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Mi primera banda punk
(Fragmentos)
Francisco Garamona*
1

Era como si la niebla que cubría
ese muelle de cemento fuera
una instalación en la que él
debía acercarse hasta donde estaba ella
saliendo de atrás de unos tachos de basura
para decirle que quería besarla,
mostrarle el hueso de su sensación.
Y entonces hablaron, se dijeron cosas
y cuando dirigían sus ojos al lecho negro del río
veían formas semihundidas que se dejaban
arrastrar por la corriente igual que ellos,
entre manchas de aceite que
parecían burbujas de historieta
donde se quedaban grabadas las palabras
de todo lo que se habían dicho antes.
Entonces se aplicarían a otros sistemas,
para empobrecerse y abandonar.
Porque buscaban, una ecuación
que diera cero: la cifra más ansiosa,
en un estado de ánimo que no se dejaba definir.

2

¿Te acordás de ese que escupió
sangre sobre el público
en un recital en Villaguay?
Bueno, era yo, pero no quise
decírtelo cuando te conocí…
No es que tuviera alguna
enfermedad respiratoria,
sino que había dormido
en el suelo junto a una chica
en un amanecer muertos de frío
y de tanto apretar los dientes
las encías me sangraron.
Y creía reconocer mientras soñaba
a esa pandilla punk exterminada
con sus crestas hundidas en el barro,
pero que ahí, otra vez, ellos
tendían hacía mí sus manos,
para convidarme cigarrillos bolivianos
bajo una cierta espesura fantasmal
que era el fulgor de esa provincia.

4

No creo que pueda seguir
viviendo así por mucho
tiempo más, te dije
mientras señalaba
las paredes de la caverna
en donde nos habíamos instalado.
Las estaciones pasaban,
dejando apenas un polvillo
que alcanzaba para
medir sus duraciones.
El aire húmedo tonificaba
los bronquios de mi amiga
y daba elasticidad
a sus membranas.
Cerca del amanecer,
ella sacudía de su camastro
los insectos aplanados,
y tejía unas canastillas
con filamentos vegetales
que yo le ayudaba a extraer
machacando plantas
contra unas piedras.
Y así ella generaba
nuevos fantasmas
y los dotaba de nombres
para lo que sería
una larga convivencia.
La noche refulgía
como una moneda de oro
encontrada en la ciénaga,
de la que extraíamos
cadáveres de osos,
para utilizar los huesos
de sus garras…
En la tumba de los días
yo sumía mi cuerpo.
Carne de sexo,
antípodas misteriosas
que se unen y separan.
Quemaba a la mariposa,
a la libélula ensangrentada
apuntando al pabellón
de ojos de mosca:
Aquellos perros
que ladran siembran
el deseo de huir
por los campos cubiertos
de maleza.
Manos ahuesadas,
pinzas de colibrí
sobre las piernas.

5

La oscuridad describió
los tabiques de tu cuerpo.
Tu desnudez
en la boca del río,
siempre riendo.
¿Besé en la oscuridad
con sus bordes de felpa
los labios de una india
que mientras fumaba
se volvían alargados?
Con el viento que agitaba las hojas,
temblando sobre las ramas
durante largas horas ávidas,
buscando lo incompleto,
lo irreflexivo como el niño.

7

Ella buscó para sí
las fases del monstruo
que dormía dentro
de una roca,
confinado por su apatía
y mi pragmatismo.
Dos pequeños cuchillos
sin filo eran sus pechos.
Las piernas torneadas
subían hasta la base
de la cintura donde yo
apoyaba la cabeza
mientras ella cantaba:
“hay un animal
perdido en la verde
selva sexual,
que no puede
todavía nacer
y menos pensar
amar…”

8

La noche era rosa, color de chancho, de sexo.
Mendigas montevideanas daban vueltas
por el Parque Rodó y una se detuvo
para hacer gestos. Iba arrastrándose
por las lomas del parque, persiguiendo
a unos jóvenes enamorados.
Y aquella situación duró lo que tuvo que durar
para datar finalmente a unos espectros.
Los enamorados eran pequeños y de ojos claros
y cuando la mendiga los llamaba
ellos se tiraban a sus pies como perros.
–¡Fuera, fuera! –les gritaba–, y el sonido
horrible de esa voz se tendió sobre sus cuerpos.
Y ellos la miraron con sus ojos azules llenos de lágrimas
inconsolables de pureza helada.
Y la mendiga de golpe empezó a alejarse.
Y en medio de su marcha
toda una carga pesada la inmovilizó.
Los brazos le colgaban al costado del cuerpo
como dos ramas secas.
Entonces los enamorados
aprovecharon para huir de ella,
queriendo intentar otra vez
un intercambio de fluidos.
Y ahora seguro habrá unas manchitas flúor
sobre el césped quemado.
Y lugares aplastados, aplanados.
Y aguzando la vista se los podrá ver
caminar tomados de la mano
más allá de los árboles,
por donde termina la ciudad
y empiezan las primeras quintas.

14

Te besé en la boca, muchas veces.
Y la ciudad se llenaba de sombras
que se multiplicaban entre ellas.
Acerqué mis manos, tu talle estaba tenso,
ya no sobraba por ahí ese viejo pulóver
que usabas la noche en que te conocí.
En torno a la lámpara volaban unos insectos
a los que la lluvia había obligado
a buscar refugio dentro de la casa.
“Matalos”, me dijiste y yo te miré a los ojos
pero no hice nada. Aunque me acerqué
hasta ellos sabiendo que no había
posibilidad por fuera del amor.
Afuera los autos resbalaban
sobre el pavimento mojado
y había tumbas en el sonido de esas calles
y unos estiramientos para arrancar la maleza del aire
con repulsas de otros signos, como decir,
aún no empieza a salir de nuestros esqueletos
la piedra que entre dos junturas
viene a moldearnos la carne.

15

Hoy no puedo escribir, porque me falta
la constancia del trabajo sistemático.
Yo era un punk, salía con otros punks,
dormíamos en un anfiteatro abandonado,
en huecos dentro del cemento de las gradas.
Y ahí fumábamos marihuana, aspirábamos pegamento,
mirábamos a lo lejos los autos que pasaban
por una avenida bordeada de plátanos.
Y salíamos a robar cualquier cosa que
pudiera aportar algo a esa hermandad errante
a la que habíamos bautizado “Sedante Sangre”.
Yo publicaba poemas punks en fanzines de la movida,
que eran muchos, bajo el seudónimo
de Patricio Morandi. En esa época,
la ciudad de Rosario bullía de actividad,
no como ahora, que las calles están muertas.
Mis amigos se llamaban Gaviota, Falopín,
Arrancadedos, Pibe Pelusa, Materia…
Eran todos muy jóvenes, adolescentes,
y vivían, como yo, una vida inútil,
al margen de la sociedad.
Hace poco me encontré con Falopín.
Y cuando lo saludé con un enfático ¡Falopín!,
él me dijo, mientras miraba
paranoico para todas partes:
“Callate, que ahora me dicen Pionono.”
Yo no pude reprimir la risa y me reí en su cara.
Eso fue todo. Pionono se alejó caminando rápidamente,
mirándome con cierta amargura y desprecio.
Jóvenes –niños monstruos de nuestro tiempo–
¿dónde están ahora? Dispersos, destrozados,
con gestos fantasmales surfeando las olas
que pronto pulverizarían sus huesos
contra el fondo del mar…
Hoy el recuerdo de sus rostros me trae de golpe
la constatación del paso de los años...
Me encontraba en la vieja peatonal Córdoba,
antes escenario de nuestras correrías,
y ahora la veía cambiada, completamente muerta
y ese contraste se volvía doloroso.
En esa época también formaba parte
de un grupo musical llamado “Los médicos”.
Hacíamos hard-core.
La banda estaba armada así:
Alejandra tocaba el bajo;
el Flaco Plescach la guitarra,
Paula la batería y yo la guitarra y cantaba.
Y a veces nos acompañaba en la trompeta Sebastián Salami.
(Contar otra vez la triste historia de Salami
sería muy fácil, sus cimas de perversión y enfermedad,
pero eso ya lo hice en una novelita llamada Los Patos,
que publicó Eloísa Cartonera en el 2004,
con dibujos de Max Cachimba).
Una vez después de un recital que estábamos dando
en la Cantina de Ramón Merlo, se acercó
una mujer de unos treinta años y me dijo:
“Qué bárbaro que con esa voz tan chillona
puedas cantar, parecías una rata atrapada
entre los flejes de una trampera.”
Yo no le contesté nada, puse los ojos
en blanco, y juntando las manos
en una actitud budista
le hice una mueca rara.
Los recitales por esos años eran más bien
un pretexto para que el público
se desahogara de sus propias frustraciones.
Iban a los recitales con bolsas llenas de verdura podrida,
que arrojaban al escenario no bien entraba la banda.
¡Plast!, un estallido de tomate en plena cara.
Pero igual estaba bueno. Siempre había golpes,
la gente se daba con todo. Un capítulo aparte
eran las guerras entre punks y heavys.
Eran ruinas, y encima de las ruinas,
otras ruinas más nuevas las que quedaban
después de esas batallas.
Parecía como que nos olíamos,
buscándonos por las calles
vacías de la madrugada.
Una vez emboscamos a un grupo de heavys
en un barrio proletario. Los estábamos esperando
y se la teníamos jurada. Era al caer la tarde.
Un cielo rosado con bandas azules,
y detrás fábricas amontonadas y después
el campo empezaba a entrar en la ciudad.
Les dimos con garrotes, les rompimos los huesos,
en un momento en que le pegué una patada
en la cabeza a uno de los melenudos
que estaba tirado en el piso, escuché
cómo se le destrozaba la mandíbula.
No sé, pero ahora pienso que capaz
que lo desfiguré para siempre.
Un crack seco y después sollozos.
Nos fuimos caminando, cantando consignas,
hasta un bar donde tomamos unas cuantas cervezas.
También andábamos cazando skinheads
A ellos les daba por merodear en el barrio
de la Facultad de Medicina para atacar
a los bolivianos y peruanos que estudiaban por ahí,
o andaban por el costado del río
persiguiendo a los homosexuales
que se daban cita entre los arbustos.
A nosotros nos gustaba agarrarlos a ellos
y caerles a golpes, era algo parecido a lo que
pasaba con los heavys, aunque lo que con los primeros
considerábamos un deporte, contra los skinheads
era sobre todo una cuestión política.

18

Creo que perdí mi objeto, dijo.
Que estoy al borde de la afasia, se corrigió.
Pero nadie lo escuchaba,
porque todos estaban
en una especie
de fiesta submarina.
No en el fondo del lago.
No en los ojos de los gatos.
No en las formas.

20

Una poesía de hierro,
otra lírica para seducir a las mujeres,
una para causar miedo
como un lobo royendo
el torso de un hombre que agoniza.
Una poesía personal,
no antropológica, para leer
iluminados en la transparencia
de los órganos internos.
Una ascética, zen y política
que hable de la ciudad
donde escribí
bajo los árboles
que parecían cerrarse
a la violencia del verano.
*Autor
Francisco Garamona nació en Buenos Aires en 1976. Publicó: Parafern, Deldiego, 2000; El verano, Deldiego, 2001; Carcarañá, Casa de la Poesía de la ciudad de Buenos Aires, 2002; Tavali, Ed. Amaranta, 2003; Pequeñas urnas, Gog y Magog, 2003; Cuaderno de vacaciones, Ed. Siesta, 2003; Una escuela de la mente, Eloísa Cartonera, 2004; La momificación de Bárbara, Junco y Capulí, Rosario, 2004; Los patos, Eloísa Cartonera, (con ilustraciones de Max Cachimba), 2005; Que contiene láminas, Gog y Magog, 2005; Aceite invierno, Editorial Municipal, Rosario, 2005; La leche vaporosa, Vox, Bahía Blanca, 2006; Cosas encontradas en un pupitre, Belleza y felicidad, 2008; Pueblo y ciudad llanos, Belleza y felicidad, 2009; La luz entre las fholas, Yiyi Yambo, Asunción del Paraguay, 2009; Una proposición, Mata-Mata Ediciones Latinoamericanas, Guatemala, 2009; Esculturas topiarias, Vox, Bahía Blanca, 2009 y Un gabinete móvil y otros poemas, Ed. Cuneta, Santiago de Chile, 2010.