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Apuntes: Roland Barthes, un caso argentino
Miguel Rosetti*

En sorna, una docente de literatura deja caer en medio de una clase que el problema con los estudiantes de letras argentinos es que creen que la literatura la inventó Roland Barthes. Más allá de la empática suspicacia (y de suponer que se trata de un único problema), el comentario evidencia un extraño consenso generalizado. Desde, quizás, sus inaugurales apariciones en los artículos que publicara la revista Airón a comienzos de la década del sesenta hasta las ediciones de sus últimos seminarios y libros póstumos (algunos, ya directamente editados, traducidos, prologados acá), la figura de Roland Barthes ha ido a lo largo de estos cuarenta años perforando amplios segmentos de lo que podríamos llamar “la imaginación argentina”. Maestras escolares, escritores contemporáneos, artistas conceptuales, críticos culturales, editorialistas, ¡psicoanalistas!, sujetos de toda práctica “intelectual” han sido tentados y han cedido alguna vez a la necesidad de dejar caer las siglas: RB. Unos pasos más allá de la ocurrencia de Alejandro Rubio, que el posestructuralismo no fue otra cosa que el intento de argentinizar la literatura universal, Roland Barthes, dada la cariñosa preferencia que le hemos dedicado, sería algo así como el involuntario divulgador del ser nacional.

Esta colonización clandestina, tal vez parcial pero lo necesariamente patente como para considerarla un dato, no puede darse por explicada con simpleza. Ni en calidad de caso de marketing académico, ni en tanto episodio, uno más, del frugal proceso identificatorio que -de Sarmiento a Contorno- la cultura argentina ha entablado, a veces de con más insidia que lo que se ha querido admitir, con la cultura francesa. La intensidad y permanencia de la huella barthesiana desdicen en todo caso tales razones y dan por tierra cualquier sospecha de “operatoria”. ¿Es su multitudinario caudal de herramientas, de prácticas y disciplinas lo que constituyen su efecto de raid? ¿Una arma de guerra contra los antagonismos gruesos? ¿Se trata del mejor representante de un método analítico y por lo tanto de una necesidad profesional? ¿Es lisa y llana susceptibilidad a su agudeza, esnobismo, encanto?

Pedagogo, semiólogo, crítico literario, analista del relato, científico, escritor. Barthes fue, por formación, un exponente clásico de la cultura francesa: provinciano, católico, liceísta. No cultivó ninguna suerte de cosmopolitismo, apenas si se sintió maravillado por el exotismo del Japón, cuya reivindicación no carece tampoco de uso estratégico: todo sea por anteponer el respeto a la cualidad de los rituales nipones, su particular sostenimiento de una moral del signo vacío, al farragoso, completo, opaco panorama de la china maoísta, de la que volvió desencantado e, intuyo, con la secreta decisión de no dejarse arrastrar nunca más en empresas generacionales. También, rige decirlo, Barthes no solo no profesó un diálogo intercultural, sino que tampoco regionalizó su tarea: sabiendo alsaciano y occitano, dialectos que le llegaron por vía familiar, su única preocupación fue la lengua francesa. Francia, su agenda y sus autores. Brecht, Sarduy, Pasolini, algunas de sus contadas excursiones le interesaron, sí, pero en principio porque tocaron “temas franceses”.

Desde esta perspectiva, Barthes no es un ejemplar de exportación, customizado para semejantes afanes de antemano. Es posible incluso que su proliferación global estuviese traccionada por la explosión de la “Teoría Francesa” y que su figura apareciese adjunta a la de los pensadores de alto perfil en la bolsa de pensamiento francés que se ha dado el equívoco título de “posestructuralismo”. Foucault y Derrida, y quizás más atrás Deleuze y Barthes: todo por efecto de una lista colectora.

En rigor, Barthes fue un aplaudido, convocante y tardíamente consagrado profesor universitario y, no obstante ello, en Francia alcanzó reconocimiento extramuros después de publicar su libro hasta entonces más exótico, Fragmentos de un discurso amoroso. Fue después olvidado en conjunto con los compañeros de ruta, sin émulos, ni sucesores directos, con la peor de las actualidades, la editorial. Libros póstumos salieron con asiduidad durante los años ochenta. Recién en 2002 el legado cobra vigor, cuando el Centro Pompidou decide dedicar extemporáneamente una muestra retrospectiva sobre la obra (manuscritos inéditos, un patchwork con las fichas juveniles sobre Michelet, un archivo fotográfico más amplio que el que discretamente había seleccionado para RBxRB, …). En Alemania, por caso, nunca fue leído masivamente y en aquellos casos en los que se lo leyó, no se lo hizo sino con resentimiento. Se desprende de los juicios de Huyssen, al menos, un fustigar común: “posmoderno”, “frívolo”, “esteta”. Tal vez debamos el tenor de estas lecturas a la mediación infringida por la academia estadounidense que, propio de toda importación, convirtió exacerbadamente a los libros de Barthes en otra cosa: un passepartout. Llevó adelante, dado el blindaje, la profusión y la voracidad del sistema educativo norteamericano, todos los recorridos posibles. De los más sistémicos, que llevó a un conjunto de estudiantes a inventar un programa informático capaz de procesar textos bajo los parámetros y prerrogativas del análisis estructural del relato, cumpliendo así una utopía mercantil que sobrevendrían con la literatura global: que los libros se lean solos –cosa que Barthes de seguro hubiese aborrecido. Hasta las trayectorias más cercanas al culturalismo hedonista de la sociedad norteamericana, gráfico, si anotamos que en la década del setenta El Placer del Texto se convirtió en un best-seller académico, incluso contra las premisas del propio libro.

Sin embargo, Barthes difícilmente haya tenido en aquellas comarcas la pertinacia y vigencia que sostiene entre nosotros; donde todavía hoy la enseñanza normal está marcada a fuego por el estructuralismo sintáctico, donde existe una cátedra universitaria de “semiología”, una ciencia que el propio Barthes constituyó y que el propio Barthes desbarató, donde artistas como Eduardo Costa o Leandro Katz construyeron sus propios lenguajes y artefactos lexicográficos a la sombra de sus ideas, donde Beatriz Sarlo escribió un texto sublimador y una confesión de amor, “El Mundo de Roland Barthes”, y el propio César Aira le birló una frase a partir de la cual configuró su propia y original voluntad literaria: “la fuga hacia adelante”, donde uno de los libros más importantes de la poesía de los noventa, firmado por Martín Gambarotta, lleva el tan barthesiano título de Punctum. Así, desde entonces y de todos lados. Una escena en su diario de las noches parisinas es particularmente orientadora: un argentino (Jorge Glusberg) es quien se le acerca a la mesa donde cena para pedirle un texto, o una presencia, o una visita, o vaya a saber uno qué y Barthes consigna que no lo soporta. Copi, Raúl Escari, Hugo Santiago, Edgardo Cozarinsky están entre quienes lo frecuentaron en París (a su círculo íntimo o a sus seminarios), pero no hay indicio alguno que Barthes haya atendido, puesto en consideración, siquiera escrito alguna línea en el que resonase la Argentina como polo de atracción. Ni Borges, que había prendido algunas alarmas en Michel Foucault, que habría interesado a Félix Guattari, a cuyos textos Julia Kristeva había acudido, hizo mella en la sensibilidad de Barthes, quien sostuvo celadamente y con el mismo rictus que tienen los francófilos de todo el mundo que la cultura y la lengua francesa son la vía de comunicación y la herramienta más directa para afrontar el asunto más sugestivo de su tiempo: las formas de vida que Occidente había llevado a la extenuación desde 1789 y una moral de las formas (literarias, estéticas, éticas) capaz de contrarrestarlas, suplantarlas, imaginar nuevas.

La llegada de Barthes a la Argentina atestigua esa preocupación y ese efecto. El grado cero de la escritura (1953) fue el primer libro suyo publicado en el país, en 1967. Se dice que fue el letrista de tango Homero Expósito quien trajo el libro y se lo pasó en su momento a los lectores de la casa editorial Jorge Álvarez, Piri Lugones y Rodolfo Walsh. No es arduo conjeturar que esa lectura refuerza y termina de modelar la resistencia de Walsh a la forma novela, que el grado cero utópico que sostiene el crítico se convierta en la práctica de Walsh en la confirmación del aplanamiento de la ficción, de la escritura bajo las formas testimoniales. Es decir, la aclimatación del dilema barthesaino al panorama argentino de comienzos de la década del setenta (que no puede derivar sino de una siempre productiva y necesaria mala lectura). Esta escena inaugural es la primera de un reguero interpretativo-práctico imparable.

¿Qué hizo de él este objeto de predilección? ¿La lenta elaboración de su obra en el quicio entre cultura y ciencia? ¿El hallazgo de un discurso analítico provisto de estrategias de seducción incapaces de sacrificar al analista? ¿La forma paralógica del discurrir argumentativo? ¿Es que Barthes se ensambla naturalmente a la suculenta tradición ensayística nacional? ¿Realiza una síntesis particularmente hipnótica entre maestría y dandismo? ¿Es su proverbial capacidad para “hacer Frases”, para componer unidades culturalmente placenteras? ¿Se debe al hecho de que Roland Barthes ha tenido grandes traductores?

En todo caso, despunta siempre un talento de escritor. Y en este sentido, la publicación de los últimos seminarios y sus libros póstumos dan cuenta de que la “lectura argentina” toca el nervio de su obra. A partir de ¿Cómo vivir juntos?, Lo Neutro, La Preparación de la novela, El diario de mi viaje a China, El diario del duelo, se despliega finalmente la imagen de Roland Barthes como autor, proyectado en un hacer, concibiendo su “obra” a la manera clásica. En su Vita Nuova, la atopía, la idiorritmia, lo neutro, el uso patético de lo patético, llega siempre con el plus neurótico del lector entrenado a los tópicos de una vida de escritor. Revisa su paideia y las posiciones como lo hiciera en su autorretrato oblicuo RBxRB, pero se encuentra finalmente sin paraguas teórico, sin horizonte hermenéutico ni suelo categorial. Saltea el registro utópico de “el texto” literario y, desde la retaguardia, se abre a un plan de escritura. Propone, harto hasta la náusea, interrumpir el ronroneo moderno de “lo nuevo” a favor de una preocupación por lo testamentario, los afectos, el presente. Colapsa junto con la teoría y postula la posibilidad de una literatura-verdad. Amén de pensar en términos de calidad, no hay un cambio de naturaleza. ¿Y entonces? ¿En qué resulta esta última gradación? ¿Produce nuevos artefactos culturales, dispara nuevos vectores, comenzó ya la reidentificación? Es así o pesa la certidumbre de que su tono esta vez llega después, algo tarde, corroborativo más que fructuoso, crepuscular y no iniciático, como si las modulaciones argentinas ya hubiesen asimilado sus reflejos, escuchado las mismas fuerzas y hablado antes que sus preciosos libros.

*Autor

Miguel Rosetti (n. 1983). Licenciado en Letras. Trabaja en la cátedra de Literatura de Siglo XX de la UBA, a la que le debe buena parte de estos apuntes.