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7. Fin de las vacaciones
Juan Bernardo Cejas*

Hoy es nuevamente viernes y debo volver a Capilla del Señor.
Desde la mañana temprano estoy leyendo y copiando: mis ojos irritados se oponen al deseo de seguir. La letra del pasado, la de los cuadernos, dicta en el presente la versión que yo, en un exceso de confianza, creyendo en la verosimilitud de los hechos, y a falta de algo mejor, llamo mi vida.
La letra se ha vuelto cada vez más pequeña al copiar en las hojas de mi cuaderno amarillo. Del resplandor de la luz del mediodía queda un resto que ilumina apenas el paraíso. Me levanto y voy al baño.
En el espejo mi pelo está revuelto: lo he mesado muchas veces. Junto agua con las manos, que llevo con fuerza hacia el rostro para despabilarme. Los ojos, entre las gotas, a pesar del rojo intenso, sonríen en la costumbre del cansancio que el rostro devuelve.
Escucho el ruido de la puerta de la biblioteca al abrirse lentamente: es ella, mi madre adoptiva, lee el cuaderno que dejé abierto. Sofía Nadel sonríe y me dice que, aunque yo hable poco, le agradaría que vuelva.
— ¿Puedo llevarme los cuadernos y las pruebas de galera de la tesis de Cejoslovich?
Ella duda; quizás piense que no volveré más, pero acepta.
Armo los paquetes con los cuadernos casi sin prestarle atención. Me viene a la boca un “sí, por supuesto”, cuando me hace prometerle que volveré la semana siguiente. Ella duda pues hace un chistido de disgusto. La cortesía me ha alcanzado para la primera sonrisa, y al agotarse, me vuelvo hacia los paquetes con los cuadernos.
Medio encorvado como estoy me sorprende el abrazo. El poco movimiento que hice para levantar los paquetes me abandona, y quedo petrificado. No es frialdad, tampoco indiferencia: es extrañeza. Ella termina de abrazarme. Yo tirito, desentumeciéndome, y nos despedimos.
Camino una cuadra hasta la parada, apoyo los paquetes y espero. Después de un largo rato viene el colectivo que me llevará hasta la estación de Martinez; de allí hasta Victoria en tren, y luego el trasbordo hasta Capilla del Señor. No tomé el recaudo de averiguar los horarios de los trenes: circulan muy espaciados unos de otros. El tren no es eléctrico, lo arrastra una locomotora diesel, cuyos bocinazos esporádicos me han acompañado desde la niñez.
La primera estación es Virreyes; Varguitas y Zulma Pacheco, mis primeros padres, viven allí. Luego viene la estación Bancalari.
Bajo en Victoria y busco el andén para el trasbordo. La tarde se ha ido y el cielo es de un azul intenso antes de la noche completa. Pregunto a un guarda que esta en la estación principal y me indica que debo bajar unas escaleras y que al final del túnel subterráneo, y ascendiendo nuevamente, llegaré a las boleterías del ramal a Capilla del Señor. Titubeo pero desciendo las escaleras cargando los paquetes. Todavía hace calor y siento la transpiración en la camisa, que ya despide un fuerte olor a esta altura del día. En medio del túnel apoyo los paquetes en el piso y huelo mis axilas; pienso que debería haberme lavado antes de salir. Al continuar la marcha dudo de que haya tomado el camino correcto. Me tranquilizo al oír voces cuando llego al final del túnel. Es poca la luz en la parte alta de la escalera; comienzo a subir.
Busco un lugar en los bancos para acomodarme — han vuelto las ganas de leer. Me siento justo debajo de una de las lámparas que funcionan y tomo uno de los paquetes. Rasgo el papel madera con que los cubrí, y empiezo a hurgar separando el hilo, que se ha aflojado un poco. Separo con cuidado el cuaderno de la parte superior de la pila, atenazando con dos dedos el lomo. Lo deslizo despacio hacia afuera porque no quiero que se desarme el paquete, y se desparramen los cuadernos.
A pesar de estar debajo de la lámpara es poca la luz que me alumbra. El cuaderno no tiene número, sino un título de letras gruesas en la tapa: CONCLUSIONES.
Abro el cuaderno y la lectura se vuelve dificultosa. Ya no es mi vida; es un caso clínico del Dr. Cejoslovich, mi padre adoptivo, trascripto como historial.
Aparecen comparaciones con otros historiales clínicos y largas citas teóricas de diferentes autores, entre los que sobresale Freud. La letra de Cejoslovich es muy pequeña; no ayudan la poca luz y los gritos de las personas que, convertidas en sombras, hacen llegar el ruido de sus voces; estoy inquieto: recuerdo la única noche sin compañía, escapando por las calles de tierra en Capilla del Señor.
Comienzo a leer algunos párrafos salteados:
El tratamiento dura ya ocho años y siete meses. Guillermo está a punto de cumplir los 15: será el 28 de noviembre de 1970.
Creí en un tiempo que sus fijaciones infantiles habían sido superadas. La frase que más utilizaba en sus estados de sonambulismo: “el guiso, hay que remover el guiso”, fue claramente elucidada cuando me enteré de su significado, al oír circunstancialmente el lance procaz de un hombre dirigido a una mujer: “¡Como te removería el guiso!”
La frase, al serle repetida a Guillermo, no lo inquieta al principio. Luego de mucho insistir para que hable de su significado, produce una serie de sueños: se abre una ventana de par en par, y aparecen de frente los ojos, que miran al que sueña, de dos animales extraños, un perro y una perra, en la cocina de su primera casa. El perro parece de fuego; derrite con las dentelladas y el empuje de su vientre a la perra, que es totalmente de hielo. La perra, indefensa al principio, termina de apagar al perro, quien reducido a cenizas, desaparece luego sin dejar rastros.

Escucho un sonido metálico: es el ruido que produce el vendedor de panchos al golpear la pinza contra la lata que está soldada a un carrito. Las ruedas chirrían al avanzar en el piso inestable del hall. Le pido al vendedor un pancho y una gaseosa; mastico despacio; reprimo el eructo que escucho repetidamente entre los que me rodean; además se ríen.
Termino de comer y vuelvo a la lectura:
Guillermo produce asociaciones al ser preguntado acerca de si él ha visto en la realidad, alguna escena como la que aparece en los sueños. Comenta que varias veces, al abrir la puerta de la cocina, ha encontrado a sus padres biológicos entrelazados. A la sorpresa seguía invariablemente la brusquedad con que los cuerpos se separaban, intentando disimular sus acciones
. La observación de los padres, única o repetida, ha producido en Guillermo una fijación inconmovible
. Esta fijación ha cristalizado en una posición infantil, que indudablemente obstaculiza
la entrada a la pubertad, y por ende el acceso a las mujeres. El esfuerzo clínico trató infructuosamente de enderezar el deseo de Guillermo, que hasta ahora sólo se ha manifestado en el deseo de saber, devorando todo otro interés.
Si bien en un comienzo he considerado de manera positiva las adquisiciones intelectuales de Guillermo –obtenidas a partir de lecturas febriles lindantes con la monomanía–, debo ahora señalar que los síntomas de sonambulismo y extrema nerviosidad, que han vuelto de manera insidiosa, se deben a la incorrecta tramitación del impulso sexual, atrofiado por la dilatación de su posición infantil.
He concluido entonces que Guillermo no deberá pasar el límite de los quince años –que pronto cumplirá –, sin experimentar la iniciación sexual, en tanto esa experiencia significará, también, el ingreso a la masculinidad.
No creo que será una metamorfosis completa, pero sí el inicio de su transformación en un hombre.
Las características del objeto sexual no deben ser dejadas al azar: el coito deberá cumplirse con una mujer mayor, de baja extracción social, que hará el remedo real del incesto simbólico, cuyo cumplimiento fantaseado, está detrás de la máscara de los síntomas.

El pancho no me cayó bien y comienza a dolerme el estómago. Levanto los ojos que quieren volver a la lectura. La gente se inquieta: ha oído el bocinazo de la locomotora que anuncia la llegada del tren. Es un alivio para mí. Acomodo el cuaderno en el paquete y tenso el hilo; estrujo el papel madera para que cubra también el cuaderno. Ahora todos estamos parados y el movimiento se hace incesante para conseguir un lugar donde sentarse en los vagones.
Busco ciegamente un lugar iluminado. Los asientos son amplios, pero están casi llenos de hombres, mujeres y niños; hasta perros hay.
Los rostros me miran extrañados y yo sonrió como disculpándome. Me miran cuando intento sacar el cuaderno; el papel madera cruje cuando lo aparto y ellos siguen con su vista mis dedos que ahora forcejean con el hilo. Puedo por fin sacar el cuaderno y espero a que se descuiden para empezar a leer.
Considero oportuno también entrevistarme con el padre biológico de Guillermo, el señor Vargas, para exponerle con la mayor claridad posible la situación. La intención es saber si él conoce a una mujer que se ajuste a las condiciones que he detallado más arriba.
Le hablo sin rodeos y con crudeza acerca de mis conclusiones; el señor Vargas ríe, asiente y me dice bajando el tono de la voz que conoce a una mujer. Al intentar entrar en intimidades que no hacen a la cuestión clínica lo interrumpo. Acordamos entonces que festejaremos el cumpleaños número quince de Guillermo en nuestra casa, y que luego, aduciendo ante las mujeres cosas de hombres, nos retiraremos con Guillermo para seguir con los festejos en otro lado: él acepta sin condiciones.

El tren comienza a moverse y recuerdo cuando cumplí quince, hace poco más de tres años: subimos en el auto de Cejoslovich luego de cortar la torta. Venía con nosotros Varguitas solamente.
A medias me explico Cejoslovich lo que pasaría esa noche. Me hablo de una mujer y de que siempre había una primera vez. Nombro el volverse hombre y de cómo eso se conseguía. La oscuridad no me permitía reconocer los lugares por donde el auto circulaba. Luego de calles con poca luz salimos a la Panamericana, donde todo era más claro; las torres iluminaban intensamente el camino.
El recuerdo se interrumpe por un codazo de un hombre que, cuando está por bajar del tren, me atropella enojado y me hace tirar el cuaderno al piso; yo levanto el codo para evitar que pise el cuaderno pero el atolondrado da una zancada y pasa de todas maneras; finalmente baja y el tren arranca.
Tomo nuevamente el cuaderno y me sorprende que al dar vuelta la última hoja que he leído aparece una hoja en blanco. Paso varias hojas más y comienzo a leer lo que parece ser la confesión de un fracaso. El tren comienza a tomar la gran curva antes de llegar a la estación de Bancalari. Aumenta el traqueteo y observo cómo la gente aferra firmemente a los niños que se bambolean por el movimiento del tren.
Luego de esta noche infausta hemos encontrado finalmente a Guillermo escondido, desnudo, detrás del árbol que está al borde del andén de la estación Bancalari. Se encuentra en un estado estuporoso y de rigidez catatónica que sólo la medicación adecuada podrá revertir
. Las luces de la estación Bancalari se aproximan y obedezco al impulso que me lleva a la puerta del vagón.
Observo el comienzo del andén y recuerdo el árbol, del cual ahora sólo queda parte del tronco. Permanezco aferrado al pasamano y no me muevo a pesar de las protestas de los pasajeros que quieren bajar.
Es extraño verme abajo, en el andén, desnudo, luego de haber estado con Lumumba, nuevamente en la oscuridad que se había interrumpido aquella noche de mis quince años, al entrar a “LA NEGRITA”.
Es extraño; estoy desnudo luego de haber corrido a pesar de los gritos de Lumumba primero, y a pesar también de los gritos de Cejoslovich y Varguitas, una vez que Lumumba les avisó.
Se oye el bocinazo y el tren comienza lentamente a moverse. Se alejan las luces de la estación y vuelve la noche del campo. Entorno los ojos, y quieto, pero aferrándome fuertemente al pasamano, asomo la cabeza para que el viento me despeje, si puede, de la evocación.

*Autor

Juan Bernardo Cejas nació en Buenos Aires. Curso estudios de filosofía con Tomás Abraham y es egresado de Psicología de la UBA. Se especializó en el campo de la clínica de las psicosis. Publicó ensayos y artículos en revistas especializadas en psicoanálisis.
El presente, su primera novela, ganó el primer premio del Fdo. Nac. de las Artes, año 2008 (Jurados: Ana María Shua, Guillermo Martinez y Juan Martini). Fue publicado en noviembre de 2009 por Santiago Arcos.

En el capítulo 7 Francisquito Vargas vuelve a la clínica psiquiátrica luego de una visita a la casa de su padre adoptivo, el doctor Cejoslovich, muerto más de un año atrás. Además de padre, el psiquiatra en cuestión ha llevado adelante el tratamiento de su propio hijo (oculto bajo el alias de Guillermo), y lo ha transcripto prolijamente en veinte cuadernos, ahora en poder de Francisquito, quien los ha venido leyendo, para extractar en su propio cuaderno fragmentos, donde la mirada de Cejoslovich ha formado parte de su niñez y de su primera juventud.
Avanza la lectura y la evocación que invade la memoria sitiada del muchacho. La vuelta en tren recorre las estaciones, donde no solo viven sus padres biológicos, sino también el lugar donde él debuto sexualmente con Lumumba, prostituta de “La negrita”. Esa mujer relató de manera grotesca el inicio sexual de Francisquito, que significó el desencadenamiento de la locura.
Avanza el tren, donde Francisquito Vargas lee en el borde mismo de la evocación: así se forma la certeza del muchacho de que sólo la lectura de los cuadernos -a mitad de camino entre el recuerdo y la alucinación- será lo que en definitiva le permitirá escribir a su vez su propia vida.
El resultado de esa escritura precisa refracta al saber médico, y constituye, en definitiva, la misma letra de “El presente”.