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Doble yema
Adrián Savino*

De tanto vaciar los vidrios,
he perdido el equilibrio.

E. Villavicencio/O. Valle,
La cueca del jamón

Al día de hoy, como un mes y pico después de que la voltearon, no me puedo acordar de qué partido era sede esa casona. Seguro que uno de izquierda, pero no de los conocidos. El cartel de la entrada tenía una sigla de tres letras, unas cabezas del Che y Eva Perón a los costados… y hasta ahí me da la memoria. La de veces que le pasé por el frente y nunca me fijé bien. Será que iba más concentrado en meter el auto al garaje del edificio que en cualquier otra cosa.
Ni siquiera recuerdo haber visto gente entrando o saliendo del local. Claro que durante la semana, de lunes a viernes, yo me pasaba prácticamente todo el día en la imprenta. Recién a la noche, desde mi departamento en el décimo piso, sí se podían ver señales de vida adentro de la casa. Pero tampoco muchas: luces en el patio y en ventanas internas, una que otra silueta oscura yendo o viniendo. Así fue por unos cuantos años, hasta que empezaron con los recitales de rock de los viernes a la noche.

Si hay algo de mí con lo que toda mi familia tuvo que aprender a convivir, son mis rutinas de fierro. Levantarme a las cinco, poner la radio, prepararme y tomar el desayuno, llegar a la imprenta antes de las siete, recibir a los empleados, planificar los trabajos del día, preparar mate, conversar con clientes, hacer los bancos, volver al local, comer la vianda, controlar los trabajos de la tarde, más mate, más charla, a las seis despedir los empleados, seis y media cerrar, vuelta a casa, cena, meter en un tupper la vianda del día siguiente, un par de solitarios en la computadora, y a la cama a ver un rato de televisión y quedarme dormido antes que Inés, mi señora. Los viernes el laburo se estira un poco más, una hora o hasta dos; todo sea con tal de no tener que volver hasta el lunes. Esas noches cierro y directamente me voy para alguno de los híper, donde me espera Inés por los pasillos y con el chango lleno. Entonces cargo lo que me haga falta a mí y nos volvemos a casa.
Los viernes a la noche es cuando aprovecho para encontrarme con mis hijos por Internet, en videopantalla. Hernán y Mariela viven en España ya hace como seis años, él en Madrid y ella en Alicante. Hernán se recibió acá de analista de sistemas, y en vez de seguir para la licenciatura prefirió tomarse el avión junto con la hermana. No tiene trabajo fijo, lo van tomando contratado en distintos sitios. Ahora está en una fábrica de cerámicos; o porcelanatos, como le gusta corregirme. Mari es profesora de inglés y está casada con un español podrido en guita, negocios inmobiliarios hasta donde yo sé. Tienen una bebé, Laia le pusieron, que por ahora la vimos nada más por la pantalla. Inés se encuentra con ellos a diario pero a mí me gusta los viernes, con un whiskycito al lado para despabilarme. Por ahí, muy de vez en cuando, los veo durante el fin de semana; pero los viernes son el día, ellos lo saben. Y nunca me fallan por más que allá sea de madrugada.

Cuando decidimos mudarnos al departamento, Nueva Córdoba ya era el despelote de estudiantes que es hoy. Nos gustó que estuviera alto y en la parte trasera, apuntando al corazón de una manzana en la que no había tantos edificios. Todavía, claro… Estamos hablando del 2002, cuando nadie se animaba a nada que no fuera clavar los frenos y esperar para ver qué pasaba. Yo mismo tenía mis huecos que tapar: había aprovechado el uno a uno para terminar con lo justo de equipar la imprenta, pero me quedaban unas cuantas cuotas de préstamos en dólares y estaba todo muy parado. Los chicos ya pensaban en irse, y aunque a Inés le dolió bastante, vendimos la casa de Alto San Vicente y nos compramos el departamento. Estaba en un preciazo, de la inmobiliaria nos dijeron que el dueño también se quería ir del país. Aparte hablamos de un edificio sólido, de cuando los hacían más para durar que para convertirlos en plata lo antes posible.
Por lo menos en comparación con otras partes del barrio, se puede decir que la zona nuestra era tranquila. Y con los años eso no cambió mucho; habían puesto dos o tres de esos bares que abren hasta tarde y terminan funcionando como boliches, pero tuvieron su cuarto de hora y al final se fundieron o los cerró la muni. El quilombo, en todo caso, era durante el día, con las obras. Porque de tres o cuatro edificios que había cuando llegamos, en cosa de cinco años terminó la manzana prácticamente llena. Lo único bajo que quedó fueron un par de galpones que usaban de cocheras, y la casona de al lado, la del partido de izquierda.

Los recitales empezaron hará un año más o menos, en el patio del fondo. Una medianoche, mientras conversaba con Mari, de abajo empezó a llegar un ruido de baterías y guitarras de rock pesado. Pero encima eso era peor que rock pesado. Porque yo no conozco mucho, pero lo que tenía como pesado era algo bastante más prolijo que eso que sonaba desde abajo. Una cosa eran esas voces chillonas pero relativamente afinadas que había escuchado de pasada en alguna radio, y otra muy, muy distinta, esos gritos pelados que de pronto se empezaron a oír al mismo tiempo que el ritmo se volvía más acelerado, casi como una metralleta. Le pregunté a Mari si le llegaba algo de ese ruido y me dijo que no, que para nada. Subí el volumen de la computadora y empecé a levantar la voz. Primero Mari me preguntó por qué gritaba, y al rato vino Cris, en camisón y medio dormida, a preguntar qué estaba pasando. Le señalé la ventana por donde entraba el ruido de abajo, y lo único que atinó a hacer fue un gesto con la mano de que bajara mis ruidos.
A todo esto Mari me contaba cosas de mi nietita: lo que estaba comiendo, las morisquetas que hacía… Pavadas, pero pavadas que en una situación normal me habría dado gusto escuchar, y en cambio con ese ruido atrás no podía entender ni medio. La misma Mari se dio cuenta de que no la seguía, me preguntó qué me pasaba, y yo le dije que qué tenía en las orejas, que cómo no se daba cuenta del ruido de abajo. Ella bajó la vista y me dijo que la disculpara pero me tenía que dejar: la bebé estaba quejándose y tenía que hacerle un biberón.
Con Hernán fue bastante parecido. Últimamente nos daba por charlar de cuestiones económicas, comparaciones entre acá y allá. Pero esta vez yo no podía concentrarme en lo que él me decía. Se lo dije, y él me preguntó si no quería que lo dejásemos para otro día. Le dije que sí, que mejor. Y a esa altura ya no sé: o era yo que me había puesto demasiado sensible, o el volumen de abajo estaba mucho más alto que al principio.

Los viernes siguientes fue prácticamente igual, capaz que peor: el ruidazo no sólo no me dejaba encontrarme tranquilo con mis hijos, sino que además ellos mismos me cortaban la charla antes de tiempo. Y claro, si yo mismo me veía cada tanto por la pantallita de abajo y notaba la jeta torcida, la mirada desencajada por el embole. Trataba de explicarles pero era inútil: ellos no oían nada de fondo y debieron pensar cualquier otra cosa. Que ésa era la última de mis manías, por ejemplo... Para colmo después voy, le cuento a Inés, y ella me dice que no es para tanto, que siempre fui un quisquilloso y los chicos lo saben mejor que nadie. También se lo comenté a un par de vecinos en el ascensor. Me dijeron que sí, que era una barbaridad, pero nada más: saludaron, se fueron, y todo quedó en la nada.

El cuarto o quinto viernes, cuando elegí aquellos huevos en el híper, juro que ni se me cruzó por la cabeza otra cosa que no fuera saber cómo eran por dentro. Y probarlos, por supuesto. Nunca había oído hablar de la doble yema y me dio curiosidad, por eso los llevé. Y punto. Lo mismo el whisky importado: yo generalmente tomo nacional, pero ese día habían puesto unos Etiqueta Roja con 25% de descuento, y bueno, no lo quise dejar pasar.
Esa noche no sólo volvió a haber recital al lado, sino que además la conexión a Internet estaba complicada. O sea que encima de no poder hablar tranquilo con mis hijos, tenía que aguantarme que dos por tres la pantalla se me clavara y me saltara ese sonido insoportable de la computadora cuando da error. Con Mari pude hablar muy poco, y con Hernán ya fue imposible no digo hablar, sino directamente vernos. Traté de llamar al servicio, pero me daba que los operadores están todos ocupados. Y volví a intentar conectarme pero ya no hubo caso, me dio error las cinco o seis veces y por fin me resigné.
De fondo, la música de al lado. Parecía haberme olvidado pero no. Siempre había sonado y no se iba a terminar nunca.

Me tomé de un trago el medio vaso de whisky que me quedaba. Generalmente no me servía más de uno, pero esta vez me había terminado el nacional y estaba el Etiqueta Roja listo para inaugurarlo. Así que lo abrí, llené el vaso hasta poco más de la mitad, y fui a la cocina a buscar más hielo.
Saqué dos cubitos del compartimento, se los puse al whisky, y después de cerrar el freezer me quedé parado ahí, en medio de la cocina, moviendo el vaso en círculos. Habré estado así uno, dos minutos, y después me llené la boca de whisky, casi el vaso entero. Haciendo buches, todavía sin tragar, fui hasta la ventana de la cocina y me asomé un poco.
Hasta ese momento no me había interesado mirar más que por unos pocos segundos, con tener que oír ya me bastaba. Pero esta vez sí me quedé un rato. Estaban a unos treinta o cuarenta metros, bastante lejos como para captar demasiados detalles. Aunque tampoco había mucho que distinguir: el escenario con los cuatro que tocaban, abajo unos que saltaban y se empujaban entre ellos, y el resto que estaban parados alrededor pero de vez en cuando saltaban, movían las manos, y por ahí algunos hasta se unían al grupo de los que se empujaban.
Terminé el vaso. Fui al comedor y lo rellené. Volví a sacar hielo del freezer, y se me dio por abrir la heladera. Vi que Inés había tenido que repartir los huevos en dos estantes de la puerta: ocho en el de huevos, cuatro en cada fila y ubicados hueco de por medio, y los otros cuatro arrumbados en el de abajo, junto con unas conservas de escabeches ya empezadas.
Saqué un huevo, cerré la heladera, y lo miré mientras me tomaba un trago de whisky todavía natural. Era tan grande que al tenerlo en la mano era imposible hacer que el pulgar se tocara con ninguno de los demás dedos. Lo agité un poco y lo noté más compacto, más concentrado, digamos, que un huevo común. Le di un golpecito seco contra el borde de una taza y lo vacié adentro. No era precisamente una taza chica sino casi un tazón, y se llenó hasta más de la mitad. Prendí el tubo fluorescente que iluminaba la mesada y acerqué la taza: eran dos yemas amarillísimas, del tamaño de unas pelotitas de ping pong, tocándose y flotando en una clara espesa, cristalina. Me imaginé un huevo frito hecho de todo eso y me dieron ganas de tener hambre y preparármelo. Pero no, no quería comer. Sentía la cabeza inflada, un zumbido de aturdimiento, y también unas puntadas suaves en las mejillas, típicas de cuando empiezo a chupar de más.
Dejé la taza en la mesada y saqué una bolsa de nailon de uno de los cajones del mueble. Después volví a abrir la heladera y empecé a meter con cuidado los huevos en la bolsa. Todos, los once que quedaban. Justo cuando metí el último entró a sonar la alarma de la heladera abierta. La cerré, puse la bolsa sobre la mesada y apagué las dos luces, la de arriba y el tubo.
Me tomé otro trago de whisky, me serví más y volví a la ventana. Con las manos apoyadas en la mesada me traté de asomar lo más posible. La imagen no había cambiado demasiado: los más tranquilos, los que se empujaban, y los rockeros arriba, tocando. Y obviamente que la música, si se la puede llamar, tampoco cambiaba. La misma metralleta una y otra vez, dos minutos como mucho, una pausa muy corta, dos minutos de nuevo, pausa, dos minutos, pausa, y así. Ya iban como cinco viernes escuchándolos…

El primer huevazo se me fue largo, contra la pared del otro edificio vecino. Por las dudas me fijé si alguien se había dado cuenta: todo indicaba que no, el grupo parecía acaparar la atención de todo el mundo ahí abajo. Me tomé un trago y agarré otro huevo. Esta vez pensé mejor el tiro: si le apuntaba al grupo iba a llamar demasiado la atención. Mejor iba a ser tirarles a los que se empujaban, que no paraban de moverse pero tampoco se salían de un espacio concreto: frente al grupo y al medio. Eran un blanco compacto, móvil y quieto al mismo tiempo; apuntando ahí iba a ser muy difícil errar.
El tiro salió medio de refilón. No le pegó a ninguno pero un par se patinaron. Debieron creer que era algún líquido volcado, porque nadie miró para arriba y todo siguió como si nada. Los tres que siguieron sí los puse justo, uno mejor que el otro, y ahí sí se empezaron a dar cuenta. Miraban para arriba en distintas direcciones, pero más que nada para el lado mío. Yo no me hacía ni un problema: era una noche templada y debía haber varias ventanas abiertas. Con un poco de cuidado ya me alcanzaba, no había forma de descubrirme.
Dejé pasar un rato, tres o cuatro de esas canciones, y volví a la carga. Tres más, en seguidilla y lo más rápido posible. Y no sé con cuál habrá sido, pero me tumbé a uno de los que se empujaban. Por lo que alcanzaba a ver era un flaco alto. El grupo paró de tocar, incluso el que cantaba pegó un salto hasta abajo y se sumó a los que lo atendían. Los que no estaban rodeando al caído miraban para el lado mío, puteaban, agitaban la mano con la seña del dedito.
No pasó mucho, un minuto o dos pero que a mí se me hicieron un siglo. Hasta que el flaco se levantó como con un resorte y empezó a saltar y empujar a los otros, y el grupo arrancó de vuelta, y no sé qué les pasó de pronto pero empezaron directamente a saltar y empujarse no algunos, sino casi todos. Entonces yo les tiré no sólo los huevos que me quedaban, sino que además metí en la bolsa vacía lo que estaba en la taza, le hice un nudo y la revolié también.
Para qué, peor… Los de abajo, entre saltos y empujones, miraban para mi lado y hacían el dedito. Y los del grupo se pusieron a tocar apuntándome con las guitarras y el pie de micrófono: justamente como si hubieran sido metralletas. Por un momento tuve la esperanza de encontrar algún otro huevo. Me fijé en la mesada y después en la heladera, pero no, no había. Agarré la botella de whisky, que ya iba por menos de la mitad, y me tomé un trago directamente del pico. Me asomé de nuevo y vi la misma escena, el grupo que tocaba y los de abajo dele saltar y empujarse, pero ahora con un detalle nuevo: estaban todos en medio de una nube de polvo blanco. Tuve una primera reacción casi de espanto, pero al instante me di cuenta de que no, no podía ser droga. No es tan barata como para derrocharla así.
Fui a la pieza y me senté en la cama. Inés ni se movió, roncaba que era un contento. Estuve un rato con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, oyendo los ronquidos y la música. Después me incorporé, me cambié las ojotas por unas zapatillas, y salí decidido para la puerta de calle.
Ya en el ascensor me di cuenta de que me había olvidado las llaves, pero no me importó. Lo que más quería era salir, y para eso no me hacían falta. En el palier el cambio de aire me mareó un poco. Me apoyé en una columna y respiré hondo. Cuando ya me pareció estar mejor, salí a la vereda y fui a la casa de al lado. La puerta estaba abierta, y apenas pasé me topé con unos muchachos de pelo cortito y remeras negras. Ni los dejé preguntarme nada, pasé como tiro y crucé una especie de salón largo hasta salir al patio. Ahí estaba toda la manga de enharinados y atrás el grupo, tocando a un volumen infernal. Se me acercó un hombre de barba, anteojos y pelo largo atado con colita, más grande que todos los del recital y también vestido distinto, con zapatos, pantalón y camisa. Sin que yo le dijera nada, y a los gritos para que pudiera escucharlo, me dijo algo así como que lo disculpara pero los recitales servían para poder pagar el alquiler y así salvar la casa. Estuve a punto de rajarle una puteada, pero unos pendejitos empezaron a reírse y a gritar: “¡Es el Tiragüevo, miren! ¡Acá está el Tiragüevo!”, y después alguien me manoteó de la muñeca y me tironeó para el lado donde se empujaban. Yo empecé a tirar patadas, cachetadas, piñas, pero no le podía pegar a nadie y encima me empujaban para todos lados. Y los del grupo cortaron lo que estaban tocando y empezaron una cosa nueva en la que repetían una y otra vez a los gritos eso del Tiragüevo.
De ahí en más lo único claro es que no duré mucho. De pronto sentí que se me helaba la sangre por todo el cuerpo, y al llegarme el frío a la cabeza se me nubló la vista y quedó todo en rojo. Después un montón de manos me alzaban y me sostenían de abajo, por la cabeza, la espalda y las piernas. Era como un masaje, tan relajante que el ruido ya casi no me molestaba. Se me aclaró algo la vista, y a través del polvo pude distinguir mi edificio. Había una sola ventana iluminada, era en un piso alto. Y en esa luz, antes de cerrar los ojos, me pareció ver una sombra, la silueta de alguien.

*Autor
Adrián Savino nació en Córdoba Capital en 1971. Es Licenciado en Comunicación, egresado de la U.N.C., y dicta clases de Lengua y Literatura en Nivel Medio. Publicó el libro de poemas Canciones de sed (Alción, 1999), y la novela Crónica de un rocho (Alción, 2003). Participó en las antologías de relatos Carne (La Creciente, 2006) y 10 Bajistas (Eduvim, 2009).