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Después de un año nuevo
María Pousa*

I

Él la esperaba en la puerta del Shopping. Tenía auriculares, jeans, remera roja y zapatillas. Ella caminaba despacio pensando en su vida, como si fuera un almohadón que podía agarrar con las dos manos y romperlo. Él escuchaba música, miraba a las promotoras y los autos detenidos en el semáforo. En el camino se acordó de los labios secos de su madre. Nunca los vio pintados, ni siquiera en navidad o año nuevo. Recordó los horarios de su padre. Seis de la mañana al negocio, después, cuando el sol pegaba fuerte, cuidar la huerta del patio. Él en su habitación con el calor en la frente.
Se saludaron y decidieron Más allá de la vida porque a él le gustaba Clint Eastwood. Subieron las escaleras mientras ella le contaba sus últimas decisiones de Enero. Tengo que regular, dijo. Él se rió. Sabía que el verano se iba a terminar, que llegaría el otoño y así el cambio de estación en estación sin que ella sepa que cosa es lo que debía regular. No importaba, se conocían.
A media hora de la película ella se quedó dormida. Él sacó el mp3 y grabó sus ronquidos. Salieron del cine y fueron a tomar una cerveza. Le contó toda la película, dijo haber lagrimeado un poco. Le hizo escuchar los ronquidos. A ella no le pareció gracioso. Unos chicos con instrumentos empezaron a tocar en la vereda del bar. Ya era de noche. El humo de los cigarrillos en dirección a la luna.

II

Atardecía en el campo. Él se había tomado el colectivo en la terminal de Córdoba y viajó una hora para llegar a la casa. Su hermana había ido de vacaciones al mar y ella quedó a cargo de la casa, los perros y la pileta.
Él prendió fuego. Ella puso la mesa, trajo cerveza y puso música. Los Pericos, Fito Páez, Roxette. Bailaron alrededor de la parrilla hasta que la carne se asó. Ella comió apurada, sin dejar de hablar un momento. Él la escuchaba porque le gustaba como acentuaba las palabras. Se imaginó con ella en una playa de Brasil, los dos solos, tomando caipiriñas a la tarde o poniéndole bronceador en la espalda.
Nadie levantó la mesa. Se fueron a la hamaca paraguaya con cerveza y cigarrillos. Los perros dormían uno encima del otro. La música había terminado. Hablaron del amor como un juguete agujereado de la infancia. Miraron las estrellas. Él dijo lo que estamos viendo está muerto, ella dijo estoy acostumbrada a las luces que se apagan. Después se le cayó el vaso de cerveza al piso.

III

El agua salió de la pileta como una cascada. Él hizo un roll para adelante y se tiró. Ella lo miraba desde la reposera, con los anteojos de sol y una botella de cerveza caliente en la mano. De chico me tiraba del trampolín de la pileta del club, hacía muchas piruetas, dijo. Los árboles al costado se movían. Hojas, ramas y bichos flotaban en la pileta. A ella le hubiera gustado contarle que de chica también se tiraba de los trampolines, pero la verdad era que le daban mucho miedo. Abrió la revista y leyó en voz alta los últimos romances de famosos. ¿A esta le das?, preguntó mientras le mostraba la foto.
Sintieron un ruido. El perro negro corría con el pan dulce en la boca, ellos atrás queriendo salvar la mitad de la merienda. Por suerte, se les había ocurrido comprar papas fritas. Ella se puso las ojotas y fue a buscar otra cerveza al quincho. Él de nuevo en la pileta moviendo los brazos, primero uno y después otro.

IV

El ventilador hacía un ruido insoportable. Ella miró la hora: diez de la mañana. Muy temprano para levantarse un domingo en el campo. Lo miró. Dormía de costado con una mano apoyada en la cara. Le tocó la espalda. Sabía que esa no era su casa, ni su pileta, tampoco le gustaban los perros. Durmió un poco más. Al mediodía se levantó y puso el agua para el mate. Él seguía en la misma posición.
El hombre que camina cansado, ahora, sueña.

V

Se tomaron el colectivo de vuelta a la ciudad. Dos niños downs en el asiento delantero. Adolescentes de malla y collares. Una mujer rubia pagando el boleto. Ella dijo que tenía sueño. Él contestó el camino de vuelta siempre es más corto.
Se bajó antes. Ella llegó a su casa y encontró a su gata sin agua en el tarro. Abrió ventanas y puertas. Se tiró en el sillón a fumar un cigarrillo y quedó dormida.

*Autora
María Pousa (1984) Neuquén-Córdoba-Buenos Aires. Es profesora de filosofía y de español para extranjeros. Publicó textos en distintas revistas. Prepara su primer libro de poemas Al sur del planeta.