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Hay algo en El recreo
de Valeria Meiller (El fin de la noche, 2010)
Gabriel Cortiñas

El libro se abre con una cita, donde se enumeran las condiciones de una supuesta Historia del Antiguo Pago de Azul: “Primera: Transportarse con su familia o gente de faena al lugar que se le señale al poblador; segunda: Poblar en el término de un año con un capital que no baje de cien cabezas de ganado vacuno, y proporción caballar, o emprender siembra…”. Un estado que sueña —que delira— con zurcir una frontera de colonos y fortines. Las figuras que aparecen en el libro de Meiller son estampas limítrofes entre una Canaán sureña, donde sería posible una nueva tradición, y el más allá del Estado, los confines, las inundaciones, el malón, las plagas:

Hijo, éste es el suelo del sentido.
-dice padre y levanta un puñado
de tierra negra humedecida en el suelo.

El silo abriga una esperanza antigua:
el aire nuevo de una buena cosecha
siempre se inunda del olor del trigo.

(…)

la fila angloindia desarma la trinchera.
En la frente transparente
del horizonte florece la tierra del malón.

Los sanos corren. El canal es un hilo

Último va a mirarse la flor del cactus en la cara
una maraña reseca el pelo ondeando en el agua.

En los diferentes libros que componen El recreo, hay algo de ese desierto mansillesco ranquelino, fusionado con la mirada perdida en la llanura de un gaucho que devino en colono —esponsoreado por una mitología estatal—, que dibujará las más variadas figuras en esa llanura de potencial agropecuario. El plan de fronteras resalta la (im)potencia de un espacio fronterizo que se vuelve umbral, presa del movimiento. Como el sueño típico en que corremos cada vez más rápido pero no avanzamos, el libro de Meiller pone en funcionamiento esa misma maquinaria, la de un movimiento veloz hacia un vacío, que en este caso pondrá en juego la posibilidad de una identidad.

Mucho más efectivo que el juego de opuestos niño/niña, el agua va a ser otro motivo que estructure el texto. Martín Rodríguez dirá en la contratapa que: “Lo mejor y lo peor que le pasa a la tierra es el agua. El agua plantea balances delicados. De más: la inundación. De menos: la sequía.” No obstante, en el libro de Meiller el agua toma el camino egipcio de la plaga, del caudal, de la inundación que arrasa con todo. La que pierde la cosecha, la que lava los campos y los vuelve a dejar en blanco:

La frontera enhebra un nombre y una fecha
en cada niño. Así se habita lo natal.
En el término de un año, Era de Agua.
Inundación tras inundación.

El agua deja los campos limpitos, pelados, sin su historia reciente, sin el dibujo de la siembra o el camino de las vacas. Esa tierra pelada, despojada de su huella digital agropecuaria, es el principio creativo de una identidad. Si la identidad está ahí, en ese (y ahora sí) balance delicado entre el principio de creación y el de purificación —en El recreo— el agua será la implosión del principio creativo que vuela por los aires cualquier contorno posible. En esa frontera, la identidad se vuelve positiva, una fuga constante que lava el niño con su propia agua:

Los niños cuando nacen
se lamen la palma de la mano, se borran
las huellas digitales.
Dejan un pulgar vacío impreso en el barro
y se preparan para nacer de nuevo

La potencia del Estado está en ese acto perfecto, donde la impotencia de escribir —Bartleby mediante— permite la escritura de una identidad dinámica, positiva, la misma que le permite a Meiller la escritura del poema.

El libro está cimentado en una poética equivalente a: infancia + historia + poesía argentina. Y como en un juego de cajas chinas reproduce, o mejor dicho desprende, su poética hacia fuera. Hacia un conjunto de textos que se escribieron y que se están escribiendo, trabaja en una zona específica de la poesía argentina. Los últimos cinco versos del libro podrían tomarse como su arte poética: la imagen del niño lamiéndose la palma de la mano, borrando su filiación impresa en el nacimiento, para generar el espacio de una nueva huella: …el trofeo, una cicatriz. Si el desafío del estado había sido expandirse —generar propiedad—, el desafío del poeta será inscribirse dentro de una tradición poética incentivando el principio creativo de esa identidad, generando a la vez pequeños desvíos, que garanticen un camino propio, un camino diagonal. Propiedad sobre propiedad sobre propiedad. El poema como la escritura de una casa, en la que el escribano escribe y reescribe mil veces un mismo dominio ya escrito por otros. ¿No habían dicho que poesía y principio de propiedad son dos fuerzas que se repelen? El libro de Valeria Meiller es un gran primer libro que lejos de ser inocente, no teme perderse en el espacio de una escritura catastral.

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