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La noche de la camioneta
Laura Gentilezza*

El plan era quedarme un mes a terminar mi tesis, por eso elegí un lugar tranquilo, sin las distracciones que en Buenos Aires me mantuvieron desconcentrado todo el año. Un compañero del Instituto de Filología me había hablado de un pueblo del Uruguay. Dijo que era familiar. Lo imaginé adecuado para mi trabajo y entonces fui.
Me alojé en un hotel de playa, como lo habían llamado en la agencia de turismo para justificar sus pocas comodidades. Desde lejos parecía abandonado, estaba a un kilómetro del centro y a dos cuadras del mar. Mi habitación daba a una terraza del contrafrente donde fumaba antes de dormir.
A las dos semanas ya me había habituado a las costumbres del lugar. En vez de servir el café en pocillo lo hacían en un vaso largo. Había que esperar a que se enfriara para no quemarse. Me gustaba tantear el vidrio hasta poder agarrarlo. Al principio, las yemas de los dedos se quemaban pero, cuando podía apoyarlas, la mano entera se entibiaba y rodeaba al vaso caliente.
A la noche cenaba en algún restaurant de la peatonal, a la mañana caminaba por la playa y me bañaba en el mar.
Un día nublado llevé una reposera y algunos textos que necesitaba leer para la tesis. Vi en el agua, no muy lejos de la orilla, algunas siluetas negras. Eran chicos haciendo surf. Quedé encantado. Los miré un rato. La técnica parecía sencilla desde la reposera. Acostados sobre la tabla, remaban con los brazos hasta pasar la rompiente y medían las olas. La clave era montarla antes de que la cresta se doblara hacia adentro.
Surfearon casi dos horas. Luego se recostaron en la arena, algunos con el traje de neoprene puesto, otros con el torso desnudo y las mangas colgadas. En un rato la playa se llenó de esos jóvenes perfectos que yo sólo veía desde lejos. Entre ellos había uno que tendría diecisiete años y llevaba el traje hasta la cintura. Tenía la piel aceitunada y el pelo negro bien oscuro. Corrió hasta la orilla a enjuagar la tabla y volvió, ágil, como si se paseara para mí.
El cielo empezaba a despejarse y el sol molestaba. Sacó de un bolso una gorra blanca con visera y se la puso. En eso, desde un parador, se le acercó una chica en minifalda de jean y se besaron. Retomé la lectura por unos minutos y, cuando me aburrí, regresé al hotel.
Se nubló de nuevo y llovió un par de días. Los pasé encerrado en mi habitación, comiendo lo poco que preparaban en el buffet. Cuando paró, salí a cenar. Caminé por la peatonal. La gente aburrida por la lluvia y los nenes que lloriqueaban para que les compraran cosas se repetían en cada cuadra. Quería llegar al final de la peatonal, donde había varias librerías, a ver si encontraba alguna novela para distraerme. Y ahí lo vi. No pude verle bien la cara porque estaba acompañado por otros jóvenes, pero sí la gorra blanca. Había tanta gente que me costaba mucho seguirlos. Los vi doblar por una calle oscura y me apuré. Entraron en una pensión. La puerta estaba abierta.
No sé cómo me animé pero, en vez de volver al hotel a leer, crucé el zaguán y, muy despacio, la cancel. Había un pasillo largo con puertas. Cada una tenía un farol encima que iluminaba el corredor. El de la primera estaba apagado y en esa oscuridad me escondí a ver qué hacían. Caminaron hasta la mitad y se metieron en una habitación. Me acerqué a la ventana. La luz encendida dejaba distinguir las formas a través de la cortina. Había tres hombres jóvenes con él. Lo vi inclinado sobre una mesa con los pantalones a medio bajar. Lo vi enfrentado a la pared, erguido con las manos apoyadas. Lo gozaron todos.
Iban a salir. Antes de que lo hicieran retrocedí y llegué a la vereda. Me metí en un umbral, él apareció solo. Contaba dinero. Pasó frente a mí y miró hacia el hueco oscuro donde yo me había escondido. Estoy seguro de que me vio. Quise seguirlo, hablarle. Cuando me decidí, antes de que él se perdiera en la peatonal, los otros tres salieron y me acobardé.
Tomé un café en un bar casi vacío. Me quemé los dedos y solté el vaso de golpe, se volcó. Ese chico que parecía un personaje de serie norteamericana era, en realidad, como yo.
Volví al hotel a la medianoche. En la recepción la hija de la dueña dormía con el pelo rubio desparramado sobre el mostrador. La desperté para que me diera la llave pero no tuve que pedirla, sabía en qué habitación estaba.
Había llegado otra vez, como en Buenos Aires, a un punto sin salida en el trabajo de mi tesis. Esto me angustiaba. A fin de mes debía presentarle a mi tutor algún avance que justificara mi beca. Trataba de librarme de esa presión y concentrarme en el trabajo pero el encierro me ponía muy ansioso. Se me hizo costumbre entonces ir a leer a la playa por la mañana. Erraba un poco pero siempre terminaba sentado donde estaban ellos. Él no aparecía.
Después de cenar lo buscaba en la peatonal, pero nada. Una noche, la noche de la camioneta, lo esperé en la puerta de la pensión más de una hora. No apareció y regresé a mi cuarto. Trabajé hasta las dos de la mañana. Después salí a fumar un cigarrillo a la terraza.
En un playón detrás del hotel, había una torre abandonada de Obras Sanitarias. Al lado de esa torre se estacionó la camioneta. Era una F-100. Las puertas oxidadas rechinaron. Se bajaron dos tipos y, de la parte de atrás, bajaron a otro que parecía desmayado. Lo arrastraron hasta la columna del tanque y pude distinguir la gorra blanca. Lo apoyaron contra la pared y lo remataron de dos balazos. Quedó ahí tirado, hermoso. De la camioneta sacaron una lona y lo envolvieron. Lo ataron con unas sogas, la gorra blanca cayó cuando lo levantaron. La torre tenía una puerta muy chica, imaginé que sería un cuarto de guardado o la escalera. Ahí lo metieron.
El cigarrillo se consumió hasta quemarme los dedos y lo solté de golpe. Cayó y cortó la oscuridad como una gota de fuego. Una flecha que quizás me delataba.
Me encerré con llave y me senté en la cama. No sé cuántos más fumé, pero en algún momento me di cuenta de que el cuarto estaba lleno de humo. Me ardían los ojos. Fui a ducharme. Me desvestí. La ropa quedó tirada sobre las baldosas frías. Iba a entrar en la bañera cuando me vi en el espejo. Desnudo, los ojos irritados, ojeroso. Nunca lloro pero esa noche me largué a llorar. Me di una ducha muy larga. Creo que el agua estaba fría.
No pude dormir. Tenía que denunciarlo. Tenía que decir que había visto un asesinato, un joven había sido baleado en la vieja torre de Obras Sanitarias, detrás del hotel, su cuerpo estaba envuelto en una lona y escondido dentro de la torre. Nunca antes había visto a ese chico. Hasta las seis repetí la historia para creerla y bajé a la recepción.
Consulté por la comisaría. La rubia me indicó pero me aconsejó ir más tarde, hasta el mediodía hacen una recorrida, me dijo, y no están en la seccional. Fui a comprar fiambre para comer un sándwich mientras hacía tiempo. Cuando volví mi llave no estaba, la rubia me dijo que estaban haciendo la habitación subí igual.
El placard estaba vacío. Al lado de la puerta estaban mis valijas hechas. Las tomé y bajé a buscar ayuda. En el lobby no había nadie. Quise llamar a la rubia pero vi la F-100 estacionada en la puerta y al lado un taxi.
Pensé en correr pero el taxista me abrió la puerta. Subí. Habló todo el viaje, no sé qué me dijo. Por el espejo retrovisor vi a la camioneta seguirnos hasta el puerto.
El río estaba muy bajo y el barco no pudo salir a tiempo. Me tomé un café. Lo sirvieron en un pocillo. Blanco, corto y con asa.

*Autora
Laura Gentilezza (Avellaneda, 1982) estudió Letras en la UBA y dicta clases de Literatura en escuelas secundarias de Avellaneda. Asistió al taller de narrativa de Hebe Uhart, y actualmente al de Alejandra Laurencich.