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Hollywood se viste de azul: algunas reflexiones en torno a Avatar
Pablo Debussy*
La última película de James Cameron resulta, en una primera impresión, huidiza y resistente al análisis detenido. Múltiples discursos, montados al paradigma del énfasis, la pomposidad y la desmesura, la rodearon antes y después de su estreno, y le fueron otorgando un halo de indestructibilidad, de monumentalidad fílmica, convirtiéndola en una suerte de opus magnum irrebatible. Pensar Avatar es, por añadidura, pensar en “la película más cara de la historia”, “la revolución tecnológica”, “los múltiples premios y nominaciones”, “las polémicas que desató en Oriente”; y la lista continúa, llena de fatigosos etcéteras. Analizar Avatar implica enfrentarse (y lidiar) con un a priori impuesto desde las publicidades, una plusvalía de sentido sin demasiado sentido, que quiere (y consigue) venderla como un producto destinado al consumo acrítico y despreocupado, con admiración pasiva y resonar de pochochos en butacas vecinas, cuando no en la propia. ¿O acaso no decía con orgullo una reciente propaganda de Coca Cola: “necesitamos menos críticos. Necesitamos disfrutar más”, como si la crítica y el placer fueran actividades contrapuestas?
Atravesando las capas de euforia colectiva, haciendo a un lado los discursos, las cifras, los récords y las medallas; hablando estrictamente de la historia que cuenta el film, lo que vemos es nada más y nada menos que una eficaz película de género. Rimbombante, desmesurada, obvia y elemental en sus maniqueísmos y en muchos de sus planteos, con un aire new age (en el peor sentido, si es que existe uno bueno…), superficial en su mensaje ecologista, y hasta cursi; pero, repitámoslo una vez más: efectiva, enormemente efectiva y eficaz, porque por detrás del arsenal tecnológico-futurista, de los anteojitos 3-D, de la seducción estética y visual imperante, Cameron sabe echar mano a ciertos esquemas narrativos visitados una y otra vez por el cine de Hollywood casi desde sus inicios, y le saca el jugo.
Avatar combina su clasicismo narrativo (en términos de la estructuración de sus conflictos y del modo que encuentra para resolverlos) con la utilización de múltiples géneros y subgéneros.
Por debajo de su tranquilizador mensaje ambientalista-cool, Avatar es una película política. Corre el año 2154, y los norteamericanos acechan el planeta Pandora en busca de un valioso recurso natural proveedor de energía que sólo existe en esas tierras. Amparados en una misión con fines científicos, que incluye el estudio de la biodiversidad y la naturaleza, esconden un proyecto bélico de conquista y ocupación a sangre y fuego.
Los habitantes de Pandora son los Na´Vi, individuos con reminiscencias indígenas en sus facciones y en sus vestimentas (usan una suerte de taparrabos), de contornos alargados y con la piel azul, que viven pacíficamente y en armonía con el medioambiente. El planeta, sin embargo, es hostil para los humanos por una cuestión biológica: es imposible sobrevivir demasiado tiempo respirando su aire sin una mascarilla. Sucede que los Na´Vi son también hostiles, pero por una cuestión… lingüística. Es el siniestro Coronel Miles Quaritch, el hombre encargado de comandar la misión (un marine empedernido, cuyos hercúleos músculos son inversamente proporcionales a su aprecio por las vidas ajenas), quien así los denomina, convencido de que la hostilidad es una característica inherente de estos hombrecillos. Quaritch, a través de su discurso, distingue entre un “nosotros” y un “ellos”, tomando como única acción válida y legítima a aquella que es propia de su tropa. Invierte las culpas, haciendo recaer en los Na´Vi los actos de violencia (actos llevados adelante en defensa de su territorio), y olvidando significativamente la violencia primera, la inicial ocupación del suelo que los marines llevaron adelante, la real generadora de los crueles enfrentamientos.
A diferencia de tantas y tantas películas en donde los Estados Unidos aparecen invadidos, o bajo riesgo de invasión extranjera (antes: rojos marcianos y barbudos comunistas; hoy: árabes suicidas o amenazantes iraquíes, qué más da…), en Avatar son los norteamericanos quienes invaden territorios, destruyen y masacran. Ellos son mostrados como los bárbaros, como los individuos a los que se debe temer y, finalmente, a quienes hay que destruir si se quiere vivir en paz. El “nosotros” del Coronel Quaritch termina siendo desarticulado por el punto de vista del film. Es él, y los suyos, los que son vistos como los “otros”, los “ellos”. Extraña vuelta de tuerca de la película, o no tanto; se sabe: la corrección política vende bien, gana premios, y es una efectiva tranquilizadora de conciencias (no olvidemos que los Na´Vi, además de su lengua nativa…¡hablan inglés!).
El protagonista de la historia es Jake Sully. Poco sabemos de su pasado: se trata de un ex marine que perdió las piernas en combate, y que es incorporado a la misión colonialista en Pandora para reemplazar a su hermano gemelo fallecido. Mediante sofisticadas máquinas le crean un avatar: un individuo construido a imagen y semejanza de los Na´Vi, pero controlado por su propia mente. Jake debe infiltrarse en territorio enemigo, incorporarse a su civilización, hacerse pasar por uno de ellos y recabar datos útiles para luego revelarlos entre los suyos. Lo que sucede es que, a medida que la película transcurre, Jake será cada vez menos un infiltrado, y dejará de simular su condición de nativo para pasar a adquirirla verdaderamente.
Avatar, desde esta premisa, se inscribe dentro del subgénero de la historia de iniciación, para articularla a la vez con el mítico género del western (aquí, remozado y en versión siglo XXI, pero con sus mismos componentes estructurales). Sully encuentra en las habilidades de su cuerpo de avatar la contracara positiva de su parálisis como humano, y sus progresivos aprendizajes en su nueva fisonomía y su nuevo entorno tienen lugar entre los seres azules, aquellos que al inicio eran vistos como la barbarie y que luego pasarán a conformar la civilización. La educación del héroe, paradójicamente, se produce entre los “bárbaros”, los que están del otro lado de la frontera, en un territorio inexplorado, desconocido y amenazante, que luego se revela maravilloso, idílico y digno de ser defendido.
La formación de Jake es progresiva y ascendente, pasando por los aspectos lingüísticos (el aprendizaje del dialecto de los nativos), los de la supervivencia básica (el arte de la caza), los religiosos (las plegarias al dios Eywa, dios de los Na´Vi), y la educación sentimental (el protagonista se enamora de Neytiri –aquí, a su vez, el film incursiona en los caminos del melodrama-). Aprende sus lecciones de modo exitoso, y la película articula sus vivencias por medio de la lógica del paroxismo: de ser un ex marine paralítico, Jake Sully se convierte en la autoridad suprema en la tierra de los Na´Vi.
En el subgénero de las historias de iniciación, el término “iniciación” es sinónimo de integración: el objetivo de la adquisición de saberes es que posibiliten a quien los recibe su efectiva incorporación a la sociedad. De hecho, los valores que el sujeto adquiere y toma como propios, son precisamente aquellos a los que esa sociedad en la que él ingresa considera como valores: un conjunto de normas y convenciones socialmente aceptadas y legitimadas. El protagonista termina siendo para los nativos su máximo soberano, pero para los invasores (sus antiguos compañeros) se ha vuelto un traidor.
Para conseguir que su integración sea total, Jake debe convertirse en un verdadero Na´Vi. Con este objetivo, deja atrás su cuerpo humano, sacrificándolo, y adquiere definitivamente a su avatar como su verdadera identidad; reencarna en lo que antes había sido sólo su doble de color azul, para habitarlo ahora como su propio yo.
Su triunfo y su unión con el entorno se deben no sólo a su voluntad férrea, sino también a Pandora, y a lo que Pandora significa: un lugar utópico, con reminiscencias a la sociedad premoderna, anterior a la aparición del capitalismo desarrollado; un mundo idílico, donde todo funciona de acuerdo a una lógica natural perfecta e inalterable, y en el que sus habitantes viven en armonía y en equilibrio consigo mismos, con la naturaleza y con las divinidades.
Los norteamericanos que invaden, por el contrario, son la encarnación de la sociedad moderna, vista desde su lado más negativo: una sociedad que ha dejado de lado a los dioses y a las manifestaciones trascendentes para pasar a creer, de un modo autodestructivo, en las necesidades materiales inmediatas. Su derrota, en el film, es enteramente producto de su soberbia, de su hybris. Lo que termina por ajusticiarlos no es tanto el ataque de los Na´Vi (de hecho, los nativos no tienen tecnología ni avances armamentísticos suficientes para contener la ofensiva invasora), sino una Naturaleza elemental, enfurecida, justiciera y sublime; una suerte de deux ex machina que viene a resolver el conflicto desde el cielo para asegurar una vuelta al orden primigenio, para recompensar a los justos y castigar a los culpables.
Avatar consigue escenificar así, en la victoria final de los habitantes de Pandora, la contracara idealista de la (brutal) realidad histórica de la conquista, construyendo un relato mítico, contrafáctico, en el que los indígenas, con la ayuda de sus divinidades, pueden vencer y expulsar a sus atacantes, recuperando su dignidad perdida. Sí, es un final feliz. Ahora no olvide sacarse sus anteojos 3-D. Hollywood lo ha hecho otra vez.
*Autor
Pablo Debussy nació en Buenos Aires en diciembre de 1983. Actualmente se encuentra terminando la carrera de Letras en la UBA. Ha participado en las "XXXVII Jornadas de Estudios Americanos" (Universidad del Litoral, 2005), en el "IX Encuentro sobre Cine Estadounidense y Cultura Contemporánea" (Universidad de Belgrano, 2005), en el Primer, Segundo y Tercer Encuentro sobre Experiencias y Escrituras en la Cultura de Consumo", (Filosofía y Letras, 2006-2007-2009). Se desempeña actualmente como coordinador en el Cineclub Buenos Aires Mon Amour. Desde comienzos de este año se encuentra como adscripto de la cátedra de " Introducción a los Lenguajes de las Artes Combinadas" (ILAC), en la UBA.