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Los restos mortales
Hugo Salas
(Norma, 2010)
Juan Bernardo Cejas*

A través de la negrura de un plan de asesinato por encargo y de las vicisitudes del contrato sanguinario que trama en primer plano Los restos mortales, nos llegan los destellos del cinematógrafo, al cual acude Alma, la víctima, para tararear, con “la voz finita de Libertad Lamarque”, la letra pegadiza:

…dame de tu boca esa furia loca que mi amor provoca, si algo ha de morir, moriré yo por ti...

En la pantalla canta Sandro “Rosa, Rosa”. Alma canta inocente y contenta porque el amor, desde hace un tiempo, le ha quebrado el orgullo. Poco después quedará embarazada del hombre, que le provee la carne y que contribuirá al ascenso social tan anhelado en ese arquetipo de mujer dura, moldeada, no sólo por el tipo social imperante, sino también por los medios audiovisuales de la época. No es extraño que Claudio Zeiger haya sostenido que en caso de que Los restos mortales fuera llevada al cine debería ser Tita Merello la protagonista.
Es que en La morocha del Abasto (perdón por el anacronismo), Tita se casaba con Pepe Arias para consolidar la tan anhelada seguridad económica.
Nuestra heroína lo hace con Domínguez, a quien trata de usted, y rebaja a mero cornudo cuando el amor del matarife toca a la dura puerta del corazón de Alma Pasionaria Irigoyen, Muñiz en primeras nupcias, luego Domínguez, y por fin Salas.
Alma logrará lo que tanto ansía, el mercadito con la carnicería, y luego el gran establecimiento donde será asesinada. Su ascenso completa el melodrama: el logro de la hija médica, empañado por el rigor de los lugares inamovibles del folletín: el hijo que tuvo con el matarife se le vuelve puto.
Este hijo es el que desgrana en el relato la vida para la escena que alientan los momentos decisivos. Cuando Alma queda embarazada del matarife, estando aún casada con Domínguez, decide abortar; su amante le descerraja:
“-No puedo creer que hayas querido matarlo…sos una hija de puta-”. El relator -ese hijo que estuvo a punto de ser abortado- nos aclara que esas frases pertenecen a un libreto, que son dichas sin convicción, pero que deben ser dichas. El matarife luego la agrede con aplicación pero secretamente espera, venimos a enterarnos, que ella le pegue a él, que lo maltrate, siendo sorprendido, ese gaucho bribón, por los devaneos de la fantasía. (Pág. 91)
Más adelante Alma habla de las palizas a las que las sometía su primer marido, “con un dejo de rencor en la voz que no por eso sonaba menos impostada” (Pág.109)
Lo cinematográfico también decide las acciones del hijo cuando es abusado por un botones en un hotel de Buenos Aires: “Vacié la bañadera y me di una ducha, refregándome como las mujeres violadas” (Pág. 124)
El día anterior al asesinato de su madre el hijo describe: “De noche veíamos series y películas por TV, o la telenovela de la tarde, cuando aprendió a programar la video. Seguían gustándole los melodramas, los relatos apasionados, pero el cansancio le ganaba de mano…” (Pág. 146)
Los restos mortales” es un relato apasionado que parece desmentir la crudeza del epígrafe de San Agustín, quien sentencia de manera brutal, propia de un libertino redento, acerca de la tosquedad de nuestro nacimiento entre mierda y orines. Pero ese “entre”, “inter faeces et urinam” eyecta el “nascimur” a los brazos de la lengua, rara estructura que nos asigna un personaje en la trama desconocida y férrea que se juega en un lugar y en un tiempo ajeno a nuestra voluntad.
Para decirlo de manera esquemática, pero sin restar brillo al relato de Salas, la realidad representada corresponde al orden del melodrama; el modelo narrativo al policial.
La extraña voz del narrador, ángel que encarna la venganza, se tensa hasta el final, sin ahorrarse los infortunios a que someterá -relato de máximo detalle - al sicario, quien en la cuesta de su caída, atravesará los tópicos del folletín, salvación de la prostituta incluida, para convertirse finalmente en “el rufián melodramático”. Una vez acabado su trabajo el hijo abandona la escena, para dar lugar a los restos del libreto; y ahora sí, será la voz del asesino quien haga suya la máxima agustiniana, para apostrofar en el borde mismo de las tablas su parlamento final, preñado de una lucidez inverosímil:
“Quien sabe, pensó, tal vez sea siempre así. Uno cree que es su cuerpo, que tiene un cuerpo, que quizá el cuerpo lo tiene a uno. Quizá él y los demás, todas las personas, no fuesen más que pensamientos, unas cosas que crecen en las cabezas como los hongos en el queso y viven ahí encerradas dentro de esos cuerpos que funcionan como máquinas, un gigantesco circuito cerrado de pedazos de carne que cogen, mueren y se matan según su propia ley, mientras esas cosas que crecen dentro de sus cabezas, los pensamientos, los miran y creen hacer algo”.
Hugo Salas construye a través de su primera novela la esperanza para los lectores de la buena literatura.

*Autor
Juan Bernardo Cejas nació en Buenos Aires. Curso estudios de filosofía con Tomás Abraham y es egresado de Psicología de la UBA. Se especializó en el campo de la clínica de las psicosis. Publicó ensayos y artículos en revistas especializadas en psicoanálisis. El presente, su primera novela, ganó el primer premio del Fdo. Nac. de las Artes, año 2008 (Jurados: Ana María Shua, Guillermo Martinez y Juan Martini). Fue publicado en noviembre de 2009 por Santiago Arcos.