.

La novela transcurre el devenir-escritor de Maurau, que emprende la desaparición de sí mismo como la transformación que va a convertirlo en escritor: “Es un trabajo y una producción que lleva toda la vida: hacer de la nada la propia nada, hacer de la impotencia de existir toda la potencia de inexistir” . El relato de la desterritorialización del protagonista es narrado por una voz que es a la vez “la compañía”; una voz disociada del protagonista: que lo narra, lo acompaña y lo interpela; una voz que va tomando fuerza a través del devenir-escritor, para volverse cada vez más, ella misma, la protagonista del relato.

El acto de escribir aparece, entonces, como un modo de desaparecer de sí mismo, de dejar un lugar vacío, incluso de obra: “No hubo obra pero escribió todas las obras en el modo de la imposibilidad que las funda: una obra sin libros que la traicione, una literatura sin escritores, una máquina literaria sin nadie que tome el lugar de su enunciación, pero al costo de volverse inexistente para sí mismo.” Es este concepto del escritor como forma-de-vida, el que va a atravesar todo el relato, tanto en la ficción como en las reflexiones sobre lo literario. Dentro de esta concepción ser “Escritor”, es algo que no se nace ni se hace: porque no es algo en el registro de lo real o de lo simbólico, sino algo en el registro de lo imaginario, entendido como una potencia de desidentificación (1). Esta concepción es la que tiñe, desde el principio, una serie inserciones metaliterarias (llenas de señas para iniciados) que son intercaladas por la voz que narra a través del relato:

“El problema de cómo el escritor se hace invisible para sí mismo nunca termina de comprenderse porque se lo confunde con la estupidez de tener un secretito”

“Incluso ahí donde la literatura juega al apocalipsis y se hace post-literatura reduciéndose a crónica bien escrita, que queda de la ficción sino el juego de algunos idiotas”

“Lo único que vio fue una especie de Aleph idiota, un Aleph que funcionaba mal, que pretendía un infinito simultáneo y sólo era el lastre retrasado que se hacía sucesivo.”

El punto idiota es, entonces, una línea de fuga y el devenir escritor una desterritorialización de sí mismo, pero este libro también es una desterritorialización del género mismo de la novela. Y es desde esta idea que puedo explicar lo que entiendo como el problema de este libro: el problema de la forma. ¿Cómo se “conforma” esta novela? ¿Qué forma trata de asumir? Entiendo es la de la disrupción como forma, una forma agujereada, discontinua, que pone en evidencia otra cosa. Pone en evidencia este libro como excusa para una teoría de la literatura, de lo literario, de la escritura y del escritor (y acá me pregunto cuanto de esto sería posible sin la posibilidad de la idea de post autonomía literaria que se critica en ella).

Y así como Maurau procrea de manera anómala, hay un relato híbrido, anómalo, que nunca termina de nacer más que por la ruptura de aquello que lo engendró, un a medias entre la metáfora y la bajada de línea metaliteraria: dos géneros en la lucha darwinista por la supervivencia del mas apto. El punto idiota se traga a sí mismo, en una caída en abismo que termina convirtiéndose en una sucesión cada vez mas vertiginosa de imágenes sin mediación de una trama que las organice, cada vez mas por fuera del relato marco. Como un cuadro roto que empezó a caerse de la moldura, quedando un poco afuera y un poco adentro, “El punto idiota” termina siendo como “El Aleph” pero sin el sótano de la calle Garay desde donde poder asomarse a su radiante fulgor. Como estar ante la inminencia real de la muerte sin tener siquiera el consuelo del recuerdo de Beatriz Viterbo.

Nota
(1) El concepto fue tomado de Daniel Link “El escritor como forma-de-vida”. En: http://linkillodraftversion.blogspot.com/2010/11/el-escritor-como-forma-de-vida.html
*Autora
Valeria Medero nació en Hurlingham en 1973. Es Lic. en Administración, estudiante intermintente de Letras en la U.B.A. y está por terminar un Posgrado en Gestión de la Cultura. Escribió crítica de poesía para la revista literaria Bestiario y artículos para la revista de crítica de Arte Zona Churrinche. Esta es su segunda participación en No-Retornable.