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Los Tadzios de Bossi
Esto no puede seguir así, de Osvaldo Bossi,
(Córdoba, Ediciones Letras y Bibliotecas Córdoba, 2010)
Lucas Soares*

El soñar despierto. En este libro de Osvaldo Bossi el poema acontece cuando alguien (sea el yo poético o los jóvenes amados) cierra los ojos o no los quiere cerrar (como Facundo). Así empieza el poema, como un soñar despierto, como un fueguito fatuo capaz / de atemperar la noche más larga y más fría. Cada uno de los poemas de Esto no puede seguir así conforma un viaje onírico-poético a dónde sea (el desierto del Sahara, Michigan, Hong Kong, Bolivia, Brooklyn o Manhattan). A la manera de un libro de almohada de jóvenes señoritos, cada poema nos sumerge en la hipnótica confusión entre los estados del sueño y la vigilia. Como si fueran poemas escritos en la duermevela o en el umbral del sueño. Poemas escritos desde la orilla vacía que deja el oleaje del sueño. Lo que importa aquí es el roce de la forma epifánica de ver ese mundo, muy pequeño o muy grandioso, que abre el poema o, lo que es lo mismo, el sueño y el deseo de amor. La figura del sueño vertebra todo libro y ello puede leerse en varias marcas: en dos de sus tres epígrafes, el de Li Po (Si esta vida es un gran sueño ¿para qué atormentarse?) y el de Kenneth Rexroth (Porque te sueño cada noche mis días solitarios son sólo sueños); y en la alusión al célebre verso de Calderón de la Barca en el poema “A Facundo no le gusta dormir”.

Los personajes de este libro de Bossi viven como si habitaran un mundo privado. El mundo privado de los sueños, de la ansiedad y del deseo de amor. No quieren fugarse a un “mundo verdadero”, perfecto, inmutable y suprasensible sino, antes bien, a un mundo donde el alma del objeto más común parece brillar; un mundo que permite, como el del mito, soportar todas contradicciones. Es el mundo epifánico que instaura la poesía a través de su aprehensión de la densidad ontológica del instante: un hermoso desierto que no se sabe / adónde empieza ni dónde termina. La fluencia del soñar despierto transporta al sujeto poético de estos poemas hasta la orilla de esos jóvenes que de tan soñados se vuelven reales y de tan reales, soñados.

El poema “A Facundo no le gusta dormir” puede leerse en este sentido como una iniciación al mundo poético del soñar despierto, mundo donde también resuena lo problemático y extraño del existir: el galope febril de esos fantasmas que nos tienen a maltraer. El mundo poético del soñar despierto no es visto desde la ingenuidad o el candor juveniles sino a través de sus contrastes vitales. Porque ese mundo puede ser ese pozo sin fondo / que se devora los minutos, pero también esa casa pequeña, capaz / de soportar esos magníficos terremotos / o diluvios, que son el tiempo por un lado, / y la soledad por el otro. La voz poética, como la del sueño y el deseo de amor, nunca deja de poetizar, de soñar y de desear atrapada por el ojo de su propia tormenta.

Al terminar la lectura del libro, llegamos a entender mejor ese bellísimo verso de Wallace Stevens: había tanto de lo real que para nada era real. A entender que la frase que da título al libro, “Esto no puede seguir así”, es en el fondo la respuesta que más a mano tiene el poeta frente a la opresiva realidad que lo circunda. Porque es esa realidad la que no puede seguir así. La que debe, para ser soportada, transfigurarse poéticamente desde el punto de vista del soñar despierto: “Acaso sea lícito afirmar –dice Freud en “El poeta y los sueños diurnos”- que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando la cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. La antítesis del juego no es gravedad, sino la realidad”.

Los Tadzios de Bossi. En el amor por los muchachos estriba la moral poética de Bossi. En ese amor, no exento de erotismo, hay una vocación pedagógica de transmisión al joven de una visión poética del mundo. De hacerlo conciente de la posibilidad de un estar-poético en el mundo. Tal es la iniciación erótica al mundo poético del soñar despierto que propone cada poema. Bossi es como una Diotima al revés, porque para él la meta de su iniciación pasa más por la revelación poética de la inmanencia que la de una trascendencia filosófico-religiosa. Bossi está más cerca de Wilde, para quien “el verdadero misterio del mundo está en lo visible, no en lo invisible”.

Facundo, Luisito, Lisandro, Danilo. Los Tadzios de Bossi pueden ser los muchachos más lindos y/o los más viciosos del pueblo. Bossi asume en este libro -y me animo a decir en casi todos sus libros- el punto de vista de Aschenbach en La muerte en Venecia. Al igual que éste, toda elucubración teórica se desvanece en el acto de vislumbre de la belleza sensible encarnada en un joven: Como puedo yo / estando ahí ese chico / terso y brillante como una espada, / seguir estudiando las disquisiciones / que cierto poeta famoso hace / sobre el verso libre, aunque sea tan / maravillosa su teoría. Es casi imposible no comparar estos versos con aquella escena bellísima de La muerte en Venecia -tan bien recreada en la versión cinematográfica de Visconti- en la que el joven Tadzio le sonríe a Aschenbach: “Aquella sonrisa fue recibida como un obsequio fatal. Aschenbach se conmovió tan profundamente, que se vio obligado a huir de la luz de la terraza, del jardín, y buscar apresuradamente el refugio de la oscuridad de la parte posterior del parque. Allí fue donde se le escaparon amonestaciones, singularmente indignadas y tiernas a la vez: «¡No debes sonreír así! ¡No se debe sonreír así a nadie!»”.

El amor como un poema mal traducido. En Los hijos del limo Octavio Paz dice que cada poeta inventa su propia mitología y cada una de esas mitologías es una mezcla de creencias dispares, mitos desenterrados y obsesiones personales. ¿Cuál sería la mitología que hay detrás la poética de Osvaldo Bossi? ¿Cuál es la obsesión que sustenta sus poemas? Cualquiera que haya leído más de un poema de Osvaldo, sabe que la obsesión personal que recorre sus poemas es el deseo de amor y su imposible posibilidad. Dice Lispector: “Me preguntarás por qué me ocupo del mundo. Es que nací con ese encargo”. Bossi nació con el encargo del mundo poético del deseo de amor. Para él el amor, como la poesía, es la tontería más seria que podemos encarar. El tonto deseo de amor y su reflejo en la tonta poesía son el juego predilecto de este niño que es el poeta. Hablaba de la imposible posibilidad del amor porque los personajes de estos poemas nunca –por suerte- llegan a darse cuenta de que el amor –como reza el oráculo lacaniano- es dar lo que no se tiene. Cada poema es el recorrido que nunca termina de hacer posible esa autoconciencia. Por eso la tonta poesía no puede ser es sino más que deseo de amor. Maister Eckhart tiene al respecto una definición hermosa sobre los efectos del amor: “el amor es de tal naturaleza, que transforma al hombre en aquella cosa que éste ama”. Los personajes que habitan el mundo poético de Bossi se transforman de a poco en lo que aman. Y el poeta escribe bajo el dictado de esa transformación.

Al igual que la traducción, el amor es una imposible posibilidad. No es casual que el registro de los poemas se vaya confundiendo de a poco con el del sueño y el del amor, estancando a los personajes en una mala traducción que encima avanza -como la de los poemas chinos en la que se embarcan los amantes- a paso de tortuga. El poeta traduce las minucias del mundo a paso de tortuga y toda su potencia poética reside en esa letanía. La persistencia terca del traductor, su infidelidad creadora respecto del original, se asemeja así a la del poeta y el amante. Porque el amor, como la traducción, puede a veces interponerse entre el amante y el amado; puede convertirse en una película muy mala, horriblemente deliciosa. La voz poética de este libro vive la experiencia amorosa adentro de un poema / mal traducido pero hermoso, hermoso.

La casa del poema y la incomunicación. Estos poemas pueden ser leídos como el intento del yo poético por hacerles conocer a los jóvenes amados esa pequeña embarcación que es el poema. Llevarlos a vivir a esa casa, que es también – como en Ungaretti- la casa del dolor, porque –aunque lo intentemos una y otra vez- nada termina de caber en esa casa. El poema es una casa de viento, un castillo de naipes cuya efímera caída rompe el silencio con la fuerza de un delicadísimo gong. La experiencia poética, como la erótica y la onírica, están ahí precisamente / para edificar una casa pequeña, capaz / de soportar esos magníficos terremotos / o diluvios, que son el tiempo por un lado, / y la soledad por el otro.

En la casa del poema los personajes de Bossi se entienden casi sin palabras. Cuantas menos palabras mejor. Son personajes que no saben o, mejor, no quieren saber. Parecen los personajes de las películas de Kim Ki-duk, quien decía sobre ellos: “Los personajes de mis películas no son tontos, simplemente no creen en la comunicación verbal. Cuanto más vive uno, menos cree en la palabra hablada. Hablar es lo más conveniente para los seres humanos, pero yo quiero mostrar el comportamiento y la naturaleza humana antes que a gente hablando. No hay mentiras en los movimientos de los seres humanos; son honestos, ya sean buenos o malos”. Los Tadzios de Bossi no entienden nada de lo que se les dice. No entienden nada de poesía. Pero en ese no entender estriba lo que Barthes llamaba el “El Momento de Verdad”, momento que “no es develamiento, sino por el contrario surgimiento de lo ininterpretable, del último grado del sentido, del después de lo cual no hay nada que decir: de allí, la filiación con el haiku y la Epifanía”. Y algo del haiku y de la epifanía tiene la poética de Osvaldo. Como si cada poema dijera: “Esto es todo”. Como buen poeta, Bossi no dice sino que muestra. Si hay un mensaje en este libro es que la poesía no tiene ninguno: Porque ningún poema dice nada / ni explica nada, Facundo: esa es la única verdad. Como si cada poema se autodestruyera en la mente del joven amado como la famosa cinta de James Bond. Gracias al poema, los amantes arriban de a poco a esa meridiana claridad de no entender nada. Al igual que en Adoro, donde creemos que no pasa nada, pasa justamente todo. Donde los personajes no entienden lo que pasa, entienden todo, como en “Despedida”, último poema del libro, donde de alguna manera está en germen Adoro.

Madurez de la infancia. Toda la poética de Osvaldo Bossi puede leerse bajo el trasfondo del aforismo 94 de Nietzsche de Más allá del bien y del mal: “Madurez del varón: significa haber reencontrado la seriedad que de niño se tenía al jugar”. Sus poemas -cualquiera sea el libro- persiguen esa seriedad que de niño poníamos al jugar. La seriedad, como en El coyote y el correcaminos, que rodeaba la constelación simbólica de la niñez. Porque es en la recuperación de esa dimensión infantil en torno al amor, el juego y el sueño, donde reside la madurez del hombre. Tal es la esencia del juego poético de Bossi, cuyo correlato objetivo es la alegría de vivir que se desprende de su escritura límpida, despojada de todo barroquismo, signada por la elección de palabras claras y distintas, tales como la luna, el mar, las estrellas, el rayo, entre otras. (No sé bien cómo hace, pero esas palabras, que en cualquier otro poeta podrían llegar a sonar cursis o remanidas, en estos poemas recobran su densidad original, el encanto de su primera lectura. Osvaldo es de los que en poesía hacen fácil lo difícil.)

Como en Nietzsche, para contrarrestar la vida vacía del camello en su desierto, en la poética de Bossi emerge con fuerza la figura redentora, ilusa, caprichosa y olvidadiza del niño. El niño y su posibilidad de transvalorar poéticamente todos los valores establecidos. La figura del niño, como la del sueño, articula los seis largos poemas que componen Esto no puede seguir así. Se trata de niños que, al igual que en el cine de Lucrecia Martel, juegan cercados bajo una nube de pensamientos. Bossi es en el fondo -como reza el anónimo persa que sirve de epígrafe al libro- un niño que miente, un niño deseoso de aventuras, un poeta. Su poética anida en la dialéctica entre madurez y niñez, dialéctica cristalizada en aquel verso hermoso de Del coyote al correcaminos: Quiero mirarme / como él me ve. Esto no puede quedar así puede leerse bajo el prisma de ese verso. Porque al sujeto poético de este libro le gustaría mirarse como sus Tadzios lo ven.

*Autor
Lucas Soares (Buenos Aires, 1974). En poesía publicó El río ebrio (Paradiso), El sueño de las puertas (Alción) y Mudanza (Paradiso). Poemas suyos aparecieron en diversas publicaciones impresas y virtuales. Es Doctor en filosofía (UBA). Investigador del CONICET. Profesor de “Historia de la Filosofía Antigua ” en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), y de “Arte y Filosofía” e “Introducción a la filosofía” en el Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA). Autor de los libros Anaximandro y la tragedia (Biblos), Platón y la política (Tecnos), y de artículos y ensayos en revistas nacionales y extranjeras sobre el vínculo entre filosofía y poesía.