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San Rafael
Javier Quintá*

Las colas de zorro flamean a ambos lados de la ruta. Sobre la ladera de la montaña cae un hilito de agua que choca contra una piedra y salpica. Algunos autos se detienen en la banquina para una foto. Otros, en cambio, van despacio, como nosotros, detrás del humo negro de un camión. Esperamos la recta sin ningún sentido porque las curvas son interminables.
Paramos en un restaurante que más bien parece una vieja estación de servicio. Cruzamos una puerta de vidrio llena de calcomanías y el ruido de los ventiladores es lo primero, casi lo único que se oye. Hay dos mesas largas con los cubiertos y los platos puestos, de cada vaso sobresale una servilleta enrollada. En el medio, un hogar de ladrillos contrasta con los amplios ventanales que dan a La Quebrada.
Nos sentamos allá, le digo.
De las paredes cuelgan varias fotos. En la que está justo encima de nosotros, un cóndor con sus alas monumentales, sin despegarse del piso, se lleva un pedazo de algo a la boca.
¿Qué pedimos? Algo rápido, te parece.
No tengo hambre, contesta ella.
Dos lomitos y una sprite, le digo al mozo. ¿Y ese olor?, pregunto.
No sé.
Cuando el mozo nos habla no le entendemos y al final aparece con dos sándwiches de milanesas.
¿Hasta cuando la huelga de hambre? Dale, comé.
No tengo hambre, te dije.

La pendiente es pronunciada, llena de picos que parecen incrustarse en el cielo. En los puestos de artesanías las pieles de los corderos se lucen colgadas en los alambrados. Abajo el valle extenso, con un caminito de árboles que dibuja el lecho del río Mina Clavero.
Estoy cansado, esta es la peor hora, digo.
Ella hace como si no me escuchara, baja un poco la ventanilla. El viento le pega de costado en la cara, tiene los ojos cerrados, la mano sobre la panza.
¿Te duele? Corré el asiento para atrás. Estirá las piernas, le digo
Antes de cruzar Nono el tráfico ya es más fluido y como ella tiene ganas de ir al baño paramos en una YPF.
No te demores mucho, le digo.
Ella da un portazo.
Al rato bajo a buscarla.
¿Qué hacés acá?, le digo.
Mirá, si es por el bebé, no te preocupés, me las puedo arreglar sola, dice.
¿Y qué te hice yo ahora?
Nada, justamente… Pero si está claro, Nicolás, ¿pensás que no me doy cuenta? Vos andás en otra cosa.
¿Y qué vas a hacer?
Qué te importa.
Es mío también.
Por eso, quedáte tranquilo. Te saco un peso de encima, en realidad.
No me jodás. Subí al auto y vamos, dale. No la empeoremos. Yo sí quiero estar con vos.

Pasamos varios autos. Uno, en especial, me cuesta bastante. Piso el acelerador y me alejo. Después de varios kilómetros lo sigo viendo por el espejo retrovisor.
Este pelotudazo. Lo paso y acelera, podés creer.
Ella asiente con la cabeza mientras se pone y se quita una pulsera plateada. Yo saco la mano por la ventanilla, juego a atrapar el aire, junto los dedos y la corriente me empuja la mano para atrás. Ajusto la puntería y el viento en la cara es un alivio, un alivio que dura apenas unos segundos porque ni bien reacciono la rueda ya mordió el asfalto, ella grita y se agarra fuerte de mi pierna, damos un trompo y terminamos en la banquina tapados de tierra.
¿Estás bien? ¿Te golpeaste la panza?
Ay, qué hacés.
Te cortaste, te diste con el marco de la puerta. Esperá que te ayudo. Agarrate que bajamos.
¿Y vos por qué caminás así?
La rodilla, pero estoy bien.
Mirá la rueda.
Sí, y la de atrás también.

Un Renault 19 se estaciona. El conductor, de unos 40 años, da unos pasos poniéndose la camisa adentro del pantalón.
Le diste feo, che.
Decí que no venía tan rápido.
¿Y vos estás bien, querida?
Sí, gracias.
¿Segura?
Un poco mareada.
¿Querés agua?
Ahí te traigo, digo yo.
Estoy bien, gracias, en serio.
Bueno, fue un susto nomás.
Sí, la cagada es que tengo una sola rueda, le digo.
Probemos con mi goma de auxilio a ver si funciona.
No, no va andar. Es mucho más grande.
Vamos a tener que buscar una gomería entonces. Vamos, los llevo.

Yo subo adelante, la rueda encima de mis piernas porque el baúl está ocupado con sus cosas, ella atrás, entre unas cajas de zapatos y una pila de remeras embolsadas. Hay olor a humedad. Del retrovisor cuelga una cintita roja y un Papá Pitufo.
¿Y adónde iban?
A San Rafael.
Ah, Mendoza, el año pasado estuve ahí.
¿Sos de allá?
No, soy de Mercedes. Pero viajo todo el tiempo. Tengo familia allá, viste. Y a mis hijos les encanta, así que cuando tengo tiempo me los llevo.
Nosotros vamos a tener un bebé.
¿En serio? Mirá vos, y tan flaquita, ¿de cuánto estás?
De tres meses.
Uh, qué lindo, contentos me imagino.
Sí.
Va ser un chico hermoso. O nena, todavía no saben, ¿no?
No, la primera ecografía fue hace una semana.
¿Y qué prefieren?
No, qué sé yo, nos da igual.
Claro, me imagino.
Cada tanto mira por el retrovisor, tiene uno de esos espejos grandes de taxista, con una lupa redonda sobre una esquina. Capaz que le está mirando las piernas, porque atrás no viene nadie. El tipo saca un casete y lo pone.
Esto les va a gustar ¿Te molesta el volumen, linda?
No, está bien.
Dobla y toma por un camino de tierra. Esquiva algunos pozos y otros no y me tengo que agarrar para no golpear la cabeza contra el techo, aunque la rueda se me incrusta en la panza y me lastima las rodillas. Giro la cabeza para ver cómo va ella y tiene los ojos lagrimosos.
Conozco un atajo, dice el tipo.
¿No podemos ir más despacio?
Claro, ¿vas bien, linda?
Sí.
Miro los seguros de las puertas y de la bandeja del costado de la puerta del tipo sobresale el mango de un revólver. Un 38.
¿Estás seguro de que por acá hay una gomería?
Sí, ya llegamos.
Hay un baldío con escombros, viviendas sin pintar, el pasto de las veredas crecido. El tipo dobla otra vez y se mete en una cochera.
Esperáme acá, dice.
Antes de bajar agarra el 38 y se lo mete en el pantalón. Camina hasta la entrada de la casa, una puerta de rejas negras. Otro tipo aparece con la llave y pasan. El hombre me hace señas de que ya vuelve.
¿Qué hacemos acá, Nicolás?
No sé.
En la guantera hay papeles sueltos y etiquetas vacías. Enfrente, sin llantas, el chasis oxidado de un 504, como si le hubieran prendido fuego. Del único poste de luz que hay en la esquina sale un cablerío que alimenta a todo el barrio.
¿Qué pasa, Nicolás?
Nada, quedate tranquila.
Ahí sale.
El hombre camina despacio, detrás de otro tipo de anteojos negros y flequillo que lo acompaña hasta la reja. Se arrima hasta el auto, me dice que le acerque lo que hay en el baúl y que meta la goma adentro.
No, Nicolás, no bajés.
Escucháme, no va a pasar nada, ¿sí? Voy y vuelvo.
El baúl tiene el tapizado agujereado como si le hubieran caído gotas de ácido, aunque no hay bidones ni pedazos de manguera o alambre. Sólo una valija negra en el medio. Dejo la rueda a un lado y me sacudo la ropa. Levanto la valija y la arrastro hasta donde está el hombre con el tipo de flequillo. Me dice muy bien, dejala ahí nomás, me acaricia la cabeza como un padre a un hijo.
Está aprendiendo el oficio, le dice al tipo de lentes oscuros que ahora chequea el equipaje.
Me parece muy bien. Ya está en edad.
El tipo hace un ademán y otros dos grandotes salen de la casa y se paran a sus espaldas. Les dice algo que no entiendo y los hombres se llevan la valija adentro.
Esto es lo tuyo, dice el tipo. Para la próxima, si venís con gente nueva, avisás, ¿de acuerdo? No me gustan las sorpresas.
Subimos al auto y antes de encenderlo, el hombre mira por el retrovisor, guarda el revólver en el mismo lugar y salimos marcha atrás.
No saben la gamba que me hicieron, nos dice. A estos tipos cuando les caes de a varios, viste, se cuidan más y no se pueden hacer tan los locos.
Volvemos por el camino de tierra, otra vez a la ruta. Del bolsillo de la camisa le sobresale un fajo de billetes atados con una gomita elástica. Más o menos a dos kilómetros hay una estación de servicio y, pasando la estación, una casilla destartalada con un cartel que dice Gomería. Bajamos. El hombre chifla y al rato aparece un gordo de pelo largo. Le doy la rueda, él la revisa con los dedos engrasados y se mete adentro.
Lo despertamos, parece.
Y, con este calor, qué otra cosa podés hacer.
Al ratito el gomero sale con la llanta, dice que hay que enderezarla, la coloca entre dos maderas, los martillazos parecen campanadas. Después con una tenaza moldea las puntas. Limpia la cubierta con aire, la empasta y la vuelve a poner. En un momento me doy vuelta, ella me mira con la cabeza apoyada en el vidrio. Le hago señas de que te todo va a salir bien. Habremos demorado unos veintes minutos. Y al final el tipo no me deja pagar y hasta se ofrece a llevarnos de vuelta.
Muchas gracias, en serio.
De nada, flaquito.
El tipo arranca, baja la ventanilla.
Hacen una parejita hermosa, ustedes dos, en serio. Y usted querida, comame más a ver si me engorda.
Sí, gracias.
Le cruzo el brazo con suavidad por la espalda. Antes de desaparecer en la ruta oímos dos bocinazos cortos.
Dijo que somos una parejita divina, ¿viste?
Sí.

*Autor
Javier Quintá nació en Córdoba en 1981. Sus cuentos han sido publicados en distintos medios gráficos de la Provincia y del país. Ha participado de una serie de antologías: Es lo que hay, antología de la joven narrativa en Córdoba (Editorial Babel, 2009), Diez bajistas, antología de la nueva narrativa cordobesa (Editorial Eduvim, 2009), Autogol (Editorial Funesiana, 2009). Actualmente, trabaja como periodista para la revista Matices, publica entrevistas o reseñas en la gaceta de crítica y cultura Deodoro, y escribe, con algunas interrupciones, en www.pelopinchos.blogspot.com