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Estela
Eugenia Almeida*

Una siesta Miguel y Tomás propusieron jugar a los científicos. Después de un procedimiento de cinco minutos le explicaron a Estela que ella estaba embalsamada y que debía quedarse inmóvil. Por supuesto, habían elegido una posición espantosamente incómoda. Estela aceptó. Ellos se fueron.
Yo volvía de la calle y la vi ahí, en medio del comedor, quieta. Le pregunté si le pasaba algo. Ella miraba el horizonte y ya tenía una sonrisa a punto de derrumbarse por los temblores. Fui al patio, los dos perros estaban muriéndose de risa. Les dije que era mejor avisarle que era un juego, que ella tenía algunas luces a medio encender.

Fui a hacer las compras para los tíos. Cuando volví, Estela seguía inmóvil (aunque las sacudidas bajaban del mentón hasta las piernas). Fui a avisarles a los chicos. Habían pasado más de dos horas. No podían creer que todavía estuviera ahí. Se acercaron a mirarla como si fuera un animal extraño que se ha capturado por error. Ella, viendo que los científicos la rodeaban, puso más empeño en no moverse y trató de controlar el temblor de los dedos y los labios. “Ya está”, dijo Tomás. “Ya terminamos”. Estela pensó que era una trampa y no hizo un solo movimiento. “Dale, tonta, vamos al patio”. Incluso trataba de no pestañear. Tomás siguió insistiendo, cada vez más agresivamente. Miguel se había puesto a llorar.

La tía, oyendo nuestras voces, gritó desde la otra pieza. “¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo?” Yo, que era la menor, supe que íbamos a ser castigados por la contumacia de alguien débil, desesperado por agradar a los demás. Por eso la empujé.

Cayó al suelo, se partió un labio y la ropa se le llenó de sangre. Miguel lloró más fuerte, Tomás sonrió, yo la ayudé a levantarse. “Perdoname”, dije. “Fue sin querer”. Empujarla fue la última cosa que hice que sirvió para salvar algo. Todo lo demás fue inútil.

Diez minutos después estábamos los cuatro en el patio. Miguel riéndose, Tomás tirándole piedras a las gallinas, Estela alisándose el vestido y yo sosteniéndole la cabeza hacia atrás para que la nariz dejara de sangrar. Los tres habían empezado otra cosa. Yo todavía tenía en los dedos el contacto duro del cuerpo de Estela resistiéndose a la caída. Yo recordaba lo que ya se había olvidado.

Unos días después, Estela se nos acercó saltando y, queriendo que la amaran, dijo “¿Y si jugamos a la embalsamada”?

Nunca lo supo pero, en su ausencia, nadie volvió a llamarla por su nombre.

*Autora
Eugenia Almeida nació en Córdoba, Argentina, en 1972. Es licenciada en Comunicación Social. Ha trabajado en medios gráficos, radiales y televisivos.
En 2005 ganó el Premio Internacional de Novela “Dos Orillas” organizado por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón (España) por El colectivo, libro que fue publicado en España, Francia, Italia, Grecia, Portugal, Argentina y Austria.
Su segunda novela, La pieza del fondo fue publicada en Francia (Editions Métailié) y Argentina (Edhasa).
En 2010 realizó una residencia de escritura en la Villa Marguerite Yourcenar (Francia) para trabajar en su tercera novela.
Ha participado en las antologías 25 ciudades. Las mejores lecturas de verano de la Voz del Interior (2007), Dora Narra (2010) y Autopista (2010).