Volver Menú
A las cuatro, a las cinco, a las seis
Alejandra Costamagna*

Pasó por no castrarlo, por no oponerse a la naturaleza. Había llegado a las tres y media de la madrugada arrastrándose, con el hocico y la oreja izquierda hechos un pelotón de pus, y hubo que llevarlo de urgencia –cinco kilos doscientos, apetito disminuido, cólicos– a la Posta Central, porque a esa hora no había ninguna clínica veterinaria abierta.
Isidora lo envolvió en una toalla y pidió a Javier que llamara a un radiotaxi.
El gato emitió un maullido agudo y penetrante, igual que una guagua.
–¿No hay forma de que lo curemos nosotros? –bostezó Javier. Tenía las marcas de la almohada como dibujadas en la cara.
–Llevo una hora en eso, ¿no te das cuenta? –dijo Isidora. Hubiera preferido ser más amable. Pero le salió así.
Sobre la mesa había un frasco de yodo, y la alfombra lucía nevada de algodoncitos con sangre.

***

Durante el trayecto hacia la Posta no hablaron. Era evidente que la conversación de la noche anterior aún los tenía aturdidos. Y ahora, encima, el gato.

***

Los auxiliares del servicio de urgencia los miraron como a un par de desquiciados. Al gato, en cambio, lo observaron con lástima. En la sala de espera una docena de guaguas berreaba y los padres, la mayoría de los padres, llevaban mascarillas de emergencia. Una niña de cara roja escarlata, con la mascarilla puesta en la cabeza como un gorro de cumpleaños, se les acercó y apuntó hacia el animal:
–¿Qué tiene el gatito?
–Se peleó con la polola –respondió Isidora con forzada amabilidad.
El gato hizo un ruido que sonó como el crujido de un catre. A la niña pareció hacerle gracia el ruidito. Isidora entonces lo sacó de la toalla, lo tomó en brazos y caminó hasta el mesón de informaciones. Javier se quedó de pie, con la toalla en la mano y la niña que ahora lo miraba como si él fuera el enfermo, el más enfermo de todos.
–¿Se va a morir? –le preguntó.
–¿Quién? –dudó Javier después de unos segundos. Pero la desconocida ya estaba cerca de sus familiares, en la otra esquina de la sala.

***

La mujer del mesón no quería darles la pasada. ¿Cómo se le ocurre?, había preguntado. Pero a Isidora se le ocurría. Y se le ocurrían cosas peores. Hasta que la expresión moribunda del animal que cargaba como a un crío, terminó por ablandar a la auxiliar. «Ya, saque número en la maquinita y espere a que la llamen», rumió.

***

A Javier nunca le gustaron las mascotas. Ni los niños (aunque a las mascotas las toleraba un pelito más que a los niños). A este animal, sin embargo, había terminado casi por quererlo. A Isidora en principio tampoco le gustaban demasiado los niños. Cuando se emparejaron, diez años atrás, ambos transmitían en la misma frecuencia. Hacían listas de razones para no tener hijos:
–Dormir ocho horas seguidas.
–No criar ni malcriar.
–No esperar aprobaciones ni reprobaciones de la parentela.
–No tener que desaprobar la marihuana.
–No planear desayuno-almuerzo-once-cena, no depender del supermercado.
–No pagar jardines infantiles, colegios, institutos, universidades, cesantías.
–Evitar domingos de parentela forzada.
–Evitar postas, hospitales, servicios de urgencia a medianoche.
–Y así.

***

Pero eso había sido al principio. Cuando lsidora cumplió los treintaicinco empezó a dudar. Durante una revisión de rutina, el ginecólogo le comentó que los óvulos envejecían tal como envejecen las personas y que las probabilidades de enfermedades congénitas y que las nulíparas y el ciclo vital y que el embarazo de las primíparas añosas y el cuerpo y que todavía le quedaban unos cuantos años, sí, pero que mejor lo fuera pensando. Y las listas de golpe se le hicieron dudosas.

***

Entonces lo hablaron. Javier tenía ahora centenares de razones para llenar nuevas listas. Y aunque Isidora lo halló más que razonable y volvió a repasar las listas con cierta jactancia, hasta con risa, algo la perturbaba. Algo que ya era una duda instalada, un ruido. Sin demasiado optimismo, decidieron postergar el tema. A la semana siguiente ella pidió una hora con la antigua terapeuta y al otro mes trajo al gato. Lo recogió de la calle. Era una bola de pelos naranjos del tamaño de una pantufla, que abría un hocico pedigüeño, pero no emitía sonidos. Como si le hubieran bajado el volumen o se hubiera tragado la voz de pura falta de cariño. De manera que se dejó llevar casi prostitutamente, el gato, y desde el primer minuto adoptó a Isidora como una madre postiza. No buscaba mamarla; no era tan básico. Pero la seguía a todas partes y la observaba como deslumbrado cuando se bañaba, cuando estornudaba, cuando se limaba las uñas, pensando tal vez (ella estaba segura de que el gato pensaba) que los movimiento de su madre putativa eran lo más parecido a un manual de supervivencia. A los diez días ya había recuperado el habla.

***

¿Qué era para ella el gato?, le había preguntado la terapeuta. A ella le dio vergüenza, pero al final lo admitió: la posibilidad de hablar sola. No, se corrigió, más bien el alivio de pensar en voz alta. Isidora aclaró que se dirigía al animal, pero en realidad conversaba consigo misma. La terapeuta anotó algo en la libretita y reformuló la pregunta: ¿qué ves en el gato? Isidora no supo qué decir. Le parecieron demasiado disparatadas las respuestas. La mujer concluyó que ésa era una estrategia evidente de sublimación.

***

Sacaron número en la maquinita y caminaron por el pasillo. No había dónde acomodarse. Optaron por sentarse en los escalones de la entrada. Se turnaban los cinco kilos doscientos de gato: un rato ella, un rato él. La atención iba recién en el número ocho. Y ya que existía una cuarentena de enfermos por delante y estaban solos y tenían atascadas las palabras del día anterior, hablaron. Javier dijo: «Yo creo que hay una sola salida, cariño». Nunca le decía cariño.

***

El ruido brotaba como una planta atómica en la cabeza de Isidora.

***

Murmuraba, no maullaba el gato, según ella. Cuando venían visitas se escondía y no había caso de hacerlo salir del closet o de algún otro escondite secreto. Sabía que a alguna gente había que tratarla con distancia. Era un gato muy humano, pensaba ella. Al principio no tenía nombre. A él le daba igual cómo lo llamaran. Isidora lo intentó con todos los lugares comunes para que no pareciera una imposición: Tomás, Bigote, Cucho, Minino, Micifuz, etc. Pero siempre terminaba llamándolo cariñito. Y así quedó. Javier, sin embargo, lo llamaba gato.

***

–¡Ochenta y nueve: box número cuatro! –gritó a las seis y media de la madrugada la misma auxiliar del mesón. Isidora se había quedado dormida en la escalera. Javier la despertó y corrieron hacia el box asignado.
–Pero ¿qué es esto? –pregunto el médico.
–Un gato –dijo con naturalidad Javier.
–Un gato que se está muriendo… –agregó ella con dramatismo. El médico la interrumpió antes de que siguiera con la tragedia:
–Tenemos el servicio colapsado y ustedes quieren que les vea un gato, oigan, ¿están locos?

***

No estaban locos. Un poco descalabrados, sí. Pero no locos. Así que putearon al médico («Usted es un desalmado», lo acusó Isidora), salieron del box, pidieron las Páginas Amarillas en la recepción y anotaron el dato de una clínica veterinaria que abría a las siete y media de la mañana.

***

Subieron a un segundo taxi con cara de espectros, los tres. De la Posta Central a la Clínica Veterinaria Valdivia. El último filo de esperanza. Javier había dicho en las escaleras de la Posta lo que no se atrevió a decir la noche previa; lo que ella jamás pensó que diría. El gato ya no maullaba ni murmuraba. Parecía rogar ya pues, eutanasia. A Isidora le dieron ganas de retroceder el tiempo, de haberle amputado el instinto. O al menos haberle advertido lo que pasaba allá afuera, en los tejados.

***

El veterinario fue tajante: «No hay muchas opciones, señora», dijo. «Tiene una infección profunda en la zona craneana».

***

–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Isidora, tapándose la cara con la toalla sucia. Intentaba ahogar una mueca nerviosa.

***

–Yo creo que hay una sola salida, cariño –reiteró Javier.
–No hay muchas opciones, señora –reiteró el doctor.

***

Las palabras eran aerolitos en la cabeza de Isidora. En ese minuto hubiera dado cualquier cosa por escuchar un maullido.

***

–Vamos a tener que amputarle la oreja, pero fuera de eso va a ser un gato absolutamente normal –aclaró entonces, con voz semipaternal, el veterinario. Le hablaba a Isidora; no tomaba en cuenta al acompañante.
–Separarnos –había disparado él, con el gato herido en sus brazos, a las cuatro o a las cinco o a las seis de la madrugada.

***

Isidora dijo que bueno, que lo hicieran.

***

Se sentaron en un banquito de la consulta, mudos. Ella tenía la cabeza inundada de exclamaciones, pero no las soltó. Se juró que no descargaría frente a Javier sus pensamientos instintivos. A los quince minutos el veterinario les avisó que habían ingresado al paciente a pabellón y que lo podrían retirar en veinticuatro horas. Les recomendó que se fueran a descansar y advirtió que los primeros días probablemente sería incómodo, un poco doloroso. Pero una vez que pasara el efecto, todo andaría bien. Les aseguró que el gato, ¿cómo se llama el gato?, les juró que cariñito iba a estar bien.

***

Botaron la toalla en un basurero público y subieron a un tercer taxi, ahora los dos solos. Ya había amanecido. Hacía uno de esos fríos secos, cortantes. Ni bien llegaron a la casa Javier se metió en la cama. Antes de seguirlo, Isidora recogió las motas de algodón con sangre de la alfombra y pensó que le compraría un gorrito para que no se viera tan ridículo ni pasara frío de aquí en adelante.

*Autora
Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) es escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja (Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral 1996), Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América 2007), y los libros de cuentos Malas noches (1999) y Últimos fuegos (2005). Ha escrito para las revistas Gatopardo, Letras Libres Interactivas, Rolling Stone y Malpensante, entre otros medios. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Su obra ha sido traducida al italiano, danés y coreano. En Alemania le fue otorgado el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año.