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Fénix
María José Eyras*

Mamá murió de una manera muy rara. He sacado mis propias conclusiones, aunque papá no me cree.

Todo empezó esa noche – papá no había llegado – me fui a lavar los dientes y vi la puerta entornada. Mamá, sentada al borde de la cama, examinaba sus brazos a la luz del velador y se encremaba. Le pregunté qué le pasaba y me mandó a dormir. Fue el principio. Una semana después me mostró cómo la piel se le había llenado de pelusas. Había probado con una esponja vegetal pero al otro día reaparecían: cuando se iba a acostar, al desnudarse, mamá se encontraba con que sus brazos estaban ásperos.

Mamá le daba muchas vueltas al asunto, bah, le daba muchas vueltas a todo. A la limpieza del vidrio, por ejemplo. Tenemos un departamento chico. El estar, que parece un vagón de tren por lo largo y angosto, termina en este ventanal de piso a techo. Para limpiar el vidrio mamá había ido perfeccionando un método. Era una operación delicada, minuciosa: primero pasaba un trapo con jabón, después otro con agua y por último una hoja de papel que hacía un ruido chillón, agudo, como la queja de un animal sorprendido por el dolor. Cuando el vidrio quedaba perfectamente limpio mamá sonreía levemente, llevaba el balde y los trapos a la cocina y prendía la radio. Después volvía y se quedaba mirando los techos, el cielo, el vidrio limpio, no sé.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, mamá se sentaba en el sillón, abría la agenda de teléfonos y escribía unas pocas frases en la sección “Notas”. Escribía rápido, con una letra ilegible y nerviosa, hasta que algo la interrumpía, el portero tocando el timbre, contestarme una pregunta sobre la tarea o simplemente que ella había mirado el reloj y ya era hora de hacer el almuerzo.

Había cosas que la ponían de mal humor a mamá, un humor de perros. Por ejemplo, cada vez que alguien nombraba a fulano de tal, cualquiera, y destacaba que escribía muy bien. O cuando íbamos a una librería de esas que parecen un supermercado de libros. La desalentaba la proliferación de novedades, la diversidad, se sentía perdida entre los estantes repletos de ejemplares; igual que los fines de semana, cuando volvíamos del club, y éramos un auto más entre millares regresando a la ciudad: la comprobación visible de ser insignificante, una partícula de tierra en una cadena de montañas.

Enterarse que la educación tenía cada vez menos presupuesto, que los chicos reprobaban materias, que según las encuestas casi nadie leía, la desalentaba. O se desalentaba cuando ella misma leía. Para qué escribir, si ya habían escrito gente como Marguerite Duras, Virginia Woolf, Chéjov, Proust, Cortázar.

Había tantas cosas que la desalentaban, iba por ahí juntando desaliento. Daban ganas de decirle: Y bueno, no escribas y listo. Pero mientras revolvía el guiso o la sopa en la olla, yo la veía murmurar, poner ojos soñadores: estaba inventando una historia.

Que quería escribir, mamá lo sabía desde chica, cuando se pasaba las mañanas enteras contando cuentos a un auditorio de hermanos y amigos del edificio. Dibujaba los personajes en un pizarrón, y a medida que les iban sucediendo desgracias y venturas, los iba borrando y los dibujaba de nuevo.

A los nueve años, con muñecos diminutos que venían adentro del chocolatín “Jack” contaba sagas completas entre las dos camas-continentes de su cuarto, separadas por un océano de parquet; con muñecas de cartón a las que hacía vestidos de papel con solapitas, con cajas de zapatos amuebladas con cajitas de remedios, con disfraces y caretas, o a trazos gruesos del dedo sobre un espejo, contaba historias.

Una noche de verano, cuando tendría diez años, en un rapto de inspiración, escribió un poema. No está mal lo de rapto ¿no es cierto? Es como si la inspiración lo robara a uno por un tiempo y se lo llevara vaya a saber adónde. Era un poema a la luna. Lo pasó a máquina, una Olivetti, y se lo mostró al abuelo, que tomaba fresco en la galería. Tuvo cierto éxito; escribió otro, a una flor. El abuelo dijo: - Ajám, este no me gusta tanto - y mamá guardó las lunas y las flores en un cajón del escritorio.

Más tarde, en un acto de la escuela leyó un homenaje a Colón y en la secundaria escribió los típicos poemas de amor. Es decir, era una chica común, normal, intrascendente. Cómo iba a escribir ella, a ser artista, si ni loca estaba dispuesta a cortarse una oreja, a morir joven y tuberculosa o a descuidarse al punto que se le enredara el chal en la rueda de un auto y así acabara la danza de su vida. Pero lo más grave era que mamá creía que si no empezaba escribiendo: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” y se mandaba el Quijote de un tirón, o por lo menos Carrie, o Lo que el viento se llevó, no valía la pena. Y pasó un largo tiempo sin escribir palabra, apenas alguna carta, algún papel suelto que tiraba en un baúl.

Cuando las pelusas empezaron a aparecerle también en las piernas la acompañé al médico. El doctor le tomó la presión, le preguntó por las reglas, si iba bien de cuerpo. Revisó los brazos y las piernas de mamá y no encontró nada. Mamá y yo nos mirábamos. Condescendiente, como un mero trámite, el doctor le recetó unos análisis. Mamá nunca se los hizo.

En qué orden sucedieron las cosas, no recuerdo exactamente. Una vez, al volver de un cumpleaños, mamá se acercó a la biblioteca del living. Las pelusas se habían pegado a los lomos de los libros. Era imposible leer los títulos. Abrió algunos ejemplares y comprobó que tampoco podía leerse lo que había sido una prolija novela o un estricto cuento. Las dos nos pusimos a limpiar en silencio. La operación de frotar página por página con cepillos de pequeñas cerdas nos llevó el resto de la tarde. No pregunté nada, mamá tampoco me dio explicaciones, pero se veía más sombría a cada momento.

Quizá fue esa semana, cuando le tocaba limpiar el vidrio, cuando mamá descubrió el borde de masilla asomando todo a lo largo del paño. ¿Cómo no lo había visto antes? Al método ritual de trapos y papeles agregó la tarea de quitar la masilla sobrante con la punta de un cuchillo. Eran varios metros, así que retirarla le tomó unos cuantos días. Cuando terminó, las cuatro hojas de la ventana tenían el vidrio flojo. Hubo una áspera discusión con papá acerca de si la masilla retirada era imprescindible para sujetar los vidrios o si la causa del problema fue el resecamiento, como sostenía mamá. De todas formas, tuvo que venir un hombre de overol, retirar y volver a colocar los vidrios con un sellador transparente y gomoso que también sobresalía, invadiendo la superficie del vidrio.

Mientras tanto, las asperezas en la piel de mamá continuaban. Volvimos al consultorio del médico y se repitió la escena. El doctor no encontraba nada extraño. Nos miraba con suspicacia. Sólo mamá y yo percibíamos la rugosidad.

Por esos días, pidió socorro a Berta. Nunca me cayó bien esa mujer, como había hecho un curso de Astrología ¡se daba unos aires! Cada vez que venía, llenaba el comedor de olor a humo y la taza de café de inmundas cenizas, mientras, con voz grave, le decía a mamá cosas como esta : “La vida es un ramo de energías sutiles en movimiento, Mariana. Cada una corresponde a una acción, su destino natural. Hay que dejarlas fluir. Si se estrellan con objetivos extraños, contra muros o personas equivocadas se combinan mal, con energías con las que nunca debieron haberse cruzado. Entonces se forman tumores de fuerzas encontradas que nos intoxican, la atmósfera se enrarece y aparecen las dificultades. En algún lugar del tiempo y del espacio está la armonía perdida. Es necesario entregarse para recuperarla, entregarse entera, Mariana.” Y para terminar, aplastaba el cigarro contra el fondo del pocillo, concentrada, con saña y le clavaba los ojos, unos ojos verdes que parecían perforar la mente y dejar al descubierto las tibias decisiones y las inútiles dudas de mamá.

Mamá, que la había escuchado con atención, asentía moviendo la cabeza pero las dos o tres líneas, nerviosas y aisladas en la libreta del teléfono, continuaban interrumpidas y escasas.

Berta seguía hablando así, dando cátedra y fumando, hasta que papá giraba la llave en la cerradura. Entonces se levantaba, se alisaba la pollera, hacía reverencias y mohines, y por fin se iba.
Nada cambió por un tiempo.

De vez en cuando, en la agenda, apurada, mamá escribía alguna frase y no dejaba de limpiar el vidrio con esmero. Apenas leves rayas de tierra deshonraban su transparencia formando un velo opaco, se repetía la ceremonia de trapos y baldes. De tanto en tanto, se estampaban contra el vidrio pelusas pastosas. Para desprenderlas una a una, mamá usaba una hoja de afeitar a la que había protegido un filo con un pedazo de cinta adhesiva. El borde desparejo del nuevo sellador de siliconas lo fue cortando, centímetro a centímetro, con una trincheta que compró especialmente.

Un día, a la vuelta del supermercado, fue necesario volver a limpiar los libros. En plena operación de frotar el párrafo bajo la ilustración del conejo sacando el reloj del bolsillo de la chaqueta, en un ejemplar de “Alicia...” al que tengo especial cariño, empecé a sospechar cuál era la verdadera naturaleza de las pelusas.

Luego las cosas se agravaron. Las manchas, por así decirlo, le impidieron llamar por teléfono. Al intentar marcar un número, se enredaban en los dedos de mamá, se pegaban a las teclas, le engrosaban las yemas y confundían la necesaria precisión del toque, impidiéndole acertar con el botón correcto.

Cuando me pidió que marcara por ella, decidí investigar. Rescaté el trapo que le había pasado al aparato y separé algunas hebras de suciedad. ¿Era posible? En el amasijo, pude distinguir un par de letras. Entonces desenrollé las pelusas con sumo cuidado y las puse bajo la lupa: eran sílabas, restos de palabras, oraciones inconclusas; todo en un empaste retorcido e irreconocible.

El día que se empezó a contaminar la comida, mamá había limpiado con mucho detenimiento el vidrio del ventanal. Tomó un paquete de fideos y del celofán salieron líneas completas, blandas y color azul lavable, en lugar de los clásicos tallarines. Provisoriamente, decidimos que yo le alcanzara las cosas de la alacena y preparara los platos según sus instrucciones, porque todo lo que ella tocaba se transformaba – de alguna manera - en textos contrahechos.

Hasta que un mediodía no pudo comer, o debería haber comido tinta; lo que se llevaba a la boca se contaminaba de una materia informe, negra y desordenada que brotaba de ella sin control. Primero mamá se desesperó, cerró la boca, después se agitó de una manera extraña y por fin, de ella se desprendió un remolino de pelusas-manchas-palabras que se pegaron a las paredes, al piso, sobre los lomos de los libros, entre sus páginas, taparon el teléfono y comenzaron a flotar en el aire multiplicándose sin cesar.

Entonces mamá se detuvo, me besó en la frente, me abrazó y por primera vez en mucho tiempo abrió el ventanal limpio, impecable. Toda aquella tinta volátil empezó a salir, a dispersarse en el aire por arriba de los techos y los tanques. El espacio del departamento se fue limpiando. Se limpiaron las paredes y el piso, el teléfono, los libros, las alacenas, la comida, y cuando todo estaba limpio, mamá abrió la boca. De entre los labios le empezó a salir un hilo de palabras continuo, inacabable, que salía y salía, y se iba por la ventana abierta. Y así, siguió. Hasta que mamá, vacía, liviana, cayó como cae una hoja, y todo aquel palabrerío se perdió en el éter.

Ese mediodía no fui a la escuela. Tuve que avisarle a papá al trabajo y supongo que él le habrá avisado a Berta. Enterramos a mamá y volvimos a casa.
Le hablé a papá de las pelusas, pero aunque insisto, sigue sin creer nada de lo que le cuento. Estoy sola en el estar largo y angosto mientras allá abajo, sobre la alfombra de cemento, en algún bar, él conversa con Berta y ella llena ceniceros y pocillos de ceniza mientras lo mira con esos odiosos ojos verdes.

El ventanal se va ensuciando poco a poco. Pero no voy a limpiarlo. No quiero verla. Del otro lado, mamá es un fantasma borroso, una estela, como un cometa con ojos y cola de letras. No, de verdad no quiero verla. Prefiero abrir la agenda de teléfonos y escribir en la sección “Notas”: Mamá murió de una manera muy rara, etcétera, continuar, avanzar, como sea; y cuando no me queden más páginas en blanco voy a comprarme un cuaderno, y otro, los necesarios.

*Autora
María José Eyras nació en Buenos Aires, es arquitecta y escribe. Dos de sus cuentos fueron premiados en el Concurso Interamericano de la Fundación Avón y publicados en diversas antologías. En 2008 publicó su primer libro, "La maternidad sin máscaras, luces y sombras de ser madre" (Temas de hoy, Grupo Planeta). Colabora para la revista Ñ de Cultura de Clarín y otros medios.