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Noche de conejos
Marisa do Brito Barrote*

“Caminé toda la noche”. Es lo primero que le dijo a su madre cuando la despertó de un timbrazo en la mañana, un poco como excusa por haberse quedado tan dormida y otro poco porque era cierto: se había levantado varias veces, había circulado en piyamas por toda la casa y ahora sentía la nariz aguada y el cuerpo dolorido. Estuvo a punto de decirle que había pasado una noche horrenda por su culpa, pero se lo guardó. Al fin y al cabo, su mamá venía a hacerle un favor y no era cuestión de que se fuera ofendida a San Clemente.
“Tremenda la noche que pasé…”, comenzó a decirle, mientras llenaba el bolso apurada: mallitas, toallones, ropa de abrigo, bronceador, ojotas y todas las cosas de la nena que había dejado sobre la mesa la noche anterior.
“A eso de las 4 sentí una corriente de frío que se colaba por debajo de la colcha, que me despertó. La puerta de la pieza estaba abierta y había alguien de pie al lado mío, de espaldas, como a la espera de que otro más llegara. Tenía la espalda ancha, grande, de sargento y bastante altura, o por lo menos así me pareció en un primer momento. Y estaba parado mirando hacia fuera, como si aguardara instrucciones.
Juro que en ese momento deseé estar petrificada, dura, dormida como una piedra; pero aunque trataba de disimular, de respirar de manera pausada para parecer profundamente dormida, me rebotaba el corazón en el pecho, y los dientes y las piernas me empezaron a tiritar de una manera furiosa. ¡Por favor, que se vaya! ¡Por favor, que se vaya! ¡Por favor, que se vaya! Me repetía en voz baja: ¡Qué agarre lo que quiera de los cajones y que se vaya! ¡Que no me vea, Dios, que no me vea! Esperaba que se fuera, o que tomara lo que había venido a robar y saliera sin mirarme. Pero seguía ahí, de pie, sin alterarse, como si no oliese mi miedo o como si ese vaho fuese tan común y suculento para él que no pagaba la pena mirarme.
Por un largo rato, esperé, esperé, esperé. Y al comprobar que no se movía, que seguía detenido contra el marco de la puerta como centinela de los sueños, me puse tranquila. Después de sentir tanto miedo, de tolerar las manos húmedas por la transpiración, la boca seca y el corazón a caballo, entendí que si hacía el amor a los gritos sobre el colchón tampoco iba a darse vuelta.
No sé si esta certeza me envalentonó o qué, pero la figura salió despacio de la pieza y yo me paré, decidida, me puse el pulóver rotoso que uso de salto de cama, y salí detrás de él.
Ahí me pasó otra cosa rara: quise encender la luz del pasillo, para que el mal momento se esfumara con la claridad, pero algo me impidió levantar la mano.
Entonces, la figura corpulenta giró su cabeza lento, muy lento y me enfrentó.
Era una mujer vieja, pero alta y algo encorvada. ¿Viste esas caras alargadas, de pómulos y nariz ancha y colorada que tienen las inglesas? Así era. Tenía puesto un camisón bastante largo, pantuflas floreadas y un deshabillé rotoso. Estaba como ida, con los ojos desorbitados y sin decir ni qué. Entonces creí que era nuestra vecina de al lado, Doña Rosario, que estaba cada día peor con el Alzheimer, y pensé en telefonear, en ese mismo instante, para que le joda, a la fresca de la hija, para avisarle que la tenía a su mamá metida en mi casa y que se la viniera a buscar ya mismo. Esa señora necesitaba con urgencia alguien que la cuide.
Me acerqué despacio para tomarla de la mano y sentarla en una silla, mientras iba en busca del teléfono. Pero cuando se sentó, empequeñeció, alzó la cara y nuevamente me miró.
Usaba un flequillo redondo y lustroso de muñeca de porcelana. Y la cara también era demasiado bella y blanca y redonda como una luna contenta. Y tenía dos grandes ojazos y una boca pequeña. La miré sin entender, pero era Pilar. La carita de Pilar con un cuerpo envuelto en camisón de vieja. Y Pili me miró y me dijo: Ma, me das la leche.
No quise contradecirla, si la mandaba a la cama, se iba a poner a llorar a los gritos e iba a terminar como siempre, hipando y lanzando lo que comió en la cena. Así que le pedí que me espere, sentadita en la silla, y bajé las escaleras rápidamente.
Abrí la heladera, tomé el sachet, llené el vaso con pico, marqué un minuto en el microondas y me quedé mirando un minuto cómo la leche daba vueltas y vueltas por la ventana iluminada del aparato.
Con el vasito de leche caliente en la mano, subí la escalera hasta las piezas. La nena se había vuelto a la cama. Entré al cuarto y Pili dormía tranquilamente, con el pequeño silbido de su pecho poniéndole ritmo al dormir. Apoyé el vasito de pico en la mesa de luz. La arropé, le deseé las buenas noches y salí.
Al cerrar la puerta, la figura me esperaba. Te juro, mamá, no me sorprendió. Pensaba: ¿cómo hago para salir de este sueño de mierda y volver a mi cama? ¿De qué manera se puede salir de un sueño y seguir durmiendo tranquila?
Pero la figura seguía ahí, de espaldas, asomada al borde, al abismo de la escalera, con el camisón de vieja largo y el deshabillé. Y comenzó a bajar, lento, despacio, el dobladillo del camisón rozando los escalones de madera sin un sonido, sin un crujir.
Y entonces llegó a la planta baja y volvió a enfrentarme. Pero ahora le había aparecido esa cara que me dio asco. Me miró de frente con una blanca y velluda cara de coneja, mientras se balanceaban sus ridículas orejas de coneja y movía esa nariz rosada y nerviosa. Parpadeó y, como un animal escurridizo, se lanzó por la puerta hacia mi escritorio.
¿Entendés lo que pasó? Me señaló con un dedo la oficina y entró de un brinco, a sentarse sobre mi silla. ¿Podés creer? ME invadió, se adentró en mi espacio, en el lugar donde guardo mis tesoros: las últimas fotos del papá de Pili, la computadora, los libros, miles de recuerdos. Todo. Se metió en mi casa adentro de la casa. Y ahí se sentó la coneja, en mi silla. Y apoyó las mangas arratonadas del deshabillé en los posabrazos de mi silla, encendió la máquina y esperó a que abrieran todos los programas.
Fue a Inicio, Ejecutar, Format C y ¡me borró el disco rígido!
¿¡Vos podés creer!? Ahí sí pensé que me daba un ataque. No porque este bicho de mierda me hubiese despertado, porque me hizo pasar un momento aterrador, porque tuve que bajar con este cansancio tremendo a hacerle la leche a Pili en la mitad de la noche. Ni porque me dio asco su cara de conejo repugnante con su nariz húmeda y nerviosa. ¿Cómo se le ocurre poner su dedo peludo en donde más me duele, en las fotos de mi familia, en los artículos que escribí para la revista del corazón, en los cientos de ensayos de poema y musiquitas que tenía escritos en la máquina? Pensé que me moría. Me lo estaba robando todo, ¡como si me tirara los recuerdos al fuego!
Y entonces me lancé como una leona a morderle el cuello para despellejarla mientras sentía que me crecían los colmillos como al hombre lobo. Iba a descuartizarla. Y cuando la tenía bien fuerte del pescuezo, me miró y eras vos, mamá, vos, que estabas cocinando un conejo a la cazadora y me sermoneabas como cuando era adolescente: ¡Levantate, dormida! ¿Nos querés arruinar las vacaciones? ¿Todavía no te cambiaste? ¿No sabías que el micro sale a las 10? ¿Y por qué no te pusiste el despertador? Decí que vine yo a ayudarte, que si no, tu nena se quedaba sin vacaciones… Ya vas a tener tus quince días libres para haraganear y dormir tranquila,… ya te va a llegar. Así que ahora apurate que llego en cinco minutos.
Y ahí mismo me despabilé, mamá, justo cuando no sacabas la mano del timbre, justo cuando estaba por matar a la coneja, justo en ese instante.”

*Autora
Marisa do Brito Barrote: Es poeta, narradora y editora profesional. Publicó un poemario Madamas (Alción, 2006), distinguido por Fundación Octubre, y cuentos en varias antologías, entre ellas: Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas (Norma, 2006) y La erótica del relato (Adriana Hidalgo, 2009). Entre sus obras de divulgación para niños se destacan la Enciclopedia Visual de las Preguntas Santillana (Buenos Aires, 2008; Madrid, 2009) y Con la cabeza en las nubes (pequeño editor, 2010). Fue Jefa de Redacción y formó parte del relanzamiento web de la revista BOCADESAPO. Mantiene el blog Árbol de libros.