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Prisiones terrestres
de Nicolás Correa
(Edulp, 2010)
Edgardo Scott*

En los relatos, la serie de relatos que lleva el nombre de Prisiones terrestres, de Nicolás Correa, hay muchos muertos. La mayoría asesinados. Las muertes ocurren como resultado de un plan (El cálculo inútil, El fusilamiento, La historia que Enzo Aguirre...) o como precipitación de los hechos (Hombre que llega y no muere, Historia del negro, Otra versión del laberinto). Pero de uno u otro modo, siempre son efectos de la brutalidad, la ignorancia, y un poder que, como supo detectar Foucault, a falta de deseo, administra los cuerpos.
Hay a su vez en Prisiones terrestres una gran vaguedad de referencias, una insistente imprecisión de coordenadas; esta es una dificultad atractiva que puede llevar al lector a detener su lectura y preguntarse, “¿pero cúando, cómo, por qué, dónde, está sucediendo todo lo que sucede?” En algunos textos se percibe el eco de la frontera y las campañas del desierto, se lee por ahí 1874, pero siempre se trata mas de una atmósfera, de un escenario para la escritura, que de lugares o datos concretos. Siempre hay algo que hace perder pie, que promueve incertidumbre e incomodidad; como cuando entrando al mar, uno mide constantemente la profundidad y la composición variable del suelo. Quizá se revele o entienda mejor el sentido de aquel escenario cuando Correa escribe, al final de El cálculo inútil, “los dos jóvenes palestinos muertos eran dos hombres judíos asesinados hace sesenta años, dos gauchos muertos hace ciento veinte años por la policía, y así, sucesivamente.” De esta forma se hace explícito uno de los temas fundamentales del libro: la infinita violencia, el interminable combate por un poder que sólo destruye. Y también, como una prolongación de aquel combate, la impunidad crónica.
Pero si bien en Prisiones terrestres está la escritura de la precipitación, el lenguaje de la ignorancia, también está la escritura de su opuesto: los intentos vanos, o muy débiles, de una razón geométrica, matemática, de una razón cartesiana que intenta dominar o manipular las pasiones. Así sucumbe Ching (Otra versión del laberinto), así fracasa el detective Gamarra (El cálculo inútil), por virtud, por envanecerse en una razón que desconoce la tremenda fuerza de las miserias contra las que lucha. Esa tensión, la escritura de esa tensión, probablemente sea el hallazgo, lo mejor del libro, lo que impedirá que estos cuentos puedan ser leídos con inocencia, apenas como cuentos con una estructura clásica, o de enigma policial.
En Prisiones terrestres también hay, al menos un héroe (en el sentido literario), un personaje principal, que entra y sale, como un verdadero fantasma, de los relatos. Es Rosas Gamarra, del que, en principio, y otra vez, debido a esa niebla deliberada de referencias, lo conocemos por sus actos y porque, se sabe, es hijo de la Dominga. Rosas tiene una marca borgeana: la compulsión del coraje. Como varios personajes de Borges, Rosas siempre termina defendiendo su vida a costa de otra, sosteniendo un cuchillo en un momento decisivo. Rosas no llega a ver con claridad por qué tiene ese destino, pero lo acata y reproduce. Una y otra vez vemos a Rosas, como al Dahlmann de El sur, empuñando con firmeza el cuchillo que acaso sabrá manejar y saliendo a la llanura. Pero la épica de Borges, más íntima y subjetiva, no es la de Correa. La épica de Correa se parece más a la de Fogwill o a la de Andrés Rivera. Una épica de la supervivencia entre los otros y contra los otros. Una épica post-peronista. No hace falta ser Dupin para detectar ese otro nombre que tiene Rosas: hijo de la Dominga (hay por lo menos tres Domingos apremiantes, y plenos de significación política y literaria: Sarmiento, Perón, y, aunque no nos guste, Cavallo). En este caso, a eso se le agrega que el hijo de la Dominga es además... Rosas. Tal vez no hagan falta aclaraciones.
Es probable que el centro de gravedad del libro se halle en el cuento La historia que Enzo Aguirre no quiso escuchar, justamente porque en él se realizan y confluyen varias de las líneas que lo constituyen. En un escenario onírico (una vez más la vacilación de la realidad), Enzo Aguuirre, un matón peronista de noventa y tres kilos, va a matar (es su trabajo) al arquetipo del sabio oriental, un viejo sentado leyendo que, antes de morir, le señala y le recita, con una voz que recuerda a Hernández (a José y a Miguel), o a Becquer: y más allá quedarán los muertos de tu mano. El encuentro entre el matón peronista y el sabio oriental es soñado y se da en el relato con una naturalidad admirable. Correa no fuerza nada, no quiere jugar a la vanguardia. De ese texto también surge el título del libro: “las únicas prisiones que existen son las terrestres”, en otra indicación del sabio para Aguirre que, por supuesto, lo desoye.
Prisiones terrestres requiere una lectura no-atenta. Es mejor desentenderse de las tramas, de los argumentos que tendrán un tranquilizador buen final, y leerlo, leer a Correa como podemos leer a Oyola, a Bruzzone, a Ronsino, como uno de los eslabones, uno de los relevos necesarios de nuestra literatura política.

*Autor
Edgardo Scott nació en Lanús en 1978. En 2005 fundó junto a otros escritores Alejandría, grupo de narradores del cual es integrante hasta la fecha. Con Alejandría y gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, en 2007 realizó la antología El impulso nocturno. En 2008 publicó Tres mundos, una antología con algunos textos breves de narrativa junto a Clara Anich y Juan José Burzi. También en 2008, por la Edulp (Editorial de la Universidad de La Plata) publicó la novela breve No basta que mires, no basta que creas. En 2010 se publicó Los refugios, su primer libro de cuentos. Ha colaborado en distintas revistas literarias, tanto gráficas como virtuales.