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La bicicleta
Sebastián Basualdo*

Hizo el gesto de quien todo lo comprende o lo acepta, y consultó su reloj. Después dijo:
–¿Ni siquiera va a llamar?
Antonio, que sentado luchaba por destapar otra botella, se levantó de un salto, dejó que se derramara algo de champaña y le dijo:
–Dame tu copa.
–Tal vez hasta se olvidó de que ésta es su casa – dijo Francisco.
Y mientras las dos copas se llenaban, observó detenidamente el teléfono. Luego, como si fuera inevitable, contempló la puerta ligeramente entornada de su dormitorio pensando en la cama sin tender, en los pantalones, corpiños y todas aquellas cosas que quedan como una denuncia: cicatrices de la mañana recordándote que lo importante en esta vida es no llegar tarde al trabajo.
-Se va la tercera – dijo Antonio, sonriendo, apoyando la botella en el centro de la mesa. Alzó su copa –. Feliz cumpleaños, che.
Francisco no brindó; bebió de un trago lo que le sirvió su amigo y dijo:
–Cuando se pasa la hora, quiero decir, cuando ya no queda tiempo, no se sabe qué pensar. Si no te tuviera, terminaría aceptando que viví equivocado toda mi vida. Servime más, por favor.
Antonio llenó la copa.
–No te rías. Un día te voy a mostrar el álbum de fotos de mis últimos cinco cumpleaños –dijo Francisco –. Te vas a dar cuenta de que en las fotos solamente salís vos y un par de botellas.
–¿Abrimos otra para que respire? –preguntó Antonio.
Francisco sonrió; una sonrisa en modo alguno inocente, ni tímida. Quizá, sí, algo violenta, ahora que su mirada parecía resbalar por las manos de Antonio.
–Vos no serás como esas mujeres que se creen todo lo que el varón les dice –dijo Francisco, encendiendo un cigarrillo –. ¿Te diste cuenta? Se creen todo sin reparar nunca en espacio ni en tiempo. Te escuchan, y te creen. A lo mejor tienen la sospecha de que les estás mintiendo, pero no les importa, ¿o sí? Importa, sí; porque lo único que ellas te exigen es que tengas estilo, y que fumes así, mirá, como fumás vos, todo un antihéroe.
–Si te vas a poner agresivo, me voy –dijo Antonio.
–No– dijo Francisco –.Yo sé que vos no me harías eso. Discutimos, ¿sabés? Sí. Antes de que se fuera al trabajo. Cuando me levanté, su regalo estaba encima de la mesa. Ni tarjeta ni nada ¿A qué no adivinás lo que me regaló esta vez? Un libro. ¿Quién tiene tiempo de leer hoy en día? Mirá que título formidable – Francisco se levantó como si no hubiera bebido nada en las últimas tres horas y buscó el libro que estaba encima de la heladera. Antonio fingió extender la mirada para el leer el título. Parece que es costumbre discutir antes de que se vaya al trabajo.
–Te va a hacer mal.
–No– dijo Francisco, y levantó la botella para apreciar cuánto quedaba de champaña–. En la alacena, al fondo, hay una botella de ginebra. Traela, haceme el favor.
Antonio lo miró serio.
–Qué clase de amigo sos– dijo Francisco, y no sonó a pregunta.
–El sentido de la amistad cambia con el tiempo– dijo Antonio, yendo hacia la alacena.
Francisco le miró la espalda. Era mucho más alto que él. Tenía brazos largos, fuertes, y manos de concertista. Esto último no lo pensó sino hasta que Antonio apoyó la botella de ginebra sobre la mesa.
–Después uno crece, el tiempo pasa, y la palabra amistad, o aquellas que en algún momento parecían inmutables, se desvanecen, se terminan, y quedan ahí, junto con la edad.
–Supongo– dijo Francisco.
–Un día te sentás a la mesa, te tomás unas cuantas copas de algo que haya traído un amigo, y, cuando la conciencia ya está cansada de golpearte en las costillas, enfrentás la verdad.
Francisco buscó el paquete de cigarrillos.
–No entiendo– dijo.
–Sí que entendés– dijo Antonio –. El amigo del que te hablo se mandó una macana cuando teníamos trece años. Uno perdona a los trece años... ¿De qué te reís?
–De nada– dijo Francisco –. Que uno a los trece años señala con el dedo y dice: “aquel es mi mejor amigo”. Luego uno se confunde, y termina dando saludos.
–Principio de corrupción –dijo Antonio.
–¿Por qué?
–Me pregunto qué cosas le importan a un pibe de trece años– dijo Antonio –. ¿Una mujer? No. Las mujeres, a esa edad, valen menos que una pelota de trapo.
–Y eso que cuando no hay con qué jugar la de trapo puede llegar a ser más valiosa que una Tango. Los amigos no se pelean por una mujer, eso nos decíamos cuando teníamos trece años. ¿No es extraordinario?
–Una de las palabras inmutables.
Sonó el teléfono; tres timbres breves.
–¿Qué hora es?
–Tarde– dijo Antonio –. Las dos de la mañana.
–Es ella– dijo Francisco, mirando el teléfono–. Seguro que está en la casa de la madre. El remordimiento no la dejó dormir. Tiene miedo de que ya esté tirado en la cama, todo vomitado y a punto de suicidarme.
–Que sufra.
–Dónde habré dejado los cigarrillos...
Antonio encendió uno de sus cigarrillos; largó el humo por la nariz, y se lo dio, diciendo:
–El último.
–¿En serio?
–Sí; fue el último amigo que tuve. Pero lo descubrí unos años más tarde. Esa tarde lo perdoné. Lo perdoné porque lo quería mucho. Lo quería más que a la bicicleta.
–Importada– dijo Francisco, y bebió un trago.
–Nacional.
–¿La ginebra?
–No, la bicicleta.
–No sé.
–Pero yo sí –dijo Antonio. Aquella noche íbamos a ir al baile que organizaba el club Imperio. Me acuerdo de ese día porque mi viejo había cobrado unos mangos de un laburo que había hecho unos meses atrás. Supongo que en algún momento pensó que no le iban a pagar nunca.
Comenzó a sonar el teléfono.
–No le voy a dar el gusto. Qué se muera, che. Es mi cumpleaños.
El teléfono sonaba insistentemente. Antonio se levantó, dijo:
–Yo atiendo. Si es ella le digo que no se preocupe, que nunca te vi tan feliz.
Francisco asintió con un gesto.
–Decile que nunca nos divertimos tanto.
Antonio atendió: una pregunta demasiado directa lo obligó a decir:
–Equivocado.
Y cortar.
–¿Equivocado?– preguntó Francisco.
–Me acuerdo que esa mañana, mientras desayunábamos, le dijo a mi vieja que si cobraba el dinero que le debían, le compraría la bicicleta al pibe. Sí, equivocado. Prestame atención, por favor. Yo siendo pibe, la bicicleta aparece con él, un sábado a las tres de la tarde. “La que vos querías” dijo mi viejo. Ahí estaba, rodado veinticuatro. Una bicicleta Legnano. Hasta tenía un estuche con herramientas detrás del asiento. Era hermosa, me acuerdo.
–Azúl –dijo Francisco.
–Y me acuerdo también de la cara de mi viejo cuando le gritó a mamá: “¡Vieja!, vení, mirá” Y mamá se la quedó mirando un rato largo. Sonreía con el repasador en la mano, mi vieja. Y papá todo ancho, me daba instrucciones, me aconsejaba cómo debía limpiarla, manejar los frenos, qué sé yo... Estuvimos como dos horas mirándola. “Hasta la esquina”, me pedían los pibes, y yo se las prestaba. La veía llegar, me subía y apretaba los frenos, me bajaba y ajustaba el manubrio, me volvía a subir. Anocheció, ¿te acordás? Por no escuchar los gritos de mi viejo, le dije a mi amigo si podía dejar la bicicleta en su casa.
–No debiste dejarla –dijo Francisco –. Tenía razón tu viejo.
–Al otro día llamó por teléfono para decirme que le habían abierto el garaje.
–Le costó mucho hacer ese llamado.
–El hecho de que le hayan robado la bicicleta es lo de menos. A los trece años, la ecuación esfuerzo pérdida, no se comprende sino como el desprendimiento de algo material.
–Te llamó –dijo Francisco –, yo sé que tu amigo te llamó.
–El sentido de posesión, su valor– dijo Antonio –, se tiene por medio del uso. El precio es otra cosa.
–Te llamó.
–Me llamó, es verdad; pero me llamó a las dos de la tarde. Y lo que es peor, cuando aquella noche regresó a su casa, ¿qué hora serían? Como muy tarde, las once, porque hasta esa hora nos dejaban bailar en el club, cuando llegó a su casa, se fue a dormir. Vio el portón abierto, vio que la bicicleta no estaba y se fue a dormir igual.
–Pensó que ya era demasiado tarde para recuperarla.
–Se fue a dormir– dijo Antonio –. Pudo dormir sabiendo que le habían robado la bicicleta a su mejor amigo. Lo perdoné. A los trece años, como te dije, uno perdona.
Francisco se lo quedó mirando durante largos segundos. Luego de beber de un trago todo lo que quedaba en el vaso, dijo:
–Te compraron otra bicicleta. Al mes, tuviste una bicicleta nueva.
–No, una como ésa nunca.
El teléfono no volvió a sonar en toda la noche. Sin embargo aquellos hombres aún podían oírlo, lejano y rotundo, como una amenaza latente.
–A esos amigos más vale perderlos que tenerlos cerca, te había dicho tu viejo. Y vos le creíste. Decime ¿alguna vez te robaron algo ajeno de tu propia casa? Vos no te imaginás la impotencia, la vergüenza y la culpa que sentí. Todo junto, todo. Yo no te traicioné. Tenía trece años, no me jodas.
Francisco corrió las botellas, y, cruzándose de brazos sobre la mesa, apoyó la cabeza. Todo a su alrededor giraba a una velocidad vertiginosa. La luz comenzaba a dolerle. Cerró los ojos cuando su amigo dijo:
–Ahora ya son solamente palabras– dijo Antonio, mirándole la nuca ligeramente sudada–. Las palabras pueden construir todo un cosmos. Más si se trata de sólo tres personas. Qué puedo decirte que ya no sepas o intuyas. Hace cinco años que estamos así, viéndonos poco, una o dos veces por mes. Cada vez menos, si te sirve mi sinceridad. Nos hablamos por teléfono y nos encontramos. Charlamos. Al principio...
–Al principio le citabas– dijo Francisco sin levantar la cabeza– al doctor Balbín y ella, riendo, te decía: treinta de marzo, bandera de la unión de los argentinos, la empresa cierta, la vida en paz... ¿Te acordás? Es increíble lo ingenua que fue siempre.
–Vos sabés bien que hay mujeres que no nacieron para criar hijos o tener marido.
–Si en vez de reconocerse en el perfume Just Me de Montana, se ven obligadas a hacerlo en pañales cagados o leche cuajada, lo más probable es que se la lleve de las trenzas el primer cretino que aparezca de su época de oro. Yo también leí ese libro alguna vez... ¿Cómo sigue? No, dejame a mí –dijo Francisco, levantando la cabeza, mirándolo a los ojos–. Ya está: el mundo es una decepción constante. El pasado es una cajita de cristal donde no existen las arrugas.
–Todo terminó esta tarde– dijo Antonio –. Quizá porque ya no daba para más, o porque su marido había comenzado a enterarse.
–A querer enterarse.
–Nos encontramos porque me lo pidió llorando.
Francisco levantó la cabeza.
–¿Llorando?
– Francisco...
–Un llanto que duró lo que dura un pretexto– dijo Francisco –. Conozco bien ese llanto; pero hay cosas que no se dicen, que un hombre nunca le dice a otro. Menos, si alguna vez fueron amigos.

*Autor
Sebastián Basualdo nació en Buenos Aires, en 1978. Es profesor de literatura y actualmente se desempeña como profesor adjunto en la cátedra de Comunicación de la F. Gutenberg. Publicó el libro de cuentos breves La mujer que me llora por dentro (2001) y la novela Cuando te vi caer (2008), que tuvo una gran aceptación por parte de la crítica especializada. Es colaborador del suplemento Radar Libros de Página/12 y la revista literaria Proa. Publica ensayos y textos de opinión en distintos medios gráficos, tanto en el país como en el extranjero. Fiel, de próxima aparición por la editorial Bajo la luna, es el título de su próximo libro de cuentos.