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Villa mía
Sol Tiscornia*
La primera vez que vi Estrellas (1) me molestó que el público se riera. Era uno de los últimos días del BAFICI 2007 y una sala repleta de cinéfilos explotaba a carcajadas cada vez que la remera estirada y los dientes amarillos de Julio Arrieta se asomaban en escena. Parecía que las imágenes de la peor miseria de la villa no los conmovían y que la pobreza no les provocaba pena ni lástima ni dolor. Dejé mi butaca segura de que ninguno de los cientos de ojos cansados que me rodeaban se iría del cine pensando en cambiar el mundo, eliminar la injusticia social, el hambre y la desigualdad. La película me había enamorado. El público me desconcertó. Ese día, lo sabría después, me fui del cine sin haber entendido nada.
“Trabajar de pobre”. En un paisaje hecho de chapas y ladrillos huecos, los labios de Arrieta, un obrero y ex militante peronista, suben y bajan dejando salir una voz ronca y pausada con la que explica paso a paso cómo funciona el grupo de actores que dirige en la Villa 21 de Barracas. La “portación de cara”, dice, es eso que los hace únicos, especiales, vendibles. “No contraten a rubios para hacer de negros. Somos negros. No nos avergüenzamos. Queremos hacer negros lindos”, aclama y habría desatado los gritos de miles de hombres y mujeres fervorosos y aliviados de tener, al fin, un representante como ellos, que los miraría desde una tarima levantando los brazos y regalando sonrisas; Arrieta se sentiría un líder y, excitado por tanto grito y aplauso, se jactaría de ser el primer manager de actores villeros y el inventor de un negocio formidable capaz de conducirlos a él y a su barrio a la fama y a la gloria; levantaría las manos aún más alto y gritaría más fuerte si no fuera porque en vez de en un escenario está en su casa, delante de una pared descascarada y con apenas un camarógrafo como público. En ese mismo lugar es donde hace castings y descubre potenciales intérpretes de piqueteros, ladrones, mucamas y tumberos.
Arrieta habla, aclara, con su “léxico” y su “dicción”. Hace chistes y cada tanto lanza una carcajada que, en mi memoria, resuena con el mismo sonido que las de mis vecinos de aquella sala de cine hace ya tres años. De repente, me doy cuenta de que también me estoy riendo y de que lo hago mientras miro el retrato de una villa.
¿Por qué, por primera vez, la pobreza no me provoca culpa, sino asombro y curiosidad? Descubro que en ese barrio funciona un mundo. Hay más que barro y casas a medio hacer: hay una identidad.
La película avanza y ya me doblo a carcajadas. Me río cuando Arrieta cuenta que un travesti se fue a la mitad de un rodaje a la cancha de Huracán porque le pagaban más por una felatio que por hacer de extra. Me río cuando veo a los “actores villeros” gritando “vamos Menem” en una publicidad y mostrando los dientes en un video clip de Los Fabulosos Cadillacs. Me río de la pronunciación de Arrieta del inglés, mientras empiezo a sospechar que un retrato de la pobreza no tiene por qué ser una imagen de la piedad o del dolor y que en las villas también se ríe, se disfruta y se hace arte.
En ese barrio urgente que se instaló en tierras de la inmensa Buenos Aires, que delimitó sus fronteras a las que el miedo convirtió en inviolables; Arrieta siente los prejuicios del “afuera”, los entiende, los acepta y los aprovecha: hará de la marginación un trabajo, no sólo para él, sino para todos los “portadores de cara” con los que se cruza camino al almacén. Creará la posibilidad de ganar un sueldo por ser “villero” y, sobre todo, por tener “cara de villero”: “Siempre nos llaman para hacer de malos. Si ven que somos así, páguennos por eso”, reclama.
La actuación, para decenas de actores de la 21, es más que vocación y creatividad, representa su capacidad de defender una identidad a la cual el arte no creó ni transformará, sino que, simplemente, la reafirma y la legitima como aquello que ya era: una cultura única y específica. Antes frente a la cámara y ahora delante de mis ojos los actores villeros saben hacer cosas y las muestran. Pueden armar una casilla en dos minutos y cincuenta y cuatro segundos, interpretar a un nuevo rico y filmar una película sobre extraterrestres que invaden el barrio de emergencias de Barracas, a los que la ficción matará con el arma más poderosa: el barro y el agua podrida de los pasillos de la villa.
Las imágenes de Estrellas siguen pasando pero ahora no me río. Lo veo a Arrieta parado en el techo de una construcción con los ladrillos huecos y cientos de antenas de Direct TV de fondo y descubro la causa de que el retrato de un paisaje que vi incontables veces me introduzca en un universo nuevo y contrario al que conocía: su voz. Aquel representante de actores canoso y de dientes amarillos me está presentando una configuración de su mundo conformada y adherida por su lengua, su dicción, sus insultos y sus silencios. No oigo palabras ni modismos que no se escuchen en las mesas y las esquinas de la villa 21. No hay miradas ni juicios ajenos. A esta historia la narran sus protagonistas.
La cámara de los directores argentinos Federico León y Marcos Martínez entrecruza dos modos de intervención del arte en el devenir social: el retrato de una comunidad de actores amateurs y antihéroes, que luchan por hacerse camino en las pantallas y escenarios con su “portación de cara” como sello y escudo, construye un documental que lejos de una mirada compasiva y piadosa hacia la pobreza, reivindica a la villa como espacio de pertenencia único, específico y creador de una identidad dentro de la vorágine de la ciudad. Obliga a volver a mirar lo conocido para descubrir allí universos inesperados, como la risa que crece al lado del barro.
Notas
(1) El documental argentino Estrellas, de los directores y guionistas Federico León y Marcos Martínez, se estrenó por primera vez en la edición 2007 del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) y fue llevado a las salas comerciales el 13 de diciembre de ese mismo año.
*Autora
Sol Tiscornia nació y vive en Buenos Aires. Es periodista, egresada de Taller, Escuela y Agencia (TEA). Trabajó en los diarios zonales de Clarín y colaboró en Clarín nacional y en diversas revistas culturales y literarias. Cursa la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires.
Actualmente, dicta un Taller de Radio en la Villa 21 de Barracas, la misma donde los vecinos y actores protagonistas de Estrellas lucen sus despampanantes performances.