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Tortas de crema, vestidos de colores
Eloísa Oliva*

Si tengo suficientes cigarrillos, pregunta. Está elegante, con el traje gris, la barba de tres días, se puso el perfume que me gusta. Martín, ya no tan joven como cuando lo conocí, revolea los ojos por la ventanilla mirando el tránsito del sábado a la noche: los adolescentes que caminan por las veredas de Nueva Córdoba, los que están sentados en el pasto del Buen Pastor, de ojotas, transpirados, con las llaves de sus pequeños departamentos en la mano, las chicas de piernas largas, en shorts, y sus perritos blancos, sueltos. Martín mira todo eso, pero no me mira a mí.
Vamos en el auto de Oscar, un amigo de la madre. Él tiene ochenta años, y Marta, su novia, setenta. Hace calor y hay humedad, el aire es un gas que se toca con la punta de los dedos. Marta se da vuelta para charlar. Me elogia el vestido. Es prestado, le digo. Te queda bárbaro, contesta. Le digo que ella también está muy linda, que las lentejuelas la rejuvenecen. El elogio la pone contenta, se da vuelta y le acaricia rápidamente la mano a Oscar, la mano que Oscar apoya en la palanca de cambios, casi como sin querer. Él la mira un segundo y le sonríe.
Tomamos Castro Barros hasta Monseñor Pablo Cabrera. En la vereda, una mujer fuma y mira al cielo, rojo. Casi no hay tránsito así que en veinte minutos cruzamos la ciudad y llegamos a la fiesta. Es de un primo de Martín, un contador que se casa con otra contadora.
Subimos por una escalera mecánica hasta la recepción, donde una mesa cruza de punta a punta: hay empanaditas, almendras y otras cosas que la gente saca y va poniendo sobre platos de copetín con los que se mueven por todo el salón. Los mozos van haciendo equilibrio con las bandejas llenas de copas de champagne. Dame los cigarrillos, pide Martín. Te acompaño, digo.
En un balcón minúsculo nos amontonamos con otros fumadores que, como nosotros, buscan demorar aunque sea unos minutos el ingreso al universo de la fiesta. Bajo el toldo del balcón las distintas trayectorias de humo se unen y forman una nube que se queda, inmóvil, sobre nuestras cabezas. Mientras estamos ahí aparece Andrés. En la adolescencia fue amigo del novio, ahora tiene puesto un traje azul, gastado en los codos, hecho para ir a la oficina.
Y empieza a escucharse la marcha nupcial: iluminados como en las películas, entran los novios. Bajo el haz que los enfoca, brilla el vestido, el jaqué, las flores, las sonrisas. Parecen una imagen mejorada de sí mismos, una foto que guarda una relación lejana con el fotografiado. Los seguimos al salón, aplaudiendo.
Entre los que aplauden veo a Lucía, apoyada en el brazo de Hernán, su marido. Me acerco a saludarlos y, demasiado cerca para dar media vuelta, escucho que discuten. Hernán le reclama el largo del vestido. Ella se ofende. Él está por decirle algo más cuando me ven. Hacen como si no pasara nada. Los saludo demasiado efusivamente. Ellos contestan casi alegres, con esa falsedad de las relaciones que deben tolerarse. Hernán aprovecha que yo esté ahí y se va a saludar al novio. Lucía y yo no sabemos muy bien de qué hablar, ella está molesta, no soy la persona con la que quisiera conversar. Me pide un cigarrillo y lo enciende ahí, en el salón. No lo aguanto más, dice mientras absorve con fuerza, para colmo estoy de casi cuatro meses, avisame si viene que me mata si me ve con esto, agrega tirando el humo violentamente hacia un costado.Y cuando trato de escapar, se acercan Martín y Andrés. Los presento, Lucía es asistente social, como Andrés, y está realmente linda, con ese vestido tan corto que le deja al descubierto las piernas largas. Me doy cuenta que Andrés también lo percibe. Lucía apenas supera los veinte, el resto pasamos los treinta, y eso se nota en cierto matiz apagado de nuestras facciones.
Andrés intenta conversar con ella, pero Lucía contesta con desgano y monosílabos. Entonces se inclina y le dice algo al oído, Lucía le contesta con una mirada que traduce algo de asco. Él es de por sí una figura bastante tosca, pero más todavía si se lo compara con Hernán, que tiene esa impostura de las familias patricias venidas a menos. Andrés es un chico de pueblo que se pasó toda la adolescencia dando vueltas en auto a la misma manzana, escuchando rock a todo volumen con las ventanillas bajas.
Alguien avisa que hay que pasar al salón principal. Entonces nos dispersamos y buscamos nuestros nombres en las listas de la entrada que seguramente los novios tardaron semanas en confeccionar. No nos toca ni con Lucía y Hernán ni con Andrés. Los novios y sus familiares más directos se sientan en una mesa larga frente a un escenario donde, después de la comida y el vals, va a tocar una banda de cuarteto. El salón está muy iluminado y hay mozos que van y vienen descorchando las botellas de vino en las mesas.
Nos sentamos con los primos, los que no son hermanos del novio. No conozco a ninguno y Martín hace años que no habla con ellos. Pusieron el aire acondicionado a todo lo que da, así que me pongo el saco de Martín en los hombros. La prima que está a la izquierda hace lo mismo con el de su marido. Parece un día de campo. Los primos charlan entre ellos, y de vez en cuando algunas mujeres me dedican una semisonrisa. Sus hijos corretean por ahí.
Una de las mujeres se para a buscar a su hija que llora tirada en el piso. Vuelve y la sienta en su falda hasta que la nena se calma. Es una chica preciosa, de más o menos cinco años, los rulos colorados le caen al costado de una cara pálida y desconfiada. La madre le acaricia la cabeza y la nena, de a poco, se tranquiliza. Le pregunto cómo se llama y no contesta. Le digo que me gusta su vestido, que si no me lo presta para otra fiesta. Ella esconde la cabeza en el pecho de la madre. Me dicen que la nena se llama Beatriz. La llamo por su nombre, ella se asoma y me mira con recelo ¿Y ustedes?, pregunta la madre, ¿no tienen chicos?
No sé si Martín escuchó la pregunta, pero me mira con una expresión que tiene algo de compasiva y pregunta por lo bajo si me aburro mucho. Le digo que no, aunque sabe que es mentira. Una moza se acerca y nos va sirviendo en el plato lomo con salsa y una especie de soufflé color amarillo. Antes del postre, los novios se acercan a sacarse la foto de rigor. Están exultantes, aunque a ella se le corrió un poco el maquillaje. Nos abrazamos como una gran familia feliz y, después del flash, los dos siguen camino hacia la próxima mesa olvidándose de nosotros.
Más tarde empieza el vals. En el cuadrado del salón que dejaron libre para bailar, la madre del novio y el padrino de la novia dan inicio a la larga lista de parejas que, como un cortejo, esperan fuera de la pista. Con cada ingreso las parejas se van multiplicando. Hay un instante en que la madre de la novia se queda sola, mirando en todas direcciones, y entonces algún primo empuja a Martín. Al rato, Marta lo reclama.
A Marta ya se le nota la borrachera. Tiene los ojos erráticos y se mueve con esa lentitud torpe, casi fantasmal, del alcoholizado. Es sutil, pero los que la conocen saben que le gusta tomar. Ella se siente un poco culpable por esa debilidad, y se justifica echándole la culpa a su ex marido, un diplomático que, con tantos años de carrera, se había acostumbrado a mitigar la ansiedad de estar lejos con tragos cada vez más exóticos. En una época de esplendor hasta había contratado un barman para que, de siete a nueve, les preparara tragos a él y a Marta. El barman iba de lunes a viernes, y cada día de la semana estaba asignado a un continente. Sobre esa base, armaba un recorrido alcohólico por el mundo que le permitiera al diplomático olvidar el suyo propio.
Ahora Marta y Oscar bailan juntos. Lo veo agarrarla fuerte del brazo, retarla, aunque no escucho muy bien qué dice. Marta se enoja, y abre los brazos en un gesto que parece tratar de demostrarle que no es ella la única que se divierte.
Martín y yo bailamos unos temas después del vals y nos cansamos rápido. Él desaparece entre sus conocidos, y yo voy a sentarme en el anonimato de las mesas en penumbra. La noche avanza, algunas parejas siguen en la pista, los chicos duermen en sus cochecitos y se escuchan en el aire fragmentos dispersos de conversación.
Después de un rato me acerco a la barra a buscar un trago y salgo al balcón de fumadores. El calor me golpea la cara, húmedo, pegajoso. El cielo pesa. Hay poco aire, y las volutas de humo dibujan arabescos en la oscuridad. Tiene algo de promiscuo esta forma de estar todos apiñados, respirando el mismo aire contaminado que nos echa de la fiesta.
Descubro a Andrés y Lucía conversando en un rincón del balconcito. Andrés se inclina hacia ella, mueve la boca para decir cosas que no llego a entender qué son. Lucía se ríe, con una alegría que la sacude. Andrés la mira, satisfecho con el efecto.
Cuando termino el cigarrillo vuelvo al salón, la gente sigue bailando en las luces titilantes, al ritmo alternativo de la marcha y el cuarteto. La banda nunca tocó, quedan los instrumentos arriba del escenario, ahora oscuro. Martín, en la barra, habla eufóricamente con alguien que no conozco, también se ríe, como hace tiempo no lo veo reírse.
Vuelvo a sentarme a la mesa donde comimos, está vacía, los abrigos y las carteras desparramadas, copas a medio tomar, pedazos de torta abandonados. Por un instante quisiera que mi vida fuera como este salón, como esta fiesta: un universo de puro presente, de felicidad instantánea, con tortas de crema, vestidos de colores y tragos exóticos. Incluso con este abandono de cigarrillos mal apagados, copas manchadas y olor a humedad en una noche que parece tropical.
Algunos hombres con la corbata floja dormitan en las mesas de alrededor, mientras sus mujeres aprovechan la oscuridad para devorar un pedazo más de torta.
Hernán está en la barra, cerca de Martín y su desconocido amigo, charlando con el novio y otras personas, seguramente compañeros de oficina. Lucía y Andrés bailan, concentrados, en una esquina solitaria de la pista. Hernán los mira, indiferente, mientras da sorbos a su trago.
Al rato Martín se me acerca, se sienta al lado, se afloja la corbata y mira como tratando de abarcar toda la fiesta, toda la noche, de entender algo que se le escapa. ¿Vamos?
La ciudad sigue vacía y al taxista le gotea la traspiración por la nuca. Cuando llegamos, el espejo del ascensor nos muestra nuestras caras desfiguradas por la noche. Mientras él se ducha, salgo al balcón a fumar el último cigarrillo.
Lejos, tiembla el cielo en un relámpago.

Aclaración
Este cuento recibió el Tercer Premio del 32 Certamen de Cuento de General Cabrera (Córdoba, 2010)
*Autora
Eloísa Oliva nació en 1978, en Buenos Aires. Vivió gran parte de su niñez y adolescencia en Neuquén y actualmente reside en Córdoba. Estudió comunicación social y cine. Participó en las antologías Espuma de rabia (La Creciente, 2004), Mirad al cielo: ¡Los renos caen ardiendo! (Clase Turista / CCEBA, 2009), Cucrito (Textos de Cartón 2010) y Dora narra (Caballo Negro / Recovecos, 2010). Las publicaciones Alguien llama, El banquete y Diario de Poesía incluyeron una selección de sus poemas. Publicó los libros Humus (La Creciente, 2005), y 1027 (Nudista, 2010). Fue residente en RUSA (Residencia Un Solo Artista, Rosario, 2008). Entre 2007 y 2008 formó parte de editorial La Creciente.