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El presente perfecto y el placer del texto en Gabriela Bejerman
Sol Echevarría*

En la novela Presente Perfecto (1), de Gabriela Bejerman, se describe una fiesta plagada de invitados e historias, la mayoría de ellas con un final sexual. Este caos orgiástico se traslada a la estructura misma de la novela: aparecen distintas voces, cortes temporales y desplazamientos argumentales. En el sentido estricto, no es un texto prolijo, por lo que levantar la mirada en busca de una trama argumental puede resultar un gesto vano. Lo importante son los fragmentos, donde el deseo serpentea en las palabras mismas. Allí aparecen representadas algunas categorías que Roland Barthes propone en El placer del texto (2), tales como el erotismo y la perversión de ciertos códigos culturales. Se trasgrede el lenguaje a través de neologismos, libres asociaciones, burlas, rupturas y juegos. La escritura se vuelve erótica entre un límite dado por lo canónico y otro límite móvil, vacío.

La novela comienza con una parodia al inicio de los cuentos de hadas: “Blancanieves fue invitada al baile”. Y sigue enumerando distintos personajes que coinciden en la fiesta. El resultado es un conjunto de situaciones absurdas y oníricas con chispazos de realismo. El deseo que impera en este plano se torna principalmente carnal. Casi todos los vínculos que los personajes establecen terminan con un encuentro sexual, a menudo desenfrenado. Ya sea entre varios, entre personas de distinto o mismo sexo, o padres e hijos. Sin embargo no hay necesidad de una búsqueda. Todo se satisface en el acto. Es el clima de fiesta lo que permite poner en circulación este deseo para concretarlo lo antes posible. El goce máximo se articula con la muerte en cuanto implica satisfacer un deseo y, en ese mismo acto, destruirlo como tal. Una petit mort que hay que evitar a toda costa puesto que lo importante es mantenerse siempre en el instante previo al orgasmo.

El límite dado por la muerte está muy próximo: “Abajo se bailaba como si nada cerca de un ventanal muuuy frágil en caso de temblor, un ventanal de quince metros de altura, cada hoja de una sola pieza”. La fragilidad de ese presente perfecto cuelga como espada de Damocles sobre la cabeza de los asistentes a la fiesta. “¡El apocalipsis encarna un relato tan próximo!”, se lee en un párrafo que cierra diciendo: “Aquí el placer tenía que serlo todo”. Ante ese presente perfecto que amenaza con destruirse en cada instante, los personajes se entregan a la orgía como si no hubiese mañana.

En la novela de Bejerman ocurre lo que Barthes enuncia en El placer del texto sobre Sade:

El placer de la lectura proviene indirectamente de ciertas rupturas (o de ciertos choques): códigos antipáticos (lo noble y lo trivial, por ejemplo) entran en contacto; se crean neologismos pomposos e irrisorios; mensajes pornográficos se moldean en frases tan puras que se las tomaría por ejemplos gramaticales.

Si bien explica que el placer de la representación no está ligado a su objeto y, por ende, no es necesario que un texto de goce relate un goce, en este caso sucede. El caos orgiástico tiene su paralelo en la sintaxis y en la estructura misma de la novela, donde predomina la mixtura y la licencia que se toma la autora de incluirlo todo o, al menos, todo lo que se le da la gana. El registro oscila de lo paródico grotesco a lo solemne y profundo. Aparecen distintas voces que intervienen, cortes temporales y desplazamientos argumentales. Incluso la naración es inestable. En general impera una tercera persona omnisciente que describe los distintos episodios, pero una primera persona irrumpe a mediados de la novela y permanece como personaje apenas un par de páginas, y vuelve a desaparecer. Tampoco la trama permanece. En un momento dado, a través de uno de los personajes se abre el terreno a nuevos relatos y poesías. Se borronea la distinción sobre cuál es el relato enmarcado y cuál el que lo enmarca. Todo es lo mismo en esta trama revuelta.

El sentido general se rompe, se astilla y toman protagonismo los fragmentos. Se introducen neologismos, libres asociaciones, burlas, rupturas y juegos. Palabras como “fazen”, “adresso” y frases lúdicas como “La noche era zul, clar, estrell had” o “Ella se empomponó bien lo pocho, con Blanco se espolvoreó el tetamen fresco saliendo por el escotal...”. En estos juegos verbales puede leerse la transgresión del lenguaje y sus leyes, a través de una apropiación. Un teórico que trabajó esta relación fue Derrida, quien en El monolingüismo del otro (3), explica que nunca se establece con la lengua una relación de propiedad. “La lengua no es más que los celos desatados”. En un intento desesperado por apropiarse del lenguaje, el autor firma su obra, como si lo escrito le perteneciera, como si la lengua no fuera del otro. Su gran lucha consiste en un intento de adueñarse de ella, pero modificándola. La lengua es para el escritor "lo dado" (aunque Derrida dirá luego que sólo hay “donaciones de lenguas”), pero éste intenta reapropiársela "jugando" con los elementos formales (ritmo, recursos poéticos) para hacerla decir lo que él quiere decir, ya que hay que “escucharse hablar para querer-decir”. La lengua es “un desierto en el que hay que impulsar, hacer brotar, construir, proyectar hasta la idea de una ruta y la huella de un retorno, otra lengua aún”. Para Derrida, la lengua es a la vez la ley, por lo que un escritor sometido a la lengua del otro, lo está también a su ley. La lengua estructura el pensar, lo normativiza. Por ello el escritor intenta, en vano según Derrida, librarse de esta ley del otro y debe inventar “una lengua lo bastante otra para no dejarse ya reapropiar en las normas (…) ni por la mediación de todos esos esquemas normativos que son los programas de una gramática, un léxico, una semántica, una retórica…”.

En la novela se da esta furia apropiadora del lenguaje. Es una apropiación golosa ya que tiende al derroche y, como dice Barthes en El placer del texto “trata de desbordar, de forzar la liberación de los adjetivos -que son las puertas del lenguaje por donde lo ideológico y lo imaginario penetran en grandes oleadas.” La novela de Bejerman descoloca, muestra la crisis del lenguaje tal cual existe. ¿Dónde está el placer del texto? ¿Cuál es su erotismo? Este juego entre el lenguaje culto y su amenaza de destrucción. El lector es un voyeur de su placer crítico, su perversidad.

En la novela este juego con las palabras se produce, pero también alcanza a jugar con el trastocamiento de párrafos enteros. Y la lengua de la ley que trasgrede es la de la academia. Porque no hay dudas que su texto juega también desde la orilla del saber letrado. Por ejemplo, en un momento un personaje dice:

Yo también cumplo años. Y, ¿saben?, nací en la pizzería en que Copi sitúa una de sus...- era realmente simpático hombre de letras y daba la mera casualidad de que... - mi madre era la mujer más bella y parturienta de la pizzería aquel veintidós de junio.

Y en el párrafo siguiente, agrega:

Copi ´s pizza casi no hizo un esbozo de silencio, casi no detuvo su aliento palpitante bajo el naso blanco, pura, armani el traje porque estaba casado con Cindy Crawford en quintas nupcias. Ella parecía una estrellita de Navidá sin prender y él, ¡un so-corcho de champán! ¡Rompía la bragueta sin parar con el tema del poncho de Cindy! La pieza consistía en una rareza salteña, autóctona, con troquelado para que le asomaran las hermanas del Norte; juraba no habérselo mandado hacer.

El sentido de la trama, el significado de la oración se pierde en el juego con las palabras y sus libres asociaciones.

Estos elementos, aparentemente contrarios, son puestos en un mismo plano. Esto ocurre continuamente. Pasajes profundos se interrumpen con la mención de películas pochocleras como Indiana Jones o Impacto Profundo. La jerarquía del saber se trastoca, así como el lenguaje mezcla raíces y morfemas de distintas lenguas, mezcla lo excepcional con lo canónico... de la misma forma se anula la categorización del saber. Construye, por el contrario, un saber nuevo mezcla de otros, pero sin ser ninguno de ellos (ni popular, ni masivo, ni erudito).

En “De la ciencia a la literatura” (4), Barthes dice:

...tan solo la escritura es capaz de romper la imagen teológica impuesta por la ciencia, de rehusar el terror paterno extendido por la abusiva <> de los contenidos y los razonamientos, de abrir a la investigación las puertas del espacio completo del lenguaje, con sus subversiones lógicas, la mezcla de sus códigos, sus corrimientos, sus diálogos, sus parodias…

El lenguaje no sería un simple médium para el pensamiento ya que, de ser así, debería existir un estado neutro del lenguaje que funcione como código de referencia a todos los demás lenguajes. La función de la escritura es romper la imagen teológica impuesta por la ciencia. Con sus propias palabras, “el papel de la literatura es el de representar activamente ante la institución científica lo que ésta rechaza, a saber, la soberanía del lenguaje”.

En su novela, Gabriela Bejerman juega entre dos bordes, el intelectual-académico por un lado, y por otro el de la fiesta interminable. Es en este vaivén en dónde su escritura se vuelve erótica. En El placer del texto, Barthes anticipa esta existencia esquizo: un límite conformista que copia la lengua en su estado canónico y otro límite móvil, vacío. Presente Perfecto oscila entre ambos con el fin de impedir cualquier saqueo impune al strip-tease de su texto porque, en cierta medida su novela no avanza, nada hay más adelante que no se pueda encontrar en el “ahora” de la lectura. Lo que se percibe es una deriva que no conduce a nada. Sería imposible, por ejemplo, recordar los acontecimientos ya que no hay cronología, ni orden jerárquico sino exceso de anécdotas puestas todas en un mismo plano. Que aparecen de golpe y desaparecen. El sentido está ahí, intermitente. El goce está en cada instante de la lectura, no hay que perseguir un objeto, una trama, una historia. Tampoco se trata de un goce pleno, si es que algo así existe, sino a medias, interrumpido, como el que se puede obtener al ver una película pornográfica sin decodificador. Una imagen confusa casi imperceptible, hasta que de pronto irrumpe con completa claridad la imagen de un pezón en la pantalla.

El goce tiene entonces el carácter de lo prohibido, porque transgrede la norma de la cultura hegemónica. Dicha ideología jamás se muestra como ideología sino que siempre aparece como verdad absoluta, que se expresa a través de enunciados, discursos, es decir: a través de la lengua. Pensándolo de esta manera, las nociones de placer y goce cobran aún más sentido. El placer estaría dado por la relación que tiene cualquier texto con la lengua. Se trata de una conservación de la norma, de una adecuación a las reglas existentes. En una sociedad burguesa, la lengua reproduce la ideología burguesa y el placer, necesariamente, tendrá que ser un placer burgués. Por el contrario, el goce es la ruptura de toda ley. Es un movimiento que tiende al vacío.

En El placer del texto Barthes dice que “el sujeto accede al goce por la cohabitación de los lenguajes que trabajan conjuntamente el texto de placer en una Babel feliz. Según Barthes, un texto que no se permite el placer, o un lector que lo reprime está sin duda con un pie en el terreno de la ciencia. Apenas empieza a darle rienda suelta a su deseo, comienza a alejarse de esa severidad frígida a la que estaba condenado. Así, un texto deseante es un texto a la deriva, flotando sobre un mar teórico y a la espera del goce. El placer del texto (no hay que confundir, por más confusos que sean los términos adoptados por Barthes, la idea de “placer” a secas con la de “placer del texto”, en donde cohabitan el placer y el goce) se produce por esta oscilación del texto que es al mismo tiempo una norma y un quiebre, una lengua y la negación de la lengua, una ideología y una ruptura de la ideología. La literatura, mediante el juego permite este movimiento. El placer del texto muestra las orillas que permiten el desafío del modelo impostado. Se permite la contradicción, la falta de leyes y, en última instancia, jugar con su posibilidad de destrucción.

El presente es el que rige la escritura, envolviendo las acciones con la cadencia de un texto inmediato e irreflexivo. La experimentación sensorial y formal descarría su novela del riel tradicional, esa es tal vez su cualidad más atractiva. Gracias a ese néctar verborrágico, su prosa logra una seducción capaz de llevar al deseo hacia el límite con la adicción. Otra, otra, otra. Gritan los personajes esperando un goce verbal. Como ellos, el lector puede acceder al placer de este texto que se abre como una almeja y exhibe su más preciada perla para algunos, pero permanece cerrado para otros. Es necesario entregarse a las chillonerías de comadrita que suele inferirnos la Bejerman para gozar con ella, alcanzar el climax. Luego el mundo termina “¿Ya se terminó el mundo? ¿Ya está? ¡Cómo me lo perdí!”, protesta un personaje, a lo que otro le responde: “No fue más que un fin del mundo”. Cuando la fiesta culmina, el relato orgiástico acaba. Luego amanece, bajo la promesa de un nuevo comienzo. Un nuevo presente perfecto.

Notas
(1) Gabriela Bejerman, (2004). Presente Perfecto. Buenos Aires: Interzona.
(2) Roland Barthes, (1978). El placer del texto. Mexico: Siglo XXI.
(3) Jacques Derrida, (1997). El monolingüismo del otro. Buenos Aires: Manantial.
(4) Roland Barthes, (1987). “De la ciencia a la literatura” en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. España: Paidós.
*Autora

Sol Echevarría nació en Buenos Aires en 1983. Licenciada en Letras (UBA).
Escribe poesía y narrativa. Dirige y co-edita la revista literaria No Retornable, además de colaborar en revistas de crítica literaria. Publicó Balneario (Zorra/Poesía, 2006) y Postales (La propia Cartonera, 2010), entre otras.