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Stuart Krimko
Cecilia Pavón*
A veces tenés la vida
(inédito)

A veces tenés la vida
y a veces tenés

reflector, escenario
oscuro y ¿dónde estoy? ¿quién
sos? Preguntas necias
para un lector de texto con
abscesos de revelación: huecos
para ojos y oídos más oscuros
que lo indiscreto.

Sacar las conclusiones incorrectas:
apariencia, brillo, nervios
agitados. uñas a lo largo de
la pizarra ronca y sanguijuelas

prematuras como hechizos sobre piel virgen.
Me desparramé entre estas
ideas, un cajón lleno de llamas:
estas páginas, carbonizándose.

¿Qué palabra aparecerá en la pantalla interna? ¿Dónde está Adán, “sal de la tierra”, con sus talones encallecidos y su ancha mujer? ¿y sus melones pudriéndose, y sus moscas insistentes, y su feo padre gritándole desde la seguridad de una nube?

Antes de que yo atraviese este portal
antes de que cruce este vidrio
el que da debe recibir
el que toma debe decir a quién
escondió
debe exacerbar el problema
debe simular
antes de cruzar
pensar

y del otro lado
qué aprenderé qué
veré qué verde
valle qué cosa dichosa
qué corderos correteando
en campos de Pascua
ojos de fuego
lana negra


al ritmo de un mundo indignado
al ritmo de un mundo desagradecido
al ritmo de un satélite engañado

girando. Algo por lo que te tapás los oídos, para no escuchar. Algo por lo que te vendás los ojos, para no ver. Y la pregunta es que no hay pregunta. Todo es una respuesta. Todo tiene un sonido. Pero no lo podés escuchar. ¿Por qué no? No sé. La computadora sabe. La computadora es el sujeto. La computadora tiene dedos con los que tipea estas palabras. Sólo tipea palabras sobre sí misma. Sólo se conoce a sí misma. La computadora. ¿Ves? Esa es la frase ideal. Su nombre, precedido por un artículo. Un artículo determinado. ¿Quién soy? ¿Soy la computadora? Es posible. Todo es posible. Nada es imposible. Sos o no sos. Y de ahí partís.

Pero si la música es lo que termina conmigo,
y lo es, porque quiero bailar un
paso doble con un cepillo sobre
el piso de madera, cantar en las
luces del salón, sin que me alteren
las noticias, y las noticias acuden,
las noticias abren cámaras en el espíritu
a lo largo de Boston, las noticias creen,
los lentes se empañan y la veracidad
permanece en sus barcos:

Olvidá que las noticias fueron
mis suelas se gastaron hasta el suelo.

El mundo es lo que es
caminé descalzo con Inés.

Ella también ignoraba el mundo
pero los dos veíamos lo profundo.

Me dio un beso interior
y la serpiente silbó.

El ojo de la serpiente era gris
Inés estornudó: ¡achís!

Hablé con bondad de mi maestro
los otros maestros no lo soportaban,
pero este maestro me enseñó todo lo que supe
me dio un cuaderno de espiral.

Este maestro me enseñó latín,
me enseñó griego, me enseñó a
mirar urnas. Me boxeó. No le
daba miedo pegarme en el brazo. Yo
lo amaba. A mi madre esto
le daba miedo.

Nos llevó al Museo Metropolintano.
Miramos las urnas. Hablamos sobre
los griegos. Leí sobre los
griegos. Me drogué. Dejé de
hablarle. Fumé porro en una plaza
con una pipa en forma de calavera
y dejé
de estudiar latín,

Dejé de estudiar griego.

A veces tenés la vida, a veces tenés
esa otra cosa, ese encantador y horrible
fardo de heno insaciable. A veces tenés
otra cosa y a veces tenés la vida.
A veces tenés la vida.

A veces tenés la vida, a veces tenés
ese otro bebé, el de pelo
irregular, el que tiene esquíes en vez de pies, con
bolitas en lugar de ojos. A veces tenés algo más antiguo
que la vida.
Y a veces tenés la vida.

A veces tenés la vida, a veces tenés
dos vidas, a veces volvés a vivir la vida hasta
que te ruega que la dejes ir y creés que esta
será la última vez, a veces tenés la muerte,
a veces morís toda la tarde con tu té
y tu libro y tu lámpara y tu
silla demasiado rígida.
A veces la tenés, a la vida.

A veces, vida, tenés todo lo que
tengo, a veces no sabés cuando
parar, a veces te repetís.
Una vez me senté en un peñasco y localicé
la X de Nietzsche con un dedo menor de edad. Lo
combatí en el texto. Un puerco espín se me acercó
furtivamente. A veces
tenés la vida.

(de The sweetness of Herbert, Sand Paper Press, 2010)


Psicoanálisis


El psicoanálisis es para los que mendigan
clasificaciones, para los que fuman cigarrillos
y moran en ciudades. Bailar
con analizados es un placer urbano
único. Sacále los anteojos
y corréle ese flequillo demasiado largo.

El psicoanálisis es para idólatras
para gente que insiste en la identidad
ante todo, gente que insiste en los placeres
disolutos y urgentes de sus géneros:
dales una oportunidad de dejar libres
a sus amantes

Piojos fieles que van de una cabeza
a la otra y aquellos que tratan de
hacerlos desaparecer también
borran la picazón que aguarda expectante
hacia el mundo exterior. No es para cualquiera.
Los intercambios de energía entre
paciente y analista
catapultan

a los soñadores medios de camas sucias.
Hacé que sean tus confidentes habituales
y aquellos que están en terapia
te amenazarán con puro
afecto, te enfrentarán en el borde
del muelle con Stella Artois tibia
y pasándote por alto, mirarán fijo
a la vida,
la vida comunitaria, la vida
itinerante y saliente en la que
cada criatura viva repite
sus aflicciones como mareas. Llevála
a la noche, tarde, a tomar un café.
Decíle simplemente que entendés.

Una mente buena

Una mente buena es todo lo que
necesitás para triunfar. ¿Qué estoy
diciendo? Es todo lo que yo
necesito, y quiero ser
responsable por lo que
quiero, lo que necesito.
La semana que viene incluso
podría estar muerto. ¿Y qué?
El viento también pasa.

Una mente buena puede ayudarme a cantar.
Cuando estoy en un coro veo el
grupo, como bosques delante de
árboles, y a mí mismo sólo me veo
oscilando con ellos, mi túnica que susurra
no es un problema. Cuando se trata del
atuendo, soy parte de él.

Esta mente buena, con todas
sus coincidencias felices y sus frías
verdades, ¿no debería tomarse
su tiempo cuando camina a la tienda?
No, ella sabe lo que quiere,
¿por qué debería entretenerse? No
hay alegría en el trayecto sólo
en el logro, el pájaro en la mano,
el arbusto arrancado del suelo, el
bosque plateado que ilumina el camino
hacia el oro.

Querida mente buena, ¡Cómo
te aprecio! Cómo deseo usarte
con la furia emblemática de una corona.
No bromeo. No sé reír
y quizás vos puedas enseñarme. Es posible,
¿no, mente buena? Alguien te enseñó a
haerlo y podés darte vuelta y enseñarme a
mí ¿podrías?

William Blake no nació ayer

Trabajo en una galería de arte y en la galería les vendemos
pinturas y esculturas y videos y lo que se te ocurra
a personas e instituciones con dinero para la cultura
me imagino que festejan cuando las obras están en las
paredes de sus casas se sirven copas de
champán y admiran sus adquisiciones puntos color púrpura
y la manera en que fueron tratados los bordes y cómo
cambian con las variaciones de la luz
cuando vacían sus copas se retiran a sus dormitorios
donde tienen televisores de plasma donde duermen y sueñan
y se despiertan y se aman y dan vueltas en las sábanas
mientras que abajo, sus pinturas duermen también
las manchas rojas como sangre seca por la noche
y en el amanecer como en el Génesis como "y fue la mañana" como
arco iris arco iris arco iris en el bote desde el que pesca Elizabeth Bishop
y después deja caer el pescado
y acelera el motor, creo, qué otra cosa podría hacer
¿sentarse a esperar un pescado más grande? no
vuelve a Key West llena un vaso de gin
con tres cubos de hielo se sienta en su mesa privada
escribe algunas palabras sobre un papel el comienzo
de una carta fragmentos de un sueño.


Línea de tierra

¿Cómo sujetás un día feliz
cuando mientras se va, se va para siempre?
El viento se lo lleva, podés ver
el viento en el pasto, el viento pasa
mientras llega la noche
y sí, tu día se ha ido, sin que lo sujetes,
tus manos vacías como huevos
sin yemas ni claras: comiste
pero los envases ya no sirven,
han consumido su vida. ¿Qué, en vos,
podría retener el día sino las manos,
los ojos, la mente?
¿Es eso acaso un recuerdo, cuando se logra
sujetarlo? Los días felices
se van más rápido que los tristes, nerviosos por regresar
a sus fuentes, como las gotas al sol,
evaporación, el lago del que provienen las gotas.
El ancho mundo, feliz y triste, retenido y liberado gota a gota,
experimentado y soñado; drogas ingeridas, días
sobrios que también fueron felices, en una casa junto
a un bar, radiante, esperando a amigos, esperando
que suene el teléfono, y cuando suena
se levanta otra vez el viento y mueve el pasto
y ahí se va, el viento, el día feliz,
silencio del otro lado, el teléfono que se cuelga.




Sometimes you have life



Sometimes you have life
and sometimes you have

spotlight, soundstage
dark and where am I? Who
are you? Fatuous questions
for a reader of text with tell-
tale abscesses: holes
for eyes and ears darker
than indiscretion.

Draw the wrong conclusions:
seeming, shimmering, shaken
nerves. Nails across the
throaty chalkboard and premature

leeches like charms on blank skin.
I scattered myself among these
ideas, a drawer full of flames:
these pages, charring.

Which word will appear on the inward screen? Where is salt-of-the-earth Adam, with his callused heels, and his spread wife? And his rotting melons, and his insistent flies, and his ugly father, shouting at him from the safety of a cloud?

Before I step through this portal
before I step through this pane of glass
the giver must receive
the taker must tell whom
he hid
must exacerbate the problem
must pretend
before I step through
think through

and on the other side
what will I learn
on the other side what
will I see what verdant
valley what thing of joy
what lamb gallivanting
in Easter fields
eyes of fire
black wool

to the tune of an indignant world
to the tune of an ungrateful world
to the tune of a cheated satellite

spinning. Something you plug your hears not to ear. Something you wear a blindfold not to see. Something you try to disprove. And the question is, there is no question. Everything is an answer. Everything has a sound. But you can’t hear it. Why not? I don’t know. The computer knows. The computer is the subject. The computer has fingers with which it types these words. It only types words about itself. It only knows itself. The computer. See? That’s its ideal sentence. Its name, preceded by an article. A specific article. Who am I? Am I the computer? It’s possible. Anything’s possible. Nothing’s impossible. Either you are or you aren’t. And you go from there.

But if music is what does me in,
and it is, because I want to
two-step with a broom across
the wooden floor, to sing in the
parlor lights, unchanging,
of news and the news concurs,
the news opens spirit chambers
across Boston, believes it,
lenses fog up and veracity
remains in its ships:

Forget it was the news.
I wore through my shoes.

The world is all it is.
I walked barefoot with Liz.

She disregarded the world too.
But we both had a clue.

She gave me an inner kiss.
We passed a snake that hissed.

The snake’s eyes were blue.
Liz sneezed: achoo!

I spoke kindly about my teacher.
The other teachers couldn’t stand
this teacher, but this teacher
taught me everything I knew.
He gave me a marble notebook.

This teacher taught me Latin,
taught me Greek, showed me how
to look at urns. He boxed me. He
wasn’t afraid to punch me in the
arm. I loved him. My mother
was afraid of this.

He took a few of us to the Met.
We looked at the urns. We talked
about the Greeks. I read about
the Greeks. I got stoned. I stopped
talking to him. I stopped
learning Latin,

I stopped learning Greek.

Sometimes you have life, sometimes you
have that other thing, that charming, disgusting
bale of insatiable hay. Sometimes you have
something else and sometimes you have life.
Sometimes you have life.

Sometimes you have life, sometimes you
have that other baby, the one with the raggedy
hair, the one with skis for feet, with marbles
for eyes. Sometimes you have something
older than life.
And sometimes you have life.

Sometimes you have life, sometimes you have
two lives, sometimes you relive life until it
begs to be let go and you believe that this
will be the last time, sometimes you have death,
sometimes you die all afternoon with your tea
and your book and your lamp and your
overstuffed chair.
Sometimes you have it, life.

Sometimes, life, you have everything that
I have, sometimes you don’t know when
to stop, sometimes you repeat yourself.
Once I sat on a bluff and traced
Nietzsche’s X with an under-aged finger. I
fought him in the text. A porcupine sidled
up to me. Sometimes you
have life.

Psychoanalysis



Psychoanalysis is for beggars
of sorts, for cigarette smokers
and city dwellers. Dancing
with analysands is a delicious urban
pleasure. Take her glasses off
and brush away her overgrown
bang.

Psychoanalysis is for idolaters,
for people who insist on identity
above all else, on the urgent,
rakish pleasures of their genders:
give them a chance to spring
their lovers free.

Faithful lice climb from head to
head and those who try to shrink
them also scratch the attendant
outward itch. It’s not for everyone.
Energetic exchanges between
patient and analyst
catapult

middle dreamers from unwashed beds.
Make them regular confidants
and those who are in therapy
will threaten you with purest
affection, face you at the edge
of the dock over lukewarm
Stella Artois and stare past
your face into the

life, the communal life, the overhung
itinerant life in which each
living creature repeats its
afflictions like tides. Take
her for a late night coffee.
Tell her simply that you
understand.


William Blake Wasn’t Born Yesterday



I work in an art gallery and in the gallery we sell
paintings and sculptures and videos you name it
to people and institutions with money for culture
I imagine they celebrate when they get their paintings
home on the wall they pour themselves glasses
of champagne and admire their purchases dots
of purple applied just so the way the edges
are handled the way they change under the changing light
when they drain their glasses they retire to their bedrooms
where they keep plasma TVs where they sleep and dream
and wake and love and toss in their sheets
while downstairs their paintings hang sleeping too
their purple splotches like dried blood at night
and at dawn like Genesis like ‘Morning Has Broken’ like
rainbow rainbow rainbow in the boat Elizabeth Bishop
fishes from and then she lets the fish go
motoring on I guess what more can she do
sit there and wait for a bigger fish? no
she goes back to Key West she fills a tumbler with gin
with three ice cubes she sits at her private table
she puts a few words down on paper the beginning
of a letter fragments from a dream


A Kind Mind



A kind mind is all you
need to succeed. What
am I saying? It’s all I
need, and I want to take
responsibility for what
I want, what I need.
Next week I might not even be
alive. So what?
The wind passes too.

A kind mind can help me sing.
When I’m in a chorus I see the
group, like forests before a
tree, and not myself, but swaying
with them, my robe swishing,
is not a problem. When it comes
to apparel I’m part of it.

This kind mind, with all its
happy coincidences and cold
hard truths, shouldn’t it take
its time when it walks to the store?
No, it knows what it wants,
why should it dilly-dally? There’s
no joy in the journey, it’s all
in the achievement, the bird
in the hand, the bush ripped from
the soil, the silver forest
that lights the way to gold.

Dear kind mind, how I
hold you in high esteem! How I
want to wear you with the
emblematic fury of a crown.
I’m not kidding. I don’t know
how to laugh and maybe you
can teach me. It’s possible, isn’t
it, kind mind? Someone taught
you how to do it and you can
turn around and teach me, can’t you?


The Landline



How do you hold a happy day,
when as it goes it goes away?
The wind carries it, you can see
the wind in the grass, the grass
blows over as evening comes
and yes your day is gone, unheld,
your hands empty like eggs
whose yolks and white have been
dumped out – you get to eat
but the containers are now useless,
their lives spent. What in you
would hold the day if not the hands,
the eyes, the mind?
Is that what a memory is, when you
hold it successfully? Happy days
go quicker than the sad, eager to return
to their sources like droplets to the sun,
evaporation, the lake from which the droplets come.
The wide world, happy and sad, held and dropped,
experienced and dreamed; drugs taken, sober
days spent happy too, in a house beside
a bar, beaming, waiting for friends, for
the telephone to ring, and when it does
the wind picks up and blows the grass
and there it goes, the wind, the happy day,
silence on the other end, receiver in the cradle.
*Autor
Stuart Krimko (1978) ha publicado dos libros de poesía, The Sweetness of Herbert (2009) y Not That Light (2005), editados por Sand Paper Press en Key West, Florida. Actualmente está traduciendo Las hijas de Hegel de Osvaldo Lamborghini al inglés. Nacido en Nueva York, Krimko vive en Los Angeles, donde trabaja como assistant director de la Galería David Kordansky.
*Traductora
Cecilia Pavón (1973) ha publicado Los sueños no tienen copyright (2010), 27 poemas con nombre de persona (2010) Caramelos de anís (2004) Existe el amor a los animales? (2001), Virgen (2001), Un hotel con mi nombre (2001). Vive en Buenos Aires y trabaja como traductora del alemán, el inglés y el portugués.