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Una llave
Sergio Gaiteri*

Yo escuché los golpes, pero fue Guido el que me agarró del brazo y me llevó hasta la ventana para mostrarme lo que estaba pasando al frente, en la casa de don Castro.
Hace dos meses que vivimos acá en San Martín con Ivana. Todavía no nos acostumbramos a los ruidos. Mejor dicho: los desconocemos. Y por eso a veces los ignoramos. Según ella es un barrio escandaloso, muchas motos, colectivos, gente que se junta a hablar a los gritos en las veredas. Cosas normales. Lo que pasa es que tanto ella como yo venimos de lugares más tranquilos. Ivana viene de pasar toda su vida en Alta Gracia. Y ni siquiera en el Centro de Alta Gracia, sino a la salida, yendo para Anizacate. Yo, una parte importante de la mía en el departamento de Las Palmas, en donde se quedó Diana, la madre de Guido.
Estábamos los dos solos. Yo preparaba salsa para unos fideos. Guido miraba tele. Normalmente los sábados a la noche, los días que le toca venir a casa a Guido, Ivana se junta con alguna de sus amigas del trabajo o se va a visitar a los padres.
Nos asomamos por la ventana. Vimos a un hombre alto que golpeaba la puerta de don Castro. Entre golpes y golpes tocaba el timbre. Al lado del hombre, una mujer llamaba por teléfono celular, probablemente al mismo Castro, porque mezclado con el timbre de la casa se escuchaba el del teléfono.
Apagué el fuego de la hornalla y crucé la calle. Guido me siguió.
Este señor, don Castro, es casi la única persona con la cual Ivana y yo establecimos algún tipo de trato desde que llegamos al barrio. Pasa que por nuestros horarios de trabajo no tenemos mucho tiempo para conocer vecinos. Nos prestó un sol de noche de esos a gas cuando vio que los primeros días, hasta que nos pusieron el medidor de la luz, andábamos con velas. Vive solo. Lo visitan de vez en cuando, más que nada los nietos. Varias veces me pidió que le marcara en el teléfono el número de alguno de los hijos. Tiene cuatro, uno que vive en Estados Unidos. Le han comprado uno de esos aparatos con teclas cuadradas y grandes. Pero no ve, no le encaja a los números. Es un hombre muy mayor. Difícil calcularle la edad. Unos ochenta, por lo menos.
Las pocas veces que charlamos decía estar indignado por la forma en que se robaba en el barrio. No respetan nada esos mocosos, me dijo un día. Y son de acá mismo, esos que pasan a cada rato con las gorritas negras. Antes había respeto. A mí me envenenaron los dos perros. Los tengo enterrados en el patio. Son ellos…
Era comprensible su temor. Un hombre solo, y en una casa tan grande. Yo no había entrado más que hasta el living, pero Ivana, que llegó hasta el patio, dice que tiene un terreno inmenso. Eso sí, bastante descuidado, con mucho yuyo y basura.
La señora del celular se presentó. Era la hija de Castro. El hombre era su marido. Estaban asustados. Pero era otra cosa, también estaban como enojados. Ella dijo que hacía desde el mediodía que llamaban por teléfono y no había respuesta. Puede ser que se haya caído y no alcance el teléfono, o que se haya desmayado, dijo el hombre. La mujer hizo un gesto de duda con la boca, parecía menos optimista. Era de noche. Se veía solamente una luz prendida adentro de la casa. La luz del pasillo, dijo la mujer. Pero ningún movimiento. Ningún ruido.
El señor se señaló el bolsillo y dijo que tenían una copia de la llave de la puerta, pero que don Nito tenía la costumbre de dejar una media vuelta de llave desde adentro. Para colmo, dijo, es imposible entrar por alguna ventana, ha puesto rejas reforzadas en todos lados, hasta en la banderola del baño.
Me di cuenta de que Guido había salido descalzo. Lo mandé a ponerse las zapatillas. No me hizo caso. El hombre lo miró a Guido y preguntó si era mío. Y sí, se respondió él mismo, es igual a usted. Alguien de su tamañito podría entrar por entre las rejas de la cocina. Le acarició el cuello mientras miraba las rejas. Si pasa la cabeza pasa todo, le dijo a la mujer. ¿Puede ser, amigo? , me preguntó. No supe qué decirle. No me parecía nada del otro mundo. Entrar y girar la llave de la puerta. Nada más que eso. En medio de mi duda, entre los dos ya habían subido a Guido al marco de la ventana. Lo ayudaron a meter primero la cabeza y un hombro y sin mucho esfuerzo estaba adentro de la casa. Además de flaco es un chico ágil. La señora le fue indicando desde afuera que siguiera la pared hasta llegar a la puerta. Guido había entrado varias veces conmigo, se debía acordar. Fue contestando que sí, que veía la puerta y la llave, incluso llegó a tocarla. Pero en un momento se quedó callado. Y quieto. ¿Qué pasa, hijo, no podés con la llave, está dura? , le pregunté. Pasaron segundos. Nada. No más de diez segundos. Me asusté. Pensé en algún problema de electricidad. Fue lo primero que se me ocurrió. Me estaba por tirar contra la puerta cuando se movió la llave en la cerradura y lentamente la puerta se abrió. Guido salió corriendo. No me vio. Lo agarré de los hombros y lo alcé. Alcancé a ver a don Castro tirado boca arriba en el piso. Sentí también el olor. Estaba muerto desde hacía varios días. Eso fue lo que dijeron los del servicio de emergencia.
Pero de eso y otros detalles me enteré después.

Esa noche Guido no quiso cenar y, como nunca, me pidió permiso para acostarse en la cama grande.
¿Qué le pasó al señor, papá, estaba muerto? , preguntó. Sí, Guido, le dije, era un hombre viejito. Se rascó la cabeza y volvió a preguntar: ¿Cómo el abuelo? Yo no sabía qué habían hablado con Diana el año pasado, cuando murió papá. Más o menos, el abuelo no era tan viejo, le respondí. ¿Y entonces? , me dijo. ¿En serio no tenés hambre? , le pregunté, para cambiar de tema. No, me duele la panza, dijo, tocándose con las dos manos.
Él sólo se sacó la ropa, abrió la cama y se acostó. Lo tapé con las sábanas.
Yo tampoco comí los fideos. Me quedé mirando por la ventana. Llegaron tres autos. Al rato una camioneta de la policía. El hombre alto, el yerno de don Castro, se cruzó y me pidió si no era mucha molestia ser testigo para la policía. Fui y le conté a una mujer, supongo que era una policía de civil, lo que pasó y lo que vimos cuando abrimos la puerta. Dijo que en la semana iban a citarme de nuevo. Cuando volví al departamento Guido se había dormido. Soñaba. Se quejaba, gritaba y movía los brazos como si peleara con alguien. En un momento se fueron los autos, todos a la vez, y el barrio quedó en silencio. Fue cuando regresó Ivana y le expliqué en voz baja más o menos lo que había pasado, por qué Guido estaba durmiendo ahí. Por suerte esa vez lo entendió, no hizo problema. Claro que no le conté que fue Guido quien se metió a la casa.

Pasamos un domingo tranquilo. Ivana sacó el tema de don Castro pero traté de no seguirle la conversación. Guido tenía el cumpleaños de un compañerito de jardín. Era en un salón de fiesta en la Colón. Habíamos quedado en que yo lo llevaba y cuando terminara, a eso de las siete, lo pasaba a buscar Diana y ya se lo llevaba a Las Palmas. Antes de bajarnos del taxi le pedí a Guido que no le contara a la madre lo que nos había pasado la noche anterior. Para que ella no se preocupe, le dije. Me miró sin entender. No dijo nada.
A la noche llamé por teléfono a Diana para saber cómo le había ido a Guido. Me contestó que bien, sólo que se había dado un cabezazo con otro nene en el pelotero. Tiene un chichoncito en la frente,…pero viste cómo es él de delicado; hijo único, dijo. , claro, le dije. Como yo, pensé. Y supuse que lo decía justamente por eso, para explicar, entre otros defectos el origen de mi egoísmo. Un asunto que le había escuchado desarrollar varias veces. Me dijo que Guido se estaba bañando. Preguntó si quería hablar con él. Le dije que no, que no hacía falta.

El lunes volví del trabajo un poco más tarde de lo habitual. Eso suele pasar los primeros días del mes, cuando hay que liquidar sueldos. Ni bien entré al departamento sonó el timbre del teléfono. Soy Esteban, dijo una voz que me costó asociar con alguien conocido. Como me quedé callado se presentó él mismo: Soy el novio de Diana. Ella está tan nerviosa que no puede ni hablarte. Yo no tengo tu celular, sino te hubiera llamado antes. ¿Te parece lo que le hiciste vivir a Guido?,¿Vos estás loco, macho? Se me pasaban cosas por la cabeza, las pensaba pero no se las decía: que era un problema mío lo que yo hago con mi hijo, que él no era nadie para meterse. Pero en el fondo sentía que él tenía razón. Fuera quien fuera. Siguió hablando y haciendo preguntas de esas que no se pueden contestar. Le pedí disculpas. Sí, disculpas. Intenté de manera arrebatada una explicación. Le dije que el fin de semana próximo iba a hablar con Guido. Cuando colgué el teléfono me sentí un cobarde, y más que un cobarde un estúpido. Por tener que pedirle disculpas por mi hijo a un tipo que había visto, con suerte, tres veces en mi vida. Y así, sin reaccionar, tartamudeando.

Estaba oscureciendo. Prendí el televisor, lo dejé sin sonido y me senté a descansar un poco. A pensar. En el sillón había quedado la ropa de diario de Guido. El jogging azul y la remera blanca. Ivana nunca toca la ropa de Guido. Agarré el pantalón para doblarlo y guardarlo en su roperito. Algo hizo ruido en el bolsillo. Eran unas llaves. Dos llaves. Sueltas, sin llavero, unidas por una argolla. No eran nuestras. Podrían ser del departamento de Las Palmas. Tampoco. No eran así. Se me ocurrió probarlas. Crucé la calle y metí la más ovalada en la cerradura de don Castro. Giró una y dos veces y la puerta se abrió. Había muchas luces encendidas. La del pasillo y las de la cocina. La del patio y la del garage. Las ventanas estaban abiertas. Corría aire. No se sentía el olor raro del sábado a la noche. En la mesa de la cocina había quedado un plato vacío y un vaso con jugo. La mitad de abajo del vaso estaba más naranja. La pulpa del jugo. En la mesada había una olla con un líquido oscuro. Con una cuchara de madera que encontré al lado de la olla rompí la superficie. Era una sopa de verduras. Estaba podrida. En el piso, abajo de la mesa había dos tenedores y un cuchillo. Abrí la heladera. Había pocas cosas, tres botellas de vidrio, dos con agua y una vacía, una bolsa con limones, un pedazo de manteca, una lata de puré de tomates. En el fondo había unos recipientes de plástico que no me animé a abrir.
Por la ventanita que había entrado Guido vi llegar a Ivana al departamento. Unos minutos después también la vi salir. Estaba desconcertada, miraba para un lado y para el otro de la calle. Caminó hasta la esquina y volvió otra vez a la puerta del departamento. Claro, yo había dejado el tele prendido y la puerta sin cerrar. Estuve a punto de salir para tranquilizarla. Pero todavía me faltaba ver cómo había quedado la habitación de don Castro. El baño. La sala donde nos contó que leía el diario. Salir al patio. Ver si quedaban rastros del lugar en donde había enterrado a los perros envenenados. Fui agachado hasta la puerta y eché llave. Me quedé sentado en el piso, oyendo los ruidos de la calle en medio del silencio de la casa.

Volví a casa pasadas las diez de la noche. Ivana ya estaba en la cama. Había apagado todas las luces. También la tele. Eso era raro, a Ivana le gusta dormirse con el televisor prendido. Tiré la llave de la casa del frente en el tacho de basura. Me desvestí sin hacer ruido. Me acosté al lado de Ivana, que se movió entre las colchas pero siguió dándome la espalda. No me dijo nada, no preguntó a dónde había estado hasta esa hora. Mejor. Mucho mejor. Tenía la mente en blanco. No había pensado ninguna excusa, ninguna explicación.

*Autor
Sergio Gaiteri nació en Córdoba en 1970. Es profesor de Letras Modernas. Y autor de los libros de cuentos Los días del padre y otros relatos (2005), Certificado de convivencia y otros relatos (2008, Premio Fondo Nacional de las Artes 2007) y de las novelas Nivel Medio (2010, Primer Finalista Premio Clarín Alfaguara 2008) y La Moza (2010).