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Villa Negra
de Alfredo Jaramillo
(El niño Stanton, 2010)
Javier Fernández*

Terminada la conversación alguien se nos acerca, camina con nosotros.
(A mí)
-Y usted, ¿a qué se dedica?
-Soy poeta.
-Hmm (demostrando interés) ¿y de qué escribe?
-Cualquier cosa. Nada es importante .-

Vicente Luy. No le pidan peras a Cupper.

En Villa Negra se destiñen fotos, historias, ciudades. Alfredo Jaramillo enumera y apropia. Son líneas musicales que generan una cadencia propia. “El que se fue de la ciudad/ ahora vuelve cambiado”. Una sensibilidad, un vértigo de ciudad en movimiento perpetuo condimentado con algunos rencores de provincia. Tres que “piensan en bengalas” y otros tres que “flashean con los autos”. Saberes que podrían pasar desapercibidos pero una voz los rescata. Es el poema, que deshace su camino a cada página. Son frases para descifrar la expresión Jaramillo, la fractura de sus versos: “Los oídos sanos, sin embargo/ para escuchar el ruido/ que hacen las cosas cuando se acaban” (…) “la herencia del quilombo”, “la cara del porvenir”, “berreos del prójimo”. Personas, sucesos, emociones, imágenes que persisten en la retina de un collage. El espíritu de un idioma atravesado por una percepción singular que descompone el lenguaje y encuentra su sintaxis. Villa Negra: “te pusiste a calcar ahí/ el dibujo de tu paranoia”(…) “El pobre camina cansado, busca/ una sombra en la que echarse a llorar”(…) “como un fuego tibio que viene/ y lleva y desintegra las formas de las cosas, una ola/ que arrasa las obligaciones, los contratos/ de hombre a hombre, los muebles, las cartas/ que el amor elige escribirse, de repente/ se demoran los trenes que jamás van a parar”. Un ojo despierto escribe esas líneas, un ojo alerta, inquisidor, tranquilo: “oliéndose la herida/ quejándose de su trabajo/ mirando por el pulmón del edificio” (…) “A veces me detengo y miro a los chinos/ fumar en la puerta de sus negocios”. Observación, sueño, fascinación, hastío. Aprender a verlo todo. El hilo alucinatorio de vidas vaciadas frente a la pantalla del televisor. Cruce inquietante en donde lo estético dice lo político. Los imaginarios veleidosos que destilan ciertos usos del dinero y el tufo de matones juveniles. Una siempre supuesta generación. Y ciertas drogas como escarapela obligada de pertenencia. Atmósferas artificialmente, para decirlo con Los Paraísos artificiales, mentadas. Kerouac, en Los vagabundos del Dharma: “pero no parecía en modo alguno un bohemio (un parásito del mundo del arte)”. Los patios de comida rápida, el grunge y la poesía de los ’90 tuvieron sus quince minutos de fama alguna vez y hoy todavía cada tanto se habla de eso. Villa Negra tiene las pausas de la vida, la confusión, el movimiento. Es evidente que acá no son estériles los usos de la adversidad. Hay imaginación y relato: “tocan la puerta y vas, como la esposa/ de un soldado en el frente, abrís:/ llegó una carta, te encontrás/ con una foto de tu suerte.”

*Autor
Javier Fernández nació en 1981. Publicó Cosas por el estilo (Letranómada), en 2010. Su novela, El cangrejero, ganó el Premio Indio Rico 2010 de Diario de viaje imaginario.