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Nadar como una rana
Ramón Sisterna*

El Yaco se había perdido. Al parecer mi vieja lo había llevado a la casa en las sierras y no entiendo por qué lo dejó suelto.
El Yaco es un perro flaco, le encanta correr y es muy rápido. Mi viejo decía que era cruza con galgo. Pobre Yaco, seguro corrió quién sabe hasta dónde y después no supo cómo volver.
Mi mamá ahora se siente culpable, el Yaco era de mi viejo. Él le había puesto así pero nunca supimos por qué. Cuando le preguntábamos nos decía siempre lo mismo “para mí, tiene cara de Yaco”. Seguro lo decía a modo de broma, para hacernos enojar. Mi viejo quería mucho a ese perro, lo había encontrado una mañana de julio acurrucado bajo la garita en donde ahora pasa el Central. Solía contarnos que cuando lo vio, por algún motivo que él desconocía, supo que el perro iba a ser suyo.
Hace nueve meses que falleció mi viejo, es raro, pero a veces tengo la sensación de que han pasado varios años y otras siento que ni siquiera ha muerto, que está sentado en el jardín, leyendo el diario o arreglando algún desperfecto en la casa.

Fue mi hermana Valeria la que me llamó para contarme lo del Yaco. Dijo que ya lo habían buscado por todos lados pero que la mami lo mismo quería seguir intentando. Me pidió que fuera con ella por última vez: "No lo van a encontrar pero por lo menos se va a sentir mejor si lo buscan juntos". le dije que sí, aunque no tenía ganas de pasarme todo un día entero con mi vieja. En todo caso, prefería buscarlo solo.
Corté con Valeria y la llamé. Quedamos en que iríamos a la mañana siguiente.

*

Pasó a eso de las diez de la mañana. Me pidió que manejara, le recordé que yo ni siquiera tenía carné.
En el camino se la pasó hablándome del Yaco: que se fue en un segundo, que lo habían buscado por todos lados con Valeria, que no entendía cómo no se podía orientar para volver como otros perros. Le dije que se tranquilizara, que ella no tenía la culpa. Después dijo: "Si papá estuviese vivo" Y no se animó o no quiso decir más nada.
El resto del viaje apenas intercambiamos algunas palabras. Preguntó cosas acerca de mi trabajo. Por el tipo de preguntas que hacía me di cuenta de que no sabía exactamente en que consistía. Los call center no son lugares sencillos para la gente grande, en general tienen la idea de una pecera gigante en donde se explota a la gente joven. Traté de explicarle que sólo trabajaba seis horas y que el sueldo no era malo. Lo mismo no me entendió.
Ni bien nos bajamos del auto me detuve a observar el frente de la casa. Hacía años que no iba. Parecía una casa abandonada. En el jardín había yuyos de más de un metro de altura
- Podrías pagarle a alguien para que te corte esos yuyos
- Podrías venir a cortarlos vos también
- Yo no la uso a la casa
- No importa, pero es tuya también. Aunque vos no quieras – me dijo y se metió adentro.
No quise responderle nada, si Valeria se enteraba de que habíamos estado peleando, se las iba agarrar conmigo.
Entré y me serví un vaso de agua. Adentro estaba todo igual. Los pisos sin mosaicos, el hogar sin terminar; en el comedor un cóctel de sillas viejas, todas de diferente color. Hasta el olor era el mismo, es un aroma muy particular que solo lo recuerdo una vez que entro a la casa, es como si en mi cabeza una voz dijera “¡Ah! cierto que tenía ese olor”.
La casa siempre me pareció fea, a Valeria le gusta ir porque dice que le trae lindos recuerdos. Yo, en mi etapa de secundario, debo haber ido unas tres o cuatro veces. Hay que tomar dos colectivos para llegar y en invierno el frío es insoportable, lleves el abrigo que lleves no importa, el frío termina calándote los huesos.
Tomé el vaso de agua y abrí la ventana de la cocina que da al patio trasero. La pileta de cemento a medio construir me recordó a mi viejo, casi podía verlo acuclillado, con la pala y el balde, preparando el cemento.
Recuerdo que peleamos mucho por culpa de esa pileta, él quería que yo viajara los fines de semana para ayudarlo a terminar. La verdad que no tenía ganas de acompañarlo en su proyecto de construir una pileta de tamañas dimensiones en el fondo del patio, ya me tenía un poco cansado con ese tipo de cosas. Cerré la ventana con fuerza intentando olvidarme del asunto. Me senté en la mesa mirando a la nada mientras mi mamá iba y venía por toda la casa. De repente sentí nauseas, corrí hasta el baño y metí la cabeza dentro del inodoro, intenté vomitar pero no pude, tenía el estomago vacío.

*

Propuse la idea de separarnos. Le expliqué que así teníamos más posibilidades de encontrar a Yaco. Me dijo que sí, que le parecía un buen plan.
Salimos a la puerta, mi vieja tomo hacia la izquierda y yo a la derecha.
Mientras caminaba prendí un pucho. Todavía se escuchaban a lo lejos los gritos de mi vieja - ¡Yaaaco Yaco Yaco Yaco! – era imposible que apareciera, el lugar era yuyos y descampado. De tanto en tanto aparecía alguna casa con pinta más de rancho que de otra cosa.
El sol comenzó a calentarme la cabeza, las orejas me ardían y de mi espalda chorreaban gotas de transpiración. Recordé una acequia que bordeaba una de las calles de la zona. Caminé unas cuadras hasta que el sonido del agua apareció detrás de unas plantaciones de maíz. Abrí paso entre los yuyos y avancé hasta la acequia. El agua era de un color verdoso, casi transparente. Me agaché, junté todo lo que pude en mis manos y la dejé caer sobre mi cabeza. El fresco comenzó a bajarme por todo el cuerpo. Junté más agua y bebí hasta sentir que mi panza se inflaba como un globo.
Del otro lado de la acequia unos perros empezaron a ladrarme. Eran perros flacos, descuidados, me fijé si alguno podía ser el Yaco pero eran todos perros demasiado grandes. Uno de ellos tenía la cabeza con sangre y el cuerpo todo sin pelo. Ladraron y hasta me mostraron los dientes pero ninguno se animó a morderme.

*

Cuando volví mi vieja ya estaba adentro de la casa. Había puesto una tarta fría en la mesa y con un repasador intentaba espantar las moscas que volaban alrededor de la cocina.
- Vení así comemos algo
- ¿De qué es?
- ¿Qué cosa?
- La tarta ¿qué tiene adentro?
- ¡Ah! la hice de choclo porque sé que a vos te gusta.

A mí el choclo me gusta, pero la tarta estaba desabrida. Ni siquiera huevo le había puesto, además le faltaba un poco de sal. Mi vieja nunca supo cocinar muy bien. El único que alababa sus comidas era mi viejo. Seguro a él tampoco le gustaban, quizás intentaba levantarle la autoestima. No sé, la verdad es que había cosas entre ellos que siempre me fueron imposibles de entender.
Me comí tres pedazos y le dije que estaba rica. La caminata me había dado hambre.

Propuse que esperáramos un poco antes de salir a buscar al Yaco otra vez. Hacía mucho calor.
– Sí – me respondió – acá en el campo el sol te flecha, no es como en la ciudad.
Me acosté en una de las camas, la que en mejores condiciones estaba. No pensaba dormir, pero no sé en qué momento se me cerraron los ojos. Soñé con el Yaco, soñé que corría y corría tras él pero cuando lo llamaba no me hacía caso, seguía a una manada de perros enfermos, sarnosos, como los que había visto junto a la acequia. Después me despertó mi vieja con un sacudón de hombros.
- ¡Nelson Nelson, qué te pasa!
- Nada nada. Estaba soñando
- ¿Qué estabas soñando? ¡Estás todo mojado!
- ¡Esta casa es un infierno! Hace mucho calor
- ¿Querés que volvamos?
- No. Vamos a ver si encontramos al Yaco, tiene que andar por acá cerca.
- Yo había pensado. ¿Por qué no vamos y ponemos unos carteles en el pueblo? El Yaco puede haber corrido hasta allá tranquilamente

La idea sonaba ridícula pero por lo menos me alejaba de la casa. Ya no soportaba aquel olor, ni el calor, ni las moscas zumbándote alrededor de la cabeza.

*

Subimos al auto y salimos para el pueblo. Mi vieja ya tenía los carteles listos. Seguro los había hecho mientras yo dormía. Paramos en una librería para comprar cinta adhesiva. Me atendió una señora grande de muy mala gana. Recordé la vagancia de la gente del lugar. Mi viejo solía insultar contra los serranos. Decía que eran unos vagos y unos desagradecidos con el turista. Mi vieja en cambio los defendía argumentando que el ritmo de vida que llevaban era distinto al nuestro.
Estacionamos el auto frente a la plaza, al costado de la iglesia. El pueblo estaba exactamente igual. Había unos locales nuevos de comida, pero nada más que eso.
Pegamos carteles en casi todas las esquinas. Mi vieja cada tanto paraba a algún grupo de chicos y les preguntaba si no lo habían visto. Luego les ofrecía una recompensa. Los chicos salían entusiasmados, corrían como si el perro estuviese a la vuelta de la esquina. Después de caminar unas cuantas cuadras paramos en una despensa a comprar una gaseosa, le pedimos la que estuviese más fría. Al tipo que atendía le causó gracia nuestra cara de agotamiento e hizo todo tipo de comentarios acerca de lo agobiante que estaba el día. Mi vieja aprovechó su buen humor y le contó lo del Yaco. El hombre parecía confundido, al principio se reía, después cuando vio la seriedad con que mi vieja hablaba del perro cruzó los brazos y la escuchó con más atención. Le dejamos un cartel para que lo pegara en el negocio. Antes de irnos nos deseó suerte.
- ¿Viste con la cara que me miraba?
- Bueno, la gente acá es así
- Sí, la gente acá es muy diferente
- Seguramente debe pensar que estamos locos, con estos carteles buscando a un perro que desapareció hace más de una semana
- ¿Por qué decís eso? Nosotros no estamos haciendo nada fuera de lo común
- No sé, pero la gente, te digo que nos mira como a bichos raros
- Eso es porque no nos conocen, y acá se conocen todos. Aparte estamos buscando a nuestro perro ¿qué importa cómo nos miren?
- ¡Ya sé! Si yo no te digo nada

Nos tomamos la gaseosa sentados en uno de los bancos de la plaza. Yo tenía la remera bañada en transpiración. Mi vieja insistía con eso de que me pusiera en cuero.
- Aprovechá vos que sos hombre y podés andar en cuero. Yo si pudiera me quedaría en corpiño, te juro – decía mientras se abanicaba con el resto de los carteles que todavía no habíamos pegado.
Dejamos el pueblo y volvimos al auto. El tapizado del auto estaba tan caliente que tuvimos que poner unas toallas para no quemarnos la espalda.
Cuando salimos a la ruta mi vieja empezó a insistir con que fuéramos al Cóndor. El Cóndor es un balneario natural de ahí de la zona. Según mi mamá, es ahí en donde yo aprendí a nadar.
La verdad que no recuerdo demasiado el lugar. Tengo imágenes borrosas, yo y Valeria corriendo sobre un piso rojo, con los pies mojados. Es como si se tratase de una película vieja, que sabés que la has visto pero que sin embargo no podés recordar demasiado. Sólo distingo unas columnas de cemento, macetas gigantes con helechos bordeando un gran piletón verde. Mucho más no me acuerdo.
Puse la excusa de la malla para no ir pero lo mismo siguió insistiendo, dijo que al menos podríamos mojarnos los pies.
Al final tuve que decirle que sí, después de todo, lo peor del día ya había pasado. Le aclaré que sólo bajaríamos quince minutos pero eso bastó para que ella explotara de felicidad, como si todo aquello fuera la parte final de una aventura. Comencé a sospechar que en realidad lo del perro no le importaba demasiado.

*

Nos sorprendió que en la entrada no hubiese nadie. Sólo un cartel de hierros oxidados nos daba la bienvenida “Bienvenidos al Balneario El Cóndor” .
Mi vieja recordó que antes solían cobrarte una entrada que con mi papá pagaban con gusto. Mi viejo decía que estaba bien cobrar una entrada, a pesar de que la pileta se llenaba con agua del río, lo mismo necesitaba de una mantención.
Nos bajamos del auto y entramos a pie. Mi vieja se alarmó al ver que el lugar estaba totalmente abandonado. Había hojas secas y pedazos de escombros por todos lados. Las columnas que yo recordaba sólo eran dos y estaban agrietadas, con la pintura descascarada. El piletón no me pareció nada del otro mundo, lo recordaba mucho más grande. La pileta estaba llena, pero el agua parecía podrida. El lugar era como sacado de una película de terror.
- ¡Qué asco! Como pueden haber dejado caer así un lugar tan lindo
- ¿Nos tiramos de cabecita? – le dije intentando bromear sobre el asunto
- No se puede creer – decía mientras observaba el agua estancada

Se quedó en silencio unos segundos, mirando cómo las hojas arrastradas por el viento caían en aquel piletón cubierto de algas verdes.
- ¿¡Sabés los hermosos momentos que pasamos todos juntos en este lugar!? – Resignada se sentó en una de los bordes del piletón. Se la veía triste. Me senté a su lado para hacerle compañía. Tenía ganas de abrazarla, de decirle que sentía mucho todo lo que había pasado. Pero también me quedé en silencio, mirando el agua sin poder decir nada.
Después empezó a hablar de mi viejo, de Valeria y de la primera vez que según ella aprendí a nadar. Señaló con el dedo al otro extremo de la pileta – Hasta allá te ibas nadando y de ahí volvías. Con tu padre nos reíamos, me acuerdo que me decía “¡Mirá mirá! ¿No parece una ranita?” "Sí le respondía yo. Parece una ranita"

Comencé a sentirme mal, quería alejarme de aquel lugar. Me paré como para volver al auto pero mi vieja seguía ahí, sentada, mirando al fondo del agua. Caminé bordeando la pileta y detuve la vista sobre la copa de un árbol cubierto de pelotitas marrones. Pensé en cuánto tiempo llevaría ese árbol allí, si quizás también no me habría visto nadar en ese piletón, nadar como una rana.
No quería ver más aquella agua estancada. No sé por qué pero sentía que si miraba una vez más ese piletón vomitaría.
Esperé a que mi mamá se parara para irnos de una vez. Las cosas no habían salido tan mal después de todo, si bien no tuvimos noticias de Yaco, pudimos pasar el día entero sin pelearnos. Valeria se pondría contenta.
Mi vieja sacó un pañuelo y se sonó la nariz. Seguro estaba llorando. Me acerqué un poco y alcancé a ver sus ojos, los tenía rojos e hinchados.
- Vamos ma. ¿Qué nos vamos a quedar haciendo acá?
Mi vieja parecía no escucharme. Agarró una piedra y la tiró a la pileta, como con bronca. No supe qué decir, me quedé en silencio y dejé de caminar.
- ¡Y ese perro que no aparece! Lo único que me pidió tu papá fue que cuidara del perro y de la familia. Y acá estoy. El perro se me perdió, y a vos hace como dos meses que no te veía
No sabía como consolarla, comencé a prometer cosas sin saber si después podría cumplirlas. Le dije que íbamos a venir todos juntos con Valeria otro fin de semana, cortaríamos los yuyos del frente y comeríamos asado, como los que hacía papá los domingos.
Mis palabras parecieron animarla un poco. Lentamente fue poniéndose de pie. Sonó una vez más su nariz y se secó los ojos estirando el cuello de su remera. Antes de pegar la vuelta tiró otra piedra a la pileta, pero esta vez lo hizo de una manera más suave. Los dos nos quedamos observando cóomo la piedra se hundía en el agua. En el fondo me dio la impresión de que sonreía. Quizás en su imaginación hablaba con mi viejo, seguramente él no la culparía de nada y hasta intentaría darle aliento. También me gustaría hablar con él, le diría que pienso venir todos los fines de semana para que juntos terminemos su pileta.

*Autor
Ramón Sisterna nació en Córdoba en 1981. Estudió Cine en la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó textos en distintos medios locales. Su primer libro de cuentos “Escrache y otros relatos” permanece inédito.