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Un corazón se pone triste contemplando la ciudad
Contra el revés del cielo, de Jimena Busefi
(Ediciones del Árbol, 2010)
Laura Gentilezza*

A Clara Loureiro le faltan pocos años para cumplir los treinta. Vive en una ciudad, Buenos Aires, que atraviesa la crisis socioeconómica de la década del noventa. Esa crisis se desdobla en el personaje de Clara que debe rebuscárselas para hacerle frente y encontrar un lugar en el sentido más amplio de la palabra: un espacio donde vivir y un lugar en la vida y en el amor.
En Contra el revés del cielo, Jimena Busefi construye una prosa poética alimentada por la presencia del poema de Olga Orozco “Remo contra la noche” y del verso de Eliot de “The waste land”. Una sintaxis en la que los recursos de la poesía le imprimen a la narración un clima tan particular como el discurso de la protagonista que conforma el texto.
El escenario histórico de la ciudad de fin de siglo en la que la precarización del trabajo benefició a algunos y perjudicó a la mayoría, personajes que se tensan con los márgenes de esa cultura del derroche y una mujer a la que se le juega su identidad convierten a este texto en una posibilidad para el lector de conectarse consigo mismo en cada oración.

Orozco y Eliot: la cadencia de la prosa

Una prosa que fluye como el Támesis, softly, como cae la nieve, y lleva al personaje de Clara al margen, al límite, a la espera de “algo maravilloso”, como le presagia el Indio Corales. El verso de Eliot “Sweet Thames, run softly till I end my song” que Iñaki le lee a Clara en la pensión se transforma, cuando el lector avanza en la novela, en la clave de ese discurso. Así transcurre, suave. La vida de Clara, sus acciones, están acompañadas por sus percepciones, sus nostalgias y recuerdos, su construcción poética del mundo. Oraciones unimembres, por lo general al final de un capítulo o de un bloque que retoman las palabras más importantes que se pusieron en juego en lo narrado pero las disponen según una cadencia poética. Así cuando Clara debe volver a encuestar cerca del río, al principio de la novela, y recuerda el encuentro con el Indio Corales, el bloque termina “Agua de cántaro. Agua de río”. Encontramos recursos propios de la poesía como el encabalgamiento y la repetición de palabras que le dan a la sonoridad un lugar protagónico en este discurso. Cuando su madre está internada, Clara reflexiona: “Mi cuerpo, el cuerpo de ella, el cuerpo incorpóreo de la muerte que amenazaba”. Por momentos el recurso se exacerba, y esa exageración acompaña los momentos más oscuros de Clara, como si la pesadez de la sintaxis poética coincidiera con el interior melancólico del personaje.
Esta cadencia marca un recorrido que tiene que ver con el poema de Orozco, que por algo le da nombre a la novela. “Remo contra la noche” es un texto que escarba contra la roca misma de la interioridad. “Debes seguir creciendo mientras corre hacia atrás la borra de estos años” dice esa voz lírica de Orozco. Y eso hace Clara, sigue creciendo mientras el pasado se reconfigura, se borra hacia atrás. Se supera, para poder encontrar un lugar que sea propio. Y en eso se construye la novela, en esa búsqueda enmarcada por los personajes de Egle y de Iñaki, separados y juntos, que abren la puerta para que Clara se vea a sí misma. El fin de la canción (till I end my song) será ese lugar o al menos el rumbo que tomará el personaje.

Un lugar

“¿Adónde voy en esta barca sola contra el revés del cielo?” es la pregunta que orienta la lectura. La cita del poema de Orozco, que se abre en el título, se completa en el último capítulo cuando el personaje de Clara abre el libro y lee al azar un verso.
Esa prosa poética entonces tiene un sentido que es el de encontrar respuesta a esta pregunta. La novela se arma en esa búsqueda de un lugar que Clara realiza en varios sentidos.
Un lugar físico: Clara busca dónde vivir durante todo el texto. Recorre varios barrios de Buenos Aires y hace aparecer a la ciudad, a los años noventa, una ciudad que la muestra como personaje por los espacios que ella elige. Los bares de San Telmo y de Avenida de Mayo, que recorre con Iñaki y donde conoce a Julio. La pensión de Monserrat, que la vincula con la bohemia artística de ese momento a través del personaje de Consuelo, dueña de la casa, y de su criterio de selección de pensionistas. El misticismo de Malala y la espiritualidad del Indio Corales. Todos son personajes que, como Clara, no entran en la frivolidad materialista que marcó la década del noventa en Buenos Aires y que sufren las consecuencias de la condiciones laborales precarias que las políticas neoliberales produjeron.
Busefi muestra, por un lado, los lugares espléndidos en los que Buenos Aires se conecta con su historia, el Hotel Castelar, el Bar de los Billares y el Británico, y, por otro, los espacios en donde la crisis económica se sufre de manera irremediable: La Boca, el Hospital Ramos Mejía, el Docke a donde Julio va a comprar cocaína, el conurbano bonaerense que Clara recorre por su trabajo de encuestadora.
Ese empleo, que en principio la frustra, funciona como poética, es la manera en que Clara se mueve, busca donde no sabe qué encontrará y se deja sorprender. La encuesta como dinámica marca la búsqueda de un lugar emocional, discursivo, un lugar en la vida. De eso se trata esta novela, de encontrarse. Clara se busca en los demás, con los demás. Pero su lugar se corre y el discurso avanza.
La pensión ofrece un lugar que no es propio pero que con la presencia de Iñaki se vuelve acogedor. Iñaki se va y aparece Julio. En este personaje se ven los rasgos frívolos de los noventa. Un abogado vinculado a los sectores enriquecidos durante la crisis. Con su fuerza seductora Julio la lleva a vivir su vida pero para Clara “Caminar con medias de seda y zapatos altos me hacía dar pasos que no eran los míos”. No hay espacio donde la ausencia de Iñaki está siempre presente.
Es necesario que algo hacia atrás se borre o se acomode. “Tantas cosas olvidó Teresa que hasta se le borró que tenía padres y hermana en una ciudad de Sudamérica” y por eso ella puede armar su lugar en cualquier parte según Clara. “Su lugar podía ser cualquiera, ella siempre había tenido lugar”. Para Clara un espacio propio tiene un costo que tiene que ver con el pasado.

Iñaki y Egle: la identidad

El tono poético que construye el discurso de Clara se inicia con la voz de Iñaki y su lectura de Eliot. La puerta abierta de su habitación es, para Clara, una invitación a su vida. Un hombre con quien Clara tiene una conexión que excede lo físico: “…en realidad para mí siempre estuviste cerca, le dije. Yo alguna vez también te sentí por acá, me contestó.” Una vez que Iñaki se va, su ausencia se mantiene como una ilusión, como “esas cosas que ocurren solo en nuestras fantasías y es suficiente”. Pero el final resignificará a este personaje en términos más reales para Clara.
Egle es una mujer a la que Clara encuesta y con quien inicia una relación poco común, no termina de ser una amiga. Es el vínculo que Clara encuentra entre Egle y su madre lo que pone un límite a esa amistad. La relación con Egle viene a poner en escena, como un límite, la necesidad de Clara de encontrarse, de fundarse a sí misma, de dejar de ser la “eterna adolescente que vive bajo el amparo de una madre ficticia”. Busca a su madre en Egle pero es consciente. “Y qué imbécil yo, buscándola, si sabía perfectamente que mi madre ya no estaba en ninguna parte”. Es el costo de reacomodar el pasado.
Ese costo también se relaciona con la historia argentina. Con Egle aparece la dictadura militar del ‘76. La novela también vuelve hacia atrás en términos históricos a hablar de lo que el derroche de ciertos sectores sociales de los noventa intentó callar. La historia de Egle es la historia de “los soñadores de los ‘70”, como ella misma los define.
Estos personajes colaboran con el proceso de Clara porque la conectan con lo propio en términos simbólicos y eso repercute en la realidad del personaje. Los textos vuelven en el último capítulo, se completa el verso de Orozco y vuelve la cadencia de Eliot. La literatura, como poesía, retoma la narración, comanda esa búsqueda que ya se orienta, porque como sabemos todos los que elegimos la literatura: no es más que nuestra manera de buscar un lugar en la vida.

*Autora
Laura Gentilezza (Avellaneda, 1982) estudió Letras en la UBA y dicta clases de Literatura en una escuela secundaria de Avellaneda. Asistió al taller de narrativa de Hebe Uhart, y actualmente al de Alejandra Laurencich.