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Puros en una caja
Martín Cristal*

This love feel I, that feel no love in this.
WILLIAM SHAKESPEARE,
Romeo and Juliet

Me calienta verte cuando estás leyendo, dijo Iris, y era la primera vez que me decían algo así. Yo estaba empezando El diario del Che en Bolivia. Durante nuestro paseo por la Plaza de Armas habíamos conseguido un ejemplar usado de la primera edición. En la otra cama, Iris intentaba leer El viejo y el mar, pero cada tanto bajaba el libro y se quedaba mirándome. Yo lo notaba, aunque sin despegar la vista de las páginas en las que Guevara hacía un análisis optimista del primer mes de guerrilla: El panorama se perfila bueno en esta región apartada donde todo indica que podremos pasarnos prácticamente el tiempo que estimemos conveniente. Después me cegó el flash.
Si no recuerdo mal, se veía una porción de cortina y otra de almohadón. Yo salía acostado, con el libro abierto sobre el pecho; por la posición de mi cabeza, erguida para leer, parecía tener papada. Mi cara se veía cobriza y en foco; la verdinegra del Che aparecía más difusa y medio oculta por la nube indefinida de mi mano. Después de la foto, Iris se pasó a mi cama, me sacó el libro y lo tiró al piso. El Che tuvo que aguantar la nevada de ropa que lo fue sepultando.

Por esas cosas de los vuelos, yo había llegado un día antes que ella, en pleno atardecer, las nubes de La Habana apiladas como duraznos grises. El taxi me dejó en la puerta de la clínica, en el Vedado. Una enfermera hermosa con caderas enfundadas de blanco me condujo a una habitación con dos camas, una común y la otra más alta, con barandas laterales cromadas. Me recosté en la común y durante un rato me adormecí. Antes de que el cansancio del viaje me venciera, decidí salir a dar una vuelta.
Ya era de noche. Me sorprendió la poca luz de las calles: un farol por cuadra, y a veces ni eso. La oscuridad, la humedad casi viva del aire y los baches en calles y veredas —tenía que mirar muy bien dónde pisaba— me hacían sentir el mundo como algo aislado de todo conocimiento previo. Tenía curiosidad y al mismo tiempo pavor por caminar así de indefenso en un planeta a estrenar.
En el cruce de 23 y L, toda la luz de la ciudad parecía concentrarse en una marquesina, blanquísima en la noche. Bajo su ala se congregaba un montón de gente: era alguna función del Festival de Cine. Repasé la cartelera y después seguí, rumbo al malecón. Al alejarme del cine todo me pareció más oscuro que antes. Necesitaba con urgencia el mar, encontrar la regularidad nocturna de las olas. Fui al mar como quien va hacia algo añorado, conocido, seguro. El mar es una compañía que nunca me defrauda.
Me senté en el pretil del malecón, derruido por los embates del oleaje, y respiré sal, pensé sal, y pensando así quedé por completo en blanco. El sonido del mar me devolvió a mí: ya no extrañaba ni ansiaba nada. Aunque en el malecón había un poco más de luz, los postes de alumbrado estaban bastante lejos uno del otro, así que tardé en notar que había alguien a mi lado. Una ola sorpresiva, reventada por las piedras, recortó un fondo de espuma blanca para que yo viera al negro Wilson, parado bastante cerca de mí, con una sonrisa parecida a la marquesina del cine.
Se presentó, muy respetuoso. Quería conversar: que de dónde tú eres, etcétera, esa conversación vacía que al principio uno, cuando es un turista nuevo, desea tener con cuanta persona se encuentra. Yo ya había viajado lo mío y estaba harto de eso, pero Wilson era tan cortés que tuve que seguirle la corriente. Fue progresivo: para cuando me di cuenta, ya habíamos cruzado la calle y Wilson me invitaba a que yo comprara ron para que lo tomáramos juntos. El ron barato de Cuba viene en caja; compré una. El diálogo se fue enturbiando y a la media hora yo me empecé a hartar de Wilson, que a toda costa quería repetir el mecanismo de “tú lo pagas y así nos hacemos más amigos”. Tuve que preguntar el precio de mi libertad. Wilson lo fijó en dos paquetes de cigarrillos.
Apenas me libré del vividor aquel, decidí volver a la clínica. Iba a los tumbos en la oscuridad, sin detenerme y sin mirar a nadie a los ojos. Subí a mi habitación y me di un baño. Me salvé de que el aire acondicionado me matara gracias a las frazaditas de la cama común.

A la mañana siguiente fui a buscar a Iris al aeropuerto. No tenía claro si le daría un beso al reencontrarla. Habían pasado cuatro años sin verla, lapso en el que ella casi dejó de ver por completo. Un médico cruel le había dicho que su enfermedad no tenía cura, que iba a quedarse ciega; otro, más actualizado o con menos prejuicios ideológicos, optó por informarle que en Cuba existía una clínica donde podían detener el proceso. Su mamá la acompañó a La Habana, y los médicos cubanos operaron a Iris. Para saber si la operación había dado resultado debía volver un año después a hacerse un chequeo. Sólo que, por motivos económicos, su madre no podría acompañarla esta segunda vez. Ahí reaparecí yo.
En realidad, la que había reaparecido había sido ella, un poco antes. La que en Buenos Aires se había ido sin que la echaran, volvió sin que la llamasen luego de dos años de silencio, en un e-mail. A partir de ahí hubo un centenar de correos de ida y vuelta entre Buenos Aires y el DF, adonde yo me había mudado. Ella estaba medio de novia; yo, saliendo con algunas y entrando con otras, o solo y sin siquiera un Wilson para vivirme. Cuando me contó que iba a viajar a La Habana sola, me salió decirle “si querés te acompaño”. En esa época yo ganaba bien y Cuba me quedaba a un salto de avión.
Apareció radiante: el pelo bien corto y negro, anteojos oscuros envolventes y un vestido a rayas horizontales muy delgadas, rojas y blancas. Primero no me vio, y ése fue el tiempo que le dediqué a decidir si la iba a besar o no. Ella también venía pensándolo, me dijo después, pero yo la besé tan de repente que ya no pudo resolver nada.

Los síntomas son dos, me explicó después de hacer el amor en la de las barandas cromadas. Uno: se te va achicando la pantalla, me dijo. Se había dado cuenta porque de noche, cuando salía a un bar o una disco porteña, al gesticular se quemaba las manos con la brasa del cigarrillo de alguna amiga que fumaba a su lado. Muchas veces. No veía lo que pasaba a pocos centímetros de ella. Síntoma dos: todos vemos menos de noche, me dijo, pero yo capto mucha menos luz que los demás. También me explicó que la enfermedad era de origen genético, pero nadie en su familia la había padecido antes. Misterio.
Por las mañanas ella tenía que hacerse estudios e incluso una pequeña cirugía adicional. Yo daba vueltas solo por la ciudad y al mediodía volvía a almorzar con ella en el comedorcito de la clínica, una habitación cuadrada sin encanto alguno, que en lugar de camas tenía cinco mesitas. La comida era básica: pollo o chuletas de cerdo, puré o ensalada, helado… Ningún refinamiento, aunque después supimos que para La Habana aquello era lo máximo. Las otras mesas del comedor estaban ocupadas por pacientes venezolanos que habían conseguido operarse de la vista gracias a convenios entre Fidel y Hugo Chávez. Ciegos chavistas, todos ellos.
A la tarde salíamos juntos. Iris me mostraba la ciudad. Yo admiraba la belleza de las cubanas, pero iba con Iris y me gustaba andar así, sin la obligación de intentar un levante. Los cubanos veían mi cara de gringo y por lo bajo me ofrecían: Cigars? Cigars? En todos yo veía al vividor de Wilson, así que les daba vuelta la cara. Al final le compramos al radiólogo de la clínica. Tenía de varias marcas: Cohiba, Partagás, Romeo y Julieta… Elegí una caja cuyos cigarros venían en cilindros de aluminio, algo muy bueno si luego se quiere regalarlos de a uno.
Si lo pescaban vendiéndonos cigarros, el médico iba preso. El precio de la caja nos dejó claro que el tipo se arriesgaba así porque con sólo una venta de ésas triplicaba el sueldo mensual de un trabajador cubano. El médico nos encerró en la sala de rayos X, como si fuera a hacernos unas placas, y una vez dentro nos dio la caja de ¿puros, cigarros? Habanos, nos aclaró el médico, es denominación de origen.
En la tapa de la caja, Romeo trepaba al balcón de Julieta.

La cirugía salió bien, Iris tenía dos puntitos de sutura apenas visibles entre el pelo de sus sienes y no se quería reír porque decía que se le iban a desatar. Igual nos reíamos de todo, hasta de esa misma ocurrencia, y los puntos no se desataron. Los estudios fueron dando todos bien, por lo que la siniestra sombra de parar en un sanatorio se desvaneció. Nada empañaba nuestra estadía en La Habana.
Caminábamos sin descanso, como guerrilleros —febrero 15: día de marcha tranquila—, o como enamorados, o como turistas que toman margaritas y mojitos en los mismos lugares donde los tomaba Hemingway, pero que no se creen iguales a él ni a los turistas idiotas que aparecen al final de El viejo y el mar, porque nosotros no estábamos en un hotel sino internados en una clínica donde hacíamos el amor, esa cura para todo, esa enfermedad para todos. Amábamos, paseábamos y yo fotografiaba todo lo que me llamaba la atención, es decir, la ciudad entera. También compré libros: el del Che y de paso una edición —hecha por Casa de las Américas— de Respiración artificial, la novela de Piglia. Iris no compró libros porque le resultaban caros y porque en su valija ya traía el de Hemingway. Yo también había traído un libro en mi valija, El diario del ron de Hunter S. Thompson, pero a las cien páginas lo dejé: era algo así como una dislocación eso de leer en Cuba una novela acerca de un yanqui que viaja a Puerto Rico. Preferí cambiar ese diario por el de un argentino que peleó por Cuba y se fue a morir a Bolivia. Me pareció más apropiado para la ocasión. Cada uno va eligiendo las historias que encajan mejor con su presente, aunque más tarde, al revisar sus elecciones, reconozca que todas las alternativas con que contaba —tanto las historias elegidas como las descartadas— podían terminar siendo igualmente absurdas o tristes.

De noche también paseábamos, pero menos; de noche, ella tropezaba. Iris no veía los mismos desniveles, escalones y pozos que de día sorteaba mientras conversábamos, sin prestarles atención. Como acompañante, me confundía: a veces le avisaba, de día, que tuviera cuidado con un bache; ella torcía la boca: sí, ya lo vi. De noche, pasábamos por el mismo bache y yo no le decía nada: entonces, caída. Esos traspiés eran lo único que parecía capaz de ponerme cerca de la tristeza durante esas noches en La Habana, en las que nuestro destino más común solía ser el Hotel Nacional. No entrábamos al cabaret del hotel, sólo salíamos a los barcitos del gran parque y pedíamos un trago, escuchábamos el mar y conversábamos. Una noche vimos en una mesa cercana a Federico Luppi, el actor, de visita por el festival; todo el mundo lo saludaba o se sacaba una foto con él. Esa misma noche Iris y yo volvimos a la clínica envueltos en nuestras dos oscuridades, tan diferentes entre sí, mientras ella me contaba cómo se develó el misterio: fue cuando la abuela de Iris reconoció que su hija había sido adoptada. Digno de una telenovela caribeña: la madre de Iris era hija adoptiva sin saberlo, de ahí que parte de sus genes eran de desconocidos que quizás sí habían padecido de retinitis alguna vez. La declaración generó un terremoto familiar. Marche un diván para todos.
Otras noches nos vestíamos para salir, pero Iris vistiéndose era tan bella como Iris desvistiéndose, por lo que verla en ese momento era como rebobinar un strip-tease: yo terminaba sacándole la misma ropa que ella acababa de ponerse. Aprovechábamos ambas camas y ya exhaustos no íbamos a ninguna parte, conscientes de que nos perdíamos la salsa y el ron y el chocolate brillante de los cuerpos locales. Y es que con nuestros cuerpos nos bastaba: clic, adiós luz, quedaba sólo el aire acondicionado, vital, como si estuviéramos en un planeta extraño, y en cierto modo estábamos en un planeta extraño, uno del que nunca habíamos salido. La escasa luz de la calle se filtraba a través de las cortinas mientras dormíamos abrazados. Cuando clareaba, Iris se pasaba a la otra cama, antes de que entrasen las enfermeras.

En una tarde perfecta tomamos un taxi carísimo hasta una marina bautizada en honor a Ernest Hemingway. Al otro Ernesto las cosas se le complicaban. El 8 de agosto se había visto obligado a aleccionar a sus hombres: …en algunos momentos he llegado a perder el control; eso se modificará pero la situación debe pesar exactamente sobre todos y quien no se sienta capaz de sobrellevarla debe decirlo. Es uno de los momentos en que hay que tomar decisiones grandes…
Recostados junto al agua, disfrutamos del sol y de nuestros libros sin ver que un comando de nubes venía desde lejos a tomar el cielo por asalto. La vuelta se nos complicó: los taxis desaparecieron de la marina al tiempo que el aire se ponía casi irrespirable de tan caliente y húmedo. Cuando se largó la lluvia, tibia y violenta, nos refugiamos bajo una gran carpa blanca que alguien había armado ahí cerca, quién sabe si para una fiesta o si sólo para que nosotros nos besáramos ahí, yo con mi espalda apoyada contra un poste, ella con el vestido un poco levantado para saltar y quedar a horcajadas sobre mí, el mismo vestido de las rayas rojas y blancas, pero ahora todo mojado, pegándosele al cuerpo. Así nos besamos, mojados y calientes, sin saber que transitábamos por un instante puro, de esos que no abundan, uno de esos momentos que uno tal vez acepta ver en una película romántica de Hollywood, pero que no los cree posibles para su propia vida. El punto más alto de esa luna de miel sin el desastre de una vida conyugal posterior, mientras Guevara llegaba al punto más bajo de un agosto terrible para su moral y su leyenda revolucionaria.

Después insistimos en nuestras nuevas costumbres: fotos en cualquier parte, taxis a distintas playas —cocotaxis, almendrones o taxis comunes, taxis oficiales o clandestinos, taxistas a favor de Fidel, taxistas en contra de Fidel— y los bares del Hotel Nacional por la noche, o la habitación de la clínica… pero ya se filtraba entre nosotros el adiós, tal como se filtraba la luz de la calle por las cortinas del cuarto. Cada día recordábamos un poquito más que todo iba a terminar, aunque todavía disfrutáramos de mojitos y margaritas, o de los helados de Coppelia, servidos en anticuadas copas de vidrio, o del humo voluptuoso de los habanos fumados en La Habana, que es donde deben fumarse; o de la amabilidad de la gente y su ingenuidad, las cuales compiten con las avivadas para sacarle dinero al turista, o del aire hecho de sal, o de las palmeras impresas en el cielo y en la etiqueta de las cervezas. Todo eso seguía igual que en la tarde en la marina Hemingway, pero nosotros ya íbamos cuesta abajo. Ya no podíamos quedarnos en blanco al mirar el horizonte por sobre el malecón, rociados por olas rotas (…una lluvia ligera nos mojó pero me parece que no fue suficiente para borrar huellas; septiembre 28). Ahora pensábamos en la vuelta. De a poco, la libertad de no tener que volver juntos a un mismo lugar nos hacía sufrir por adelantado.
Así llegó la última noche. No salimos. Hicimos el amor en la de los barrotes cromados. Dormimos, despertamos, desayunamos: todo era por última vez en Cuba. Hicimos las valijas. Todo listo. Nos sentamos cada uno en el borde de una cama. Una cara frente a la otra. Nuestras rodillas tocándose, también nuestras respiraciones. Y entonces ella dijo: No me quiero separar de vos. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Uno de los momentos en que hay que tomar decisiones grandes. En un momento así estábamos, ella y yo: dos ojos que no ven y un corazón que no siente. Porque cuando ella dijo que no quería separarse de mí, yo descolgué desde mi cabeza a un minero intrépido, que bajó por el pozo excavado en la roca negra de mi corazón. El minero encontró todo en tinieblas. No había nada ahí. Un frío total, la verdadera teoría del iceberg. Por algo como esto se pega un tiro Hemingway o cualquiera. ¿Qué debía decirle? ¿Era amor eso que sentía yo, que no sentía amor en eso?
No sé. Lo único que sé es que entonces dije —porque la situación debe pesar exactamente sobre todos y quien no se sienta capaz de sobrellevarla debe decirlo—, dije, entonces: cada uno deberá seguir su propio camino. Dije: esto fue hermoso. Dije: debemos ser felices, juntos o separados. Y ella lloraba. Dije: así como nos hemos reencontrado acá, quizás más adelante… Y ella lloraba. Dije: no llorés, por favor, pero fue inútil. Ella no iría a México porque estaba estudiando en Buenos Aires; yo no iría a Buenos Aires porque estaba trabajando en México y de ahí todavía pensaba viajar a otros lugares, conocer otros rincones del mundo. En el fondo, lo nuestro no era falta de valor para cambiar nuestros propios planes, sino demasiado respeto por los planes del otro, que nos parecían intocables. Ninguno pidió ni sugirió ni propuso nada.
Por esas cosas de los vuelos, el mío salía antes. Ella fue a despedirme. No dudamos si besarnos o no besarnos: nos besamos, por última vez, contentos y tristes. Ya en la sala de embarque, leí las últimas páginas: …decidimos salir por la madrugada hasta un afluente cercano a este arroyito y de allí hacer una exploración más exhaustiva para determinar el rumbo futuro (octubre 6). Tres días después, la vida de Guevara iba a terminar. Vida: en comparación con la del diario del Che, fue muy poca la vida que encontré en la novela que empecé a leer a continuación, durante el vuelo. Me acuerdo que, al llegar al aeropuerto del DF, el empleado de Migraciones vio el título del libro, que asomaba de mi bolso —Respiración artificial—, y me preguntó si yo era médico.
Revelé cinco rollos: las mejores fotos que saqué en mi vida. Cuando los habanos se hicieron humo entre los dedos de distintos amigos, guardé los rollos y las fotos en la caja de Romeo y Julieta. Años más tarde también se hicieron humo. Yo acababa de volver a una Argentina que a Iris le dio marido e hijo antes de mi llegada, y a mí una nueva y mejor soledad. Al desembalar mis cosas, encontré la caja vacía y rota, sin tapa. ¿Robo o pérdida?
Nada que hacer. Incluso el aroma del tabaco se había desvanecido. De aquellos días sólo me quedaba eso: una caja rota, su madera liviana dándole un peso falso a los momentos que todavía habitaban en ella. Sin habanos y sin fotos, sin Romeos ni Julietas. Sólo aire y unos cuantos recuerdos intactos, puros, en una caja.

*Autor
Martín Cristal (Córdoba, 1972) es autor de las novelas Bares vacíos (México, 2001) y La casa del admirador (Córdoba, 2007), y de los volúmenes de cuentos Las alas de un pez espada (Córdoba, 1998), Manual de evasiones imposibles (México, 2002, Premio Iberoamericano de Cuento “Agustín Monsreal”), y Mapamundi (Córdoba, 2005). También ha publicado un relato para niños, El árbol de papafritas (Bs. As., 2007). Su novela inédita Las ostras recibió una mención en el Premio Literario Provincia de Córdoba 2010. Otros textos suyos pueden leerse en el sitio www.martincristal.com.ar