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Contra el revés del cielo (Fragmento)
Jimena Busefi*

Todo empezó con la muerte de Lady Di. Aquel invierno las temperaturas fueron muy bajas y el frío partía los huesos. Dolía. Yo vivía en una pensión por la zona de Monserrat, en la calle Piedras. Mi habitación era cómoda y quedaba cerca del baño. Pero de la ducha apenas caía sin fuerza una gota helada, así que me las tenía que ingeniar para bañarme en casa de alguna amiga o calentar agua en la cocina y echármela con cuidado, por partes. Iñaki, el chico que alquilaba el cuarto pegado al mío, espiaba, a veces, cuando me lavaba el pelo. Despacio se acercaba hasta la puerta y se quedaba mirando mientras yo me masajeaba la cabeza con los dedos untados en crema de enjuague. Era un tipo raro. Vivía encerrado, leyendo en su habitación donde tenía libros, discos, televisor y video. Cuando se hicieron los funerales de la princesa, él dejó la puerta de su cuarto entreabierta y, desde el patio al que daban todas las habitaciones, alcancé a ver la luz de la suya y sus piernas estiradas sobre la cama. Creí entender que era una forma de invitarme a pasar. De esa manera sutil él, entonces, me hizo entrar a su vida. Dije hola ¿estás ahí? y en la pantalla vi a los guardias de Scotland Yard transportando el cuerpo de la princesa muerta. Llegaba a Londres desde París. Fluye suavemente dulce Támesis. Fluye suavemente. Una noche, a la luz de la luna, habíamos leído a Elliot. Iñaki me hizo conocerlo; leyó en inglés con una cadencia neutra que era como un murmullo. Sweet Thames, run softly till I end my song. Disfruté de verlo inspirado porque eso sucedía muy pocas veces. Casi siempre él estaba callado. Ausente. Cuando vimos el carruaje (la cureña, me corrigió él) que avanzaba por las calles de Londres, tirado por dos caballos y la multitud siguiéndolo, le apoyé con cuidado una mano en la cara y después la bajé hasta los labios. ¿Qué hacés? me dijo y parándose como si fuera a buscar algo, se fue del cuarto.

Esa noche Iñaki salió, pese al frío. Yo no podía dormir, las imágenes de la princesa muerta no me dejaban en paz. Imaginaba cómo se vería su cara angelical entre los hierros del auto destrozado en un túnel parisino. También pensaba en él, en esa caricia que le había hecho con torpeza, en el movimiento de sus labios cuando leía a Elliot. No quería estar sola y salí a buscarlo.

Conocía el bar al que él iba. Varias noches lo había visto, al pasar, leyendo algo en el Café de los Billares. Por eso fui hasta ahí. Pero cuando entré no lo vi sentado a ninguna mesa. Me acordé de que también le gustaba caminar por los lugares solitarios del microcentro. A veces después de leer, volvía a la pensión por las cuadras más peligrosas, donde los chicos revolvían la basura y los linyeras dormían sobre cartones en la entrada de algún edificio. Otras veces fumaba parado en una esquina mirando un punto fijo de la oscuridad. Esa noche no estaba en ningún lugar. Era absurdo seguir buscando. Me sentía perdida y, como cada vez que no sabía ni donde estaba, acudí a mi ubicación de encuestadora: el brazo derecho contra la pared, avanzar en el sentido de las agujas del reloj, repasar los nombres de las calles que delimitan la manzana. En aquel tiempo me ganaba la vida haciendo entrevistas para consultoras que me pagaban cuando se les ocurría y eso era, por lo general, meses después de haber entregado los trabajos. Esa incertidumbre me daba vértigo. Cada día era una aventura nueva, una puerta a la que llamar, alguien por descubrir. Preguntar y repreguntar era un arte en el que mi sueño de ser cronista de guerra se concretaba por algunas horas mientras yo andaba con temor por el conurbano bonaerense.

Ya me volvía cuando me crucé al Indio Corales, un hombre de unos sesenta años con el pelo azabache hasta los hombros que vivía a la vuelta de la pensión. Se vestía con calzas y sweaters de plush y usaba un anillo en el dedo índice con una piedra color rubí. De día vendía antigüedades, de noche, hacía profecías. Estaba parado con otros vecinos en la puerta de su casa y tocaba la flauta bailando en el empedrado con un movimiento que parecía el paso de una danza oriental. Le dije que quería saber algo sobre mi destino y él me miró a los ojos, después tocó la piedra de su anillo, como si de ella pudiera salir un vaticinio, y dijo esto es sólo un momento, te espera algo maravilloso.

Algo maravilloso pensé al volver mientras subía las escaleras. Repasé todas las mudanzas que había hecho ese año. Habían sido siete. Antes de la casa de Piedras, en la que ahora me sentía segura, había estado en otros lugares. Una vez gasté todo el pago de una encuesta con tal de dormir en una cama cómoda. Fueron dos noches en un hotel elegante del centro que me permitieron olvidar la soledad, el gesto burlón de los agentes inmobiliarios pidiéndome garantías, garantes y un montón de plata para alquilar apenas un ambiente. En esta vida no hay garantes me había dicho mi analista del Hospital Ameghino. Las hojas de los árboles se movían tras la ventana de su consultorio y en la pared colgaba un afiche de la película Las alas del deseo. La plata se acabó después de esas dos noches en el hotel de lujo y, con los pocos pesos que me quedaban, llegué recomendada por una amiga, a la pensión de Piedras. Una casa que pertenecía a una pintora y en la que todas las habitaciones daban a un patio; en realidad, un largo pasillo angosto, descubierto y lleno de plantas. Antes que lo inhóspito de otros lugares que había visto era un palacio. Buckingham Palace.

Soñé con la princesa muerta esa noche. Iñaki me había dicho que bajo las baldosas de San Telmo y Monserrat había pasadizos secretos de la época de la colonia. Túneles por los que habían huido contrabandistas. En el sueño, el cuerpo de la princesa era transportado por esclavos al ritmo de tambores africanos. Al despertar, cerca del mediodía, fui a la cocina y encontré a Iñaki; tenía un gesto de arrepentimiento, como si la culpa que tenía a veces en la mirada se hubiera exacerbado. Almorzamos juntos. Después, en esa tarde gris y destemplada, caminamos por la Avenida de Mayo, desde el Cabildo hasta el edificio Barolo. Mirábamos las cariátides y los balcones, las puertas, la boca del subte A y su cartel que indica el trayecto Plaza Once- Primera Junta.

A la noche comimos en un bar de inmigrantes españoles. Tomamos una botella de vino y, al salir, decidimos seguir caminando. Ya de madrugada entramos a un tugurio de luces bajas y música estridente. Nos quedamos ahí un rato, no más de dos horas. Iñaki se despojó por un momento de esa timidez que solía acompañarlo. Unas horas después, cuando amanecía y desayunábamos en el Café de los Billares, con la boca salpicada por las migas de la medialuna que estaba comiendo, me empezó a hablar de su vida, de su soledad, de una tía lejana con la había vivido desde chico. Huía de ella, de su hogar seguro. Yo sabía, por una foto que había visto en un portarretratos que tenía en la habitación, que en su vida había una mujer avasallante, de ojos oscuros, como él. Me dijo que necesitaba la aventura de estar lejos de su casa aunque sólo fuera por un tiempo. Comentó que vivir solo (en el cuarto alquilado de un suburbio) era una experiencia, un juego. Me pareció que esas noches en las que él salía sin rumbo fijo volvía a visitarla a ella y a dormir en el hogar del que trataba de huir. O tal vez tendría una novia oculta.

Después de la madrugada en el Café de los Billares, no hablamos por unos días. El silencio también era parte de nuestra relación. Mirarnos sin decir nada, caminar callados, avanzar a paso lento. El paso marcial de Scotland Yard. El féretro al hombro. Princess Di. Di es el imperativo del verbo die me había dicho Iñaki. Princesa muere. La gente dejaba flores en la entrada del palacio y vagaba en la neblina buscando a su reina inconclusa y fragmentada. Volvimos a ver el entierro una vez. Nos gustaba la imagen de la cureña que avanzaba tirada por la fuerza de los caballos. Una noche vimos, también, una película de cine mudo. Fantaseábamos juntos, escuchábamos discos o leíamos. Yo pensaba que él, si lo decidía, tenía la opción de volver. Alguien siempre lo esperaría. En cambio a mí sólo me esperaban los vagones de los trenes en los que viajaba a la provincia y la mirada de mi madre, flaca y despeinada, en el jardín de un hospicio, con la comisura de los labios empapada por las gotas de la medicación. Y el abrazo de su cuerpo puro hueso, que era tan abarcador y tan débil.

Estaba segura de que el sentimiento que había nacido entre Iñaki y yo era recíproco. Desde aquella madrugada en la que habló de su vida y escuchó la mía, pensaba en él con alegría. Una noche golpeó a la puerta de mi habitación. Yo estaba peinándome frente al espejo. Abrí y él se quedó mirándome; después, me tocó el pelo y empezó a hablar. En el pasillo vi una caja y la sombra de unos bultos. Él dijo que a lo mejor se iba un tiempo a vivir afuera y otras justificaciones que no le creí. Los dos sabíamos que la aventura de vivir solo había terminado. El auto que venía a buscarlo tocó bocina y él bajó.

Me quedé mirando el pasillo al que daban todas las habitaciones. Estaba oscuro, como un túnel. Sin embargo un fulgor me hizo avanzar segura por esa oscuridad en la que parecía haber un espacio claro al que llegar al fin. Imaginaba un muelle desde el que percibir la ondulación del agua, la corriente oscura del Río de la Plata o del Támesis o de un río mitológico en el que pudiéramos bañarnos y olvidar. Me acordé de que todo había empezado con la muerte de Lady Di, con su agonía entre los hierros y una alianza de brillantes en la mano con la que aún acariciaba al novio muerto. Huir por el Túnel del Alma después de comer en el Ritz de París. Iñaki se fue. Sin flashes ni diamantes, yo me quedé ahí. En el silencio se oía la gota helada de la ducha cayendo sobre las baldosas.

En el pallier, las claraboyas, el ascensor, las escaleras. En todos y cada uno de los rincones de ese edificio de principios de siglo quedó un recuerdo de Iñaki. Pero principalmente en la escalera porque ahí lo había encontrado, una tarde, hablando con unos estudiantes que vivían en el piso de abajo. Discutían de historia o de política, no escuché muy bien. Lo único que pude entender fue el nombre de un pensador ruso y el de un ex presidente argentino. Él tenía puesto un pantalón gris y una remera blanca; estaba despeinado, hablaba fuerte, con vehemencia. Pero cuando me vio parpadeó y se quedó callado, mirándome con unos ojos que tenían una sumisión casi femenina. Había sido al poco tiempo de conocernos, antes de que empezáramos a ser amigos o cómo nuestra relación se llamara.

Esa escalera era la que llevaba hasta el piso de doscientos metros cuadrados de Piedras. El ala principal era de Consuelo. Cincuenta años, pintora, heredera. Su familia le había dejado esa casa que ella transformó en reducto de bohemios pobres con aires de intelectualidad. Varias habitaciones estaban vacías. No se alquilaban por motivos que nunca supe. Desde que se había ido Iñaki, todo parecía desmantelado.

El problema del agua se solucionó al poco tiempo. Lo que no tenía solución, en cambio, era el contestador automático. Aparatoso, de un gris sucio, estaba al lado del teléfono, sobre la mesa de la cocina, y parecía una radio con interferencias. Emitía voces distorsionadas que hacían que uno tuviera ganas de desenchufarlo y romperlo a patadas. Me gustaba ver su número digital colorado, encendido, iluminando la cocina cuando estaba a oscuras. Ese destello, esa lucecita, era la señal de que Iñaki podía llamar alguna vez. Una noche fui hasta el Café de los Billares con la esperanza de encontrarlo. A lo mejor él, cada tanto, volvía a sentarse a alguna de esas mesas a leer y pasar ahí, con un cigarrillo y un par de cafés, la noche entera, como hacía cuando vivía en Piedras. Estuve más de dos horas. Tomé un té primero y después un fernet con soda pero él nunca apareció. Un tipo buen mozo de unos cuarenta años me miraba desde la barra. Tenía una mandíbula fuerte y un gesto interesante que me obligaban a levantar la vista de a ratos y mirarlo también. Pero Iñaki no estaba. Ni en ese bar, ni en la casa, ni en la Avenida de Mayo que tantas veces volví a caminar sola, con una tristeza que por momentos se disfrazaba de esperanza. Esperanza de qué, me pregunté una tarde y me acerqué, de puro curiosa, a lo del Indio Corales. Estaba lustrando unos bronces y no levantó la vista para hablarme. Dijo que en ese momento no me podía atender, que por favor volviera en una hora. Pensé en ir a lo de mi tía Nené pero era muy poco el tiempo que tenía. Además ya había estado con ella en la semana. Era la visita familiar obligada cuando no visitaba a mi madre. Hice unos llamados que tenía pendientes, di una vuelta y volví a la hora acordada.

*Autora
Jimena Busefi Nació en Bs.As. en octubre de 1971. Es docente de lengua y literatura (formada en el I.E.S Nº 1 Alicia M. de Justo) y dicta clases en enseñanza media; asistió durante seis años al taller de narrativa de Alejandra Laurencich y a diversos grupos de poesía (entre ellos el Grupo Cero de Poesía y Psicoanálisis y el taller de Arturo Carrera). Participó como autora en dos festivales de Teatro X la Identidad y como asistente del grupo Desde la Verdad en varias obras. Coordinó un taller de cuentos, mitos y leyendas para niños en las Colonias de verano del Gob. de la Ciudad. Acaba de editar Contra el revés del cielo, su primera novela, con el Grupo Ediciones del Árbol. Este fragmento corresponde a la misma.