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En el nombre de Amelia Biagioni
Adriana Hidalgo editora, 2009
Julieta Lerman*

Luego de años de encontrarse agotados o perdidos los libros de Amelia Biagioni, al fin se editaron sus obras completas en 2009, nueve años después de su muerte. Y tal vez a partir de este “acontecimiento” pueda empezar a oírse su voz con toda nitidez porque, en su momento, su condición de mujer provinciana, no fomentaba probablemente que fuera escuchada. A propósito de las voces poéticas femeninas a lo largo del siglo XX, o hasta pasada la primera mitad al menos, Alicia Genovese anota en La doble voz que algo les impedía formar parte del canon literario, “como si hablasen otra lengua materna, como si tuviesen un acento extranjero”. En buena medida, esto podría explicar el hecho de que las mujeres poetas de aquella época hayan forjado tan intensamente un estilo propio, personal, porque se trataba, en suma, de crearse una lengua a modo de cuarto propio. De alguna manera, en la búsqueda de una manera de decir se ponía en juego la búsqueda de una manera de ser. De ahí que la identidad sea tematizada obsesivamente en autoras como Alejandra Pizarnik, Susana Thénon, Amelia Biagioni. En esta última, la identidad constituye su obsesión principal, su motor de escritura. El poema aparece como el terreno donde buscarse, responderse y definirse sin fin para volver a cuestionarse, “con la extraña mano del retrato,/ escribo”. Quizás su poesía sea en sí una misma, profunda y reiterada pregunta que trasciende cada vez más capas hasta hacerse “milenaria”: “un lápiz azul –de mi sangre remota-/que me sella los labios/ mientras inscribe en mí sin rima otra versión/ de mi pregunta milenaria”. De ahí que la cuestión del nombre aparezca como un problema crucial, porque encerraría la paradoja de querer fijar algo que está siempre en mutación, por lo que el poema va corriendo detrás en una verdadera cacería que busca plasmar cada tonalidad de ese salto cromático mortal para dar cuenta de toda la gama, “me borro-muto-agrando-broto”. Con voz de rana confiesa la ambiciosa misión de su escritura:
la muerte no es la muerte
es un salto cromático
en la infinita metamorfosis.
(…)
me despilfarro
me ubicuo
profetizo
y traduzco los humanos poemas
todavía no escritos.
Y hay un río en la luna desde donde
aparezco y desaparezco
en todas las orillas de la tierra
capaces de croar.

Y el punto clave de este juego-rueda de “persecución” de sí misma, como analiza Tamara Kamenszain en su ensayo “En el bosque de Amelia Biagioni”, consiste precisamente en no dejarse encontrar, en quedar siempre como su propia desconocida vagando errante en el bosque de los nombres: “Soy mi desconocida (…) Tan sólo sé/ que el bosque errante de los nombres/ es mi hogar” dice el primer poema de su último libro, Región de fugas, como un descubrimiento certero. Porque mientras con una mano escribe su retrato, con la otra lo borra para recomenzar y ensayar otra versión de su pregunta milenaria: ¿quién soy? En otro poema del mismo libro, explicita su –por lo menos- doble cara: mientras una se pierde, se disuelve en el presente y se entrega al instante, la otra la recoge, más tarde, en el poema y busca reunirse reuniendo el rompecabezas de sus partes:
Arqueóloga en mí hundiéndome,
excavo mi porción de ayer
busco en mi fosa descubriendo
lo que ya fue o no fue
soy predadora de mis restos.

La identidad o el “nombre” de Biagioni se mueve, así, entre dos extremos que parecerían formar parte del mismo gesto: no ser nadie (la “desarraigada”, “ausente”, “extranjera”, “desconocida”, “silenciosa”, “solitaria”, etc.) y ser Todo. Y podría decirse que no sólo despliega sus nombres en ese recorrido, sino que es ese movimiento perpetuo: “En este cuarto entiendo. Soy nada más que un viaje”. En realidad, podemos decir que escribir para Biagioni también significa, en ese sentido, viajar, mutar, transformarse. La poesía aparece como el espacio-tiempo privilegiado donde se puede ser todo, “encarnar” distintas formas, tener muchos nombres, y también no tener ninguno: borrarse, desaparecer: “un agujero soy/ por donde pasa el mundo”. Por eso escribir constituye ante todo un juego con la identidad que habrá de atrapar en el poema: “estoy alegre (…)/ jugando a muerte con mi futura identidad.” La palabra va detrás del yo que está siempre fugándose, yéndose a buscar a otro lado, a otro tiempo, a otro poema.

*Autora
Julieta Lerman nació en Buenos Aires el 7 de diciembre de1980. Es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Publicó París intramuros (poemas) en el sello editorial El Surí Porfiado en 2008, tradujo la última obra del poeta francés Claude Esteban Crónica de una herida (Paradiso, 2008) y realizó otras traducciones al francés. Colaboró con poemas, traducciones y reseñas en las revistas No-retornable, Plebella, La Costurerita y El Caldero del Diablo.