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Palabras para Aldabecunde
de Bárbara Gallota (Ediciones del Dock, 2009)
Fernando Molle

¿En dónde está la tierra natal de cada uno? ¿Es posible viajar hasta ahí? Como si toda la infancia hubiera sido un poema del que despertamos escribiéndolo, Bárbara Gallotta nos confía en Aldabecunde la clave para eliminar el tiempo y viajar al presente perpetuo de la vivencia infantil.
Quien habla aquí escribe sin darse cuenta, vive en un poema permanente que no puede representarse. La nena que ritma lo que le va pasando vive para que nosotros le sigamos el juego, para que el poema se niegue como poema y surja el chisporroteo de la memoria: ahí donde lo propio del poeta y lo propio del lector laten al unísono en la letra: Levantando polvo / la sombra de los caballos / dormidos todavía se escuchan / a oscuras en mis oídos.
Por un artificio artero de escritura, estas viñetas mínimas y profundas ponen en movimiento el viejo álbum familiar. Alguien nos sacó una foto a nuestras espaldas hace muchos años. La foto se revela hoy, en el instante en que el poema nos espeja. Lo que siempre fue / lo mismo será.
Y el paisaje: casi campero aquí de tan suburbano, aunque estemos perdidos en medio de la malasia, ese territorio íntimo e inalcanzable, porque malasia es / atrás del alambrado. Tal como esos esteros alucinados de Francisco Madariaga, o como esa campaña pesadillesca de Marosa Di Giorgio, el país natal de Bárbara Gallotta es una región que da imagen, que vive en el tiempo sin tiempo de la imagen poética. Somos lo que miramos, nos vemos en los que nos rodea, por eso cada lector confirmará que aquí no hay distancia entre mente y paisaje. Como en estos versos: Amanezco / de la neblina que viene de adentro. O estos otros: me saco / el rocío / de adentro / para ir a dormir.
¿Podemos aprender a no hablar, o a hablar mal? ¿Podremos aprender de nuevo a nombrar? Como restos del diccionario personal que empezamos a escribir alguna vez, Aldabecunde no recuerda esas palabras recién nacidas, cada nuevo y eléctrico maridaje entre sonido y sentido. Ahí donde volvemos a ser Adán y Eva señalando cada cosa, donde la experiencia primigenia del mundo se cifra en unas sílabas alocadas. Como en esta estrofa: onivia olia olorife / alalai cánfora samra / milingítara jirófora / zumbra ulalindre calandra. Sabemos de sobra que siempre habrá más sensaciones y vivencias que las que nuestro pobre diccionario imagina. Y hacia ese espacio se proyectan estos textos: a transferir lo intransferible, a socializar lo radicalmente personal, incluyendo en ese movimiento a los que nos van a entender nada, o mejor, a los que van a terminar entendiendo.
Aldabecunde es Aldabecunde. Pero quizás sea, también, aquello que no comprendemos del todo pero comprendimos bien alguna vez.

*Autor
Fernando Molle nació en Buenos Aires en 1968. Publicó tres libros de poesía: El despertador y el sordo (Ediciones del Dock, 1995, prólogo de Leónidas Lamborghini), La revoltija (Siesta, 1999) y Del libro (Vox, 2008). Por este último, obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes.
Coordina un taller de escritura en el C.C. Rojas (UBA) desde 2002 y escribe sobre literatura en diversos medios de Argentina.
Es el dueño de la librería La Cautiva, ubicada en Palermo Viejo.