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La ciudad y la vida en tiempos de (in)seguridad
Mitología de la seguridad. La ciudad biopolítica. - Andrea Cavalletti
(Adriana Hidalgo, 2010)
Silvia Hernández*

“No existen ideas políticas sin un espacio al cual sean referibles, ni espacios o principios espaciales a los que no correspondan ideas políticas”. La frase de Schmitt que abre el libro de Andrea Cavaletti plantea ya uno de los ejes centrales sobre los cuales el autor va a estructurar Mitología de la seguridad: la hendíadis espacio-política.

Mitología de la seguridad. La ciudad biopolítica acaba de aparecer en castellano. Su autor, Andrea Cavalletti, es profesor de estética y literatura italiana en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Desarrolló la investigación que da origen a su libro en el marco de un posdoctorado en el Politécnico de Bari, en diálogo con Giorgio Agamben y Bernardo Secchi.

El tema de la (in)seguridad en sus infinitas variantes es hoy de lo más taquillero: el título está bien puesto. Seguramente Cavalletti no adivina los detalles vernáculos de la relación entre seguridad, población y espacio urbano que organiza eso que estamos acostumbrados a llamar “realidad”, pero de todas formas no puede negarse que escribe a la luz de las permanentes construcciones de difusas amenazas que parecen cernirse sobre la vida sobre el planeta: los inmigrantes pobres, la contaminación ambiental, las pandemias, las olas de calor, el terrorismo y el crimen organizado, los virus informáticos. Hollywood no cesa de contarnos una y mil veces el apocalipsis: el colapso de la seguridad está a la orden del día, y ya no parece tratarse de una cuestión de fronteras. La Unión Europea es una muestra de lo superfluos que resultan los límites nacionales a la hora de hablar de seguridad.

Una vez terminado el libro, el lector bien puede dudar en qué estante ponerlo: ¿ahí donde es más obvio, con Foucault, Agamben, Espósito? ¿Y si fuera al lado de libros dedicados a la cuestión urbana como Carne y Piedra de Sennett? ¿O entre los de filosofía política, con Hobbes o Schmitt? O, si no, me pregunto por qué no tomarlo como un libro que, en su conjunto y de manera indirecta, encara el tema top en las encuestas –la seguridad- y el estado de ánimo que trae aparejada: una desazón donde, ante las amenazas omnipresentes de riesgo y catástrofe, los vivientes humanos se preguntan qué va a ser de ellos. El camino de Cavalletti en este escenario replica, quizás demasiado al pie de la letra, el gesto foucaultiano de desplegar una genealogía que nos permita entender, a través de las relaciones entre saber y poder, cómo fue que llegamos a una sociedad como la que tenemos.

Cavalletti propone una genealogía del dispositivo de seguridad en el cual hoy nos encontramos inmersos. Su tesis principal es que la población, que ya Foucault había señalado como el elemento clave en el marco del biopoder, es indiscernible del espacio. En el paso del poder soberano al biopoder se operó una inversión: si antes el territorio demarcaba un espacio cuya variable dependiente eran los súbditos, con el advenimiento del biopoder el territorio pasa a ser variable de la población. Es más: en el relevamiento de textos, tratados y documentos que presenta a lo largo de los nueve capítulos del libro, puede verse cómo, desde fines del siglo XVI se fue abriendo paso a esta relación población-territorio que hoy se ha vuelto indiscernible.

Si partimos sólo del vocabulario, puede advertirse que el trabajo de Cavalletti se inscribe en un diálogo abierto con la obra de Foucault, especialmente con aquellos libros y cursos dedicados a la cuestión de la biopolítica. El biopoder comienza a desarrollarse, según Foucault, a partir del siglo XVIII, momento en el cual el paradigma de la soberanía ya no era capaz de enfrentar el crecimiento demográfico y el desarrollo económico acelerado. Tiene lugar entonces un poder disciplinario, encargado de docilizar los cuerpos individuales, recortándolos de la masa y disponiéndolos ordenadamente en un espacio reticular. Pero, además, señala Foucault que tuvo origen el biopoder. Con éste último, el poder toma a su cargo la vida biológica y la convierte en objeto de regulación: sólo así es posible que existan cosas tan naturales para nosotros como políticas de natalidad, programas de salud pública, estudios demográficos. En el biopoder no se trata de cuerpos individuales, sino de poblaciones: vida biológica gobernada.

Pero volvamos a Cavalletti. De entrada, el autor nos coloca ante dos pares de términos que no pueden –al menos dentro del dispositivo de seguridad de la biopolítica- disociarse: espacio-política y población-espacio. Espacio-política: donde hay una línea que marca adentro y afuera, hay política. Es político lo que produce inclusiones y exclusiones, amigos y enemigos. Hasta acá vamos bien. Sin embargo, si Cavalletti nos había prometido un libro sobre este binomio, llegados al final tenemos la sensación de no haber hecho más que leer sobre el otro: población-espacio.

Habría que ver si este paso es un problema o si, por el contrario, no se encuentra inscripto en la propias características del dispositivo de seguridad en su despliegue. En la economía de poder que toma a su cargo la vida biológica y se encarga de protegerla como tal, la respuesta por excelencia que se da al problema de la multiplicidad es la de la población: una integración capaz de combinar lo dinámico de la vida con lo estático del territorio. Vemos que no se trata de un espacio demarcado en sus fronteras por un poder soberano, trascendente respecto de sus súbditos, sino de una articulación político-espacial donde lo interno y lo externo ya no es estrictamente territorial. De una brecha que separa amigo de enemigo, o estado de naturaleza de estado civil (en otras palabras, adentro de afuera), con la población se salta a un espacio continuo, una gradación que va de la justa población (aquella que coincide perfectamente con la ciudad) hasta la población excedente (una suerte de ejército de reserva que, en el límite, pasa a ser considerada no-vida y puede llegar a ser aniquilada). El hecho decisivo no es que la frontera sea móvil, sino que, sin importar dónde se la instale, tanto la vida como la no-vida son cooperantes. En otras palabras, biopolítica y tanatopolítica son parte de una misma economía de poder.

La figura hobessiana del derecho de fuga retorna en los distintos capítulos. Sin duda es porque a lo largo del análisis, muchas veces elíptico, otras veces algo tedioso, si hay algo que Cavalletti logra mostrar es que no queda adónde huir: en el dispositivo de seguridad, no hay exterioridad. La población se intrinca con la urbanización: el espacio es espacio habitado, y lo viviente es puesto en relación con técnicas continuas de intervención que la constituyen al tiempo que dan forma a aquello que la niega y amenaza. La urbanización se inscribe en ese proceso siempre inacabado –no por defecto, sino por definición- de intervención sobre la vida a través de la ciudad. Esa relación constitutivamente defasada entre vida (dinámica) y espacio (estático) es la que se abre a la intervención del dispositivo gubernamental, principio activo de gobierno que no puede ser ya un conjunto de reglas sino un ejercicio constante.

Sobre el fondo perenne de inseguridad se construye una precaria seguridad, siempre al borde de sucumbir, y por ello, demandante de más y más intervención del poder. El modelo de sujeto no es aquel que está perfectamente sano, sino el que está completamente medicalizado: el que somete todo su espacio vital a la regulación.

Y si nos preguntábamos qué iba a ser de nuestras vidas en un mundo amenazante, llegando al final del libro tenemos una sensación de asfixia creciente. Cavalletti desliza una posibilidad, una nueva sugerencia del estilo de las que recorren su libro y que nos dejan dudando entre si se trata de algo dicho entre líneas o más bien estamos ante un argumento a medio camino. Su insinuación, hasta donde se alcanza a vislumbrar, es que la salida a esta economía del poder pasa por una posibilidad anárquica, una defección absoluta, que no reconoce “las oposiciones entre malo y bueno, político y apolítico” y que se da “en la misma acción radical, cuyas consecuencias a su vez no serán determinables políticamente” (p. 292). Hacer una historia de los poderes, hacer una historia de los espacios, implica comprender que la relación espacio-población es también histórica. Por ello, la defección absoluta consiste en un cambio de los términos del conflicto, en una puesta en cuestión las relaciones dentro de las cuales nos movemos. Es así que puede releerse la frase de Cerdá, quien en el siglo XIX acuñó el término urbanismo: “La mayor idea revolucionaria a propósito del urbanismo no es en sí misma urbanística”.

*Autora
Silvia Hernández es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (FSOC-UBA) y actualmente realiza estudios en la Maestría en Estudios Interdisciplinarios del Sujeto y la Subjetividad (FFyL-UBA). Es docente en Teorías y Prácticas de la Comunicación III (Ciencias de la Comunicación, FSOC-UBA) y en Comunicación (Licenciatura en Artes Electrónicas, UNTREF). Forma parte del equipo de investigación UBACyT "Discurso, Política, Sujeto: encuentros entre el marxismo, el psicoanálisis y las teorías de la significación", dirigido por el Prof. Sergio Caletti.