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Los refugios
de Edgardo Scott (Edulp, 2010)
Verónica Yattah*

Si este libro pudiera definirse a través de un sentido, ese sería el sentido gustativo. Así como en la boca persiste el sabor de algo que se ha comido hace rato, los cuentos de Scott pretenden instalarse (y lo logran) en esa temporalidad posterior a lo acontecido. Pretenden cubrir, más que el instante mismo, su duración, sus efectos. Es como si se reconociera la imposibilidad de asir el instante. Las cosas pasan demasiado rápido y los personajes necesitan tiempo para asimilarlas: “El tramo iluminado es tan efímero y tan diferente del resto del trayecto, de la continua oscuridad cerrada, que tampoco se me ofrece como del todo verdadero”. Entonces el foco va a ser otro, y estará puesto en lo que sí es reconocible, que son los resabios. Lo que interesa es el modo en que esos acontecimientos, por minúsculos que sean, conmueven a los personajes y los dejan pensando, sintiendo, dudando. En “Una maniobra” no importa lo que haya ocurrido en la ruta, como el sentimiento de alivio del narrador al ver pasar una ambulancia en dirección contraria. Lo que eriza la piel no es la descripción (ausente) de un accidente, sino los cambios (¿perturbación, culpa, alivio?) que la visión de una mujer sola en la ruta ha generado en el personaje.
Sin esa cavilación de los personajes, no habría libro. Y tal vez porque la reflexión puede ser algo infinito, los finales de estos cuentos no constituyen verdaderos finales. Nada termina en sentido estricto, porque es poco lo que estos personajes meditabundos puedan resolver. En este sentido se destaca el primer cuento, “Los hermanos”. (Hay dos aspectos perfectamente calibrados en el libro: uno; el título; otro, la apertura con este cuento excepcional). Un narrador que recuerda a su hermana y recorre momentos dispersos, hasta que llega a un presente de distancia y desconocimiento total. Y una elección, por parte del autor, de no hacer emitir a sus personajes exclamaciones sobre sus sentimientos. Son personajes que recuerdan y que pueden introducir la dimensión de lo triste, de lo misterioso, de lo incómodo, mediante el relato mismo, o través de su revés: la ausencia de relato, los silencios.
La tristeza está presente a lo largo de los cuentos. Está trabajada de manera delicada, es más bien sugerida y provocada por los movimientos –físicos, pero también mentales- de los personajes. Tal vez sea producto de un pasaje que va de la compañía a la soledad. Un hermano que ya no ve a su hermana, un hombre solo recostado sobre una cama desecha y en medio de un desorden perturbador, cotidiano; un oficinista amable que oculta un costado diferente, la mirada de un jardinero ignorado por los turistas de un hotel. Sin embargo no son personajes o situaciones típicamente marginales. Las situaciones que elige Scott no son radicalmente extrañas. Las situaciones, y esta es la cuestión, no importan demasiado. La soledad es una intención, es casi una huida; es el afán de construcción de un mundo propio en medio de un mundo que no es precisamente llamativo. Esto queda expuesto en “Peces fantásticos (o Repaso)” donde un padre de familia, luego de un día absolutamente normal -salvo por algo que le ha dejado una sensación de molestia y ha producido este hilo de reflexiones- puede tomarse un tiempo para pensar en lo que ha pasado. “Uvas” también es un cuento que sigue está línea. Una acción tan prosaica como la de comer fruta, se convierte (y aquí hay un eco imposible de eludir, que es el de Saer) en todo un ritual, en una acción de una importancia inusitada.
Otra zona del libro sería la de un “peligro silencioso” desarrollada en cuentos como “Cavar”, “La respiración de las ranas”, “Variaciones sobre el crimen” y “Primos lejanos”. En estos casos sí se trata de situaciones más extrañas y peligrosas, pero siempre bajo el velo de lo común, generándose una tensión entre lo aparente y lo otro.
Hay una distinción que suele hacerse entre escritores que cuidan el ritmo y otros que no lo hacen. Scott se inscribe en la primera serie, siendo sus cuentos de un ritmo lento, espiralado, que lleva su tiempo escuchar. El riesgo que se corre al asumir este ritmo es, claro, el de aburrir al lector. Los cuentos de Scott “no van al punto” como suele pedírsele a los narradores de historias. Lo que habría que preguntarse es si hace falta pedirle un núcleo duro a este tipo de escritura. Porque con “espiralado” lo que intento reconocer es el gesto de recorrer los objetos sin tocarlos. No los toca, pero se acerca bastante. Y tampoco tocarlos constituiría, en este caso, el objetivo, sino detenerse en el merodeo. En definitiva es tarea de cada lector decidir si ha tocado esas zonas de miedo, incertidumbre, soledad, o no. O si ese intento por acercarse vale la pena. Lo que sin duda es meritorio, es el hecho de pretender una duración bien distinta a la aceleración y de haber intentado, en sus cuentos, una cadencia singular.

*Autora
Verónica Yattah nació en la Ciudad de Buenos Aires el 1 de febrero de 1987. Participó en el taller de Abelardo Castillo y en el de Enrique Solinas. Fue parte del Grupo Alejandría hasta el 2007. En el 2008 fue elegida, junto con otros, "Poeta Revelación" por la Revista Plebella y recibió una mención por el FNA por su cuento "El placard", que integra una antología. En el 2009 publicó Ella salta la espuma de las olas (poesía, Ediciones Del Dock). Actualmente estudia Letras en la UBA. Su blog es: www.ellasaltalaespumadelasolas.blogspot.com