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La abogada de la transgresión
Sobre La promesa de Silvina Ocampo
(Lumen, 2011)
Esteban Leyes*

La promesa, uno de los textos más extensos de Silvina Ocampo, se mantuvo inédito hasta hace unos meses, y aparece en el marco de una reedición casi integral de la obra de la autora. En este caso, la edición se da dentro de una especie de biblioteca de autor que prepara la editorial Lumen, desató una celebración inédita desde múltiples páginas culturales de los diarios de mayor tirada.

En menos de dos décadas, la recepción de la obra de Silvina Ocampo se amplió más de lo imaginado. Incluso más de lo que imagina la crítica de los suplementos culturales, que se apura a aclarar la filiación de Silvina a la historia de Sur. No deja de llamar la atención que todas las portadas de las reediciones de su obra hayan sido ilustradas con fotos que resalten su excentricidad y su singularidad. Estrategias del mercado que pretenden construir una imagen, fijarla, aquietarla. Pero cuando las tapas quedan atrás, las páginas comienzan a cuestionarlas.

“Soy analfabeta. ¡Cómo podría publicar este texto! ¡Qué editorial lo recibiría! Creo que es imposible, a menos que suceda un milagro. Creo en los milagros.”

Así comienza La promesa. Una mujer cae del barco en el que viaja. Sin que nadie lo note, queda flotando a la deriva. Éste, sin más, es el argumento de La promesa. El resto es el milagro.

La narración es sostenida en primera persona, por esa misma mujer, que prometió a Santa Rita – abogada de lo imposible – que si se salvaba escribiría “este libro”. Aquí aparece una clave de lectura de esta novela: el tiempo de su enunciación. Es el pretérito verbal el que refiere a la promesa cuyo objeto es este libro que desde la primera página se propone como un milagro.

Organizado, en términos de su narradora, cómo un “diccionario de recuerdos”, el libro enhebra escenas que van llegando como el oleaje del mar. En él, la mujer armará un inusual inventario de personajes con historias de relativa autonomía, a punto tal que, como señala Montequin en el prefacio, algunos fragmentos fueron separados finalmente de la novela y aparecieron como cuentos en Los días de la noche. Pero es en estos intersticios de la narración, en que aparece con mayor fuerza la voz de esa singular narradora.

Una vez más Silvina Ocampo compone un texto en el que somos voyeurs de una enunciación que nos es ajena y en la que borra “las pistas de sí misma como autora” (1). Así quedamos frente a una voz que cuestiona la letra desde la primera página cuando anuncia su analfabetismo, y allí también, por añadidura, se cuestiona el origen, se pone en abismo y en crisis la gestación del texto. Y La promesa es también la historia, el momento previo de este texto.

La promesa, es un “rito” oral que genera un compromiso en el momento mismo de su enunciación y, por lo tanto, solo puede ser hecha por una persona en nombre propio. Así mismo, la sinceridad de la misma está dada, entre otras cosas, por la conciencia de quién la realiza, de su posibilidad de llevar a cabo aquello que promete. La promesa puede leerse como ese milagro, no el que se pide, sino el que se promete. Pero si esto es realmente así, debemos admitir otro cuestionamiento, que significaría a la vez una transgresión: ¿quién realiza en milagro de la promesa?

La puesta en crisis de aquel origen del texto, su posibilidad de existencia, da paso a la puesta en crisis del texto como milagro. Tanto si pensamos la novela misma como el milagro que trama la narradora como ofrenda a una virgen que no da respuesta, o como el malicioso milagro que hace posible el texto, pero no salva; en ambos casos cuestionamos la autoría. Justamente entre estas dos posibles lecturas, la novela cuestiona ese lugar, el de quién hace posible el texto .El de quién hay detrás de estas palabras.

La virginidad, el sexo, el género, también serán puestos en cuestión en la novela. Quizás por eso sea posible preguntarse ¿Quién es la Irene de La promesa, la que cede su voz y su lugar para que se escriba su historia?

Suspicazmente aquí hay otra Irene que también es “parte de ese desorden, una de sus organizadoras, también una de sus mártires” (2). Como aquella, que podía imaginar el texto que otra escribiría, la narradora de La promesa logra ordenar su novela: “este libro” (3). Y si logra salvar su voz, lo hace al “enterrarse en sus propias palabras”. (4)

Perdiéndose en la letra, la narración hace el milagro.

La promesa es ese sacrificio que salva la voz en nuestra lectura.

Notaa
(1) Ulla, Noemí. La insurrección literaria. Buenos Aires: Torres Agüero Editor, 1996.
(2) Ocampo, Silvina. La promesa. Buenos Aires: Lumen, 2011
(3) Ibídem nota 2
(4) Fangmann, Cristina “Delmira Agustini y Silvina Ocampo: Escritoras del exceso.” En Lopez Gil, Marta (Compiladora) Mujeres fuera de quicio. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2000
*Autor
Esteban Leyes nació en Buenos Aires en 1985. Trabaja como adscripto de la cátedra de Teoría y Análisis literario de la U.B.A. Publicó Las heladas por la editorial El caballo perdido y El muelle por la editorial CILC.