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Daniel
Eduardo Muslip*

Muchos años atrás, mucho antes de que yo naciera, y cuando tampoco había nacido mi hermana mayor, mamá era una señorita delgada y pálida, de labios también delgados y apenas sonrientes, y pelo largo y enrulado, que caminaba sola y bien vestida por la rambla de Mar del Plata. La foto que elijo para crear ese recuerdo de mamá era de cuando ella tenía veintidós años, y estaba vestida como una mujer de más edad —como otras que se ven en el fondo—; en realidad era una época en que no había una moda diferente para muchachas jóvenes y señoras, y en que la gente se vestía bien para caminar por la rambla de Mar del Plata. La foto de mamá en blanco y negro conserva nitidez, se esfumó apenas, sólo como para eliminar toda posible imperfección en la textura de la piel o en la ropa. Más se desvaneció todo lo que aparece en el fondo: apenas se percibe la silueta de un lobo marino y de los edificios costeros, como si lo que se hubiera fotografiado fuera no algo material sino meros recuerdos.
La foto transmite una felicidad ordenada y tranquila; mamá todavía no estaba casada, era joven y delgada, trabajaba y salía con sus amigas de paseo, bailaba, hacía deportes en grupo, iba al cine. No existía su matrimonio; no existían, sobre todo, sus embarazos y sus partos, que fueron muy difíciles, según insiste siempre en recordar y señalar. Fueron difíciles el de mi hermana y el mío, pero peor fue el primero, del que había nacido un bebé que moriría a los pocos meses. Ese primer hijo se llamó Daniel; fue el nombre que tenía antes de nacer, el de su breve lapso de vida y que conservaría en los cincuenta años que pasaron desde entonces.
No sólo no existían los hijos de mamá; eran tantas las cosas que no existían en el mundo. No existía la segunda guerra mundial, querría decir, aunque la foto es del verano de 1948, según precisa un sellito puesto atrás de la foto por el laboratorio. Sí, se hablaba un poco de la guerra cuando yo era joven, cuenta mamá, pero lo pasaba tan bien en esa época que ni pensaba en esas cosas. Mi guerra mundial vino después, con los partos, dice riendo. Hay una foto de mamá cuando mi hermana tenía cuatro años y yo era un bebé; está bien vestida pero se la ve, en efecto, muchísimo mayor, como si algo tremendo hubiera sucedido: los rasgos más duros, el pero corto y peinado sin rulos, como atravesando con disciplina una esforzada posguerra. No me gusta ver esa foto, prefiero la anterior, en la que yo no existía, y no existían tantas otras cosas en el mundo, pienso, con alivio. Me pregunto por qué siento ese alivio; en realidad, si hago un esfuerzo para pensar qué no existía hacia 1948, lo que se me ocurren son cosas que me daría pena no conocer, como ciertas bandas musicales o ciertos libros o algunos amigos míos. Sí da cierto alivio imaginar que no existían otras cosas, como las computadoras, los viajes espaciales, el sida, los barrios privados; no importa que sean cosas mejores o peores, simplemente da cierta ligereza imaginarse una época sin las cosas que tienen hoy tanta presencia. Me pregunto cuán atrás puedo ir, y aparece el imperio romano, y también siento alivio al verme hablando en una lengua que no es el español, pero enseguida la escena me transmite un peso también casi familiar: me imagino Roma imperial con un tránsito un poco caótico, familias complicadas, algunos edificios y árboles hermosos, el calor en verano, una cierta vida cultural, basura en la calles, en fin, casi me imagino Buenos Aires.
No importa mucho que piense en la segunda guerra mundial, en el imperio romano o en la época de las cavernas; supongo que la diferencia central está en que en la época de la foto yo no existía, no existía mi hermana, y, fundamentalmente, no existía Daniel. Hoy mis padres tienen ochenta años; mi hermana y yo llevamos mucho tiempo escuchando los relatos de mamá con los detalles del parto, con los problemas que tuvo el bebé en sus meses de vida. Era un bebé muy grande, hermoso, precisa una y otra vez mamá. Lástima que tenía los pulmones pequeños. Le costaba respirar. Le costó respirar cuando apenas nació, le costaba respirar incluso en la incubadora. A pesar del pulmotor, no llegaron a darle el oxígeno que necesitaba. Murió en el hospital en que nació, el hospital Rawson; nunca llegó a salir de allí.
Los relatos de mamá hacían pensar en un hospital con paredes altas y gruesas, pasillos amplios y abiertos, grandes espacios vacíos en los que resonaban los pasos, camillas que circulaban rápidas y fugaces, siempre demasiado tarde. Corría viento en el hospital, era un lugar frío y sin alma. No era un lugar apropiado para funcionar como maternidad. El hospital Rawson cerró tiempo después; dejó de ser un hospital de niños para convertirse en un gran asilo público de ancianos. En algún momento aprendí además que Rawson es una ciudad en la Patagonia, fría como el hospital. Nunca estuve en Rawson, pero me imagino que encontraría un lugar con calles abiertas, sin árboles, ventoso y destemplado, sin niños, con ancianos no saliendo mucho, protegiéndose del viento y del frío. Mucho viento pero poco oxígeno y un sol débil, la atmósfera de un planeta no del todo habitable.
Mamá no sólo habló siempre de Daniel como bebé, sino de cómo sería si hubiera sobrevivido. Nos hablaba de eso cuando éramos chicos, y para nosotros Daniel era una imagen tan cotidiana como la de otros parientes de los que mamá hablaba y de los que se creaba en mí una imagen muy clara a pesar de que no los veíamos. Siguió hablándonos de Daniel cuando éramos adolescentes, y nos impacientaba. Ahora que ya hace muchos años que no vivimos con ella, los relatos sobre Daniel siguen apareciendo con frecuencia en las breves visitas que hacemos cada dos o dos o tres semanas. Es obvio que iba a ser más alto que ustedes, decía y dice mamá. Y algo más morocho. Iba a salir más a tu padre, me dice a mí, que, según todos coinciden, no salí a mi padre, sino a ella. Salí con su piel blanca y hasta con sus problemas de pigmentación; Mamá no puede reprocharme que me le parezca, pero sé que ante sus ojos eso me desmerece. Daniel iba a ser más robusto, como tu padre cuando era joven, le decía a mi hermana, creando una imagen de hombre al gusto de ambas. Un hijo que la protegería, que estaría atento a ella, empezó a agregar mamá en los últimos años. No como yo, que desde que me fui de casa a los veintipico vuelvo cada tanto con reticencias, como un gato huidizo dispuesto a escaparse lo antes posible. No parece que de mí pueda esperarse nada, como de un gato no puede esperarse nada. En realidad no sé si es apropiada la imagen del gato huidizo. El gato se asoma buscando algo, comida, afecto tal vez. O tiene curiosidad. Parece temer una agresión, y está dispuesto a dar un zarpazo si lo molestan mucho. Yo no necesito la comida de mamá, incluso me desacostumbré a lo que ella cocina, me suele caer mal. Creo que no busco afecto ahí y no tengo mucha curiosidad. Temo un poco los zarpazos ajenos, pero no tengo el reflejo de dar zarpazos cuando me molestan. ¿O sí? ¿O sí busco comida o afecto? ¿O sí doy de vez en cuando un zarpazo cuando me molestan? ¿Qué busco en mis visitas a la casa de mamá?
Cuando la visito, veo a mi padre también, pero a él sólo por unos pocos minutos; después se va a acostar a ver la televisión y me deja con ella el resto de mi tiempo de visita. Nuestras conversaciones son sobre vecinos que van muriendo o parientes que no vi ni ella vio por años. Se entusiasma un poco con otras cosas, le gusta hablar de arreglos posibles a la casa, de pequeñas intervenciones suyas para solucionar un problema eléctrico o de plomería, pero eso no le ocupa mucho tiempo. En esas visitas, a veces, pocas veces, coincido con mi hermana. Antes, mamá hablaba de bebés sobre todo con ella, pero desde que a mi hermana empezó a irritarle ese tema (desde que pasó largamente los cuarenta años, y asumió que no tendría hijos), mamá habla de bebés más conmigo. De Daniel en particular sigue hablando con los dos. Cada tanto hace referencia a otros bebés que conoció o que ve en el vecindario o en la televisión. O bebés que conoció en otra época. Con mucha frecuencia habla de los hijos de Blanca.
Blanca era una amiga de adolescencia de mamá, algo mayor que ella. Era muy morocha pero alta y elegante y atractiva. Hacía una vida bastante liberal, salía mucho, no tuvo un novio fijo hasta bien entrados los treinta. Se terminó por casar con un muchacho bajito y rubión, que estaba a cargo de un taller mecánico, que había heredado del padre, muerto de un ataque cardíaco cuando su único hijo era apenas un adolescente. Se enamoró de Blanca y decidió ignorar las diferencias de altura, de edad (él tenía poco más de veinte años, ella le llevaba más de diez) y de color de piel, y casarse. En todo era un hombre con iniciativa: hacía dinero; desde la muerte del padre el taller había prosperado mucho, pero quería más y decidió irse a Estados Unidos. Ese hombre era tan diferente de tu padre, le decía a mi hermana y ahora me decía a mí, tu padre era tan alto y lindo, pero tan conformista, nunca tuvo ambiciones en el trabajo. Blanca y el mecánico se casaron meses después de la muerte de Daniel, y tuvieron enseguida dos hijos, un año tras otro, y al siguiente se fueron a Chicago. Eran bebés tan feos, nadie daba dos pesos por ellos, tan chiquitos, recuerda mamá. Mamá tardó unos años en volver a quedar embarazada; por fin tuvo a mi hermana y, tiempo después, nací yo. Dice mi mamá que le envió a Blanca una foto con mi hermana de cuatro años y yo recién nacido: ustedes eran tan lindos y blanquitos, qué pena que no me quedé con una copia, esa foto es la mejor de ustedes, se lamentó. Blanca, desde Chicago, daba a conocer lo contenta que estaba de haber acompañado las decisiones de su marido: en Estados Unidos no importan nuestras diferencias de estatura, ni de edad, ni de piel; acá es como que él y yo nos parecemos más, reflexionó Blanca en una de las pocas cartas que enviaría a mamá.
Mamá y su amiga no se vieron por más de veinte años, hasta que Blanca visitó Buenos Aires con sus dos hijos varones, morochos pero de piel bastante clara y muy altos, incluso más altos que la madre. Los hijos de Blanca tendrían veinticuatro o veinticinco años, y uno era casi ingeniero, el otro casi dentista. Casi ni abrieron la boca en el par de minutos que estuvieron en nuestra casa, donde dejaron a su madre con nosotros tres (mamá, mi hermana y yo; mi papá trabajaba). En Estados Unidos, Blanca y su marido tuvieron una hija, que salió muy morena, más que su madre, pero bajita como el padre; viajó sola una vez a Argentina y la pasó horrible, dijo Blanca, sin explicar mucho por qué. Lo de la chica no es raro, pero ¿de dónde salieron esos muchachos tan hermosos? Debe ser la comida norteamericana, o la vida norteamericana en general, se preguntaría y respondería mamá días después. Mientras mamá iba pensando esas cosas, Blanca contaba que ellos tenían grandes autos y estudiaban en la universidad, con un ritmo muy intenso y tiempos muy estrictos: allá no se puede perder tiempo, decía Blanca, los estudios son caros y exigentes. Mi hermana y yo escuchábamos sin decir mucho; habíamos terminado la escuela secundaria un par de años atrás y estábamos empezando y dejando carreras distintas. Salimos del departamento unos minutos después que los hijos de Blanca con la excusa boba de que teníamos que “hacer unas compras”, y dejamos a las amigas conversando. Tuvimos una última imagen de ambas por la ventana: se habían olvidado de nosotros en el instante que salimos. Las cortinas suavizaban la imagen de las dos, hablaban sueltas y relajadas, y me pareció casi ver la muchacha que mamá había sido, y también la muchacha alta y ágil que había sido Blanca.
La visita de Blanca con sus dos apuestos hijos adultos produjo un impacto muy fuerte en mamá. En esos años, mi hermana y yo vivíamos todavía en esa casa, empezábamos a trabajar, empezábamos a estudiar, queríamos irnos a vivir a otro lado pero nos faltaba dinero. Daniel habría sido amigo de los hijos de Blanca, afirmó mamá. Él los habría protegido cuando eran chicos, tan feítos y chiquitos, pero al pasar la adolescencia y volverse ellos también altos y hermosos serían amigos, saldrían juntos, a lo mejor los tres estudiaban lo mismo. Pero los hijos de Blanca crecieron en Estados Unidos, mi hermana o yo objetamos. A lo mejor tendríamos que habernos ido también nosotros a Estados Unidos, dijo mamá, que nunca quiso salir de la ciudad, y ni siquiera del barrio de Barracas. En su momento, el mecánico se lo sugirió a tu papá, me explicó. Ellos eran medio amigos; papá apareció un día ante mamá con la idea de irse a Estados Unidos, pero ella no quiso, y él no insistió mucho. ¿Tendríamos que habernos ido a Estados Unidos?, le preguntó hace poco mamá a mi papá, mientras él se iba de la cocina para acostarse a ver un partido de tenis. Él se encogió de hombros y siguió camino hacia el dormitorio y el televisor.
Mamá habla de cómo sería Daniel hoy; cada tanto lo ve en una nueva escena, pero termina por volver al nacimiento y sus breves meses de vida, al hospital Rawson; la referencia al hospital Rawson la hace llegar también al hospital Británico, donde nacimos mi hermana y yo. Ustedes tuvieron más suerte que Daniel, dice mamá como diciendo qué curiosa puede ser la vida; ustedes nacieron en el hospital Británico, subraya. El hospital Británico también era amplio, pero no ventoso y frío y oscuro sino cálido, luminoso, acogedor, soleado. Las ventanas de los cuartos daban a una galería y a un verde jardín. Tenía nurses, no enfermeras, recuerda. Ellas cuidaron bien a mamá, cuidaron al bebé que fue mi hermana, cuidaron al bebé que sería yo. Ni loca volvía a tener un hijo al hospital Rawson, juré no pisar ese lugar nunca más, decía mamá. Además de que había decidido que debía recibir mejores cuidados, mamá estaba orgullosa del ascenso social que suponía haber pasado al hospital Británico, un hospital privado, caro; el seguro sólo cubría una parte, pero estábamos dispuestos a hacer el esfuerzo, decía. Mamá usaba algunas palabras inglesas además de nurse, un par de médicos tenía apellidos británicos también; ella hablaba y tomaba un cierto atildamiento, como si recibiera una vaga influencia británica.
En mi infancia yo veía esa imagen blanca y británica de mamá, pero con el tiempo mi imagen del hospital Británico fue cambiando, imaginaba el verde jardín no con un estilo londinense sino más bien tropical, con palmeras y plátanos, como si el hospital fuese el que una esmerada sociedad filantrópica instaló en algún lugar del Imperio, en Kenia o Rhodesia o Guyana o Ceylán, como si los pacientes fuesen no ingleses sino hindúes o africanos. Entonces la imagen de mamá se me hace más humilde y morena que la de la foto de Mar de Plata o que la que tendría al ingresar al hospital Rawson, muy diferente de la imagen de las profesionalmente caritativas enfermeras que llegaron a ese hospital como voluntarias de una iglesia anglicana, vestidas también de blanco, con un ligero, sobrio uniforme de verano.
Los hijos de Blanca, en cambio, nacieron en la maternidad de la Pequeña Compañía. Mamá cuenta que, después de lo sucedido con Daniel, había discutido con Blanca, que ya estaba embarazada, dónde era mejor tener hijos. El hospital Británico era una primera opción, era prestigioso y estaba también en Barracas, pero Blanca decía que prefería la Pequeña Compañía, en Barrio Norte; era todavía más caro, no era inglés sino de monjas irlandesas. A Blanca no le gustaba mucho Barracas: ella prefería divertirse, ir de compras, y también tener hijos fuera del barrio.
Cuando era chico, el nombre Pequeña Compañía me desconcertaba, un lugar supuestamente importante pero con esa paradoja de la palabra pequeño en el nombre. No había nada bueno en lo pequeño; en la escuela primaria yo me sentía demasiado pequeño, más pequeño que mis compañeros y hasta que mi hermana; muchísimo más pequeño, claro, que lo que sería Daniel. Igual yo quería que Daniel apareciera. Todos estarían contentos, hasta mi padre, que compensó su falta de impulso para tener trabajos mejores con más horas ocupadas: trabajaba como quince horas diarias seis días por semana, y se lo veía poco. Igual tenía buen carácter, aunque era un poco distante, siempre algo cansado, supongo. Hasta él conseguiría sentirse más animado y contento si apareciera Daniel; ni qué hablar de cómo se sentiría mamá. Yo escuchaba un golpe en la puerta, y abría. No era una aparición mágica; yo necesitaba que eso fuera verosímil, así que fabulé una historia completa que justificara la aparición: el bebé en realidad había sobrevivido, una enfermera o un médico sin hijos lo habían robado. No pudieron resistirse a ese bebé de aspecto tan sano pero con los pulmones débiles. Mueve más a la ternura y protección una persona firme, pero con un punto débil que lo vuelve vulnerable, que alguien pequeño y débil por todos lados, que a veces dan ganas de proteger pero que más que nada genera impaciencia y hasta irritación. Daniel había crecido, cada vez más parecido a mi padre gracias a su herencia genética, se había enterado de su condición de adoptado en el lecho de muerte de la enfermera —yo en esa época veía telenovelas que me aportaban circunstancias, imágenes, hasta líneas de diálogo—; Daniel buscaría el nombre de mi padre en los polvorientos archivos del hospital Rawson, no en el activo sector de fallecimientos de los ancianos internados sino en los viejos registros de nacimientos, miraba el nombre de mi padre y mi madre, averiguaba el domicilio, y allá iba. Yo estaba en mi casa solo, justo mi madre y mi hermana habían salido, mi padre por supuesto no estaba, golpeaban la puerta, abría. En ese momento ya no sabía qué inventar, pero, como me sucede en los sueños, no terminaba de haber un final feliz: a veces imaginaba que la casa de mis padres le resultaba opresiva, insana para sus pulmones siempre débiles, y se iba; a veces sentí que lo que le resultaba deprimente era mi pequeña compañía; otras veces sentí que él percibiría que no había lugar para él en esa casa. Lo cierto era que siempre yo pasaba a ver el departamento de mis padres con sus ojos: lo veía chico, con poco aire, con poca luz. Era imposible que a nadie le gustara ese departamento. Era un espacio para pocos en el que ya sobraba gente. Hasta cuando estaba vacía parecía que sobraba gente.
Con los años, el nombre de Pequeña Compañía cambió de sentido para mí; terminaría por ver algo medio coqueto y un poco estúpido, como siempre que se combinan la zona norte de la ciudad, instituciones privadas y religión. Son lugares de vidas bien recortadas, separadas y protegidas de grandes espacios públicos y ventosos. Incluso el hospital Británico no parecía ser lo suficientemente privado; el hecho de que hubiera una referencia nacional en el nombre le daba un cierto matiz público. Igual mejor el Británico que la Pequeña Compañía, por favor, dijo una vez mi hermana. Mi hermana adopta súbitos aires británicos: es culta, delgada, liberal, irónica, tolerante cuando está de buen humor, desdeñosa y hasta un poco ácida en los malos días; despreciaba a monjas irlandesas ocupadas sobre todo de los dorados niños de la zona norte de la ciudad. Lo de Pequeña Compañía, alguien me dijo hace poco, es por lo de “pequeña compañía de María”, aunque sigo sin entender por qué lo de pequeña. De todos modos, el sanatorio se llama ahora Mater Dei, y ya no tiene irlandeses sino alemanes. No me gusta ese nombre, sigue siendo religioso pero con algo frío y vacío y oscuro de catedral.
En mi adolescencia seguí con las fantasías sobre la aparición de Daniel; mi hermana tenía otras, me dijo hace poco, aunque no las detalló mucho; sugirió algo del terreno de lo sexual. Yo no tenía fantasías eróticas con Daniel; quizás alguna vez sí, pero sobre todo las tenía con mi papá. En esa época nos guardábamos esas fantasías para nosotros, y todavía hoy a mi hermana le da un poco de vergüenza hablar de eso. Después, los dos nos fuimos de la casa familiar; en esos años estábamos enojados con las historias alrededor de Daniel, como con tantas cosas relacionadas con nuestros padres. Dejamos de pensar en telenovelas familiares y tendimos a hacer una dura interpretación con ayuda de nuestros psicólogos. Qué disparate todo esto, decíamos; estábamos convencidos de la existencia posible de un modelo mejor de familia y medíamos la exacta y enorme distancia entre la realidad de nuestra familia y ese modelo. Ese modelo era, por cierto, muchísimo más fantasioso y, para nuestras personalidades, menos accesible que la realidad que en efecto vivíamos, con Daniel incluido.
Blanca volvió a los cinco años de su primera visita. Por entonces, ni mi hermana ni yo vivíamos con nuestros padres, pero justo estábamos en casa cuando apareció, esta vez sola. A mis hijos no les gustó acá, informó. Encontraron todo tan chico. Se golpeaban la cabeza en las puertas del subte, tan bajas. A la hija tampoco le había gustado, ni loca va a volver, tiene mucho trabajo allá, es trabajadora social y se ocupa de latinos con problemas migratorios. Mamá dijo lamentar que ellos, los hijos varones, no hubieran venido; después lo dijo de nuevo, y notamos que realmente lo lamentaba: al instante me di cuenta de que mamá tenía la fantasía de que uno de ellos se enganchara con mi hermana, quien a su vez se dio cuenta de la fantasía de mamá aun antes que yo. En la mirada de mamá hacia su hija había cierto escepticismo, como un comerciante cuando mira un producto que ocupa una buena parte del negocio y que será muy difícil vender. Y Blanca percibió la misma intención, tal vez antes que yo o que mi hermana: no vinieron, además, porque están con sus novias, dijo. Las conocieron en el campus de la universidad, agregó. Blanca conoció el campus cuando fue a la graduación de sus hijos, uno de ingeniero, el otro de dentista: recordó una especie de campo verde con grandes y hermosos edificios, lo que la hacía hablar de campus y no de universidad a secas. Insistió en cuán verdes son los campus, produciendo un tal vez involuntario contraste con los edificios donde mi hermana y yo estudiábamos, en los que no había ni un potus. Las novias de mis hijos son altas, una un poco más rubia que otra, odian el cigarrillo. La más rubia es irlandesa, su familia es muy católica, son un poco pesados, dijo Blanca, con un gesto de desdén pero con un vago orgullo por algo que en algún punto daba un cierto lustre; ser católico allá no es como ser acá, podría haber agregado. Me pregunté si esa actitud era una lejana consecuencia de su pasaje por la Pequeña Compañía. Gracias a Dios que los chicos salieron a mí en altura; pueden mirar a esas chicas sin levantar la vista, concluyó.
La nueva visita de Blanca realimentó los relatos de mamá sobre Daniel. Sí, Daniel habría acabado por vivir en Estados Unidos, afirmó. Se habría graduado un par de años antes que ellos. Tal vez habría entrado a trabajar en una empresa multinacional, así tenía la posibilidad de venir a Buenos Aires con frecuencia. Y ayudar con algo de dinero para reforzar las jubilaciones, para arreglar la casa, instalar un equipo de aire acondicionado, protegernos con su seguridad y su cariño y su previsión. Mi hermana y yo a duras penas pagábamos los alquileres de nuestros departamentos, no pedíamos plata pero a mamá tampoco podíamos darle nada, nuestros estudios estaban todavía por la mitad, la visitábamos a desgano cada dos semanas, nos mostrábamos un poco hostiles y poco y nada protectores.
Con mi hermana ahora hablamos, relajadamente, a veces con un tono triste, a veces con súbito entusiasmo y pasos en círculos fumando y levantando la voz, del lugar que Daniel habría tenido o tiene entre nosotros. Las fantasías eróticas de la adolescencia desaparecieron. Cuando era chico, Daniel era a veces un hermano mayor protector. Ahora no estoy tan seguro de que lo hubiera sido. Daniel tendría ahora como cincuenta años, ya sería demasiado viejo como hermano mayor, es más bien un tío, dijo, desdeñosa, mi hermana, que tiene más de cuarenta pero que ve los cincuenta como una frontera todavía distante. Daniel me hubiera protegido de mis compañeros de escuela, eso es casi seguro, le dije a mi hermana, es un rol que naturalmente un hermano mayor adopta. No me acuerdo de que tus compañeros te hayan maltratado, me contestó, más extrañándose por su propia mala memoria que dudando de la realidad de lo que le decía. No, no me maltrataron mucho, corregí y admití, pero Daniel me habría protegido si me hubieran maltratado. ¿Por qué será que no me maltrataron?, me pregunté, y me sigo preguntando a veces. Siempre me asombra un poco que la gente me haya tratado en general tan bien. Bueno, un poco sí te maltrataron, acordate de Marcelo Barcones, el que cayó en tu escuela porque lo echaron del Don Bosco, dijo mi hermana; este tipo de exploraciones siempre resultaban en la exhumación de viejos nombres propios de personas y lugares. Tenía razón: Barcones era un compañero gordo y agresivo de mi escuela primaria, a la que se incorporó en el cuarto grado; buscaba que yo lo ayudara en sus tareas y, cuando no lo hacía, me trataba con desprecio y me insultaba frente a los demás. Yo me había olvidado por completo de él, o mejor dicho había dejado de acordarme por mucho tiempo, prefería no seguir hablando de cosas mías, y le señalé a mi hermana: Daniel no habría permitido que Abel Solórzano se comportara con vos como se comportó. ¿Qué era lo que había hecho Abel?, preguntó mi hermana con gran lentitud, como dando tiempo a que reapareciera la imagen de uno de sus novios de adolescencia. Estar tomando un trago y besándose con otra chica en la confitería Las Palmas, en Entre Ríos y Caseros, cuando se suponía que salía con vos, le contesté. Bueno, no fue para tanto, no era tan claro que todavía estuviéramos saliendo, y además a la larga Daniel se iba a cansar de intervenir, explicó y se rió un poco mi hermana; ella tuvo varios novios pero sus relaciones nunca duraron mucho, y los finales suelen ser dramáticos.
Después de unos momentos de silencio, se removió en el sillón y dijo: me parece que Daniel habría sido un poco tarado; a esta altura ya debía ser gordo y panzón, me lo imagino robusto pero no deportista. Y capaz que nos trataba mal, enfatizó. Girando la cabeza y mirándome a los ojos, agregó: seguro que iba a ser homofóbico. Sí, seguro, contesté, bastante inseguro en realidad. A veces me lo imaginaba homofóbico pero no conmigo, lo que me enternecía, él hacía con su pequeño hermano una cariñosa excepción. O por ahí no terminabas homosexual, dijo mi hermana, mirando otra vez a otra parte, hacia un lugar donde yo no estaba, hablando a quien yo no era. Esas cosas resultan de ciertos roles entre los miembros de la familia, ¿no?, agregó, menos asertiva. Me quedé callado: la existencia misma de uno entra en discusión al imaginar cambios en la familia; de hecho, si Daniel hubiera sobrevivido lo más probable era que yo no existiera: dos sí, pero ni loca iba a querer tener un tercer parto, cada embarazo mío fue la muerte, suele decir mamá. Sí, quién sabe qué habría pasado si Daniel vivía, terminé por decirle a mi hermana, la frase que creo que usamos cuando buscamos concluir la conversación más que para abrir otros itinerarios posibles.
Los años van pasando, y la situación de mis padres cambia poco: siguen solos en su departamento, mi hermana y yo los visitamos cada tanto. A pesar de sus ochenta años se las arreglan bastante bien entre ellos; mamá tiene nostalgia por un mundo en que sería mejor atendida, pero tampoco pretende ninguna ayuda nuestra, o desconfía de que tal ayuda pudiera ser efectiva; mi papá no pide nada. Y cada vez están más concentrados en sus vidas, en seguir un minucioso cronograma de visitas a médicos, a laboratorios, a la obra social, en el que cuando uno intenta intervenir aparece como un intruso. Sigo viendo muy brevemente a mi papá, cuando me abre la puerta y me sonríe y me pregunta cómo estoy antes de irse a descansar y ver la televisión; lo veo más o menos como cuando yo era chico y él trabajaba tanto. Mamá se queda un rato conmigo, pero me parece que se aburre un poco. Mamá ya fue ama de casa por cincuenta años, y a veces me pregunto si le habría gustado o si hubiera podido hacer otra cosa; dice que nunca le gustó lavar, cocinar, planchar, hacer compras diarias. Sí le gusta encargar pequeños arreglos o hacerlos ella misma. A veces pienso que habría sido una buena plomera, o electricista, si tal proyecto se le hubiera podido presentar como posible. Le gustan también los bebés, y los niños hasta dos o tres años; le gusta recordar la blancura de la sala de partos y de las nurses o de los médicos. ¿Habrá fantaseado mamá con ser una enfermera? O tal vez nodriza, amamantando un bebé por mucho tiempo, amamantando a un bebé y enseguida a otro y otro, como si siempre estuviera con el mismo. Un bebé que no debía ser de ella, le gustaban los bebés, no los partos. A lo mejor no tiene sentido pensar esto, tal vez a mamá no le haya interesado ninguna ocupación permanente, y con estas especulaciones parezco uno de esos padres que todo el tiempo buscan en sus abúlicos hijos adolescentes indicios de interés por algo a lo que puedan dedicarse metódicamente en el futuro.
Hace unos meses, mientras buscaba algo en el listado de lugares de atención de mi cobertura médica, vi que podía atenderme en el hospital Británico. Así que, después de más de cuarenta años, por primera vez desde los días de mi nacimiento, estuve en ese lugar. Había sol pero el jardín central no tenía palmeras ni plátanos, y no estaba rodeado por galerías abiertas sino por pasillos muy calefaccionados y transitados. Los pacientes no eran medidas señoras blancas y de pelo enrulado ni humildes o agradecidos hindúes o africanos sino gente regular dispuesta a enojarse por los tiempos de espera o por cualquier cosa, y el personal se veía sobrecargado y con tan pocas ganas de estar ahí como los pacientes. Me preguntaron si era la primera vez que me atendía en el hospital: les dije que nací allí, pero no me escucharon o no importaba, porque pusieron mi nombre en una carpeta con una hoja en blanco, una futura historia clínica.
Le mostré a mamá su vieja foto en Mar del Plata; yo la había encontrado hacía mucho tiempo y me la había quedado sin que ella lo supiera. No sé bien por qué se la mostré: tal vez con simple curiosidad por su reacción; tal vez en efecto yo dé vueltas alrededor de mamá como un gato, con cierta cautela y tratando de evitar un zarpazo, aunque al mismo tiempo me acerco lo suficiente como para recibirlo. Ella la miró por un rato, después dijo: “esa foto me la sacó Blanca”. La siguió mirando, y concluyó, suspirando: “En esa foto ya estaba embarazada de Daniel”. La foto perdió toda su liviandad; la belleza y la juventud de la imagen hacía más dramático el contraste con la tragedia inminente, como en las revistas en que ponen la foto más feliz y hermosa de una muchacha para acompañar la noticia de que acaba de morir de un accidente de tránsito o suicidándose o por un cáncer. Enseguida me pregunté por qué mamá me mintió; el embarazo de Daniel fue varios años más tarde, ni siquiera conocía a mi papá. ¿Habrá sentido que yo invadí una época suya que no me corresponde? ¿Le habrá molestado que yo mostrara interés por una versión de ella que no era la presente? Después, ella me mostró dos fotos que acababa de recibir por correo: la familia de Blanca, con su marido bajito, pelado, más joven pero más envejecido que ella, los dos hijos con mujeres que sonreían tanto como es posible en Estados Unidos, algunos bebés, incluso un par de chicos de unos cinco, seis años; la hija menor, un poco a un costado y sin niños cerca pero también sonriente.
Mi hermana me contó después que también a ella le mostró la foto de la familia de Blanca, y le habló de las personas que allí se veían, cuáles se parecían más a las madres o a los padres, a los abuelos o incluso a otros parientes que mamá había conocido. Sobre todo, habló de los bebés, a pesar de que es un tema que en general evita con ella; noto que últimamente habla un poco menos de cómo sería Daniel hoy y cómo intervendría en su vida, y un poco más de cuando fue un bebé. Habla o pregunta muy poco de mi vida presente y la de mi hermana, y nosotros tampoco le decimos mucho, en realidad no le decimos casi nada. Mi hermana a veces se enfurece con mamá, sobre todo cuando vuelve a hablarle de bebés; me dijo que tal vez, dentro de poco, la íbamos a tener que internar en un geriátrico, tal vez el que funciona en el ex hospital Rawson.
No vamos a hacer eso, no sé qué vamos a hacer mi hermana y yo; en realidad todavía no puedo pensar en ese futuro: sigo en el presente, de vez en cuando en el pasado. Cada tanto necesito recordar pequeños o mayores eventos de nuestras vidas, momentos importantes o cotidianos, largos procesos por los que atravesamos o acontecimientos puntuales: mi hermana y yo fuimos a la escuela, a la universidad, mal o bien estudiamos, probamos distintos cortes de pelo, tuvimos relaciones sentimentales y rupturas, elegimos y compramos ropa, hacemos gimnasia, tuvimos y tenemos trabajos, a veces tomamos sol, nos enfermamos y nos tratamos y nos cuidamos, creemos que acumulamos algo y como todo el mundo cada tanto perdemos mucho, tenemos amigos, hablamos de películas y política y libros y otras cosas, tenemos convicciones sobre cómo debería ser el mundo, vemos las diferencias con la realidad y decimos cómo habría que corregirla, nos consideramos mejores de unos y peores que otros, nos vamos de vacaciones, y todo eso parece formar una vida que es tan digna de atención o trivial como cualquiera. Pero siempre se siente una insuficiencia; el no tener hijos parecería ser una falta central, pero intuyo que la insuficiencia está en otra parte. Mamá tiene una profunda percepción de esa insuficiencia, y su interés por los bebés —y por Daniel en particular, que seguirá siendo el único bebé de la familia— es su forma de señalarla.
Mamá seguirá hablando de bebés, no sólo porque es un tema que le resulta más interesante que la vida presente, sino tal vez porque las otras cosas de las que se está enterando estos días le resultan inquietantes o alarmantes, más que cualquier cosa del pasado, desde las bombas de la segunda guerra mundial que apenas escuchaba cuando era joven hasta sus dichosos partos. La noticia más reciente que recibió de Blanca fue que su marido tuvo un derrame cerebral y está paralizado, y ella debe cuidarlo. Hubo una confusión con un medicamento, un anticoagulante del que tomó algo así como diez unidades en vez de dos y la sangre se derramó dentro de su cuerpo como si no tuviera venas o arterias. Blanca llamó a mamá por teléfono para contarle. Quién lo hubiera dicho, comentó brevemente mamá, el más joven de nosotros termina así, y Blanca esclavizada cuidándolo, la hija y las nueras no la ayudan mucho, y no tiene ganas ni de ir a visitar a los hijos y los nietos, me explicó, en presencia de mi papá. Él contó luego que había ido al cementerio porque una pariente lejana, Gloria, había muerto; mamá no fue, porque se impresiona. Vio el momento en que el cajón ingresaba al crematorio. No me dio detalles, pero me imaginé una cinta transportadora ascendente, cajones en fila que van entrando por una compuerta, se llega a atisbar el fuego en el interior del horno. Paf, ochenta años hechos ceniza, dijo mi papá, se encogió de hombros y se fue al cuarto a ver televisión. Mi papá parece no preocupado por cuestiones de trascendencia, bebés, otras realidades mejores o peores que la presente, esas cosas que sí le preocupan a mamá. Ella y yo nos quedamos en la sala, hablando un poco más de un mundo mejor, más completo y con Daniel y más sentido y más soleado y feliz.

*Autor
Eduardo Muslip publicó las novelas Hojas de la noche (Colihue, 1995) y Fondo negro: Los Lugones (1997). Además, los relatos de Examen de Residencia (2000), Plaza Irlanda (2005) y, más recientemente, Phoenix (2009). Estudió Letras en la UBA y en la Arizona State University. Actualmente es profesor en la Universidad Nacional de Gral. Sarmiento.