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La promesa de una lengua
Tierra en el aire, de Osvaldo Aguirre
(Gog y magog. Buenos Aires, 2010)
Alejo González*

Tierra en el aire, de Osvaldo Aguirre, pronuncia ya desde su título–y con el prometedor auxilio de una estrofa del poema “Trabajo”, de Umberto Saba - las primeras palabras de un mundo que, poema a poema y sin descuidos, se avoca a la exploración de su superficie geológica con todas las dificultades que eso supone y la tierra que levanta.

Armada de palabras justas, una voz nos propone su experiencia del tiempo: “Agosto es lo mismo / que enero”, admite. El espacio del recuerdo en el que se mueve la obra de Aguirre no es fácil. Al margen del tiempo, allí también se tornan indiscernibles otras cosas y entonces la confusión borra los caminos que traza el poema. Y ese, precisamente, es el asunto. La apuesta poética parecería jugarse en el avance de la poesía como trabajo del recuerdo sobre un terreno esquivo, lleno de piedras y barro.

Vemos que ya desde el primer verso, la “palabra”, abordada así, textualmente, sin vueltas, se somete a algunas operaciones de resistencia. Arrojada al suelo, es “sólo un puño que golpea y se mantiene mudo”. Trenza sus raíces cuando alguien la escarba. Y porque lleva en sí la naturaleza de una persistencia y de una inquietud, puede también ser la huella confusa que siguen los extraviados. De allí, quizás, la confianza depositada en ella.

Pero, antes que nada, la palabra es el camposanto donde descansa una “lengua muerta / en la tierra”. Es una añoranza. La poesía se arma de nostalgia ante una carencia y habla contra el silencio, pala en mano, excavando. La lengua sepultada, que es también un mundo y se promete como tesoro hacia atrás, en el recuerdo, y hacia abajo, en la tierra, nunca alcanza a ser más que lo que se cuenta de ella en otra lengua, la de la poesía; solo encuentra su presente en el parafraseo del poema: “Estas son las palabras / de abril. Las que caían / y se enredaban en tus pies / a la mañana. Estas son / las que cocinaban / con pilas de marlos, / las que comían / hasta decir basta, más / no puedo. Las palabras / con que andaban / a caballo y recibían / visitas…” También podríamos pensar en la lengua postergada de un mundo indecible.

De los últimos poemas de Tierra en el aire, nos llevamos la sensación de haber participado de un viaje y de un intento. Es así que los “había una vez”, que hacia el final del poemario inician una historia contada en esa lengua imposible, llegan tarde: “El bolso preparado / quema”. Es hora de irse y ya no queda nada del libro salvo la risa de los últimos versos y la musiquita que menciona Diana Bellessi en la contratapa sonando de soundtrack.

*Autor
Alejo González es licenciado en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y adscripto en la Cátedra Literatura argentina I B por la misma facultad.