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La sed verdadera
Ariel Bustos*
Desencanto, de Romina Doval
(Mondadori, 2009)

La protagonista de esta novela, Sara, parece tenerlo todo para ser “toda una señora en su regla” según sus propias palabras: argentina de treinta y pico de años, residente de una pequeña ciudad española de Castilla, lectora devota de novelas del siglo XIX, dueña del amor del adorable Manuel, ese hombre de naturaleza sencilla y vital que es el complemento ideal de su sensible mundo interior. Sin embargo, desde el inicio mismo de la novela, detrás de la escena del desayuno con que comienza la historia, late una tensión, la posibilidad de un quiebre en la calma cotidiana por el cual la locura se instale en el alma de Sara. Esa posibilidad también se manifiesta en algo habitual: un cielo azul en el amanecer es, para Sara, la llamada de una vida que está en otra parte, una vida que tratará de alcanzar, fugándose.
Desencanto, primera novela de Romina Doval (Buenos Aires, 1973), nos presenta la recapitulación de una mujer que toda su vida esperó encontrar algo extraordinario, una personalidad desvelada por ser parte de lo maravilloso. Atrapada en el exilio interior del estado de no comunión con el mundo, Sara siente “la sed verdadera”, “la fiebre del que espera frente al despertar”, como diría Spinetta en el disco Artaud. Entonces buscará conciliar lo excepcional y sublime de las grandes novelas decimonónicas con su tiempo y su lugar, vivir las aventuras de los libros que lee. Instalar un nuevo orden en la vida: ya sea mediante esas fugas que están más allá de su voluntad, o con la búsqueda de la irrupción de un tercero en la relación con Manuel; así el capítulo en el bar de swingers o la idea bovarística y libresca de encontrar un amante en el gris librero Amado. Pero todos esos intentos no serán más que aventuras truncas, absurdas.
En el primer capítulo de la segunda parte, un capítulo en el que vemos a Sara a la deriva en un pueblo lejos de su hogar, Doval plantea por qué se pueden conocer todos los rincones del mundo y no los del tiempo, y es ahí donde late el corazón del desencanto. Se puede ser contemporáneo de los demás en cuerpo pero no en espíritu, y esa tal vez sea una definición del infierno. El deseo de que pase algo, un deseo tan cercano y tan inalcanzable representado en un sueño recurrente de una fiesta majestuosa en la que Sara está adentro y afuera a la vez, no puede ser satisfecho porque es el tiempo presente el que está vacío de emoción, de aventura. En una progresión constante la búsqueda de aventuras termina en fracaso y caída, un cerco que empuja el alma de Sara a la máxima dimensión del tormento. Novela circular, el mundo de Desencanto colapsa para volver a surgir en el punto de partida, todo cambia para que la obsesión de Sara siga igual.
Mención aparte merecen los detalles sutiles y simbólicos presentes en la novela: el sol rojo irreal que Sara toma como un presagio, la inversión de roles en las sesiones de terapia con el psicólogo Oscar Hoffmann, la mención del Adagio en sol menor de Albinoni como la melodía más íntima de Sara, y principalmente el otoño en que está ambientada la acción. Un otoño desolado, compás de apertura del duro invierno del epílogo, que pareciera llevar en sí toda la esencia de estos tiempos poco sublimes, impregnando de angustia los rumbos sin destino de Sara.
En una pequeña ciudad de Castilla, cuyo nombre jamás conoceremos, la luz del amanecer sigue trayendo la obsesión de la fuga, para volverse mayor desgracia de Sara y una novela notable.
*Autor
Ariel Bustos nació en Buenos Aires en 1983. Colaboró con cuentos y reseñas de libros en revistas como Zona Moebius, Resonancias, Los Asesinos Tímidos y El Interpretador.