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Del sueño a la eternidad: Ingmar Bergman
Sebastián Basualdo*

Un tablero de ajedrez suspendido sobre una roca. Treinta y dos piezas temblorosas. Un paisaje desolador y exasperante que esconde un amanecer. Dos jugadores: Antonious Block, frente a la Muerte, intenta ganar una partida de la que dependerá su vida. De esta forma podríamos resumir el argumento de El último sello (1957), película que, junto a otros títulos como Gritos y susurros, El manantial de la doncella, El verano de Mónica, Juventud divino tesoro, Escenas de la vida conyugal, Persona y El silencio, entre otras, conforman la contundente, abarcadora y premiada obra del cineasta Ingmar Bergman, fallecido recientemente.
Su partida de ajedrez comenzó el 14 de Julio de 1918 en Upsala, una de las ciudades más importantes del país escandinavo. Fue el segundo hijo de un pastor protestante, a quien el propio Bergman adjudica sus mayores influencias, fundamentalmente su educación y consecuentemente la elección de los temas de sus películas: la culpa, la infidelidad, la desolación, el mundo metafísico de la religión. A este respecto, escribió: “La idea de El Séptimo sello me vino contemplando los motivos de pinturas medievales: los juglares, la peste, los flagelantes, la muerte que juega ajedrez, las hogueras para quemar a las brujas y las Cruzadas. Esta película no pretende ser una imagen realista de Suecia en la Edad Media. Es un intento de poesía moderna, que traduce las experiencias vitales de un hombre moderno en una forma que trata muy libremente los hechos medievales. En mi película el caballero regresa de las Cruzadas, como hoy un soldado regresa de la guerra. En el Medioevo los hombres vivían en el temor de la peste. Hoy viven en el temor de la bomba atómica. El Séptimo Sello es una alegoría con un tema muy sencillo: el hombre, su eterna búsqueda de Dios y la muerte como única seguridad. Cuando era niño acompañaba muchas veces a mi padre cuando tenía que ir a presidir el servicio religioso en las pequeñas iglesias aldeanas de los alrededores de Estocolmo. Para mí eran fiestas.”
A los trece años comenzó el bachillerato en la ciudad capital, para luego ingresar a la Universidad y licenciarse en Letras e Historia del Arte. Pero su mayor descubrimiento en esa ciudad fue el teatro, donde las representaciones de obras de Auguste Strindberg o Henrik Ibsen lo acercaron aún más a aquellos temas que no cesaron de preocuparle: podríamos establecer, en efecto, una relación entre Escenas de la vida conyugal y Casados de Strindberg; o bien entre Gritos y susurros y Casa de Muñecas de Ibsen. De hecho, además de haber sido reconocido por su gran colaboración al arte cinematográfico, fue un activo y constante director de teatro durante toda su vida. Inicialmente se desempeñó en tareas de asistencia de dirección en el Teatro Real de Ópera de Estocolmo convirtiéndose, a los 26 años, en el director de escena más joven en Europa; luego en 1953, y durante siete años, tomó a su cargo la dirección del teatro de la ciudad de Malmö, donde estableció una estrecha relación con los actores de la compañía. Su fruto puede apreciarse en el gran porcentaje de ellos que lograron formar parte del elenco cinematográfico de Bergman desde 1960 (Max von Sydow y Harriet Andersson, por ejemplo).
Ahora bien, la forma más fácil, si bien no la más profunda, de comprender la obra total de cualquier artista, ya sea este escritor, pintor, músico o cineasta, consistirá siempre en establecer parámetros de conexión entre un puñado de sus obras y la biografía del autor, es decir: períodos estilísticos o etapas de maduración. Llegado el momento de enfrentarnos a la obra del querido Ingmar Bergman, resultaría adecuado en primer lugar considerar una declaración que ha realizado el director en una entrevista realizada en el año 2002: “Hubo un largo período de mi vida en el cual yo veía al cine como el único refugio donde podía estar en paz, y donde mis demonios se apartaban y no podían alcanzarme. Y así podía viajar a través de la oscuridad cuando me sintiera solo”. Allí, precisamente en esa respuesta, encontramos lo que definiríamos como el germen del que se nutren todos sus films, esos demonios que se alejan de él pero se acercan a nosotros y nos susurran al oído aquellas cosas que nunca deseamos escuchar: las verdades. Pero ese germen consigue su nivel máximo de esplendor, generalmente, una vez que el autor encuentra su propia voz luego de una período de arduo trabajo: Desde Crisis (1946) hasta Sonrisas de una noche de verano (1955) es necesario identificar una etapa de plena búsqueda de temas y estilos, que recién dirán sus primeras palabras con El séptimo sello (1957) y se afirmarán con la trilogía compuesta por Como un espejo (1961), El silencio (1963) y Los comulgantes (1963), conformando un grupo coherente de obras con las que organiza un difícil mosaico de sus obsesiones más esenciales sobre la dificultad de entender la existencia. En esa trilogía (a veces justificada y a veces desmentida como tal por el mismo Bergman) todos los personajes se encuentran en una situación extrema de aislamiento, de forma tal que se ven casi en la obligación de replantearse algunas dudas como la necesidad de cariño, la falta de fe, la angustia existencial, etc. Problemas que atacan al espectador desde todos lados, alcanzando los lugares más oscuros de la sala. Finalmente, y habiendo superado la etapa de perfeccionamiento, Bergman es capaz de demostrarnos en Persona (1966) que ha encontrado la fórmula exacta para hacer una obra maestra del cine, y ese esquema es el que respetará hasta el final de su vida: primeros planos de larga duración, diálogos filosos, mujeres, luces generando claroscuros infinitos y una banda sonora que nos invita a la reflexión. Es así que el director se coloca en la lista de aquellos autores cuyas películas reconoceríamos de inmediato sin haberlas visto jamás. De esta etapa conocemos: La hora del lobo (1968), La vergüenza (1968), El rito (1969), La carcoma (1971), Gritos y Susurros (1972) y Escenas de la vida conyugal (1973), quizás estas últimas sus dos películas más aclamadas por el público. Más adelante se encuentra El huevo de la serpiente (1977) pero resulta sumamente dificultoso colocarla en algún otro grupo de films, ya que se aparta temática y estilísticamente de lo ya realizado por el director; lejos de definir los miedos internos de los personajes, el horror está introducido por un elemento externo: el nazismo y el terror que provocó en los años previos a la guerra. Tardaríamos menos en comprender este extraño viraje en su obra si atendemos a su autobiografía, pues escribió acerca de su visita a Alemania cuando era chico, de cómo su familia colocó un retrato de Hitler en la pared de su cama y que “por muchos años, yo estuve del lado de Hitler, encantado por sus triunfos y entristecido por sus derrotas.”. Simultáneamente, deberíamos tener en cuenta que en el año 1976 Bergman sufrió uno de sus mayores inconvenientes en la tarde del 30 de enero mientras ensayaba una obra de Strindberg en el Teatro de Estocolmo: dos agentes del gobierno entraron por la fuerza y lo apresaron por evasión de impuestos. El efecto sobre el director fue devastador, sufrió un colapso nervioso y fue hospitalizado por profundas depresiones. Afortunadamente los cargos fueron removidos por falta de fundamentos legales, pero las consecuencias resultaron indelebles, pues acto seguido e inmerso en una atmósfera de plena desdicha emocional, decidió auto-exiliarse en la ciudad de Munich, Alemania. Cerró su estudio y suspendió dos proyectos. No volvería a su país hasta 1984. En una entrevista realizada en 2005 en la tranquilidad de su casa en la isla de Fårö, donde filmó algunas de sus películas, alejado como sus personajes, aislado como ellos, Bergman declaró que a pesar de haber estado activo durante el exilio, perdió efectivamente ocho años de vida profesional. Por último, y tras la realización de unas cuantas películas más para la televisión sueca, Bergman se despidió de la vida cinematográfica con Saraband (2003) donde retoma los personajes de Escenas de la vida conyugal y logra hacerlos interactuar treinta años después. Bergman falleció en su casa de Fårö el 30 de Julio de 2007, mientras dormía, mientras soñaba, quizá, con su infancia, a la cual recurrió en parte para realizar su última película en cine, Fanny y Alexander (1982), pues como declaró algunos años atrás: “El mundo de la infancia fue siempre el último cajón de mi trabajo”.

*Autor
Sebastián Basualdo nació en Buenos Aires. Es profesor en Castellano, Literatura y Latín. Publicó un libro de cuentos breves La mujer que me llora por dentro (2001). Ha dictado talleres de cine y literatura, y análisis del discurso político. Colaboró en el suplemento Radar de Página/12, y en la revista literaria PROA (tercera época), dirigida por Roberto Alifano. Actualmente se desempeña como profesor adjunto en la cátedra de Comunicación de F. Gutenberg. Cuando te vi caer, publicada por la editorial Bajo la luna, es su primera novela.