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Monocigótico
Luciano Lamberti*

Mi papá era bombero y murió al caer de una antena. Contada entera, cosa que no sé si voy a poder hacer acá, es una historia muy extraña. Un chico se subió a la punta de una antena y después no supo cómo bajar. Estaba llorando a los gritos. Mi papá le dijo que se tranquilizara, que se agarrara bien fuerte y no mirara hacia abajo. Y después empezó a subir la antena, apoyando la puntera de la bota entre los alambres. Cuando estaba llegando a la punta se resbaló y se cayó. Así de simple. Lo metieron en una ambulancia del EMI y murió camino al hospital. Lo velamos a cajón cerrado, y mientras íbamos al cementerio los compañeros del cuartel hicieron sonar la sirena de la autobomba. El silbido me puso la piel de gallina.
A la vuelta, le di un calmante a mamá y la acosté. Estaba como perdida. Esa noche no pude dormir. Prendí la luz del garaje y empecé a clasificar lo que iba en cajas y lo que iba a la basura. El garaje era la piecita de juegos de papá. Había una mesa de ping pong. Una guitarra criolla. Libros, revistas. Pero lo más importante eran las maquetas colgadas del techo. Dos aviones de guerra, seguramente de la Segunda Guerra. ¿Qué hacer con esas maquetas? Podía tirar una y guardar la otra. A mi papá le había llevado meses construirlas. Lo imaginé inclinado sobre el escritorio, en esas largas noches de verano, pintando las alas bajo la luz de la potente lámpara de pie, alejándose unos pasos para ver el resultado, el trabajo bien hecho. Una sensación que es imprescindible tener de vez en cuando.
En el primer cajón del escritorio encontré una abrochadora, un montoncito de banditas elásticas y una revista de caza y pesca. En el segundo cajón encontré un sobre. Tenía mi nombre escrito en el anverso. Literalmente decía: "Para Francisco, en el caso de que me suceda alguna desgracia". En el interior había una carta. Era una carta larga, llena de consejos sobre la vida y boludeces por el estilo, pero al final revelaba que papá tenía una familia paralela, a la que veía de vez en cuando cuando viajaba “por obligaciones laborales”. Agregaba que sentía que era su deber, como bombero y hombre de bien, decírmelo, esperando que yo entienda y lo sepa perdonar. Fin.
Tardé un rato en recuperarme. Quemé la carta, y me pasé los siguientes días pensando qué hacer. Después me tomé un colectivo y fui al pueblo donde papá tenía su otra familia.
Llegué a las dos de la tarde. El pueblo era una aglomeración de casas tristes a cada lado de la ruta, con calles de polvo fino como la harina. Había dos plataformas en la terminal, y un kiosco lleno de moscas donde un hombre leía una revista. El hombre era flaco y se le notaban las venas en los brazos. Me señaló al único taxista del pueblo, un tal Valdemar, que estaba durmiendo en el taxi con el asiento inclinado y la camisa abierta. Lo desperté y le pregunté por la familia. Me dijo que no era lejos. Cuando llegamos, vi que en el frente de la casa había un cartel escrito a mano: Se asen costuras. Toqué el timbre. Un chico de mi edad abrió la puerta y se quedó mirándome. Luego me hizo pasar. El televisor estaba prendido y había olor a poxirán. Me senté y le dije quién era.
- Soy tu hermanastro. Nuestro padre tenía dos familias.
- Ya lo sospechaba – dijo él.
Después le conté que papá se había muerto cayéndose de una antena. Me preguntó qué día y a qué hora había muerto. Me dijo que a la misma hora del mismo día se había muerto su mamá. Había estado agonizando durante muchas semanas y ese día él entró a su dormitorio con la sopa en una bandeja y ella aspiró una gran bocanada de aire y la fue soltando despacito. Cuando la terminó de soltar estaba muerta. Así de simple.
Se llamaba Fabio. Yo le dije que me llamaba Francisco.
- Las dos con efe – dijo él.
Después me contó que era fumigador. Cazaba ratas, pájaros, cucarachas. A veces se dedicaba a exterminar una población entera de palomas. Era un trabajo delicado. Se subía a una antena, dejaba un cebo en los hierros transversales, esperaba a que las palomas fueran a comer y entonces conectaba la antena a doscientos veinte voltios. Las palomas caían fulminadas. Le dije que era sorprendente la relación con la muerte de papá. Me dijo que nada lo sorprendía.
Después se levantó, desapareció por un pasillo y volvió con la foto de una mujer pálida, de expresión sufrida. Me dijo que era su mamá y que “cosía para afuera” para sobrevivir. En un rincón había una mesa de coser, y al lado una silla con un montón de ropa amontonada.
- Todo está como lo dejó – me dijo Fabio. – No me animo a tocar nada. Hasta el último momento mamá habló de papá. Esperaba que pudiera verla por última vez.
Cuando se hizo de noche, Fabio me invitó a comer. Cenamos viendo la televisión. Después se levantó y sin decir nada desapareció por el pasillo. Me quedé un rato viendo televisión, me recosté en el sofá y me dormí. Me desperté a la madrugada. Fabio estaba de espaldas preparando café. Tenía puesto el traje con el que fumigaba: un enterizo blanco con la inscripción Doctor Muerte bordada en la espalda. Desayunamos juntos y me invitó a hacer una recorrida. Tenía un solo encargo: un tambero al que las ratas le estaban devorando un galpón. Nos subimos al rastrojero y él acomodó las herramientas en el acoplado.
Nos atendió un viejito pelado de dientes amarillos. A Fabio le decía “Doctor”. Sacó un manojo de llaves y lo seguimos hasta un portón con candado. Apenas abrió, salió una rata del tamaño de un gato de seis meses. El viejo y yo dimos un salto hacia atrás, pero Fabio se adelantó y le pisó la cabeza con el borceguí. La rata pataleó un instante y después se quedó quieta. Después esparcimos un polvo rojo en distintos puntos del galpón, entre las máquinas, en los zócalos. Fabio me explicó que era un veneno con propiedades afrodisíacas, que tenía olor a ratita en celo. Al terminar, nos lavamos las manos y comimos unos sánguches con una Coca. Mientras comíamos, le pregunté a Fabio qué pensaba de papá. Levantó hombros. Me dijo:
- Todos los padres son iguales.
Esa noche fuimos a jugar al pool. Era una de las pocas actividades nocturnas del pueblo. Un salón largo, con fluorescentes colgando del techo, cuarteto al mango y siete mesas. Cuando entramos, un grupo de chicas que jugaban en una de las primeras mesas se alborotó. ¡Llegó el Doctor, llegó el Doctor!, se decían entre sí. Fabio se acercó a una de las chicas y le pegó una palmadita en las nalgas.
- Fumiguemé – dijo ella. – Estoy sucia.
Elegimos una de las mesas del fondo y compramos una cerveza. Jugamos sin hablar, porque hubiésemos tenido que gritar encima de la música. Fabio jugaba bien, concentrado. Me ganó tres partidos seguidos y cuando estábamos a punto de terminar el cuarto, la chica a la que le había palmeado la cola se acercó, lo agarró de la nuca y le estampó un besazo en la boca.
- Estoy jugando – le dijo Fabio.
- Sos un asco – le dijo la chica.
Era linda, con el pelo atado en una cola de caballo y un pullover encima del jean, pero cuando la vi de frente noté que tenía un ojo completamente blanco, como una bolita de porcelana. Daba un poco de impresión. Fabio me la presentó como “La Reina de la batata”. Cuando salimos, había un tipo apoyado contra el rastrojero de Fabio. Tenía los brazos cruzados y parecía indignado.
- Uh, pero que hinchapelotas – dijo la Reina de la batata.
- Vos no te metas – dijo el tipo.
Fabio avanzó con la llave, para abrir la puerta, y el tipo se adelantó y lo empujó con el hombro, las manos detrás de la espalda.
- Qué – dijo el tipo.
- Qué –dijo Fabio.
- Qué – repitió el tipo.
La Reina de la batata se tapó la cara con una mano.
- Me dan vergüenza – les dijo.
El tipo tiró una trompada y Fabio la esquivó pero en el movimiento se golpeó la frente contra el capot del rastrojero. Se llevó la mano a la cabeza y le empezó a salir sangre entre los dedos. La Reina de la batata entró de nuevo al pool. El tipo parecía asustado. Miró alrededor y salió corriendo.
Le pregunté a Fabio si estaba bien. Hizo que sí con la cabeza. La Reina de la batata salió del pool con dos hielos. Se los dio a Fabio. Él se puso los hielos en el corte y al rato la herida se había cerrado. Subimos al auto y fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Fabio manejaba, la Reina de la batata iba en el medio y yo contra la ventana. La Reina me dijo que se llamaba Agustina, que vendía celulares, que estaba aburrida, que quería estudiar actuación con Norman Brisky, que pintaba naturalezas muertas y que de chica había bailado danza contemporánea. Era una máquina de hablar.
- Adrián es un loco y hay que encerrarlo en un loquero –dijo. – Fuimos novios en la secundaria y entonces cada vez que salgo con alguien él investiga y me persigue. Creo que mamá le dice. Mamá lo quiere mucho. Es un chico bueno, pero un poco pelotudo. Mi amor se terminó, es lo que no puede entender. Algún día voy a hacer una denuncia. Aunque no creo que me den bolilla. Un tío que es policía me dijo que ellos están para cosas más importantes. Pero lo que es él, está sentado todo el día comiendo. La policía ya no resuelve casos. No sé muy bien qué hace. Mi mamá se enoja cuando le digo esto. Pero hay que abrir los ojos y darse cuenta. ¿Viste como tengo el ojo? – me preguntó.
Le dije que sí.
Dábamos vueltas con el rastrojero enfrente de la plaza. El centro del pueblo. Había familias tomando helado o caminando, chicos en los bancos, adolescentes dando vueltas en moto.
- Me clavé una estaca cuando era chica – dijo ella. – Fue el dolor más grande que tuve en mi vida. Si no fuera por eso, creo que hoy sería famosa. Me gustaría estar en la televisión. Es mi sueño.
Fabio se rió. A contraluz, vi que le había salido un chichón en el lugar donde se había golpeado, como un volcán en miniatura.
- Vos callate, Doctor Muerte – dijo la chica. – Tengo aptitudes para hacer lo que sea. Fui abanderada en el colegio y presidenta del centro de estudiantes.
- Vamos a abastecernos – dijo Fabio.
Paró el rastrojero frente a un kiosco y volvió con un tetrabrik de sangría preparada.
- Una maravilla de la ciencia moderna – dijo Fabio.
Abrió la guantera, sacó un tramontina y cortó una de las orejas del tetra. Tomó un trago largo, se lo pasó a Agustina, que también tomó y me lo pasó a mí. Era la bebida más horrible que probé en mi vida. Seguimos tomando hasta que en el medio de una conversación, Agustina levantó la mano y anunció:
- Tengo que hacer pis inmediatamente.
Fabio dobló en la esquina y nos metimos por una calle bordeada de eucaliptus. Detrás había unos grandes silos metálicos, galpones, estructuras de metal indescifrables a esa hora. Fabio detuvo el rastrojero, bajamos. Yo llevaba el tetra con el líquido horrible, del que a veces tomaba un trago. Estaba oscuro pero había una luna casi llena y todo tenía un resplandor platinado.
- ¿Te molesta verme hacer pis? – me preguntó Agustina.
Le iba a decir algo pero de inmediato se bajó los pantalones y se agachó. Se fue formando un charco entre sus piernas. Como no tenía papel, movió la cadera hacia atrás y hacia adelante para secarse las últimas gotas. Después se levantó y se subió el jean.
- Listo – dijo. – Ahora vos.
Se acercó a Fabio, le bajó la bragueta y le sostuvo el pito mientras hacía pis. Parecía una madre con un hijo pequeño. Después se lo sacudió. Me miró.
- Yo no tengo ganas – le dije.
- Si tenés – me dijo Fabio.
Agustina me bajó la bragueta y me agarró el pito. No lo tenía parado, pero sí un poco despierto, y me costó echar las primeras gotas. Agustina se rió y me felicitó. Cuando estábamos en el auto me preguntó si había leído a Henry Miller. Le dije que no.
- Ah – dijo ella. – Es uno de mis autores favoritos. Me ayuda a sobrevivir en este pueblo de mierda. Está siempre cogiendo con dos o tres personas distintas. A mí me gustaría ser así.
Le apoyó una mano a Fabio entre las piernas. Fabio no se inmutó.
Fuimos a la casa y sacamos una cerveza de la heladera y nos pusimos a tomar y a charlar. Yo me senté en el piso, Fabio y Agustina en el sofá cama.
- Así que son medio hermanos, qué maravilla – dijo Agustina.
Le dio a Fabio un largo beso en la boca. Yo aproveché para tomar un trago. Miré el cuadro de un gato tocando el violín que había en la pared.
- Vos me caés bien – dijo Agustina. – Muy bien. ¿No te enojás si hago esto?
Se inclinó sobre mí y me besó. Sentí su lengua tibia y con olor a alcohol moviéndose dentro de mi boca.
- Me encantan los hermanitos – dijo Agustina, riéndose. – Me caen bien los dos.
Y siguió besando a Fabio y besándome a mí, por turnos. Cuando me di cuenta, Fabio le había subido el pullover, le había desabrochado el corpiño y estaba chupándole una teta.
Agustina me llamó con la mano.
- Vení. Vení – me dijo.
Me levanté y fui.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, estaban cogiendo en la pieza. Oía los ruidos líquidos del sexo, los gemidos de Agustina. Me vestí y busqué mi bolso y volví a mi ciudad.
Después pensé mucho en lo que pasó. Quería buscar algo, un orden o una moraleja, pero por más que daba vueltas no lo podía encontrar. Lo que sí pensé es que hubiera querido verlos por última vez. Despedirme de alguna forma. Pero era mejor no molestarlos. Estaban tan lindos.

*Autor
Luciano Lamberti nació en 1978. Publicó los libros de relatos "Sueños de siesta" y "El asesino de chanchos" y el libro de poemas "San Francisco Córdoba".