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Roque Santeiro
Pablo Dema*

El último de los guardias abre apenas una de las dos hojas de la puerta y salimos poniéndonos de perfil, casi saltando hacia afuera como si temiéramos que el hierro pesado alcance alguna de nuestras extremidades si no nos movemos rápido. Bajamos las escaleritas mientras se escuchan los cerrojos y nos alejamos del edificio sintiendo que de golpe el espacio se expande y el aire se descomprime empujándonos desde atrás. Cuando rendí la última materia del secundario y traspuse la puerta vidriada sentí lo mismo; cuando me dieron de alta después de la neumonía y se abrió la puerta automática de la clínica, igual. La escuela, la clínica, la cárcel, siempre el mismo dolor de estómago cuando entro a esos lugares. Ángel no dice nada pero el apuro y el cambio de ánimo al salir son evidentes. Para venir siempre damos vueltas y ponemos excusas. Al llegar estacionamos el auto a un par de cuadras para despistar, no nos gusta parar al frente, ser vistos allí, dejar sentado ante los demás que todavía lo ignoran que tenemos trato con los internos, que estamos familiarizados con ese mundo, que somos parientes de alguno de ellos y, por ende, en cierto modo, parte de la comunidad de los delincuentes. Nos vamos acercando despacito, el cuerpo de Ángel se mueve pesado y yo me pliego a su ritmo lento y a su bamboleo, así caminamos como imantados por el auto del que no querríamos despegarnos. Pero enseguida divisamos los altos paredones, los alambres de púas enroscados arriba como en las películas y los guardias hastiados moviéndose como robots programados con una sola orden. Cuando éramos chicos solíamos pasar por el frente con papá, y para mí el edifico era como una fortaleza o un castillo, un lugar propicio para ser poblado luego por los personajes de mis fantasías infantiles. En esa época, en los meses siguientes a mi llegada, yo pasaba mucho tiempo en la casa, digo la y no o nuestra casa porque al fin de cuentas nunca la pude sentir como propia. Veía dibujos animados y también dibujaba mucho, traía esa costumbre desde antes. En todas las oficinas de jueces de menores en las que estuve varado siempre aparecía alguien que me ofrecía una factura y me decía ¿querés dibujar? y me daba un expediente viejo y una lapicera para que rayara atrás.

Cuando me llevaron a la casa empecé a copiar los cómics y hacía mis propias tiras usando los lápices de colores de Ángel. La historieta que más desarrollé fue la de Roque Santeiro, que era “un ángel muy feliz que vivía en el cielo” según decía el subtítulo y, si no recuerdo mal, también el tema que era la cortina musical de esa telenovela brasileña cuyo argumento yo había copiado para hacer mi cómic y tras cuyos personajes me enmascaraba y envolvía también a los demás. En la novela brasileña Roque Santeiro vivía en un pueblito y fue dado por muerto porque se encontró un cuerpo sin vida justo cuando él decidió irse del lugar. Pasan los años y Roque Santeiro vuelve a su pueblo, como la gente pensaba que había muerto lo toma por un aparecido y a partir de ese momento él encarna a una especie de ángel que ayuda a los desvalidos. Si no era así la historia por lo menos así yo la entendía, y basándome en este argumento contaba la vida de un chico que era adoptado y que cuando salía a jugar por el barrio o en la escuela era víctima de las burlas de los demás. De los insultos utilizados por los chicos había tres que eran especialmente hirientes y que se usaban como sinónimos: guacho, puto y negro. Sin asignarle un sentido claro a esas palabras, cuando un grupo de chicos vestidos más o menos de la misma manera y con sendas bicicletas, por un impulso casi reflejo de todo grupo, necesitaba segregar a algún solitario divergente (un chico sin bicicleta, alguien vestido con ropa más gastada que ellos) le decía guacho, puto o negro. Lo raro era que yo tenía el cabello castaño claro, casi rubio, y la tez blanca, y sin embargo se me aplicaba el mote de negro, a veces dicho por alguien ostensiblemente más morocho que yo: es un guacho, decía un chico de pelo ensortijado y casi mulato, dejen, no se junten. La vez que Ángel me encontró llorando y le conté que me habían insultado diciéndome negro él los enfrentó con los mismos argumentos que yo hubiera esgrimido si me hubiera atrevido a interpelar al grupo. Pero para su sorpresa los otros le dijeron que como yo era guacho era negro de alma, que era igual o peor que ser negro de piel. Con ese elenco, es decir los grupos de chicos parecidos entre sí formando lo que se llamaba “barras” bien diferenciadas, con Ángel y conmigo mismo, yo componía mi historieta. El héroe indiscutido era Ángel encarnado el papel de Roque Santeiro, quien, obviamente, era mi protector más inmediato.

Ahora cuando paso al frente de la cárcel en colectivo ya no veo una fortaleza sino que me lo imagino a papá sentado a la sombra sobre su camastro, aislado, sintiéndose distinto de los demás presos, como un aristócrata ruso encerrado en un calabozo por la chusma comunista. Porque siempre actuó como si ese lugar fuera incompatible con él, o, mejor dicho, como si la cárcel albergara un elemento anómalo en su interior, él mismo, que no pertenece allí. Por más que sepamos bien por qué está, y por más que además sepamos que se lo tiene merecido (al menos si damos por válida, y la damos, la lógica del mundo que compartimos), él actúa como si todo fuera un error, una pesadilla que nunca termina o, peor aún, que termina pero vuelve a empezar una y otro vez. Cada un par de años, desde que tenemos memoria, por h o por b, papá cae preso y se reinicia el ciclo de visitas y el encuentro con su actitud de yo no fui. Yo paso en el colectivo y me lo imagino hosco y apartado, siempre con la mirada cargada de ansiedad y tendiendo sobre los otros o sobre los meros barrotes su mirada que dice: qué gran error, qué gran error, yo no tengo nada que ver con esta gente. Y cuando hace frío me lo imagino en mangas de camisa; cuando hace calor, lo veo con un grueso pulóver marrón que le regalamos con Ángel para el día del padre, quince años atrás cuando estábamos los cuatro. No sé por qué me lo imagino de este modo, supongo que es un mecanismo de la mente para figurar mi sensación de que allí las condiciones siempre son más adversas que afuera. Cuando hace calor me lo imagino abrigado, cuando hace frío lo veo con ropa insuficiente.

Vamos una vez al mes y las visitas son cortas, sin embargo de alguna manera, pase o no pase por la calle frente a la cárcel, llame o no papá por teléfono, de algún modo siempre estamos, Ángel y yo, un poco como encerrados también ahí, como si en cada visita una parte nuestra se quedara allá adentro, esperándonos. Pero en verdad recién cuando llegamos a verlo empieza lo peor, el tiempo de la espera, la cola junto a las mujeres con bolsas de nailon y rodeadas de chicos colgados de sus polleras. Solemos estar hasta una hora al rayo del sol, ocupando la vereda, como cumpliendo la condena de la vergüenza frente a los que pasan en auto por la avenida. Lo que no le perdono al viejo es que nos haga estar una hora de plantones acá, con estos negros, dice Ángel. Uno tiene un nombre, una imagen, dice, dando la espalda a la calle cuando ve venir a un conocido o cree verlo. Pero por hoy pasó lo peor y somos libres hasta el mes que viene, o al menos eso nos parece aunque después nos damos cuenta de que estamos equivocados; pero los primeros segundos nos sentimos libres, nos escapamos caminando rápido, a los saltitos, Ángel también, aunque está cada día más gordo y pesado. Mueve los brazos gruesos que cuelgan a los costados de su torso como si fueran las alas atrofiadas de un animal que conserva órganos inútiles usados por sus ancestros. Alza la cabeza generando unos pliegues en la parte posterior del cuello y respira hondo como si en interior del edificio del que salimos el aire estuviera racionado como la comida, las visitas, las horas de recreo. Lo vi bien, dice de pronto Ángel, un poco flaco pero bien. Sí, le digo yo, de ánimo más o menos. Y…, dice él, difícil encontrarlo alegre ahí adentro. Le dejamos, como siempre, mercadería, tarjetas de teléfono, alguna ropa. ¿A vos te llama mucho?, le pregunto. No, una vez a la semana, o ni eso. Porque pide y pide tarjetas, comento. Me dijo el abogado que las tarjetas de teléfono son oro acá, es un canon que hay que pagarle a los capos del pabellón para que te dejen en paz.

Llegamos frente al auto que quedó estacionado al rayo del sol, Ángel toca el botón del llavero y las luces de estacionamiento se prenden y se apagan dos veces en sincronía con dos sonidos que anuncian que se desactivó el seguro. Lo quiero cambiar, dice Ángel cuando subimos, sin aire no se puede andar. ¿Vos seguís pagando el plan?, pregunta. Se me hizo cuesta arriba, lo dejé. Pensé que las cuotas eran fijas pero no, aumenta todo… menos los sueldos. Ahora estábamos viendo si había alguna posibilidad de vender el plan, ver algún usado, le digo, aferrándome sin darme cuenta a esos lugares comunes porque no puedo soportar el vacío ni llenar el silencio con otro tema. En vez de contarle de Silvina, de decirle que no sé qué voy a hacer cuando se venza el contrato del alquiler y me vaya, hablo como disculpándome de cualquier cosa y me someto a su lógica. Así y todo se fastidia y yo sé lo que se viene. Ángel suelta un chistido amargo, la mueca quiere ser la de una sonrisa irónica y desencantada ante mi respuesta pero no llega ni siquiera a parecérsele, es más bien el bufido de un animal acalorado. La radio le da la excusa para profundizar su fastidio. Hablan de unos sobreprecios cobrados por un funcionario municipal en una obra. Una bomba les pondría, bufa Ángel, y suelta otra vez ese chistido seco, como si quisiera exhalar un veneno que le sube por la tráquea. Ponerlos a todos en un paredón, dice después, mientras se detiene en el semáforo en rojo para que enseguida nos aborden dos chicos con baldes, trapos y un “secador” (un palito de plástico en T con goma espuma para limpiar los vidrios). Ángel dice que no con el dedo pero ya tiene el agua espumosa chorreando frente a sus ojos. Los chicos limpian y secan en veinte segundos. Cuando el semáforo da luz verde Ángel estira la mano con unas monedas que toma de un recipiente ubicado junto a la palanca de cambio. En un paredón, dice de nuevo, negros de mierda. El auto acelera por la avenida y en la radio suena una canción en la que alguien dice que los caminos de la vida no son los que él pensaba ni los que él creía que eran, el viento ventila el auto a medida que aumenta la velocidad y la compresión de la amargura cede para poner un impasse y dar pie a lo que viene. El paisaje cambia y nosotros nos internamos en la modesta incertidumbre del futuro inmediato, el rato obligado que pasamos con Ángel para que no todo se reduzca al trámite de visitar a nuestro padre. ¿Qué hacemos? ¿Comemos algo? Dale. Compramos en la rotisería frente a la plaza, allá en tu barrio. Dale, repito mientras salimos de la avenida y tomamos para el oeste. El oeste es el barrio de mi mamá, del cementerio, de mi casa actual; es la zona de la ciudad que sigue siendo la más familiar para todos porque allí nos criamos. En el último semáforo antes de llegar paramos delante de un auto plateado, un chico nos mira por el vidrio arrodillado en el asiento de atrás. Qué nave, dice Ángel, y arranca cuando la luz cambia a verde, el otro auto se nos escapa enseguida, da la impresión de que auque aceleráramos a fondo jamás lo podríamos alcanzar.

Sobre el mostrador de la rotisería un hombre troza un pollo recién sacado de la parrilla. Le corta, no sé por qué, la punta de las alas y las tira en un cesto. Me llega el humo y los vahos calientes desde el asador, me suena el celular así que aprovecho para salir y hablar tranquilo afuera. Atiendo, oigo unos ruidos del otro lado y salgo preguntando quién habla. ¡Felicitaciones!, dice una voz de hombre, es el feliz ganador de un auto cero kilómetro. Después de eso un ruido en la línea, como un forcejeo, una imprecación apagada y la comunicación que se corta. Al ratito Ángel sale con un papel con un número en la mano, es uno de esos troquelados que sirven para las rifas. Quince minutos de espera, dice. Pollo a la parrilla con fritas. Él elige el menú, él paga. En la vereda de la rotisería se pone a hablar con un conocido que sale con un paquete. Yo me alejo y me pongo a mirar para el lado de la plaza. Leí hace poco un texto en el que un escritor habla de los árboles de su barrio, distingue los autóctonos de los introducidos, habla de sus frutos, sus flores, el tipo de hojas. Me sorprendió sentir que el texto era tan atractivo para mí siendo que no sé nada de botánica y que abundaban los términos técnicos. Sin embargo esa prosa descriptiva me causó el mismo efecto que un largo poema. El autor se detenía en la descripción de la hoja lanceolada, del pétalo casi transparente, del delicado estambre, de la rugosidad de la corteza, de la raíz pivotante, de la proliferación de la rizomática, de la flexibilidad del pecíolo. Yo en cambio no podía nombrar ninguno de esos árboles que tantas veces había tenido cerca sin prestarles mayor atención, me sentí de golpe como en falta y me propuse averiguar sus nombres y características. Detrás escuchaba frases que decía Ángel señalando la camioneta del conocido con el que se había encontrado. El tren delantero, la tracción, la relación entre el consumo y el confort, las llantas cromadas, las cubiertas patonas. Después el tipo se subió a su camioneta y arrancó, mientras pasaba frente a nosotros Ángel se paró a mi lado y lo saludó con la mano, chau, chau, dijo mirándolo, y luego a mí: qué garca éste, le dicen araña manca, roba pero no se le ven las manos. Vos que fuiste a la universidad, me dice enseguida, que sos un tipo leído, también te podrías haber dedicado a la política. Qué sacrificio la vieja para mandarte a Córdoba.

En ese momento tuve un alumbramiento repentino y por fin entendí cuál era la razón de ser y la finalidad de esa energía tremenda que sentía en el cuerpo, tarde o temprano, cuando hablaba con Ángel. Se sabe de personas de contextura normal y hasta menuda que han sido capaces de mover una mole de cemento o un auto en situaciones extremas, cuando estoy con Ángel percibo esa energía pero no tenía hasta ahora idea de su origen ni de su finalidad. Recién en ese momento me di cuenta de que si hubiera tenido una maza habría comenzado a golpearlo para abrirle el cráneo y los huesos del esternón. Me imaginé que Ángel había recibido durante todos estos años por la sonda de la radio, los diarios y la televisión un infinito caudal de mierda que lo llenaba dándole ese carácter compacto y macizo a su cuerpo. Esta fuerza la usaría para eso, para abrirlo y buscar adentro algún rastro de mi hermano. Algún mínimo trazo de lo que fuimos tiene que quedar, me dije, entre las vísceras, la sangre y la grasa, en el fondo de su corazón.

*Autor
Pablo Dema nació en General Cabrera en 1979 y vive Río Cuarto desde 1998. Publicó cuentos en varias antologías colectivas, entre ellas Diez bajistas. Antología de la nueva narrativa cordobesa (Eduvin, 2009) y Es lo que hay. Antología de la joven narrativa en Córdoba (Editorial Babel, 2009). Publicó los libros de cuentos Fotos (Editorial Cartografías, 2005), Si nada permanece (Premio publicación de la Fundación Octubre, 2007) y Hoteles (Editorial Cartografías, 2010) y la novela De piedra o de fuego (Premio Cuidad de Río Cuarto, Editorial Fundación UNRC, 2009). Trabaja como profesor de literatura en instituciones de nivel medio y nivel superior y forma parte de la editorial Cartografías.