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Ella salta la espuma de las olas

de Verónica Yattah.
(Ediciones del Dock- 2009)


Juan Manuel Pérez*

Se puede respirar en los poemas de Verónica Yattah. Eso tendría que decir mucho. Voy a ser más explícito. Es importante para quien lee un libro de poemas que la voz del autor no monopolice todo el libro, toda la hoja, todos los espacios de la lectura. Cuando cada uno de los poemas del libro Ella salta la espuma de las olas termina, nos deja una niebla en los ojos, y hasta que llega el otro, hasta que se cambia de página, hay un momento sepulcral, un momento sagrado en el que el lector puede respirar. No se impone una poética desde el comienzo, no se obliga al lector a que firme un pacto de lectura que tendrá que sostener hasta el final, al contrario, desde el comienzo, los poemas se presentan lentamente, como cayendo del cielo

Se desmenuzan sonidos,
caen en parte,
y no caen.

La hoja queda en blanco, y uno no sabe bien qué cosa pasó. Pero está ahí el poema, como una imagen caída como una foto que cayó de su álbum. Mucho de eso hay en este libro de poemas de Yattah, muchas imágenes de distintas jornadas que vienen a nosotros como si fueran propias, incluso parecen confundirse en la memoria con imágenes nuestras. Nada nos cuesta evocarlas en nuestro propio álbum familiar. Leer estos poemas de corte íntimo es como indagar en la mesa de luz de otra persona, es como abrir los cajones de su mesa de luz y revisar.
El clima es ese, el de las fotos y las cartas, dilatado y arbitrario, de colores sepia y con aromas alcanforados, elige donde parar para contarnos algo, y donde seguir, ofreciéndonos solamente un retrato.

Yo me hundía
en la alfombra pelos tupida,
el baile,
tocadiscos extraño
el de mi abuela;
viejo, antiguo,
funcionando

Ese es el ambiente que se respira, el ambiente libre de la siesta, el ambiente cálido de un jardín al atardecer. La soledad tiene un lugar en el imaginario que ofrecen los poemas, saberse solo por un momento, y en silencio.
A veces, el tiempo parece estar irremediablemente detenido, y el poema se cierra para crear su propio tiempo, y todo a su alrededor se rinde ante él. Como en las pinturas de Hopper y Degas el devenir del tiempo encuentra una veta en la imagen, que no necesita explicación, que invita a ser recreada, revivida, pero que no necesita más. Aisladas de la sucesión temporal, las cosas que forman el poema quedan estáticas,

Un jardín
una mesa vacía,
platos manchados que no pueden lavarse.
el viento sacude el mantel
De noche puede incluso que llueva.
Llueve.

Pero no solamente son visuales los poemas de Yattah, sino que también hay una conjunción entre percepciones. Ya que una percepción, se sabe, no es solo una sino un cúmulo de sensaciones, hay poemas que nos hacen tener otras impresiones que hallan ecos en el sentido del gusto, del olfato y el oído,

Si no muere hoy
que venga hacia mí,
a comer frutillas muy rojas
En el parque.

O si no,

Había olor a infancia
hoy
en la calle.

Entrados unos poemas, uno no se da cuenta, y ya está dentro del propio terreno del libro, que está siempre jugando con la doble posibilidad de alcanzar por medio de la palabra otro mundo que se nos escapa, y que es ese, el de las mínimas percepciones cotidianas,

La gata duerme las estaciones
a mis pies.
Yo sigo durmiendo
por si en sueños la alcanzo
y nos convertimos en hermanas.

Otro de los lugares en los que se despliega el imaginario poético de Ella salta la espuma de las olas es, naturalmente, el Mar. Elijo ponerlo con mayúsculas porque a esta altura (de nuestras vidas, de la vida del lector ávido que tenemos adentro, de la vida del lenguaje) la imagen del Mar es un poderoso detonante de ideas y es la gran imagen poética del siglo veinte. Tormentoso e impredecible, consiente períodos de paz y sosiego. Con la primera aparición del Mar, comprendemos que el ritmo de los poemas copia algo del marcado ritmo del oleaje,

Mar,
para ver el agua que avanza y retrocede
y vuelve todo espuma.

Con esa primera invocación de Neptuno se abre la segunda parte del libro, que gira en torno a un ambiente acuático, y de nuevo, el clima es aletargado e íntimo. Silencioso y meditativo. Los poemas parecen flotar en una laguna, hojas de papel deslizándose en el agua, nenúfares. Algunos de ellos, precisos, se asemejan a haikus,

Me seducen
este y oeste
cuando extienden
sus plumas
como un cisne impávido.

Suavemente el libro concluye, ya es de noche, incluso se nos lo advierte en el último poema. La lectura, que presupone un camino y un destino, ha terminado. Y al cerrar el libro hay cosas que nos quedan sobrevolando en la mente, imágenes que no se fueron, sonidos que permanecen, el arrullo acompasado del Mar, gustos, colores, y eso nos permite seguir pensando y explorando el mundo de Yattah, un imaginario que se ha instalado desde el primer poema y que no nos dimos cuenta. Nos aventuramos en el silencio, pero guardamos esa cercanía de su voz sonando en el Mar,

Cuando nos llega el silencio
no nos molestan
ni los ruidos
ni saber que dejamos el mar
tan lejos.

*Autor
Juan Manuel Pérez nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero sus primeras imágenes son del litoral. Traductor y dramaturgo se probó abordando las traslaciones de Ionesco, Queneau y Jarry, pero no se quedó muy conforme. También tradujo para la joven revista Potlathc una antología mínima de poetas belgas contemporáneos francófonos, Xavier Hanotte, Linda Maria Baros, Paul Bogaert y Tristan Sautier. En la actualidad participa activamente junto con Marcos Krämer en el espacio elespiritudelaescalera.wordpress.com donde llevan a cabo reflexiones sobre literatura y arte. Reflexiones, no pensamientos, porque eso les suena a mala palabra."