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El librero
Martín Alejandro Pachetta*

Don Armando descendió. Nadie más bajó. Colgaba de su hombro un bolso de cuero. Se lo había regalado un talabartero amigo para su cumpleaños sesenta y cuatro. Con una mano arrastraba una pesada valija. La otra sujetaba un libro de tapas marrones con guardas doradas.

Tres o cuatro veces al año viajaba a Buenos Aires. Recorría personalmente las grandes editoriales. Le encantaba sumergirse en aquellos claustros y respirar hondo el aroma a tinta que emanaban las paredes.

- Ya lo dábamos por muerto, Don Armando.

La voz ronca de Norberto Miranda, dueño de la tienda de muebles, le brindó el regocijo de saberse en tierras conocidas. Ante la broma, el viejo librero sonrió apenas. Solo por complacer.

- Anduve por muchos lugares esta vez y uno ya es viejo como para andar trotando.

Miranda observó la valija. Repleta de libros, pensó. Probó el equipaje. Admiró la fortaleza de aquel hombre de aspecto demacrado para sobrellevar tamaña carga.

¿Y ese no entró? , dijo señalando esta vez el volumen que Don Armando aprisionaba con la mano derecha.

- Este me lo regaló un amigo.

Estiró el brazo para que relucieran las letras doradas hundidas en la portada.

- ¡La babosa!... ¡Qué nombre más repugnante!

- Hace poco que se publicó. Es de un paraguayo. Poco conocido acá. ¡Pero me lo recomendaron!

Don Armando se colocó a la defensiva. Sabía que el título era poco gratificante. La historia tampoco le agradaba demasiado. La lentitud del desarrollo atentaba contra su lectura impaciente y la escritura al mejor estilo de la vieja manera frustraba su predilección por las nuevas formas narrativas. Además, no encontraba personaje que le cuadrara. Ni Ramón, ni las hermanas Clara y Ángela, ni el maestro Quiñónez, ni el cura, ni ningún otro era del gusto suyo. Compartía con Miranda el calificativo de “repugnante” para referirse al título, atributo que hacía extensivo a toda la novela. A su juicio, se trataba de un mal producto, pero era el obsequio de un amigo.

Caminaron por el bulevar. Don Armando encendió un puro. Mientras lo hacía, no alcanzó a ver el gesto de sorpresa de su compañero.

Por entre el humo, emergieron palabras deseosas de conocer las novedades de la ciudad.

- Acá, como siempre. No hay mucho. Hay rumores de que están por cambiarle el nombre a los barrios.

Las arrugas del librero se llenaron de asombro. Había oído del proyecto antes del viaje. Seguía sin encontrarle explicación. Vivía en La Rural y para él ese barrio debía seguir llamándose así. Al igual que el Villa Aurora debía seguir siendo el Villa Aurora o el Chaco Chico, siempre Chaco Chico. Por qué no ocuparán el tiempo en otra cosa, pensó. Preguntó por las razones.

- No sé, Don Armando, pero no se angustie antes de tiempo, ya le dije que solamente son rumores.

Recordó esa misma frase pero en labios de otra persona. Había sido un par de años atrás, cuando aún era profesor en la Víctor Mercante. En ese entonces, Sobral le había dicho que lo de la intervención era sólo un rumor que andaban diciendo por ahí. A la semana sobrevino la intervención.

- Pero dígame usted, Don Armando, qué noticias se trae desde la capital. ¿Qué se dice por allá del viaje de Perón a Chile?

Aspiró hondo con el cigarro en la boca.

- No mucho, parece que lo recibieron muy bien, dicen que había una multitud. Pero es lo que leí en los diarios.

Desde hacía un tiempo Don Armando evitaba hablar de algunas cosas. Había seguido al presidente desde sus comienzos. Estuvo entre la multitud que lo había recibido en su visita a la ciudad, al igual que más tarde acompañó el arribo de Evita. Lo había aclamado un glorioso 17 de octubre. Lo había votado en el 46. Pero últimamente notaba algunos cambios que no le gustaban mucho. Por ahí algunos comentaban que se había aliado a los capitales extranjeros y que buscaba amigarse con los del norte, y Don Armando algo de eso también notaba.

- ¿Se acuerda del pibe Guevara?

- ¿Guevara?... ¿cuál?

- El chico éste que era empleado de vialidad de la provincia, ¿recuerda? El que vivía sobre el Vélez Sarsfield y venía seguido a comprarme libros.

No tenía presente su rostro pero recordaba que Don Armando en muchas oportunidades había hecho referencia sobre ese chico, sobre la cantidad de tiempo que se quedaba husmeando los estantes, sobre lo que leía.

- Lo encontré allá en la capital, mientras caminaba por una feria. Está hecho todo un hombrecito. Me contó que se recorrió todo el país en moto. Y eso no es nada. Dijo que después con un amigo, también en moto, se fue hasta Venezuela y después volaron a Estados Unidos y volvieron a Buenos Aires, ¿usted se imagina?

Miranda meneó la cabeza.

- ¡Qué locos estos jóvenes de hoy día! Dígame a dónde va ir a parar el país con chicos así. Lo que tienen que hacer es conseguir un trabajo y sentar cabeza de una vez.

El sol comenzaba a desplomarse detrás de las casonas céntricas. El avance de las sombras y una leve brisa del sur refrescaron las calles arenosas.

Dos días después, Miranda fue hasta la casa del viejo. Desde su llegada, aún no había abierto la librería. Estaba preocupado.

Golpeó la puerta. Nadie atendió. Cruzó el jardín abriéndose paso entre los ligustros y una planta de menta. Asomó la cabeza por una de las ventanas. Estaba oscuro.

Preguntó entre los vecinos. Nadie lo había visto. Ni siquiera sabían de su regreso.

Volvió al centro, hasta la librería. La puerta no estaba con llave. Tampoco tenía trabas. Entró. Un olor a libros lo envolvió.

La luz llegaba por entre las estanterías. Venía desde el depósito. Caminó.

Allí lo encontró. Cómodamente sentado en su sillón mecedor. En la falda, abierto, el ejemplar de tapas marrones y letras doradas.

A un costado, aunque recién lo encontraría el agente policial una hora más tarde, el sobre con el informe médico.

*Autor
Martín Alejandro Pachetta nació el 16 de octubre de 1975 en la localidad de Silvio Péllico, provincia de Córdoba, y desde el año 1994 vive en la ciudad de Villa María. Estudió Comunicación Social. Actualmente cursa el Profesorado en Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de Villa María y se desempeña como docente en diferentes instituciones educativas. En el año 2010 publicó el libro de cuentos "Puesta de sol" en la editorial universitaria EDUVIM integrando la colección UP (Cincomilnovecientos). Dos de los cuentos que integran dicha publicación han sido distinguidos en concursos literarios: "La historia de Amador Funes" recibió mención de honor en el Premio Bruno Ceballos (Villa María, 2001) y "Las fotos" recibió mención de honor en el Premio Guanusacate Letras (Jesús María, 1998).