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El ahorcado (genealogía II)
Ricardo Romero*

El árbol estaba lejos, muy lejos sobre la cima de una lomada. Aunque el hombre no usó la palabra “lomada” para referirse a la elevación donde el árbol estaba solo, rodeado por largas extensiones de pastos agitados por el viento. El hombre, días después, cuando Maglier recuperó el conocimiento, usó la palabra “cuchilla”. Y Maglier entonces supo, con alegría y desazón, que todavía estaba vivo.

Muy lejos estaba el árbol de la casa del hombre, casi al borde del horizonte. Pero él tenía buena vista y el amanecer lo había ayudado, recortando desde atrás la extraña figura que se balanceaba. No necesitó tener mucha imaginación para saber de qué se trataba. El hombre se persignó y luego se encaminó al lugar, acompañado por sus perros. No tenía apuro, porque el árbol estaba tan lejos que no había posibilidad de que él llegara antes de que el suicida muriera. Los perros sí se apuraron, iban y volvían mientras el hombre se acercaba, ladraban y ladraban. Caminó un cuarto de hora antes de llegar. Lo vio ir creciendo, y la figura que al principio había necesitado del entendimiento de su mirada para completarse, poco a poco tomó las dimensiones de un hombre. Un hombre que se balanceaba colgado de una cuerda.

Cuando finalmente llegó tuvo que espantar a los perros a las patadas. Se habían enloquecido y saltaban alrededor del muerto intentado morderle los talones. Eso lo tendría que haber puesto sobre aviso, pensó el hombre después, y se lo dijo a Maglier. Porque sus perros nunca hubieran tratado así a un muerto. Pero en ese momento no lo pensó, y una vez que logró alejar a los perros, examinó un rato al ahorcado. No lo conocía, no era de la zona. Estaba tan acostumbrado a ver sólo gente que conocía, que por un rato lo observó con sorpresa. Después sacó el cuchillo y se subió al árbol para cortar la cuerda. Si el hombre se había ido hasta ahí, tan lejos de todo en el medio de los montes entrerrianos, era porque no quería ser encontrado, y él no era quién para andar avisando a la policía contraviniendo los deseos de un hombre desesperado. Lo enterraría y listo. Y sólo él sabría de su desgracia. Por las noches rezaría encomendando su alma, y de vez en cuando se acercaría a la tumba y se quedaría mirándola, pensando en la muerte y esas cuestiones. Incluso tal vez le hablaría y le contaría cosas que no le había contado a nadie. Todo eso elucubraba el hombre mientras trepaba hacia la rama, mientras cortaba la cuerda. Y siguió pensando esas cosas mientras el cuerpo caía. Tan ensimismado estaba en esos pensamientos, que al bajar del árbol y acercarse al cuerpo no oyó el silbido constante que salía de la boca del ahorcado. Y el susto que se llevó al verlo moverse, bracear en la oscuridad de la agonía como si buscara algo de qué agarrarse para no seguir cayendo, casi lo mata a él.

Tres días después, el joven Maglier ya podía comer por sus propios medios, aunque permanecía acostado en la cama. El hombre, un veterano solitario, era cazador. Se llamaba Emiliano Ceballos y vivía a quince kilómetros del poblado más cercano, Mojones Norte. Cómo había llegado hasta ahí, le llevó un par de días recordarlo. Había salido con lo puesto de Buenos Aires, y un camionero lo había llevado hasta Villaguay. A pesar de los tiempos que corrían, el camionero había aceptado llevarlo porque necesitaba conversación para no dormirse. No podía viajar a más de sesenta kilómetros por hora debido a que llevaba vitrinas y cristalería. Por suerte lo que el camionero entendía por conversación, era un monólogo ininterrumpido que sólo necesitaba de Maglier algún monosílabo o asentimiento de cabeza. Y Maglier cumplió, vacío de todo, sin pensar en nada, oyendo al camionero y mirando la ruta, acunado por el tintineo de los cristales a sus espaldas. Y tan bien cumplió que cuando el camionero llegó a destino, le ofreció unos billetes como retribución. Con esa plata compró la cuerda y un alfajor, y sacó un pasaje en la terminal de ómnibus hacia no recordaba dónde, porque nunca llegó. En alguna parte del camino, mirando por la ventanilla, divisó el árbol solitario sobre la lomada y lo eligió. Le pidió al chofer que lo dejara bajar. No había nada en las inmediaciones, pero el conductor del colectivo estaba acostumbrado a que la gente bajara en cualquier lado, y se detuvo. Era de tarde cuando Maglier bajó, y cuando llegó al árbol ya había caído la noche. Estaba tan cansado por la caminata que ni bien se sentó junto al tronco se durmió. No soñó nada. Cuando despertó, todavía era de noche. Se comió el alfajor y luego comenzó a subir al árbol.

Lo mejor de Emiliano Ceballos, además de no haber preguntado nunca por qué y cómo había llegado hasta ahí, era que se llamaba Ceballos. Maglier tardó casi un mes en reponerse, en animarse a enfrentar el día sin la vergüenza de haber querido extirparse de él. Durante todo ese tiempo hablaron poco, pero fue suficiente. Ceballos carecía de gestos y a Maglier le sobraban, así que un día el viejo cazador se apareció con un colchón y su huésped entendió. Ya estaba repuesto, era hora de dejarle la cama al dueño de casa. Era hora, también, de que se quedara. Ceballos siguió haciendo lo que hacía, y Maglier se encargó de la huerta. No sabía nada de plantas y verduras, pero como tampoco sabía nada de cualquier otra cosa, aprendió rápido. A veces Maglier gritaba en sueños, y Ceballos le revoleaba un zapato. A veces gritaba despierto, y entonces Ceballos se reía. Pasaron siete meses sin que Maglier se moviera del rancho. Ceballos iba solo al pueblo a comprar lo que hiciera falta una vez por semana. Iba y volvía en el día. Montaba un caballo flaco y distraído. Pero a los siete meses algo pasó, porque Ceballos no volvió. Maglier, mientras cocinaba un puchero de vizcacha, vio por la ventana cómo la noche llegaba y Ceballos no. Esa noche no pudo dormir, y a la mañana siguiente decidió ir al pueblo. Se preparó una vianda y salió. Era mediodía cuando llegó. El pueblo era un caserío con calles de tierra y, aunque no debían vivir más de trescientas personas, Maglier se sintió perdido. No sabía por dónde empezar a buscar. Finalmente entró al único almacén a la vista y, soportando la cara de desconfianza primero y de desprecio después, le preguntó a la mujer que atendía dónde estaba el prostíbulo.

–Derecho por esta calle. La última casa antes del molino –dijo la almacenera, y después escupió en el piso.

Hacia ahí se dirigió Maglier, pero no tuvo suerte. Después buscó la cantina, donde tampoco lo encontró. La iglesia estaba cerrada y para encontrar al médico tuvo que volver al bar. Ya no le quedaba otra, tenía que probar en la comisaría. Y aunque tampoco lo encontró ahí, el oficial que lo recibió le dijo a dónde podía estar. Emiliano Ceballos era amante del cuidador del camping comunal, junto al arroyo. Todo el pueblo lo sabía. Maglier murmuró “Ceballllos Ceballllllos”, y se sorprendió un poco. Al salir de la comisaría dudó entre ir a buscarlo o no. Si Ceballos no le había contado nada de esa relación, no tenía por qué entrometerse. Pero después pensó que Ceballos nunca le había contado nada, y que era raro que no hubiese vuelto la noche anterior. Algo podía haberle pasado.

El camping quedaba más allá del molino, en una hondonada por la que el arroyo corría rumoroso en el silencio de la tarde. Había una sola carpa bajo los árboles y dos construcciones en las que no parecía haber nadie. Hasta que los descubrió bajo uno de los aleros de la casa principal. Dos hombres tomaban mate mirando hacia el arroyo. No hablaban, no hacían otra cosa que no fuera mirar el arroyo y tomar mate. Uno de ellos era Ceballos. Maglier murmuró otra vez “Ceballllos Ceballllos Ceballllos”, y después pegó la vuelta. Se fue caminando casi en puntas de pie bajo el sol. Al llegar a la casa, con la tarde avanzada, se dio cuenta de que no había tocado la vianda, y de que tenía hambre. Comió como si fuera la última vez.

Cuando Ceballos volvió, Maglier no preguntó nada y el recién llegado no hizo ningún comentario. Todo volvió a la normalidad y ahora cuando Ceballos no volvía del pueblo él no se preocupaba. Pasaron varios meses más hasta que una noche Maglier se despertó sobresaltado. Sabía que había gritado pero no recibió ningún zapatazo. Buscó en la penumbra, y no encontró a Ceballos en su camastro. Se quedó despierto en la oscuridad, pensativo, oyendo a los grillos. Cuando comenzó a amanecer se visitó y salió del rancho. Buscaba algo y no sabía qué. El sol rojo en el horizonte le mostró la figura colgando en el árbol de la lomada. Maglier no tuvo que esforzarse para darse cuenta de lo que había pasado. Buscó una pala y salió rumbo al árbol. Los perros esta vez no saltaban alrededor del cuerpo. A una prudente distancia lo miraban, algunos llorando, otros simplemente echados y resignados. Maglier bajó el cuerpo de Ceballos y lo enterró ahí mismo. Hizo un pozo profundo y, junto con Ceballos, enterró la “ll”. Podía zapatear, ordenar las cosas una y otra vez, gritar cuando algún recuerdo de su familia se le venía a la cabeza sin motivo, o cuando soñaba con la Doncella de Hierro. Pero ya las palabras rara vez escapaban de su boca. Volvió al rancho, buscó las cosas que se podían vender y esa misma tarde fue al pueblo y vendió todo. No buscó al cuidador del camping. Fue a la plaza y esperó al primer colectivo que pasara. A los cinco días estaba otra vez en Buenos Aires. Tenía veintitrés años y ya había dejado atrás dos vidas distintas. Tuvo suerte, no había pasado una semana que consiguió trabajo como sereno en una construcción. El trabajo era tranquilo y podía estar solo. Pero lo mejor, eran las piedras chinas. Había un montón.


Aclaración
Este fragmento corresponde a la novela Los bailarines del fin del mundo, editada por el sello Negro Absoluto en el año 2009. Agradecemos a la editorial y al autor por permitirnos la publicación.
*Autor
Ricardo Romero nació en Paraná, Entre Ríos, en 1976. Es Licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba y desde 2002 vive en Buenos Aires. En el 2003 publicó su primera novela, Ninguna Parte, y a partir desde ese mismo año dirigió la revista de literatura Oliverio. En el transcurso del 2006 publicó su primer libro de cuentos, Tantas noches como sean necesarias. En el 2007 varios de sus cuentos fueron publicados en diversas antologías dedicadas a los nuevos narradores argentinos. En el 2008 publicó la novela El síndrome de Rasputín, primera parte de la “Trilogía del Tic” o “Ticlogía”. La segunda parte de esta saga, Los bailarines del fin del mundo, fue publicada en el 2009. Es editor de Gárgola Ediciones, donde dirige la colección “Laura Palmer no ha muerto”, y de Negro Absoluto, colección de policiales dirigida por Juan Sasturain. Desde el 2006 es uno de los integrantes de El Quinteto de la Muerte, grupo con el cual editó este año los libros 5 (La Propia Cartonera, Uruguay) y La fiesta de la narrativa (Editorial Una Ventana, Buenos Aires).