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La ventana indiscreta
(El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat)

Pablo Debussy*

En la secuencia de créditos inicial, la pantalla aparece dividida a la mitad por una línea vertical. A un lado de la demarcación, blanco; al otro, gris. Se escucha el persistente sonido de una maza que retumba, y en el sucederse de sus golpes se percibe que los dos colores conforman, respectivamente, la parte interior y exterior de un muro que está siendo parcialmente demolido. Asistimos al proceso en simultaneidad, viendo cómo, progresivamente, los impactos degradan y resquebrajan la pared de uno y otro lado.

La secuencia corresponde a El hombre de al lado, el nuevo trabajo de los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat (El artista, Yo presidente). Abiertamente polémica, incómoda y resistente a análisis superficiales, la película cuenta la historia de Leonardo (Rafael Spregelburd), un prestigioso diseñador de muy buen pasar económico, que vive con su mujer y su hija adolescente en la histórica casa construida por el arquitecto suizo francés Le Corbusier en la ciudad de La Plata. El edificio, además de su valor histórico, resalta por sus particularidades arquitectónicas, ya que predominan en él las superficies vidriadas, lo que hace que buena parte de su interior esté abierto a las curiosas miradas de los paseantes.

El conflicto se presenta con la aparición de un vecino, Víctor (Daniel Aráoz), quien decide abrir sin previo aviso una ventana que da directamente al living del diseñador. Víctor es un hombre de clase media, vendedor de autos usados, histriónico, vulgar y de personalidad avasallante. Sus modales campechanos y su rusticidad le resultan chocantes a Leonardo, y la relación entre ambos está siempre, a partir de un inicio turbulento, pendiendo de un hilo.

Uno de los aciertos de la película es evitar el maniqueísmo, los subrayados y la fácil oposición entre los personajes. Como los colores que muestra la secuencia inicial, Leonardo y Víctor no son blanco y negro, sino blanco y gris. En el fondo (y no tan en el fondo), más allá de sus diferencias de clase, de sus modales y costumbres, no se encuentran tan distanciados como a primera vista podría parecer.

El espectador ve los hechos desde el punto de vista de Leonardo, y su identificación corre paralela a su mirada del mundo. Él es, en principio, quien sufre la invasión, la amenaza de una intimidad interrumpida. Víctor es el causante del mal, el intruso, aquel que no respeta los códigos, aquel que irrumpe en su cómoda y despreocupada vida, repartida entre múltiples idiomas, entrevistas y muebles caros de diseño.

Víctor es “el hombre de al lado” del título, denominación indefinida que no opta por el nombre propio y se reduce a la anónima e impersonal generalidad. Sin embargo, y aquí reside otro de los aciertos del film, pese a la repulsión que le genera a Leonardo (“es un grasa convencido”, dirá en una reunión de amigos), el vendedor de autos también despierta en él un indisimulable interés, una oscura fascinación.

Esa ventana amenazante que lo perturba y por la cual se siente espiado, se transforma en su propia posibilidad de espiar, de vulnerar la privacidad ajena. Víctor es, de algún modo, lo que él no se anima a ser. En su barbarie chocante, sus excentricidades y su extrovertida personalidad funciona como un doble, alguien a quien criticar y a la vez admirar; alguien en quien colocar su atención, combinando la burla y el desprecio con una secreta curiosidad. La ventana le permite a Leonardo no sólo ver a Víctor, sino verse a sí mismo en ese otro y ver, entonces, su impotencia, su debilidad y su miseria.

En el juego de miradas que la película propone, el espectador es enfrentado con sus propios prejuicios. Inmersos en el punto de vista del diseñador, vemos en Víctor a un sujeto amenazante, siniestro, respecto de quien pensamos permanentemente que está a las puertas de un acto violento y criminal. Las indecisiones de Leonardo y sus permanentes pasos en falso con relación a permitir o impedir la construcción de la ventana no hacen más que enfrentarlo con su vecino, en un duelo desparejo, en el que ciertamente no podría triunfar.

El final brusco y azaroso aparece con tonos de tragedia. La permanente amenaza de invasión a la casa de Leonardo no se da por el lado de Víctor, sino por los dos ladrones armados que entran a robar. Víctor, en contraposición a lo que el punto de vista del film indicaba de él, muestra una insospechada solidaridad, una humanidad tal que le permite poner en riesgo (y perder) su propia vida por defender vidas ajenas, al recibir un disparo. Es Leonardo, entonces, quien mediante su pasividad lo deja morir. La insólita chance, secretamente deseada, de que Víctor desapareciera, para así liberarse del problema sin tener que intervenir, se hace realidad. Ante la posibilidad de ayudarlo, se niega. El espectador, incómodo, presencia de qué modo, quien le había dado el punto de vista, la mirada y la valoración a lo largo del film, es ahora un vulgar asesino, un hombre despreciable que mandará levantar una pared nuevamente en el lugar de la indiscreta e inconveniente ventana, para seguir con su cómoda y despreocupada vida, repartida entre múltiples idiomas, entrevistas y muebles caros de diseño.

*Autor
Pablo Debussy nació en Buenos Aires en diciembre de 1983. Actualmente se encuentra terminando la carrera de Letras en la UBA. Ha participado en el "Congreso Internacional de Hispanistas" (Facultad de Filosofía y Letras, 2004), en las "XXXVII Jornadas de Estudios Americanos" (Universidad del Litoral, 2005), en el "IX Encuentro sobre Cine Estadounidense y Cultura Contemporánea" (Universidad de Belgrano, 2005), en el Primer y Segundo Encuentro sobre Experiencias y Escrituras en la Cultura de Consumo", (Filosofía y Letras, 2006-2007) y más recientemente, en el mes de noviembre de 2008, en las VI Jornadas de Estética del Cine y Teorías Cinematográficas.